Dos muchachas.

Era una preciosa tarde de Febrero, quizás fuera catorce, el sol brillaba con inusitada fuerza, la temperatura era agradable y era una invitación al paseo por los parques, por las calles de aquella ciudad, las parejas agarradas de la mano, regalándose flores, bombones, quizás una pequeña joya, un detallito, una cena a la luz de la luna...
Mientras en la habitación de un piso pequeño, revuelto donde había ropa tirada por todos los lados, unos vaqueros por aquí, unos sujetadores por allá, unas preciosas bragas negras, un tanga blanco , dos mujeres estaban acostadas en una cama que tenía las sábanas revueltas, el edredón estaba medio caído en el parquet, el armario de puertas correderas con las puertas abiertas de par en par, las dos mesillas una con un vaso de tubo de plástico con algo de whysky, un reloj despertador que no marcaba la hora que tocaba, la otra con una pequeña lámpara, un paquete de tabaco, un cenicero plateado viejo, con uno de los cajones abiertos en los que parecían salir un consolador de silicona rosa oscura, un cuaderno pequeño que tenía anotadas poesías en medio de muchos borrones y pintarrajos de bolígrafo azul; también estaban las cuatro paredes blancas con los cuadros descolocados, una cómoda alargada que tenía encima dos bolsos pequeños, un par de perfumes, un joyero, un cenicero rojo, una botella de Jack Daniels, una de Martini y que tenía un espejo de cristal oscuro, sucio como si llevara sin limpiar mucho tiempo. La habitación estaba en penumbra casi a oscuras con las luces apagadas y la poca claridad que había entraba a través de la pequeña abertura de la puerta.
Las dos mujeres, eran maduras de unos treinta y pocos, estaban abrazadas; una delgada de pelo rojo largo, piel blanca ojos claros y que tenía unas pecas en la cara que la hacían muy atractiva. Estaba desnuda con sus pequeños senos unidos a los de la otra mujer. Su vientre era fino, casi no tenía pliegues, su pelvis era preciosa, digna de una muchacha más joven con su zona íntima rasurada, de brazos delgados, largos, sus piernas también delgadas; la otra era de cuerpo atlético, pelo negro corto, ojos marrones piel tostada, con unos senos algo grandes, vientre plano en el que se marcaban sus abdominales, tenía el vello de su pelvis cortito casi raso y sus piernas eran algo anchas pero fuertes, como también sus brazos que estaban algo musculados, era corredora y se la notaba.

Estaban juntas abrazadas allí en la cama tras decirse unos cuantos te quieros por la calle aparte de besarse por el parque sin importarlas lo que dijeran de ellas las personas que les vieran, se querían, se amaban y no temían demostrarlo abiertamente. Se habían conocido en la entrada al trabajo, se saludaban y se quedaron mirando. Por pura curiosidad y por puro deseo, conversaron en esos ratos de descanso, empezaron a entablar una pequeña amistad que no pasaba de aquél lugar y un día se dieron el teléfono y quedaron para dar un paseo como dos amigas para tomar algo juntas Desconocían si la otra compartía sus inquietudes sexuales, si lo que habían sentido en los encuentros de la entrada, era cierto o era sólo una pequeña amistad pero no tardaron mucho en descubrirlo; se gustaron al instante y tras la primera cerveza se confesaron mutuo amor. No les fue complicado expresarlo, decirle a la otra persona una casi desconocida con total confianza lo que sentían porque era muy fuerte y porque estaban felices sin temor al rechazo. Ninguna era una lesbiana, al contrario ambas habían tenido experiencias con hombres tanto buenas como malas, pero por una vez sin entender el motivo, sintieron atracción por alguien de su mismo sexo. No era atracción solo física, que lo era, era atracción por el otro, era ese deseo de besar ,de querer, de abrazar, de sentir, era ver a la otra mujer como una persona a la que amar tal cual como se podía hacer con un hombre, pero es que además era muy guapa y deseaban notar en su cuerpo el sexo con una persona igual. ¿Qué no lo habían sentido nunca? Y qué, alguna vez podía ser perfectamente la primera; las dos recibieron de anteriores parejas ideas de hacerlo con otra mujer, pero se habían negado por miedo al que dirán, al que pensarán de mí, no era un favor que desearán hacer al ser amado; también sabían que amigas suyas que por la calle parecían heterosexuales, en la práctica eran bisexuales aunque eso no se contara abiertamente. Era una cosa normal en muchas mujeres pero que no se contaba y ambas sabían que sus instintos se encontraban ahí pero no ya de una manera sexual, sino más bien sentimental, a un nivel superior, mucho más elevado que una simple relación carnal. Tampoco a ellas les propuso ninguna otra mujer nada, quizás por miedo, porque ninguna de ellas lo aparentaba físicamente, porque no eran de mostrar sus inclinaciones más lejos de las apariencias o quizás por no aceptar lo que querían en lo profundo de sí mismas, hasta eso llega a veces el comportamiento en el interior del ser humano, pero ambas sabían que aquel sentimiento era fuerte, real y más que sexo, amor. ¿Había sido un flechazo? Si un poco extraño, tal vez pero ese flechazo les había llevado directamente a la cama en el primer día de la cita seria, no quisieron esperar más, no desearon esperar a otro momento, se habían enamorado y sólo querían amarse hasta el amanecer.

