El secreto de Hugo (su padre)...

Gracias amigo -TR-

Mi padre.



“¿Por qué este verano hacía tanto calor?” pensé mientras sacaba las maletas al coche de mi madre. Llevaba la camiseta empapada y empezaba a desprender un ligero olor a sudor que ya podía a notarse a cierta distancia. “Luego me baño en la piscina a ver si me quito este calorazo insoportable”, pensé para mis adentros.



El termómetro de la calle marcaba 38 grados, y sólo eran las 12 de la mañana. Mi padre se asomó al porche de casa. Estaba en calzoncillos, sudando copiosamente también, marcando un paquete bien contundente en unos boxers ajustadísimos que por lo menos eran dos tallas menos.



Yo no me cortaba y le miraba descaradamente, porque en realidad lo que a mi padre le gustaba, y siempre le había gustado, es que admiraran su cuerpazo de especimen de macho como ya no exiten.



Era un tío imponente, un morenazo de película. Su cuerpo bronceado de horas al sol era pura firmeza. La fibra de sus horas de ciclismo, con unos muslazos tremendos recorridos por una suave capa de vello que apetecía acariciar. El calzoncillo le quedaba ajustadísimo, tanto que se marcaba levemente la forma de su rabo gordo, ladeado y con la humedad de su cuerpo, una capa de sudor hacía que se transparentara ligeramente la silueta de sus cojonazos. Una curva que se apreciaba rosa marcaba perfectamente su capullo, redondo y gordo. El vientre plano velludo y esos pectorales, los biceps currados de horas de gimnasio, apretaban unas axilas masculinas que se adentraban en la oscuridad y que apetecía lanzarse a lamer a todas horas. El sudor le hacía líneas en sus pecho y en su barriga y caía por la gravedad desde su cuello hasta sus pectorales.



Si tuviera que poner un ejemplo de tío perfecto, elegiría sin duda a mi viejo. Sencillamente era el hombre al que me quería parecer. Cada gesto que hacía, cada mirada o palabra que soltaba por esa boca cervecera era sinómimo de soy un tío masculino, sin complejos, follador y semental. Sus movimientos eran la demostración de que la testosterona en estado puro crea belleza también.



Por desgracia yo no tenía nada que ver con él. Rubiete, blancucho y al menos 20 centímetros más bajo que él, un canijo a su lado que quería parecer un hombre, y al que todavía no le salía ni barba.



Y ahí estaba, rascándose su pelo despeinado de recién levantado, marcando un biceps tremendo y dejando ver una axila húmeda, en medio de la terraza que daba al jardín con las piernas abiertas y con una mano por dentro del calconzillo intentando colocarse los huevazos, mientras miraba cómo cerraba el portón del todoterreno de mi madre.



-¿Has ayudado a tu madre a llevar las maletas? Me preguntó con cara de sueño mientras sacaba su mano de su paquete y se rascaba un abultado pectoral descaradamente. ¡Joder qué calor! -dijo serio.



-Si papá, las he dejado en el maletero junto a las dos bolsas. -¿Por qué se va hoy? Si hasta la semana que viene no tiene que estar allí.



-Tus tíos quieren que vaya para acabar con el papeleo cuanto antes- contestó con tono resignado.



Me quedé mirando fijamente contundencia de su cuerpo. Ligeras gotitas adornaban todo su torso, y los vellos que recorrían sus pectorales estaban húmedos y empezaban a pegarse a los pezones. Subí despacio los escalones mirando sus facciones definidas y masculinas, y la barba de varios días que adornaban una cara perfecta.



-¿Oye tío, qué pasa que no había ropa para ponerte hoy?- Le dije entre risas, mirándole a los ojos directamente.



Soltó una carcajada. “Joder, qué dices, con el calor que hace, estoy en la gloria”. Se acercó a mí y me dijo con tono serio: “Apestas a troll ¿no te has duchado hoy o qué?- sentenció con una carcajada sonora.



“No”, dije entre risas, un poco avergonzado. Reconocía que era posible que desprendiera un ligero olor a sudor. “Voy a tirarme a la piscina pero ya” y le pegué un empujón con todo mi cuerpo que hizo que se tambaleara.



