Agustina en Rosario
Me llamo Agustina, he terminado el secundario en mi pueblo del interior de Santa Fe. Me llaman me llaman nadadora, porque dicen que nada de pecho y nada de espalda. Y es cierto, una gringa (piel blanca, pelo castaño claro, ojos azules) alta (metro 75) y flaca con ganas (menos de 50 kilos), piernas largas y pies enormes (43). Novio, lo que se dice novio nunca tuve, pero en las fiestas, donde abusamos del vino tinto o blanco (el color no importa, no es para pintar) cuando estamos todos bastante borrachos, he perdido la virginidad y sin cuento, varias veces jajajaja. Tengo una tía en Rosario, en la zona sur, que me invita a vivir con ella. La tía Victoria, 48 años, gringa también, pero con redondeces que a los tipos le encantan.
- Te consigo algún trabajo y si querés hasta podés estudiar en la Universidad.
La verdad, aunque soy una buena alumna, nunca se me ocurrió estudiar luego de la secundaria, pero la oferta me resultó atractiva. Mi familia, feliz de sacarse de encima a la flaca que no iban a poder casarla y la iban a tener para vestir santos por el resto de los días.
Después de las fiestas de fin de año, el 6 de enero llego a Rosario. Fiesta en la casa de Victoria, Vicky, cumpleaños número 48 (Il morto qui parla, en la quiniela). Había unas cuantas chicas algo raras, luego me dijo tía, que son Travestis, ¡Nunca había visto una! Pero realmente, una vez que me saqué el miedo, y comencé a hablar con ellas, son realmente simpáticas y de maneras sencillas. Andrea, morocha tipo española; Clara, de piel algo oscura, teñida de rojo y Anahí, blanca, pelo negro. Andan por sus 20 o 25 años. Las tres son altas como yo y usan esos tacones altísimos o sea que para ver sus ojos, lo hago cuando converso con alguien, debo mirar hacia arriba. Se fueron temprano. Al rato quedamos tía y yo. Me cuenta de las chicas. Trabajan en un antro, donde hacen masajes y tienen habitaciones donde se prostituyen. Yo estaba desorientada, en mi pueblo había varias prostitutas, trabajan mucho con los camioneros y con algunos viejos del pueblo. Pero.
- ¿Tía, qué mujer se va a acostar con una travesti?
- ¿Mujeres? Algunas hay, pero la mayoría son hombres, que les encantan las travestis, algunos dan, otros reciben, o dan y reciben.
- ¿Tipos homosexuales?
- Algo así, cuentan que hay tipos casados que van hasta dos o tres veces en la semana.
Al día siguiente viene Anahí, que es la más seria de las tres. Me pide salir a caminar, mi tía que estaba al tanto.
- Andá, que no te va a comer.
Salimos, fuimos hasta una plaza. Anahí estaba vestida como un chica cualquiera. Vaqueros, remera, taco bajo. Solo impresionaban sus tremendas tetas. Luego, estábamos casi iguales.
- Agustina, necesitamos una recepcionista. Alguien que atienda el teléfono, vigile los horarios, la caja, reciba a los clientes. Hoy tenemos una señora, que no sabe ni hablar, es bastante grande, ella se encargaría de la limpieza y vos de las RRPP.
- Mirá, no tengo idea que es RRPP. Luego, ni idea de que consiste el trabajo. Luego los horarios, sabés tengo ganas de anotarme en la Facultad.
- El trabajo es fácil, te vestimos sexy y ya vas a ver. Tenés toda la mañana. La tarde es tranquila y la noche es movidita. ¿Y el sueldo te interesa?
Cuando me dijo, lo que iba a ganar, casi me caigo de culo. Mientras estaba aprendiendo, algo menos, pero a los dos meses, o me dan una patada en el culo, porque no sirvo o me ponen en blanco y el sueldo completo.
- Anahí, no me cargues, yo no puedo ganar eso, además ¿Sexy? No me jodas.
- Teneme fe. Te paso la dirección, el 146 te deja a tres cuadras. Te espero mañana a las 12. Total hasta que empieces la Facultad, tenés más tiempo libre.
La tía sabía todo. Ella fue la de la idea.
- Solo te pido, que no te prendas con los degenerados que van a ese lugar. El culo dáselo al tipo que te guste, no te enceguezcas por la guita. Fumate un porro de vez en cuando, pero nada de ******. No seas boluda.
