Provocando a papá...
Solo faltan unos días para que cumpla los 18 años y mi padre me ha llamado a su despacho para hablar conmigo.
“Hijo, vas a cumplir la mayoría de edad, me siento orgulloso de ti, porque estás llevando muy bien la carrera, y ese trabajo de guarda forestal que haces desde hace casi un año me parece estupendo, además siempre me has demostrado que me quieres mucho y que eres un buen hijo. Por eso, para celebrarlo, quiero hacerte un buen regalo, he pensado que podríamos buscar un coche de segunda mano, elige tu la marca y te pago la matrícula para una autoescuela, aunque tal vez prefieras una moto o cualquier otro regalo. Tú verás”
Me quedé mirándole a los ojos unos segundos sin decir nada. Mi padre tiene un brillo especial en sus ojos de color miel. Cuando le miro parece como si me adentrara en un mundo de ensueño. Cuando era pequeño solía sacarme del trance con un “Despierta, que estás en Babia”.
“Bueno, hijo no hace falta que lo decidas ahora mismo, piénsatelo”.
“Padre”, me atreví con esfuerzo a replicarle, “tu ya sabes el regalo que yo más deseo”.
Ahora fue el quien se quedó sin palabras, se levantó nervioso y se plantó ante mí apoyado en la mesa.
“Hijo, creía que se te había pasado esa obsesión”.
Esa obsesión había comenzado unos cuatro años atrás, un día mi padre estaba durmiendo la siesta, mi madre me pidió que fuera a despertarlo porque debía volver al trabajo. Entré en su dormitorio. Estaba tumbado en la cama boca arriba, cubierto con una sábana hasta la cintura que por alguna razón se elevaba hacia el techo como una tienda de campaña. Sentí curiosidad y procurando no despertarle bajé la sábana. El mástil que enarbolaba la sábana era un inmenso cipote rígidamente empalmado en vertical. Lo observé con detenimiento, era un precioso músculo, grueso y largo, con una vena verdosa que se destacaba hinchada a lo largo del cañón y un capullo rosáceo y brillante en cuya cúspide se abría un excitante y húmedo orificio. Sonreí pensando que por ese agujero había salido la leche que me había engendrado.
Y de repente sentí un deseo irreprimible de darle un lametón. Me incliné acercando mis labios al agujero, saqué la lengua humedecida en saliva y lo lamí.
En este momento se despertó mi padre, dio un brinco y todo el capullo terminó dentro de mi boca, pero inmediatamente lo retiró con aspaviento mientras me reprendía:
“¿Pero qué haces muchacho?, ¿Me estás chupando la polla?”
Atemorizado le respondí titubeante:
“Solo quería despertarte, padre, para que no se te haga tarde para ir la trabajo”.
“¿Te ha dicho tu madre que me despertaras?”
“Si, padre”
“Ya hablaré yo con ella”
“Por favor papá, no le digas que te estaba chupando la polla”
Mi padre se había levantado y ya tenía puesta la camisa, pero su cipote, aunque más encogido, menos hinchado y más flácido, seguía a la vista, y yo no podía apartar mis ojos de él. Mi padre se acercó y me rodeó son sus musculosos y peludos brazos tranquilizándome.
“De acuerdo, hijo, pero procura no volver a hacerlo. Eres ***** de edad, y aunque fueras mayor, no es noble aprovecharse de un hombre cuando está dormido”
“De acuerdo, te prometo no volver a chupártelo, padre”
“No me pareces muy convencido, no deberías prometer algo que no estés dispuesto a cumplir”
De forma medio burlesca le respondí:
“Bueno, padre, pues retiro la promesa”
A mi padre le hizo gracia la salida, se rió y me espetó:
“Eres un puto cabroncete, hijo”
Y me dio un beso en la mejilla que me pareció el beso más cálido, tierno y amoroso que me habían dado nunca. Le ayudé a vestirse, fue a saludar a mi madre y se marchó.
En repetidas ocasiones he sentido esa maravillosa atracción por su inmenso miembro.
Recuerdo por ejemplo una mañana, ya tendría los dieciséis años, estaba mi padre meando en el cuarto de baño, yo entré y me quedé mirando el chorro, el cipote no estaba totalmente empalmado, pero sí como él suele decir, un poco “morcillón”. Me dio mucho gusto ver como salía aquel chorro de orines dorados y brillantes, y no pude evitar la tentación de acercar mis dedos bajo el caño, mojarlos y llevármelos a los labios.
Mi padre me miró sorprendido
“¿Estás chupando mi meados, hijo?”
