La Playa

Recuerdo esa vez que fui a la playa. No suelo ir. No me gusta mucho, pero para hacer algo distinto, fui porque tenía ganas.
Soy de mar y no tanto de playa, pero como no había tanta gente aproveché a quedarme tumbado en la arena.
Recuerdo que una de las cosas que hice ni bien toqué la arena es descalzarme. Dios el placer de sentir la arena en los pies. Me encanta. Caminé despacio, disfrutando de las sensaciones del mar y de la naturaleza. Dejé espacio entre las primeras personas y a una distancia prudencial, me quité la ropa dejando solo el traje de baño. Era un bóxer, azul oscuro que se ajustaba a mi cuerpo. Noté como una señora miraba disimuladamente el bulto que no era un gran bulto, debo admitir, no por el momento.

Mi mente se perdió en dirección al mar, navegando entre pensamientos, jugando con los pies en la arena. El tiempo pasó. Había un poco más de gente. Mis ojos se fijaron en una morocha despampanante. Su cabello era largo pasando los hombros. Tenía una tanga negra que desaparecía en el hermoso relieve de la curvatura de sus grandes nalgas. Pero el espectáculo duro poco, al salir del mar dejó su delantera expuesta. No hacía toples, pero tenía unos hermosos senos naturales. No eran grandes, ni pequeños, pero el top solo tapaba los pezones dejando el busto a la intemperie, eran redonditos, hermosos para llenar la mano al tocarlos y acariciarlos.
Aunque no suelo sexualizar las tetas, los pezones son puntos de placer que, sabiéndolos estimular se genera una gran excitación en la búsqueda del orgasmo y del placer.

Estaba a pocos metros de mí. Vi que tomó el toallón y se secaba la cara, el pecho y un poco los brazos.
Luego se aplica protector y cuando vi que tenía dificultades para la espalda, me ofrecí ayudarla. Me presenté y haciendo gala de mi galantería besé su mano, sé que pude parecer algo bobo incluso anticuado, pero reaccionó bien. Hubo onda y empezamos a hablar.
Era una chica sensible, con gustos naturales.

Entre risas y buena onda y charla amena. Estábamos un poco más íntimos, desinhibidos y no era una chica que desconfíe. Aunque verla boca abajo era todo un espectáculo, al darse vuelta y apoyarse en sus brazos, vi su piel brillosa debido al efecto reflectante del protector solar. Sus piernas largas, suaves y morenas, su cuerpo en general, no hacía otra cosa que remarcar la temperatura.
La invité a remojar su cuerpo. Ella me miró. Al estirarme, notó mi erección pero no dijo nada. Me puse de pie y la tomé de la mano a modo de insistencia y ella cedió.

Fui testigo de aquel remojo, de ver como el agua acariciaba su piel y a a pesar de que su cuerpo era una belleza, su sonrisa deslumbraba.

Había tonteo. Jugábamos. Me preguntó si alguna vez lo había hecho en el mar. Le dije que no. Pero que estaba abierto a nuevas experiencias. Ella sonrió con picara travesura. Se alejó nadando y luego volvió.

-—Me gustas —me dijo—. y quiero darte esa experiencia.

Nos unimos en un beso cargado de pasión. La tomé en mis brazos y ella rodeó mi cuello con los suyos.
Me sentía transformado. Me gustaba el morbo, no había gente a nuestro alrededor y en la playa no notaban nada. Estaba dispuesto a entregarme a l experiencia.

Ella metió su mano debajo del bóxer y mi pene se erectó aún más. Ella me miraba y me dijo que le encanta que le coman las tetas, se corrió el top y me lancé a lamer. Juagaba con sus dos pezones, lamia, chupaba y succionaba esos dos redondeles, pequeños y perfectos, duros.

Quise penetrarla pero el oleaje y el agua nos dificultaban la tarea, así que nos movimos hacia unos acantilados que protegía la visión. Ella se despojó de su provocativo traje de baño y yo dejé mi pene completamente libre. Ella se acostó sobre la roca y le hice sexo oral.

Le metía los dedos mientras lamia el clítoris. Luego le abrí las piernas para generarle placer con mi lengua, usaba movimientos arriba y abajo, en círculos y dibujaba las letras del abecedario usando la lengua a modo de lápiz en un lienzo de placer. Ella intentaba ahogar sus gemidos. Si estuviésemos en la intimidad me pregunto si gemiría con intensidad mayor.

Me coloqué encima de ella, rozando mi pecho con el suyo y mientras acomodé mi pene en su vagina, la besé. Luego aumenté la velocidad hasta sentir como clavaba sus dedos en mi piel. Cuando se le escapaba un gemido la besaba para callarla.
Pero esa mujer, desprendida y sin vergüenza, quiso que le haga sexo anal. Disfrutaba ponerse en cuatro y la consentí.

El oleaje camuflaba los gemidos de placer de aquella insaciable mujer que pedía más y más, entre gemidos. Yo la agarraba desde la cintura y la empujaba hacia mi lado chocando la pelvis de ambos potenciando la penetración.

Es imposible describir con palabras el morbo y el placer que sentía. Sentía la brisa del mar en mi cuerpo completamente desnudo, al aire libre y podíamos ser soprendidos por alguien con mucha facilidad. En las rocas suele haber gente. Pero no me importó. Seguí con la faena.

Ella ladeaba la cabeza con la intensidad del coito. Yo no aguantaba más, Me esforzaba por retrasar la eyaculación pero el momento era inevitable.

Entonces, saque mi pene de su castigado culo. Ella gateó para girarse y recavar la lehe en sus labios. Me pidió que me corra en su boca.

Fue la mejor experiencia, la sensaciones fueron increibles. Cogimos de pie, en cuatro, acostados, nos intercambiabamos posiciones, uff!!! Toda una experiencia.

Nuestra aventura no había terminado. No queda mucho para que se termine el día, pero la noche era joven y larga, pero esta, es otra historia
発行者 Xipe_Totec21
4年前
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