Armando (Lo que tejen las arañas)
Soledad tenía quince años cuando conoció el amor, o algo medio parecido... En realidad fue sólo sexo y de hecho fue ******, un abuso, pero también fue hermoso. Andaba por entonces con un grupo de amigos y amigas, mayormente de la escuela, siete u ocho que se juntaban siempre en la casa de Jessica o en la de Sebastián, o sino en el kiosco del barrio —que les quedaba cerca a todos— a tomar Coca Cola (todavía no habían iniciado en el alcohol ni en las ******, de hecho la mayoría eran vírgenes) y a hablar boludeces. También hablaban de sexo aunque ninguno supiera nada al respecto, y se hablaba mucho de pajas —los chicos hablaban mucho de pajas— de lo que todos sabían bastante, pero ellas no decían nada. Lo curioso —lo que Sol encontraba curioso porque nadie más lo sabía— era la motivación que cada uno tenía; la suya no era la misma que la de sus amigas; no fantaseaba con ninguno de sus amigos, los veía como eso nada más y además un poco tontos para el sexo, le atraían los chicos más grandes.
Una tarde fue a la casa de Jessica —en ese momento no había whatsapp ni todo lo que hay ahora, la gente iba y ya— y no estaba, pero el papá le dijo que si quería entrara, que ya andaba por llegar. La verdad es que Soledad ya se había fijado en él, era el más joven y atractivo de los papás de sus amigos, de unos cuarenta, bastante alto, y hasta se había masturbado alguna vez pensando en él, pero no pasaba de ahí; lo veía muy feliz con su mujer, y aunque era bastante expresivo con su cuerpo, con sus manos (siempre le agarraba una mejilla o apoyaba una mano en su la espalda) pensó que era su forma de ser y nada más.
—Fue con la mamá hasta lo de la tía —dijo mientras la hacía pasar— pero ya vuelven. Ella sabía que la tía no vivía tan cerca, pero ya había dicho que sí y además no tenía nada que hacer. Era verano, hacía mucho calor y los dos estaban livianos de ropa. Le preguntó si quería pasar a la pileta y esperarla ahí (tenían una de natación muy linda) así que se fue para el fondo. A los pocos minutos apareció él, en traje de baño. Era de esos tipos de gimnasio, ya grande pero bien en forma, nada excesivo; la verdad es que no podía dejar de mirarlo. Armando se debe haber dado cuenta porque después de estar un rato en la pileta, y después de algunos roces, cuando salieron le dijo si quería ver televisión en su cuarto, que era el único ambiente con aire acondicionado. Por supuesto que accedió aunque estaba muy nerviosa. Ya los dos en la cama, apoyados contra el respaldo, le comentó que su mujer había llamado para avisarle que iban a tardar, por no sé qué problema con el auto —mentira, habían ido a cenar a lo de la tía aunque eso ella lo sabría después— pero que si quería me podía quedar igual. Permanecieron un rato mirando la tele, recostados. Sus codos se estaban rozando, él bajó una mano y la dejó apoyada disimuladamente en su rodilla. Después de unos minutos la empezó a subir muy despacio, el corazón de Sole latía a mil por hora mientras hacía que miraba la televisión. Llegó hasta su panza y empezó a acariciarla, ella cerró los ojos y se entregó. Armando giró apoyándole la pija parada en la cintura, la miró y dijo:
—¿Sabés guardar un secreto?
—Sí —contestó Soledad bajito.
La dio vuelta y comenzó a acariciarle el culo, ella metió su mano en su pantalón y se la agarró fuerte.
—¿Ya estuviste con un hombre? —preguntó.
—No, nunca.
Esas manos grandes ya estaban tocando su piel, un dedo le apretaba el agujero del atrás. Le dijo que se la chupara; Sol se arrastró hacia abajo y empezó a mamarla; nunca había tocado una pija pero fue algo instintivo. Armando se estiró un poco y sacó un lubricante de la mesa de luz, le bajó el pantalón, la bombacha, la puso en cuatro y se acomodó atrás suyo. El gel estaba un poco frío pero al contacto con su piel ardiendo se calentó. Le apoyó la punta en el agujero del culo, no de la concha. Soledad había escuchado hablar a algunas de sus amigas del conservatorio —que eran un poco más grandes— de su primera vez, y todas hablaban de la concha, o por lo menos eso había creído hasta entonces, pero Armando estaba apoyado en su culo. No supo qué hacer así que no hizo nada.
—Relajate linda —dijo él y empezó a presionar muy despacio, después un poco más, cada vez me empujaba más con su pija hasta que estuvo adentro suyo; ella sentía que se abría en dos mientras él la sujetaba de la nuca. Empujó más y más hasta que sintió que entró toda. El dolor era insoportable, y el placer indescriptible. Llevó una mano hacia atrás y le agarró una nalga, apretándolo contra sí para que no se moviera. Así se quedaron un rato, él apenas si se movía un poquito para los costados. Luego le puso la mano contra la espalda y empezó a entrar y salir muy despacio; con los años conoció vergas más grandes pero en ese momento esa le pareció gigante. Siguió bombeando cada vez un poco más y más fuerte y Nancy se retorcía gimiendo como una gata en celo. Los últimos pijazos la mataron, hasta que por fin él dio un pequeño grito —clavándola hasta el fondo— y se quedó quieto, todo adentro de ella, unos minutos eternos.