“Es una tontería padre, a veces lo hago con los míos, me pone muy cachondo”
Y volví a hacerlo.
“Ya veo que te has empalmado, ¿Y no te da asco?”
“Claro que no, me da mucho gusto, si tu quisieras podría beber a chorro de tu porrón y tragarme toda tu meada”.
Mi padre ya había terminado, se había guardado el trabuco y se despidió
“Joder, chico, cada día eres más maricón. Anda, quédate aquí haciéndote un pajote a mi salud”
Y eso procuraba hacer yo: cascármela a su salud.
A mi la idea de chuparle la verga nunca me abandonó. En cualquier momento, a cada rato, me imaginaba la escena. A veces la escribía en un cuaderno que luego arrojaba a la basura; en otras ocasiones me masturbaba frenéticamente contemplando la foto que previamente me llevaba a mi cuarto y que él exhibía orgulloso en una de las librerías de su despacho; la foto del trofeo de caza; en la que él, barba de cuatro días y vestido con sus ajustados jeans y su sudadera gris alzaba al aire con su brazo izquierdo aquel a****l que podría haber sido una liebre o quizás un conejo, horas antes abatido... En mi calenturienta mente de director porno, mi padre se sentaba en el sofá de su despacho y me invitaba gustoso a mamarle aquel pedazo de carne que me dio vida. En mi imaginación él gemía de placer y sus dos pelotas morenas, expuestas al aire, danzaban al ritmo de mi felatio.
El grado de tolerancia de mi padre hacia mis escarceos variaba según el estado afectivo y emocional en que se encontrara. Cuando se divorció de mi madre, el juez me preguntó con quien deseaba vivir y por supuesto le dije que con mi padre. Él siempre me lo agradeció mucho. La primera noche que pasó sin su mujer, yo había salido con unos amigos y volví tarde, pero él estaba despierto asomado al balcón vestido con un calzoncillo bóxer por cuya bragueta asomaban sus grandes cojones.
“¿Estás esperándome, machote?
“No, es que no puedo conciliar el sueño, hijo”
“¿Quieres que duerma contigo, padre?”
“Bueno, tal vez necesite el calor de una persona que llene la cama”
No se quitó el calzoncillo, yo sí me desnudé completamente. Me acurruqué dándole el culo a mi padre por si se animaba, él me abrazó con sus hermosos brazotes, yo le acaricié los pelos y le dí un beso en la mano, mi padre me dio las buenas noches y nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente me desperté pronto, mi padre ya no me abrazaba, estaba boca arriba con su mástil enhiesto, saliendo viril del boxer y en su base sus dos cojones oscuros y peludos asomándose encantadores y no pude resistir acercar mi mano y agarrarle el que tenía más cerca, son tan grandes que con la mano no puedo abarcar los dos a la vez. Mi padre se despertó y me reprendió;
“Hijo, te he dicho muchas veces que no me gusta que te aproveches de mí cuando estoy dormido”
“Joder, machote, si no me dejas tocarte cuando estás despierto, no me queda otro remedio que aprovecharme cuando duermes”
Lo sorprendente fue que no hizo ningún ademán de retirarme la mano, por lo cual seguí sobándole y acariciándole delicadamente, mientras conversábamos.
“¿Es que en la universidad no hay ningún macho dispuesto a follarte, hijo?”
“Pues sí, precisamente ese tipo grandullón que te presenté cuando me llevaste el otro día, que lleva todo el curso queriéndome dar por el culo”
“Pues era guapetón y fortachón ¿por qué no te lo montas con él?”
Seguía acariciándole uno y otro cojón, los pelos provocaban tal vibración en mis dedos que la excitación me recorría todo el cuerpo.
“No me gusta, es muy joven para mi, a mi me gustáis los machotes hechos y derechos como tú”
“¿Hecho y derecho y con pelos en el pecho?”
“En el pecho, en los brazos, en los huevos”
El cipote de mi padre vibraba vigoroso en el aire, se notaba que estaba disfrutando del masaje. Por otro lado, yo tenía mi polla empalmada y babeante, pero no me atrevía a tocármela.
“Además que yo creo ese tío ya se ha follado a media universidad, incluidos más de un profesor”
Mi padre sonrió mientras me espetaba:
“¿Qué pasa, es que en esa universidad sois todos maricones?”
Y yo aproveché su buen humor para bromear:
“Somos una plaga, papá.”
Y de camino me atreví a cogerle el cipote por la base. Ahí mi padre me tomó la mano y suavemente me la retiró.