¡Será posible! !Qué cabrón! Como un rayo, me agarró de la cintura mientras intentaba escapar, me levantó en el aire gritando dijo: “¡qué guarrete es el niño, a bañarse que huele a león!”.



Recorrió los 10 metros que separaban el porche de la piscina, y dando un salto, con la camiseta puesta, me lanzó al agua con él provocando una ola impresionante. Así estuvimos un rato, entre risas y carcajadas, haciéndonos aguadillas, subiendo al borde de la piscina y saltanto de cabeza. O subiéndome a sus hombros. Cuando salía del agua podía ver cómo su polla, morcillona, y sus cojones enormes, colgaban dentro del boxer que se le pegaba como una segunda piel, transparentando un pedazo de tranca morena y una buena mata de pelo. Yo lo miraba hipnotizado. Su masculinidad ejercía en mí un influjo que no podía resistir.



De vez en cuando, mientras me zafaba de sus aguadillas, aprovechaba para rozar su paquete con mi mano, o agarrarle directamente de la polla y de los huevos, que apenas cabían en mi mano, para que me soltera. Su paquete era sólido, un rabo gordo y unos huevos bien pesados. Yo apretaba sin cortarme un pelo, para hacerle daño. Él se quejaba: “¡Para cabrón que me vas a destrozar las pelotas!” -Y seguíamos jugando entre risas.



Cuando se cansó de hacer el tonto conmigo, salió, se tiró en el césped de la casa, y se quedó tumbado boca arriba, abierto de piernas y brazos al sol. Yo me acerqué al borde de la piscina y jadeando de los esfuerzos y de los juegos acuaticos.“¿hoy trabajas, papá?” - le pregunté.



-”Si chaval, hay que daros de comer”- me contestó con gracia, “¿por qué lo preguntas?”



-”Por saberlo, quería saber si ibas a comer aquí o podíamos irnos por ahí por la tarde, con las bicis”- aclaré



Se sonrió ligeramente. Le encantaba salir a hacer deporte conmigo, a recorrer kilómetros y kilómetros de carreteras con la bici, quemar grasas y soltar testosterona. A pegarnos una buena “sudada” como le gustaba decir a él. Yo creo que mi padre y yo éramos la pareja perfecta de deportes.



-Pues hoy no, llegaré tarde de la fábrica, pero mañana tengo todo el día libre, revisa las ruedas y los frenos y salimos mañana temprano si quieres”- propuso.



¡Bien, mañana todo el día con mi padre! Eso si que era un planazo. Pensé. Cuando estaba con mi padre, era el chaval más feliz del barrio. No creo que ninguno de los chicos de mi zona tuvieran una relación tan estrecha con sus viejos. Es más, casi ni necesitaba amigos, solamente con tener a mi padre cerca ya tenía toda mi vida social resuelta.



Mi madre salió al jardín mientras descansábamos en el césped tomando el sol. Se despidió de nosotros y prometió llamar todos los días. Hugo, cariño ¿Has metido mis maletas en el coche?.



-Sí mamá, ya está listo, lo tienes todo en el coche- le dije con una sonrisa de oreja a oreja.



Mi madre me dio un beso en la frente. “Vuelvo en quince días, pórtate bien y hazle caso a tu padre”. Mi padre la agarró así como estaba, en con los boxers empapados y la pegó un morreo. Qué buena pareja hacían. Se metió en el coche, y salió de casa despacio. Cuando mi padre se giró, pude notar que su polla había crecido notablemente y recorría gran parte del boxer ajustado, mostrando una medio erección. Se veía gorda y apetecible. Se sujetó la polla por encima del calzoncillo, se la colocó hacia arriba y me sonrió de oreja a oreja.



“Ya estamos solos, capullo. Me voy a currar”- sentenció mi padre.





El secreto de Hugo.





La tarde se presentaba aburrida. Con el calor que hacía no apetecía ni salir a la piscina, por lo menos hasta las 9 o las 10 de la noche. Así que comí algo rápido y me tiré en el sofá. Mis gallumbos marcaban una leve tienda de campaña. La tenía morcillona.