—Apretá el culito —dijo después, la sacó despacio y se fue para el baño. Soledad apenas se podía mover y como pudo se fue vistiendo. Cuando volvió le dijo que eso no lo podía saber nadie, que era su secreto, y que Jessica no iba a volver hasta la noche muy tarde; después de cogerla la quería descartar. De alguna manera ella entendió y se fue para su casa temerosa y excitada todavía. Algunas tardes que siguieron repitieron hasta que aprendió a disfrutar, a moverse, a tragar, hasta que le dio por adelante también él por vez primera. Tristemente, casi un año después murió de un ataque al corazón. El fue algo así como su primer amor.
Una tarde fue a la casa de Jessica —en ese momento no había whatsapp ni todo lo que hay ahora, la gente iba y ya— y no estaba, pero el papá le dijo que si quería entrara, que ya andaba por llegar. La verdad es que Soledad ya se había fijado en él, era el más joven y atractivo de los papás de sus amigos, de unos cuarenta, bastante alto, y hasta se había masturbado alguna vez pensando en él, pero no pasaba de ahí; lo veía muy feliz con su mujer, y aunque era bastante expresivo con su cuerpo, con sus manos (siempre le agarraba una mejilla o apoyaba una mano en su la espalda) pensó que era su forma de ser y nada más.
—Fue con la mamá hasta lo de la tía —dijo mientras la hacía pasar— pero ya vuelven. Ella sabía que la tía no vivía tan cerca, pero ya había dicho que sí y además no tenía nada que hacer. Era verano, hacía mucho calor y los dos estaban livianos de ropa. Le preguntó si quería pasar a la pileta y esperarla ahí (tenían una de natación muy linda) así que se fue para el fondo. A los pocos minutos apareció él, en traje de baño. Era de esos tipos de gimnasio, ya grande pero bien en forma, nada excesivo; la verdad es que no podía dejar de mirarlo. Armando se debe haber dado cuenta porque después de estar un rato en la pileta, y después de algunos roces, cuando salieron le dijo si quería ver televisión en su cuarto, que era el único ambiente con aire acondicionado. Por supuesto que accedió aunque estaba muy nerviosa. Ya los dos en la cama, apoyados contra el respaldo, le comentó que su mujer había llamado para avisarle que iban a tardar, por no sé qué problema con el auto —mentira, habían ido a cenar a lo de la tía aunque eso ella lo sabría después— pero que si quería me podía quedar igual. Permanecieron un rato mirando la tele, recostados. Sus codos se estaban rozando, él bajó una mano y la dejó apoyada disimuladamente en su rodilla. Después de unos minutos la empezó a subir muy despacio, el corazón de Sole latía a mil por hora mientras hacía que miraba la televisión. Llegó hasta su panza y empezó a acariciarla, ella cerró los ojos y se entregó. Armando giró apoyándole la pija parada en la cintura, la miró y dijo:
—¿Sabés guardar un secreto?
—Sí —contestó Soledad bajito.
La dio vuelta y comenzó a acariciarle el culo, ella metió su mano en su pantalón y se la agarró fuerte.
—¿Ya estuviste con un hombre? —preguntó.
—No, nunca.
Esas manos grandes ya estaban tocando su piel, un dedo le apretaba el agujero del atrás. Le dijo que se la chupara; Sol se arrastró hacia abajo y empezó a mamarla; nunca había tocado una pija pero fue algo instintivo. Armando se estiró un poco y sacó un lubricante de la mesa de luz, le bajó el pantalón, la bombacha, la puso en cuatro y se acomodó atrás suyo. El gel estaba un poco frío pero al contacto con su piel ardiendo se calentó. Le apoyó la punta en el agujero del culo, no de la concha. Soledad había escuchado hablar a algunas de sus amigas del conservatorio —que eran un poco más grandes— de su primera vez, y todas hablaban de la concha, o por lo menos eso había creído hasta entonces, pero Armando estaba apoyado en su culo. No supo qué hacer así que no hizo nada.
—Relajate linda —dijo él y empezó a presionar muy despacio, después un poco más, cada vez me empujaba más con su pija hasta que estuvo adentro suyo; ella sentía que se abría en dos mientras él la sujetaba de la nuca. Empujó más y más hasta que sintió que entró toda. El dolor era insoportable, y el placer indescriptible. Llevó una mano hacia atrás y le agarró una nalga, apretándolo contra sí para que no se moviera. Así se quedaron un rato, él apenas si se movía un poquito para los costados. Luego le puso la mano contra la espalda y empezó a entrar y salir muy despacio; con los años conoció vergas más grandes pero en ese momento esa le pareció gigante. Siguió bombeando cada vez un poco más y más fuerte y Nancy se retorcía gimiendo como una gata en celo. Los últimos pijazos la mataron, hasta que por fin él dio un pequeño grito —clavándola hasta el fondo— y se quedó quieto, todo adentro de ella, unos minutos eternos.
—Apretá el culito —dijo después, la sacó despacio y se fue para el baño. Soledad apenas se podía mover y como pudo se fue vistiendo. Cuando volvió le dijo que eso no lo podía saber nadie, que era su secreto, y que Jessica no iba a volver hasta la noche muy tarde; después de cogerla la quería descartar. De alguna manera ella entendió y se fue para su casa temerosa y excitada todavía. Algunas tardes que siguieron repitieron hasta que aprendió a disfrutar, a moverse, a tragar, hasta que le dio por adelante también él por vez primera. Tristemente, casi un año después murió de un ataque al corazón. El fue algo así como su primer amor.
5年前