“No te pases, cabroncete”
“Está bien machote, tu pones los límites”
“Anda, vete al baño a meneártela que estás manchándome la sábana”
Lo hice repitiéndome mentalmente a mi mismo. “cabroncete, trágate mi leche cabroncete, …” hasta que me corrí recogiendo la leche en el hueco de mi mano y me la llevé a los labios imaginando que era la de mi padre.
Del cuerpazo de mi padre lo que más me fascina además de su polla y sus cojones son los pelos de su amplio pecho y los brazos musculosos. Desde joven ha ido siempre al gimnasio, y tiene unos bíceps impresionantes.
Afortunadamente sus brazos son la única parte de su cuerpo que desde que era niño siempre me ha permitido que le acaricie sin restricciones.
Y no solo a mí, a mi padre le encanta presumir de músculos y siempre permite e incluso fomenta que sus amigos le toquen los bíceps y los músculos de su antebrazo. Claro que ninguno lo hace con la ternura y deleite con que lo hago yo, pasando las yemas de mis dedos por sus venas. Recorriendo los pelos casi uno por uno, que me provocan un cosquilleo que siento hasta lo más profundo de mi corazón.
Le gusta oírme decir, y también oírselo a sus amigotes, que sus manos y sus antebrazos son muy fuertes y peludos.
Una tarde, mientras veíamos la televisión, yo le acariciaba los pelos del antebrazo y me atreví a confesarle:
“Machote, me gustaría que un día me abrieras el culo introduciéndome estos dedos, esta manaza y al final todo este hermoso antebrazo, hasta el codo”
“¿Ibas a aguantar el dolor?” me pregunto con un poco de sorna.
“Seguro, el placer de sentir tus pelos recorriendo mi culo sería más intenso que el dolor que provocaras al abrirme en canal”
Ya tenía acostumbrado a mi padre a este tipo de comentarios fantasiosos, así que él ya no se cortaba en darme respuestas como:
“Pues ya puestos, te lo meto hasta el hombro. Así te entrará el puño por el culo y te saldrá por la boca, ¿no te jode?”
Ahora mi machote estaba delante de mí, preguntándome si se me había pasado la obsesión
“No, papá, no se me ha pasado, como regalo de cumpleaños solo deseo que me eches un buen polvo”
“Está bien, hijo, siempre te he dicho que no quería hacerlo porque eras ***** de edad, así que, ahora que vas a cumplir los dieciocho, voy a procurar satisfacer todas tus fantasías”
“Hijo, vas a cumplir la mayoría de edad, me siento orgulloso de ti, porque estás llevando muy bien la carrera, y ese trabajo de guarda forestal que haces desde hace casi un año me parece estupendo, además siempre me has demostrado que me quieres mucho y que eres un buen hijo. Por eso, para celebrarlo, quiero hacerte un buen regalo, he pensado que podríamos buscar un coche de segunda mano, elige tu la marca y te pago la matrícula para una autoescuela, aunque tal vez prefieras una moto o cualquier otro regalo. Tú verás”
Me quedé mirándole a los ojos unos segundos sin decir nada. Mi padre tiene un brillo especial en sus ojos de color miel. Cuando le miro parece como si me adentrara en un mundo de ensueño. Cuando era pequeño solía sacarme del trance con un “Despierta, que estás en Babia”.
“Bueno, hijo no hace falta que lo decidas ahora mismo, piénsatelo”.
“Padre”, me atreví con esfuerzo a replicarle, “tu ya sabes el regalo que yo más deseo”.
Ahora fue el quien se quedó sin palabras, se levantó nervioso y se plantó ante mí apoyado en la mesa.
“Hijo, creía que se te había pasado esa obsesión”.
Esa obsesión había comenzado unos cuatro años atrás, un día mi padre estaba durmiendo la siesta, mi madre me pidió que fuera a despertarlo porque debía volver al trabajo. Entré en su dormitorio. Estaba tumbado en la cama boca arriba, cubierto con una sábana hasta la cintura que por alguna razón se elevaba hacia el techo como una tienda de campaña. Sentí curiosidad y procurando no despertarle bajé la sábana. El mástil que enarbolaba la sábana era un inmenso cipote rígidamente empalmado en vertical. Lo observé con detenimiento, era un precioso músculo, grueso y largo, con una vena verdosa que se destacaba hinchada a lo largo del cañón y un capullo rosáceo y brillante en cuya cúspide se abría un excitante y húmedo orificio. Sonreí pensando que por ese agujero había salido la leche que me había engendrado.
Y de repente sentí un deseo irreprimible de darle un lametón. Me incliné acercando mis labios al agujero, saqué la lengua humedecida en saliva y lo lamí.