Al mediodía estaba entrando al “Salón de Belleza”. El lugar está bien puesto, modernos. Solo estaban Anahí y doña Romina, la señora de la limpieza. Las dos me reciben muy bien, me llevan a una de las salas de masajes. Me hacen desnudar. Doña Romina lleva la voz cantante.
- Sos muy flaca, nena. Pero las patas aún flacas están bien formaditas, ponete una de las minifaldas.
Me la pongo, y me dan uno de los tacones de las “chicas”.
- Por suerte tenés patas de macho, podés usar los de Anahí o los de Clara. Caminá a ver cómo los llevás.
Alguna vez me probé tacones, me cuesta, pero camino igual.
- Mucho mejor. Corpiño ni en p**o. Ponete esta camisola.
Era totalmente transparente, no tengo tetas, pero mis pezones son grandes y cuando me roza la tela, se me paran.
- Ahora sí, te voy a conseguir más camisolas. Ahora debemos pasar a tu aspecto estético. Primero, la carita, afinar esas cejas y algo de maquillaje, en los ojos y los labios.
Trabajó un rato, cuando me vi en el espejo, me encantó lo que vi. Luego, me depilaron entera entre las dos. Axilas, concha, piernas y brazos. Cuando me depilaban la concha, se me empapó y las dos turras se cagaron de risa. Anahí me dice
- Parece que venís atrasada en las alegrías.
Disfrazada de mujer sexy, sin bombacha y sin corpiño, me llevan a la recepción. Escritorio, computadora, teléfono. Los turnos se anotan en la computadora. Las salas se comunican por el teléfono y además tiene dos líneas externas. Veo que los masajistas son 5. Las tres chicas, Carlos y Manuel. Cerca de las cuatro de la tarde van llegando todos. Carlos es una nena, maricón es poco, pantalón recontra ajustado, camisa abierta hasta la mitad del pecho, pelo largo, teñido de rubio y reparte besos a todos. A mí me dice solo “hola, Agustina, suerte”. Manuel es otra cosa. Altísimo, como metro 90, musculoso, morocho de bigotes y pelo corto, todo negro, ojos negros, pantalón, camisa y zapatos negros. Me mira de arriba abajo me da un beso en el cachete, me toma de la cintura y mirándome a los ojos, “cualquier cosa que necesites, solo pedímelo”. Casi me meo. Es viejo, debe tener como 40 años, pero es de esos tipos que emanan masculinidad.
Esa misma tarde, comencé a trabajar. Los primeros momentos con mucho miedo, pero a medida que pasaron los días comencé a tener más confianza y sentirme cómodo.
No solo cómoda, si no que feliz de hacer lo que hacía en ese lugar. Los clientes, tal como dijo la tía, eran unos degenerados. Con ellos ni bola, algunos me traían regalos, flores, bombones y a cambio me hacían proposiciones “indecentes”, supongo que como soy muy flaca y alta, pensasen que yo también era un travesti. Pero con Anahí y Manuel, la cosa era irresistible.
La primera persona en encararme fue Manuel. Una noche cuando salía, me estaba esperando en su coche. Subí, sabiendo que iba al matadero. Y así fue. Condujo hacia el parque de la Independencia, me dio un porrito, fumamos compartiéndolo, charlamos, me miraba las piernas, luego me mira a los ojos y dice.
- ¿Nunca usas interiores?
- ¿Siempre mirás la entrepierna de las mujeres?
Nos reímos y casi sin darme cuenta estábamos besándonos. ¡Guau, qué hombre! Realmente lo hace bien, dan ganas de estar besándolo toda la vida. Cuando su mano sube por mis piernas, para llegar a mi concha depilada.
- ¡Pará Manuel! Acá no, no cojo en los autos…
Me llevó a un hotel. Es casado, vive con la mujer y sus dos hijos. Pero esos detalles no me importan, lo quiero para que me coja, no para ponerme de novia.
El hotel, de cuarta, pero en la cama, nunca me cogieron así, supongo que es porqué nunca cogí sin estar ********. Me chupó hasta el último agujero de mi cuerpo, me dio por la concha, la boca y…el culo… Lloré de dolor, sangré, perdí mi última virginidad, me derramó la leche en mi boca. Nos vestimos rápido, la esposa le hace quilombo si llega muy tarde.
No hubo ni siquiera unas gracias, estuviste bien, apenas unas buenas noches. Pero igualmente, volvimos a coger como dos o tres veces por semana, solo me daba descanso cuando me bajaba la regla.
