Una chica latina
Un Encuentro Bajo la Luna
El calor de la noche caribeña envolvía la ciudad, donde las luces de neón danzaban sobre las calles adoquinadas. Sofía, una joven latina de curvas generosas y ojos oscuros que parecían guardar mil secretos, caminaba descalza por la playa. Su vestido blanco, ligero como una caricia, se adhería a su piel bronceada por la brisa salada. El rumor de las olas era su única compañía, o al menos eso pensaba.
Bajo la luz plateada de la luna, una figura emergió de las sombras. Era él, Alejandro, un hombre de mirada intensa y sonrisa peligrosa, con un cuerpo que parecía esculpido por los dioses del trópico. Sus pasos eran seguros, como si el destino lo hubiera guiado hasta ella. Sofía lo vio acercarse y su corazón latió con fuerza, no de miedo, sino de una curiosidad ardiente.
—¿Qué hace una mujer como tú sola en una noche así? —preguntó él, su voz grave resonando como un tambor en el pecho de Sofía.
Ella sonrió, juguetona, dejando que el viento jugara con su cabello negro azabache. —¿Y qué hace un hombre como tú buscando compañía en la oscuridad?
Sin mediar más palabras, Alejandro se acercó, su aliento cálido rozando el cuello de Sofía. Ella no retrocedió; al contrario, inclinó la cabeza, invitándolo a explorar. Sus manos, fuertes pero suaves, encontraron la cintura de Sofía, trazando el contorno de su figura como si quisiera memorizar cada curva. Ella respondió con un suspiro, sus dedos deslizándose por los hombros de él, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa entreabierta.
La arena tibia bajo sus pies parecía arder tanto como el deseo que crecía entre ellos. Alejandro la atrajo hacia sí, sus labios encontrándose en un beso lento, profundo, cargado de promesas tácitas. Sofía sintió cómo el mundo se desvanecía, dejando solo el calor de sus cuerpos y el ritmo de sus respiraciones. El vestido de ella cayó al suelo como una nube, y las manos de Alejandro recorrieron su piel, despertando escalofríos que nada tenían que ver con la brisa marina.
Se tumbaron sobre la arena, la luna como único testigo. Los dedos de Sofía se enredaron en el cabello de Alejandro mientras él exploraba cada rincón de su cuerpo con una devoción casi reverente. Sus susurros en español, mezclados con gemidos suaves, se perdían en la noche. Cada caricia era un desafío, cada roce una invitación a perderse más en el otro. El tiempo se detuvo, y el mundo entero se redujo a ese instante de piel contra piel, de deseo que ardía como el sol que había calentado esa playa horas antes.
Cuando todo terminó, se quedaron allí, envueltos en el silencio del mar, con la luna reflejándose en sus ojos. Sofía sonrió, sabiendo que esa noche no sería la última. Alejandro le acarició la mejilla, prometiendo sin palabras que volverían a encontrarse, donde el calor y la pasión siempre tendrían un hogar.
El calor de la noche caribeña envolvía la ciudad, donde las luces de neón danzaban sobre las calles adoquinadas. Sofía, una joven latina de curvas generosas y ojos oscuros que parecían guardar mil secretos, caminaba descalza por la playa. Su vestido blanco, ligero como una caricia, se adhería a su piel bronceada por la brisa salada. El rumor de las olas era su única compañía, o al menos eso pensaba.
Bajo la luz plateada de la luna, una figura emergió de las sombras. Era él, Alejandro, un hombre de mirada intensa y sonrisa peligrosa, con un cuerpo que parecía esculpido por los dioses del trópico. Sus pasos eran seguros, como si el destino lo hubiera guiado hasta ella. Sofía lo vio acercarse y su corazón latió con fuerza, no de miedo, sino de una curiosidad ardiente.
—¿Qué hace una mujer como tú sola en una noche así? —preguntó él, su voz grave resonando como un tambor en el pecho de Sofía.
Ella sonrió, juguetona, dejando que el viento jugara con su cabello negro azabache. —¿Y qué hace un hombre como tú buscando compañía en la oscuridad?
Sin mediar más palabras, Alejandro se acercó, su aliento cálido rozando el cuello de Sofía. Ella no retrocedió; al contrario, inclinó la cabeza, invitándolo a explorar. Sus manos, fuertes pero suaves, encontraron la cintura de Sofía, trazando el contorno de su figura como si quisiera memorizar cada curva. Ella respondió con un suspiro, sus dedos deslizándose por los hombros de él, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa entreabierta.
La arena tibia bajo sus pies parecía arder tanto como el deseo que crecía entre ellos. Alejandro la atrajo hacia sí, sus labios encontrándose en un beso lento, profundo, cargado de promesas tácitas. Sofía sintió cómo el mundo se desvanecía, dejando solo el calor de sus cuerpos y el ritmo de sus respiraciones. El vestido de ella cayó al suelo como una nube, y las manos de Alejandro recorrieron su piel, despertando escalofríos que nada tenían que ver con la brisa marina.
Se tumbaron sobre la arena, la luna como único testigo. Los dedos de Sofía se enredaron en el cabello de Alejandro mientras él exploraba cada rincón de su cuerpo con una devoción casi reverente. Sus susurros en español, mezclados con gemidos suaves, se perdían en la noche. Cada caricia era un desafío, cada roce una invitación a perderse más en el otro. El tiempo se detuvo, y el mundo entero se redujo a ese instante de piel contra piel, de deseo que ardía como el sol que había calentado esa playa horas antes.
Cuando todo terminó, se quedaron allí, envueltos en el silencio del mar, con la luna reflejándose en sus ojos. Sofía sonrió, sabiendo que esa noche no sería la última. Alejandro le acarició la mejilla, prometiendo sin palabras que volverían a encontrarse, donde el calor y la pasión siempre tendrían un hogar.
8ヶ月前