En este momento se despertó mi padre, dio un brinco y todo el capullo terminó dentro de mi boca, pero inmediatamente lo retiró con aspaviento mientras me reprendía:
“¿Pero qué haces muchacho?, ¿Me estás chupando la polla?”
Atemorizado le respondí titubeante:
“Solo quería despertarte, padre, para que no se te haga tarde para ir la trabajo”.
“¿Te ha dicho tu madre que me despertaras?”
“Si, padre”
“Ya hablaré yo con ella”
“Por favor papá, no le digas que te estaba chupando la polla”
Mi padre se había levantado y ya tenía puesta la camisa, pero su cipote, aunque más encogido, menos hinchado y más flácido, seguía a la vista, y yo no podía apartar mis ojos de él. Mi padre se acercó y me rodeó son sus musculosos y peludos brazos tranquilizándome.
“De acuerdo, hijo, pero procura no volver a hacerlo. Eres ***** de edad, y aunque fueras mayor, no es noble aprovecharse de un hombre cuando está dormido”
“De acuerdo, te prometo no volver a chupártelo, padre”
“No me pareces muy convencido, no deberías prometer algo que no estés dispuesto a cumplir”
De forma medio burlesca le respondí:
“Bueno, padre, pues retiro la promesa”
A mi padre le hizo gracia la salida, se rió y me espetó:
“Eres un puto cabroncete, hijo”
Y me dio un beso en la mejilla que me pareció el beso más cálido, tierno y amoroso que me habían dado nunca. Le ayudé a vestirse, fue a saludar a mi madre y se marchó.
En repetidas ocasiones he sentido esa maravillosa atracción por su inmenso miembro.
Recuerdo por ejemplo una mañana, ya tendría los dieciséis años, estaba mi padre meando en el cuarto de baño, yo entré y me quedé mirando el chorro, el cipote no estaba totalmente empalmado, pero sí como él suele decir, un poco “morcillón”. Me dio mucho gusto ver como salía aquel chorro de orines dorados y brillantes, y no pude evitar la tentación de acercar mis dedos bajo el caño, mojarlos y llevármelos a los labios.
Mi padre me miró sorprendido
“¿Estás chupando mi meados, hijo?”
“Es una tontería padre, a veces lo hago con los míos, me pone muy cachondo”
Y volví a hacerlo.
“Ya veo que te has empalmado, ¿Y no te da asco?”
“Claro que no, me da mucho gusto, si tu quisieras podría beber a chorro de tu porrón y tragarme toda tu meada”.
Mi padre ya había terminado, se había guardado el trabuco y se despidió
“Joder, chico, cada día eres más maricón. Anda, quédate aquí haciéndote un pajote a mi salud”
Y eso procuraba hacer yo: cascármela a su salud.
A mi la idea de chuparle la verga nunca me abandonó. En cualquier momento, a cada rato, me imaginaba la escena. A veces la escribía en un cuaderno que luego arrojaba a la basura; en otras ocasiones me masturbaba frenéticamente contemplando la foto que previamente me llevaba a mi cuarto y que él exhibía orgulloso en una de las librerías de su despacho; la foto del trofeo de caza; en la que él, barba de cuatro días y vestido con sus ajustados jeans y su sudadera gris alzaba al aire con su brazo izquierdo aquel a****l que podría haber sido una liebre o quizás un conejo, horas antes abatido... En mi calenturienta mente de director porno, mi padre se sentaba en el sofá de su despacho y me invitaba gustoso a mamarle aquel pedazo de carne que me dio vida. En mi imaginación él gemía de placer y sus dos pelotas morenas, expuestas al aire, danzaban al ritmo de mi felatio.
El grado de tolerancia de mi padre hacia mis escarceos variaba según el estado afectivo y emocional en que se encontrara. Cuando se divorció de mi madre, el juez me preguntó con quien deseaba vivir y por supuesto le dije que con mi padre. Él siempre me lo agradeció mucho. La primera noche que pasó sin su mujer, yo había salido con unos amigos y volví tarde, pero él estaba despierto asomado al balcón vestido con un calzoncillo bóxer por cuya bragueta asomaban sus grandes cojones.
“¿Estás esperándome, machote?
“No, es que no puedo conciliar el sueño, hijo”
“¿Quieres que duerma contigo, padre?”