Con Anahí fue distinto. Los domingos no se trabaja. Por eso me invitó a ver una película en un cine, cenar en su casa y como bien me lo imaginaba a cogerme. Nos vestimos como dos mujeres comunes, vaqueros y un buzo, zapatos bajos, pelo recogido y casi nada de pintura, yo parecía un varón *********te y ella una mujer tetona. Vimos una película plomo, El Paciente Inglés, ella lloraba como una nena, a mí me aburría la película, pero igual, le tomé la mano para calmarla, cuando hice eso, ella me besó, en la boca. Supongo que a nadie le llamó la atención, yo era un varón y ella una mujer.
En la casa, me pregunta.
- ¿Ya cogiste con Ramón?
- Eh…
- Eso significa que sí. ¿Qué te pareció?
- Es un toro…
- Otro tema, ¿cogemos ahora o después de comer?
- Mejor, ahora.
A los besos, nos fuimos al dormitorio. Nos desnudamos y cuando veo la verga de mi amiga, casi pierdo la respiración, es el doble de la de Manuel. Solo pensé en cómo iba a sufrir mi culo, pero lo quiero adentro y que me acabe adentro. Va a ser como perder otra vez la virginidad.
Pero la cosa fue muy distinta. Primero digamos cosas que ya sabía, me encanta chupar pijas, aunque ella me haga llamarla clítoris. Que sabor delicioso, esa piel sedosa aunque llena de venas, mamar los huevos, descubrí además que el cuerpo de mujer es delicioso, Anahí tiene tetas hermosas, un culo precioso, se lo chupé hasta hastiarme. Finalmente me cogió con fuerza pero sin forzarme, me dio por la concha y finalmente con mucho cuidado, con forro con gel, que me penetró hasta el fondo de mis entrañas, me cogió largo rato, me hizo sentirme en el aire, mientras me cogía yo me masturbaba, hasta tener un orgasmo épico. En ese momento sacó el forro, me puso la pija en la cara, se masturbó y me dio un generoso chorro de leche, en la boca y mi cara. Quedé en estado de c***. ¡Esto se llama coger!
A partir de ese día, cojo en la semana con Mario y los fines de semana con Anahí. Pusimos un escritorio abierto por delante, para que los babosos que están en la sala esperando me vean las piernas y se note que no tengo bombacha, como en la película en que la rubia se cruza de gambas para que los policías se calienten. Más de uno me pidió una cita, que sea yo quien lo masajeé, pero en el trabajo soy una Blanca Nieves, sin los enanos, como en la película porno que veo a veces en la computadora. Ya llevo un año trabajando acá, la Facultad me sigue esperando.
- Te consigo algún trabajo y si querés hasta podés estudiar en la Universidad.
La verdad, aunque soy una buena alumna, nunca se me ocurrió estudiar luego de la secundaria, pero la oferta me resultó atractiva. Mi familia, feliz de sacarse de encima a la flaca que no iban a poder casarla y la iban a tener para vestir santos por el resto de los días.
Después de las fiestas de fin de año, el 6 de enero llego a Rosario. Fiesta en la casa de Victoria, Vicky, cumpleaños número 48 (Il morto qui parla, en la quiniela). Había unas cuantas chicas algo raras, luego me dijo tía, que son Travestis, ¡Nunca había visto una! Pero realmente, una vez que me saqué el miedo, y comencé a hablar con ellas, son realmente simpáticas y de maneras sencillas. Andrea, morocha tipo española; Clara, de piel algo oscura, teñida de rojo y Anahí, blanca, pelo negro. Andan por sus 20 o 25 años. Las tres son altas como yo y usan esos tacones altísimos o sea que para ver sus ojos, lo hago cuando converso con alguien, debo mirar hacia arriba. Se fueron temprano. Al rato quedamos tía y yo. Me cuenta de las chicas. Trabajan en un antro, donde hacen masajes y tienen habitaciones donde se prostituyen. Yo estaba desorientada, en mi pueblo había varias prostitutas, trabajan mucho con los camioneros y con algunos viejos del pueblo. Pero.
- ¿Tía, qué mujer se va a acostar con una travesti?
- ¿Mujeres? Algunas hay, pero la mayoría son hombres, que les encantan las travestis, algunos dan, otros reciben, o dan y reciben.
- ¿Tipos homosexuales?
- Algo así, cuentan que hay tipos casados que van hasta dos o tres veces en la semana.
