Primer encuentro con nuestro corneador
Serían alrededor de las dos de la madrugada cuando Michelle y yo llegamos al aeropuerto a buscar a Julio. Desde el mismo instante en que lo vi aparecer por la puerta de llegadas, con esa seguridad que lo caracteriza, sentí que algo en mi interior se estremecía. Lo habíamos conocido meses atrás en un portal de cornudos y esposas calientes, y desde entonces la fantasía había ido creciendo, alimentada por fotos, conversaciones y confesiones. Pero tenerlo frente a mí, verlo en persona, superaba cualquier imagen que me hubiera hecho de él.
Julio imponía respeto. Un hombre de cincuenta años, alto, fornido, con la piel trigueña y una elegancia natural que no necesitaba esfuerzo. Ya sabíamos, por las imágenes que compartía con descaro, que estaba dotado de un sexo enorme: diez pulgadas de carne gruesa, venosa, hecha para dominar. Ese detalle, lejos de intimidarnos, fue lo que terminó de encender en Michelle y en mí una atracción casi enfermiza.
Cuando se acercó, reconoció de inmediato a mi esposa y la abrazó con fuerza. No se limitó a un saludo cordial: la besó en la boca como si ya fuera suya. Y lo mismo hizo conmigo. Me sorprendió cuando sus labios me rozaron y su mano firme se adueñó de mis nalgas, marcando de entrada el papel que yo ocuparía esa noche: el de un testigo excitado, un cómplice en su conquista.
En el camino a casa, Michelle decidió sentarse junto a él en el asiento trasero. Yo, desde el retrovisor, podía ver cómo mi mujer jugaba con la tentación: se desabrochó la blusa con un gesto provocador y dejó sus pechos expuestos. Julio no lo dudó. Se inclinó sobre ella y se los llevó a la boca con una hambre animal. Escuchaba los gemidos de Michelle mezclarse con los sonidos húmedos de su boca succionando cada pezón. Yo conducía con el sexo palpitando, a punto de reventar, conteniendo las ganas de masturbarme ahí mismo mientras la escena me incendiaba.
Llegamos a la casa cerca de las cuatro de la mañana. Yo bajé el equipaje, traté de distraerme preparando unos tragos… pero ellos ya se habían encerrado en el baño. Salieron minutos después, desnudos, con la piel húmeda, los ojos brillantes y una complicidad que me lo dijo todo: ya habían hecho el amor sin esperarme. Lo supe sin que nadie me lo confirmara.
Mi rostro lo delató. Michelle lo notó enseguida y, con una sonrisa traviesa, me acarició la mejilla mientras me susurraba:
—Ay, mi amor… estás celoso porque no me esperé, ¿verdad? No te preocupes… hoy vas a ver cómo Julio me da hasta por el culo.
Esa frase se me clavó en la mente como un látigo. Celos, orgullo y deseo se mezclaron en mí hasta confundirse.
Lo que siguió fue una madrugada de exceso. En la habitación, Julio y Michelle se entregaban como si llevaran años deseándose. Sus cuerpos se buscaban, se devoraban, mientras yo los observaba, masturbándome sin prisa, disfrutando cada gesto, cada grito, cada mirada cómplice que ella me regalaba mientras él la poseía sin piedad. Veía a mi mujer abrirse de piernas, ofrecerse por completo, y al mismo tiempo sentía que cada embestida de Julio la hacía más mía, porque me lo estaba mostrando, compartiendo con una honestidad brutal su placer.
Cuando él finalmente descargó dentro de ella, me acerqué temblando. No fue un acto de sumisión, fue un ritual. Metí mi lengua en el sexo húmedo de Michelle y saboreé la mezcla caliente de ambos. Sentí la esencia de él en el cuerpo de mi esposa, y eso me encendió todavía más. Terminé también limpiando su piel, recorriendo con mi boca los rastros de su semen en su virilidad, completando así el círculo de esa madrugada que me marcó para siempre.
Julio imponía respeto. Un hombre de cincuenta años, alto, fornido, con la piel trigueña y una elegancia natural que no necesitaba esfuerzo. Ya sabíamos, por las imágenes que compartía con descaro, que estaba dotado de un sexo enorme: diez pulgadas de carne gruesa, venosa, hecha para dominar. Ese detalle, lejos de intimidarnos, fue lo que terminó de encender en Michelle y en mí una atracción casi enfermiza.
Cuando se acercó, reconoció de inmediato a mi esposa y la abrazó con fuerza. No se limitó a un saludo cordial: la besó en la boca como si ya fuera suya. Y lo mismo hizo conmigo. Me sorprendió cuando sus labios me rozaron y su mano firme se adueñó de mis nalgas, marcando de entrada el papel que yo ocuparía esa noche: el de un testigo excitado, un cómplice en su conquista.
En el camino a casa, Michelle decidió sentarse junto a él en el asiento trasero. Yo, desde el retrovisor, podía ver cómo mi mujer jugaba con la tentación: se desabrochó la blusa con un gesto provocador y dejó sus pechos expuestos. Julio no lo dudó. Se inclinó sobre ella y se los llevó a la boca con una hambre animal. Escuchaba los gemidos de Michelle mezclarse con los sonidos húmedos de su boca succionando cada pezón. Yo conducía con el sexo palpitando, a punto de reventar, conteniendo las ganas de masturbarme ahí mismo mientras la escena me incendiaba.
Llegamos a la casa cerca de las cuatro de la mañana. Yo bajé el equipaje, traté de distraerme preparando unos tragos… pero ellos ya se habían encerrado en el baño. Salieron minutos después, desnudos, con la piel húmeda, los ojos brillantes y una complicidad que me lo dijo todo: ya habían hecho el amor sin esperarme. Lo supe sin que nadie me lo confirmara.
Mi rostro lo delató. Michelle lo notó enseguida y, con una sonrisa traviesa, me acarició la mejilla mientras me susurraba:
—Ay, mi amor… estás celoso porque no me esperé, ¿verdad? No te preocupes… hoy vas a ver cómo Julio me da hasta por el culo.
Esa frase se me clavó en la mente como un látigo. Celos, orgullo y deseo se mezclaron en mí hasta confundirse.
Lo que siguió fue una madrugada de exceso. En la habitación, Julio y Michelle se entregaban como si llevaran años deseándose. Sus cuerpos se buscaban, se devoraban, mientras yo los observaba, masturbándome sin prisa, disfrutando cada gesto, cada grito, cada mirada cómplice que ella me regalaba mientras él la poseía sin piedad. Veía a mi mujer abrirse de piernas, ofrecerse por completo, y al mismo tiempo sentía que cada embestida de Julio la hacía más mía, porque me lo estaba mostrando, compartiendo con una honestidad brutal su placer.
Cuando él finalmente descargó dentro de ella, me acerqué temblando. No fue un acto de sumisión, fue un ritual. Metí mi lengua en el sexo húmedo de Michelle y saboreé la mezcla caliente de ambos. Sentí la esencia de él en el cuerpo de mi esposa, y eso me encendió todavía más. Terminé también limpiando su piel, recorriendo con mi boca los rastros de su semen en su virilidad, completando así el círculo de esa madrugada que me marcó para siempre.
5ヶ月前