“Bueno, tal vez necesite el calor de una persona que llene la cama”
No se quitó el calzoncillo, yo sí me desnudé completamente. Me acurruqué dándole el culo a mi padre por si se animaba, él me abrazó con sus hermosos brazotes, yo le acaricié los pelos y le dí un beso en la mano, mi padre me dio las buenas noches y nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente me desperté pronto, mi padre ya no me abrazaba, estaba boca arriba con su mástil enhiesto, saliendo viril del boxer y en su base sus dos cojones oscuros y peludos asomándose encantadores y no pude resistir acercar mi mano y agarrarle el que tenía más cerca, son tan grandes que con la mano no puedo abarcar los dos a la vez. Mi padre se despertó y me reprendió;
“Hijo, te he dicho muchas veces que no me gusta que te aproveches de mí cuando estoy dormido”
“Joder, machote, si no me dejas tocarte cuando estás despierto, no me queda otro remedio que aprovecharme cuando duermes”
Lo sorprendente fue que no hizo ningún ademán de retirarme la mano, por lo cual seguí sobándole y acariciándole delicadamente, mientras conversábamos.
“¿Es que en la universidad no hay ningún macho dispuesto a follarte, hijo?”
“Pues sí, precisamente ese tipo grandullón que te presenté cuando me llevaste el otro día, que lleva todo el curso queriéndome dar por el culo”
“Pues era guapetón y fortachón ¿por qué no te lo montas con él?”
Seguía acariciándole uno y otro cojón, los pelos provocaban tal vibración en mis dedos que la excitación me recorría todo el cuerpo.
“No me gusta, es muy joven para mi, a mi me gustáis los machotes hechos y derechos como tú”
“¿Hecho y derecho y con pelos en el pecho?”
“En el pecho, en los brazos, en los huevos”
El cipote de mi padre vibraba vigoroso en el aire, se notaba que estaba disfrutando del masaje. Por otro lado, yo tenía mi polla empalmada y babeante, pero no me atrevía a tocármela.
“Además que yo creo ese tío ya se ha follado a media universidad, incluidos más de un profesor”
Mi padre sonrió mientras me espetaba:
“¿Qué pasa, es que en esa universidad sois todos maricones?”
Y yo aproveché su buen humor para bromear:
“Somos una plaga, papá.”
Y de camino me atreví a cogerle el cipote por la base. Ahí mi padre me tomó la mano y suavemente me la retiró.
“No te pases, cabroncete”
“Está bien machote, tu pones los límites”
“Anda, vete al baño a meneártela que estás manchándome la sábana”
Lo hice repitiéndome mentalmente a mi mismo. “cabroncete, trágate mi leche cabroncete, …” hasta que me corrí recogiendo la leche en el hueco de mi mano y me la llevé a los labios imaginando que era la de mi padre.
Del cuerpazo de mi padre lo que más me fascina además de su polla y sus cojones son los pelos de su amplio pecho y los brazos musculosos. Desde joven ha ido siempre al gimnasio, y tiene unos bíceps impresionantes.
Afortunadamente sus brazos son la única parte de su cuerpo que desde que era niño siempre me ha permitido que le acaricie sin restricciones.
Y no solo a mí, a mi padre le encanta presumir de músculos y siempre permite e incluso fomenta que sus amigos le toquen los bíceps y los músculos de su antebrazo. Claro que ninguno lo hace con la ternura y deleite con que lo hago yo, pasando las yemas de mis dedos por sus venas. Recorriendo los pelos casi uno por uno, que me provocan un cosquilleo que siento hasta lo más profundo de mi corazón.
Le gusta oírme decir, y también oírselo a sus amigotes, que sus manos y sus antebrazos son muy fuertes y peludos.
Una tarde, mientras veíamos la televisión, yo le acariciaba los pelos del antebrazo y me atreví a confesarle:
“Machote, me gustaría que un día me abrieras el culo introduciéndome estos dedos, esta manaza y al final todo este hermoso antebrazo, hasta el codo”
“¿Ibas a aguantar el dolor?” me pregunto con un poco de sorna.
“Seguro, el placer de sentir tus pelos recorriendo mi culo sería más intenso que el dolor que provocaras al abrirme en canal”
Ya tenía acostumbrado a mi padre a este tipo de comentarios fantasiosos, así que él ya no se cortaba en darme respuestas como:
“Pues ya puestos, te lo meto hasta el hombro. Así te entrará el puño por el culo y te saldrá por la boca, ¿no te jode?”
Ahora mi machote estaba delante de mí, preguntándome si se me había pasado la obsesión
“No, papá, no se me ha pasado, como regalo de cumpleaños solo deseo que me eches un buen polvo”
“Está bien, hijo, siempre te he dicho que no quería hacerlo porque eras ***** de edad, así que, ahora que vas a cumplir los dieciocho, voy a procurar satisfacer todas tus fantasías”
11年前