Al día siguiente viene Anahí, que es la más seria de las tres. Me pide salir a caminar, mi tía que estaba al tanto.
- Andá, que no te va a comer.
Salimos, fuimos hasta una plaza. Anahí estaba vestida como un chica cualquiera. Vaqueros, remera, taco bajo. Solo impresionaban sus tremendas tetas. Luego, estábamos casi iguales.
- Agustina, necesitamos una recepcionista. Alguien que atienda el teléfono, vigile los horarios, la caja, reciba a los clientes. Hoy tenemos una señora, que no sabe ni hablar, es bastante grande, ella se encargaría de la limpieza y vos de las RRPP.
- Mirá, no tengo idea que es RRPP. Luego, ni idea de que consiste el trabajo. Luego los horarios, sabés tengo ganas de anotarme en la Facultad.
- El trabajo es fácil, te vestimos sexy y ya vas a ver. Tenés toda la mañana. La tarde es tranquila y la noche es movidita. ¿Y el sueldo te interesa?
Cuando me dijo, lo que iba a ganar, casi me caigo de culo. Mientras estaba aprendiendo, algo menos, pero a los dos meses, o me dan una patada en el culo, porque no sirvo o me ponen en blanco y el sueldo completo.
- Anahí, no me cargues, yo no puedo ganar eso, además ¿Sexy? No me jodas.
- Teneme fe. Te paso la dirección, el 146 te deja a tres cuadras. Te espero mañana a las 12. Total hasta que empieces la Facultad, tenés más tiempo libre.
La tía sabía todo. Ella fue la de la idea.
- Solo te pido, que no te prendas con los degenerados que van a ese lugar. El culo dáselo al tipo que te guste, no te enceguezcas por la guita. Fumate un porro de vez en cuando, pero nada de ******. No seas boluda.
Al mediodía estaba entrando al “Salón de Belleza”. El lugar está bien puesto, modernos. Solo estaban Anahí y doña Romina, la señora de la limpieza. Las dos me reciben muy bien, me llevan a una de las salas de masajes. Me hacen desnudar. Doña Romina lleva la voz cantante.
- Sos muy flaca, nena. Pero las patas aún flacas están bien formaditas, ponete una de las minifaldas.
Me la pongo, y me dan uno de los tacones de las “chicas”.
- Por suerte tenés patas de macho, podés usar los de Anahí o los de Clara. Caminá a ver cómo los llevás.
Alguna vez me probé tacones, me cuesta, pero camino igual.
- Mucho mejor. Corpiño ni en p**o. Ponete esta camisola.
Era totalmente transparente, no tengo tetas, pero mis pezones son grandes y cuando me roza la tela, se me paran.
- Ahora sí, te voy a conseguir más camisolas. Ahora debemos pasar a tu aspecto estético. Primero, la carita, afinar esas cejas y algo de maquillaje, en los ojos y los labios.
Trabajó un rato, cuando me vi en el espejo, me encantó lo que vi. Luego, me depilaron entera entre las dos. Axilas, concha, piernas y brazos. Cuando me depilaban la concha, se me empapó y las dos turras se cagaron de risa. Anahí me dice
- Parece que venís atrasada en las alegrías.
Disfrazada de mujer sexy, sin bombacha y sin corpiño, me llevan a la recepción. Escritorio, computadora, teléfono. Los turnos se anotan en la computadora. Las salas se comunican por el teléfono y además tiene dos líneas externas. Veo que los masajistas son 5. Las tres chicas, Carlos y Manuel. Cerca de las cuatro de la tarde van llegando todos. Carlos es una nena, maricón es poco, pantalón recontra ajustado, camisa abierta hasta la mitad del pecho, pelo largo, teñido de rubio y reparte besos a todos. A mí me dice solo “hola, Agustina, suerte”. Manuel es otra cosa. Altísimo, como metro 90, musculoso, morocho de bigotes y pelo corto, todo negro, ojos negros, pantalón, camisa y zapatos negros. Me mira de arriba abajo me da un beso en el cachete, me toma de la cintura y mirándome a los ojos, “cualquier cosa que necesites, solo pedímelo”. Casi me meo. Es viejo, debe tener como 40 años, pero es de esos tipos que emanan masculinidad.
Esa misma tarde, comencé a trabajar. Los primeros momentos con mucho miedo, pero a medida que pasaron los días comencé a tener más confianza y sentirme cómodo.