Y allí estaban ambas juntas completamente desnudas en la cama con las sábanas revueltas con las manos acariciando suavemente el sexo de la otra. Eran caricias, lentas, tranquilas que buscaban excitar poco a poco, algún dedo se metía en el interior y penetraba en el coño que estaba mojado; las dos de igual manera porque deseaban llevar la iniciativa y estaban jugando un poco a ver quién de las dos daba más placer a la otra, quién se rendiría antes a la excitación, quién ganaría la batalla de dar más, quién sería la que al final entregaría todo lo que tuviera dentro y gozaría más.
Y aquí la mujer de pelo negro, de cuerpo atlético decidió rendirse; no quiso seguir más con ese juego, al contrario quiso ser la primera en recibir, en sentir, la pasión y el deseo que por ella tenía su compañera. Abrió completamente sus piernas y mostrando abiertamente su coño se tumbó boca arriba esperando que la pelirroja cumpliera su misión. Y no tuvo que esperar ni dos minutos, la compañera estaba deseosa de lamer con su lengua mojada, el interior de ese coño que estaba caliente, mojado y deseoso de recibir una boca que apagara el fuego que tenía dentro el cuerpo de la mujer de pelo negro. Y bien que la lengua penetró allí dentro como si fuera una serpiente entre esos labios carnosos recorría de arriba abajo todo y penetraba en el interior, lamiendo todo lo que encontraba a su paso. La pelvis de se inclinó más hacia esa boca se movía cada vez con más rapidez, ese coño se abría más y se unía a la boca como si ambos fueran una misma parte del cuerpo, los jadeos de placer eran ya frecuentes, continuos, las piernas se abrían más; después la muchacha pelirroja usó su mano izquierda que junto con la derecha se habían movido acariciando el cuerpo de la mujer morena, para penetrar con sus dedos en aquel coño que estaba caliente, ardoroso, casi llegando al zénit del orgasmo.
Los jadeos se transformaron en pequeños gritos de placer, en palabras como sigue comiendo mi coño puta pelirroja o zorra quiero correrme en tu boca, en otras como voy a hacer que tengas la mayor corrida en tu vida perra, tu coño está delicioso y me lo comería mil veces... eran dos mujeres entregadas al placer sexual, al sentir de la otra persona, no importaba que jamás lo hubieran hecho, no era un obstáculo, más aún era una virtud que estaban aprovechando, porque eso permitía explorar caminos nuevos al deseo, zonas de placer ocultas que ningún hombre hubiera llegado a conocer, sensaciones que esperaban ser descubiertas por alguien que supiera de su existencia, parajes por los que nadie se atrevería a caminar, lugares recónditos a los que sólo una mujer que quiere se pueden llegar.

Y así poco a poco, disfrutando cada minuto cada segundo, llegó el orgasmo de la mujer morena, el mayor que había tenido y sentido, ese coño que hasta ese día fue testigo mudo del placer que había obtenido su dueña, por fin era partícipe del festival de sensaciones, de fuegos artificiales, como era un orgasmo y la mujer emitió el jadeo más largo y más intenso y más duradero que nunca, se quedó relajada, abierta de piernas mientras que su compañera se dispuso a recibir el mismo placer pero de otra manera diferente: se abrió de piernas se puso de rodillas, se sentó de frente sobre la cara de la mujer morena, inclinó su pelvis hacia adelante y le puso en toda la boca su propio sexo después cogió el consolador de color rosa lo chupó con su boca todavía húmeda y la pidió que usara y lo metiera por su bello culo, la dijo que como buena ama quería que su sierva le diera placer por dos sitios diferentes, quería ser la que sintiera más placer, la que disfrutara más de las dos, a cambio al final habría un beso, unas caricias, unos te quieros que después continuarían en la ducha que ambas se darían; quizás volverían a repetir pero los papeles cambiados, no se sabe, pero en ese momento la pelirroja que había ganado la batalla del placer, quería ser la que más recibiera de las dos.
Y sin rechistar, sin queja alguna se puso la mujer morena a comer ese coño y a meter ese consolador por ese culo, que tan bien abierto estaba, deseando de recibir y se escuchó un "qué gusto" por parte de la pelirroja que empujó a la otra mujer a meterlo más, a moverlo de adentro a fuera, mientras la lengua recorría los labios carnosos del coño ya muy mojados, que sabían a gloria, era mejor aquello que chuparle a un tío el miembro, era pensar en lo que deseaba ella para sí y dárselo a la otra, era recordar las sensaciones del orgasmo que había tenido para intentar producirlas en la otra mujer, era querer dar sin recibir nada a cambio, eran mil cosas que en ese momento se sentían.

Estuvieron así un buen rato, con la pelirroja cabalgando con su coño abierto encima de la boca de su compañera morena que le metía agarrando con la mano de uno de los potentes brazos, el consolador en el culo y con la otra empujaba hacía sí a la que estaba ejerciendo de amazona. Los jadeos intensos por parte de ambas llenaban el silencio de la habitación, eran sonidos de gusto, de sensaciones en los cuerpos que a borbotones estaban saliendo por las bocas, cuerpos que tenían deseo que amar, de entregarse, de perderse en el más allá y bien que lo lograban.

Llegó el orgasmo de la muchacha pelirroja en forma de grito ensordecedor en mitad de aquel lugar sin ruido, su coño había terminado por hundirse en la boca de la mujer morena, mientras que ésta había dejado de meter el consolador por el culo, ya no era necesario, ya cumplió su misión y quedó como tantas cosas tirado en el suelo igual que la ropa de la cama, los pantalones, las bragas, los sujetadores y nada más quedaban dos mujeres que se tumbaron de nuevo una encima de la otra , se abrazaron juntando sus cuerpos todo lo que pudieron y se dieron un beso profundo, tierno, queriendo acariciar y poseer al mismo tiempo.
発行者 Wilbisex
4年前
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