No solo cómoda, si no que feliz de hacer lo que hacía en ese lugar. Los clientes, tal como dijo la tía, eran unos degenerados. Con ellos ni bola, algunos me traían regalos, flores, bombones y a cambio me hacían proposiciones “indecentes”, supongo que como soy muy flaca y alta, pensasen que yo también era un travesti. Pero con Anahí y Manuel, la cosa era irresistible.
La primera persona en encararme fue Manuel. Una noche cuando salía, me estaba esperando en su coche. Subí, sabiendo que iba al matadero. Y así fue. Condujo hacia el parque de la Independencia, me dio un porrito, fumamos compartiéndolo, charlamos, me miraba las piernas, luego me mira a los ojos y dice.
- ¿Nunca usas interiores?
- ¿Siempre mirás la entrepierna de las mujeres?
Nos reímos y casi sin darme cuenta estábamos besándonos. ¡Guau, qué hombre! Realmente lo hace bien, dan ganas de estar besándolo toda la vida. Cuando su mano sube por mis piernas, para llegar a mi concha depilada.
- ¡Pará Manuel! Acá no, no cojo en los autos…
Me llevó a un hotel. Es casado, vive con la mujer y sus dos hijos. Pero esos detalles no me importan, lo quiero para que me coja, no para ponerme de novia.
El hotel, de cuarta, pero en la cama, nunca me cogieron así, supongo que es porqué nunca cogí sin estar ********. Me chupó hasta el último agujero de mi cuerpo, me dio por la concha, la boca y…el culo… Lloré de dolor, sangré, perdí mi última virginidad, me derramó la leche en mi boca. Nos vestimos rápido, la esposa le hace quilombo si llega muy tarde.
No hubo ni siquiera unas gracias, estuviste bien, apenas unas buenas noches. Pero igualmente, volvimos a coger como dos o tres veces por semana, solo me daba descanso cuando me bajaba la regla.
Con Anahí fue distinto. Los domingos no se trabaja. Por eso me invitó a ver una película en un cine, cenar en su casa y como bien me lo imaginaba a cogerme. Nos vestimos como dos mujeres comunes, vaqueros y un buzo, zapatos bajos, pelo recogido y casi nada de pintura, yo parecía un varón *********te y ella una mujer tetona. Vimos una película plomo, El Paciente Inglés, ella lloraba como una nena, a mí me aburría la película, pero igual, le tomé la mano para calmarla, cuando hice eso, ella me besó, en la boca. Supongo que a nadie le llamó la atención, yo era un varón y ella una mujer.
En la casa, me pregunta.
- ¿Ya cogiste con Ramón?
- Eh…
- Eso significa que sí. ¿Qué te pareció?
- Es un toro…
- Otro tema, ¿cogemos ahora o después de comer?
- Mejor, ahora.
A los besos, nos fuimos al dormitorio. Nos desnudamos y cuando veo la verga de mi amiga, casi pierdo la respiración, es el doble de la de Manuel. Solo pensé en cómo iba a sufrir mi culo, pero lo quiero adentro y que me acabe adentro. Va a ser como perder otra vez la virginidad.
Pero la cosa fue muy distinta. Primero digamos cosas que ya sabía, me encanta chupar pijas, aunque ella me haga llamarla clítoris. Que sabor delicioso, esa piel sedosa aunque llena de venas, mamar los huevos, descubrí además que el cuerpo de mujer es delicioso, Anahí tiene tetas hermosas, un culo precioso, se lo chupé hasta hastiarme. Finalmente me cogió con fuerza pero sin forzarme, me dio por la concha y finalmente con mucho cuidado, con forro con gel, que me penetró hasta el fondo de mis entrañas, me cogió largo rato, me hizo sentirme en el aire, mientras me cogía yo me masturbaba, hasta tener un orgasmo épico. En ese momento sacó el forro, me puso la pija en la cara, se masturbó y me dio un generoso chorro de leche, en la boca y mi cara. Quedé en estado de c***. ¡Esto se llama coger!
A partir de ese día, cojo en la semana con Mario y los fines de semana con Anahí. Pusimos un escritorio abierto por delante, para que los babosos que están en la sala esperando me vean las piernas y se note que no tengo bombacha, como en la película en que la rubia se cruza de gambas para que los policías se calienten. Más de uno me pidió una cita, que sea yo quien lo masajeé, pero en el trabajo soy una Blanca Nieves, sin los enanos, como en la película porno que veo a veces en la computadora. Ya llevo un año trabajando acá, la Facultad me sigue esperando.
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