Los jueguecitos con mi viejo me habían puesto cachondo, así que cogí el móvil y empecé a trastear en una de esas aplicaciones de móvil que te señalan los tíos más cercanos que tienes y que buscan rollo. Estuve un rato rebuscando a ver si había alguna polla que mamar o alguien quería venir a mi casa a encularme un rato.



Empecé a ver perfiles: Activo22., Dotado, XXL, ActivoxActivo, Macho21.



¿Macho21? Este mola, pensé.



Escribí al Macho21. Después de las presentaciones y de intercambiar alguna foto que otra, me dijo lo que buscaba: “mamona que se trague mi rabo hasta el final”. Me apetecía el plan de mamar una polla y sacarle la leche, aunque también tenía ganas de me me la metieran por el ojete un rato.



La conversación con Macho21 me puso cachondo. Que si le gustaba que se la mamaran primero despacio y luego más rápdio, que si tenía buena polla y gorda, que si no avisaba antes de correrse o que si era muy lechero. Vamos, todo un espécimen de tío activo que merecía la pena conocer. Me preguntó si tenía sitio, así que dije que estaba libre hasta las diez de la noche por lo menos: “¿Vienes a mi casa? Estoy solo”- Le mensajé mientras me acariciaba la polla. “Estoy en el centro”- me contestó, “tardo 1 hora por lo menos”.



Ya nervioso por tanta excusa le escribí: “Quieres quedar o no. Tengo muchas ganas de comerte el cipote” -insití.



De pronto sonó el timbre de casa.



¿Quién cojones era un jueves a las seis de la tarde?- me levanté cabreado y fui hasta la cocina a contestar. “¿Sí?- pregunté entre m*****o y curioso a través del telefonillo.



-Traemos la lavadora- dijo una voz ronca de tío. Joder, se me había olvidado que hoy traían el cacharro nuevo de los cojones. Pulsé el botón y abrí la puerta del jardín mientras dejaba mi móvil encima de la mesa de la cocina y salía corriendo a buscar una camiseta y unas bermudas, con la polla tirando del calconcillo hacia arriba.



Mientras me ponía la camiseta, sonó el timbre de la puerta de casa. “******” pensé “dónde coño he puesto el bañador?” Recorrí con la mirada todo el salón. ¡Joder! estaba en el jardín, lo dejé secando esta mañana. Para entonces mi polla se había bajado completamente, pero notaba la mancha de humedad de mi presemen en el calzoncillo. Volvió a sonar el timbre. Así que me fui corriendo al baño de la planta de abajo, cogí una toalla y me la puse por encima. Abrí la puerta.



Lo que vi me dejó bastante cortado. Eran dos chavales macarrillas de metro ochenta con cadenas y con pinta de garrulos fumapetas. Ninguno de los dos tendrían más de 20 años. Me miraron de arriba abajo. A uno le conocía de vista, de verlo por el barrio con su coche tuneado y su novia choni rubia todo el día pintándose los labios o haciéndose las uñas.



“Traemos la lavadora”- repitió el que conocía. Caí en la cuenta de que se llamaba Raúl y era hijo del dueño de la tienda de electrodomésticos de la calle principal del barrio. El tío más chulo, macarra y prepotente de todo el barrio. En el colegio, 3 años mayor que yo, se dedicaba a joder a todo quisqui. Eso sí, conmigo nunca se metió, porque mi padre y su padre eran compañeros de futbito, y eso era sagrado para ellos.



Raúl era un tío muy ancho, bastante alto, que estaba en el equipo de balomnano de la universidad, aunque hacía casi un año que había dejado de estudiar. Su padre estaba de él hasta las narices, así que le había puesto todo el verano a trabajar en la tienda. De repartidor. Tenía una barba que encajaba una cara de burro tremendo. De pocos amigos. Venía con gotas de sudor por toda la frente.





Llevaba puesta una camiseta roja sin tirantes, de la que se escapaban algunos pelos que se quedaban pegados a sus brazos. Pude percibir que su torso era muy velludo porque del cuello dado de sí de la camiseta y ligeramente humedecida, salía una buena cantidad de pelos rizados. Junto a la cabeza rapada y el piercing en la ceja, le daban un aire de malote impresionante. Llevaba unas bermudas azules de repartidor llenas de bolsillos y considerablemente llenas de ******, y unas piernas terriblemente velludas que acababan en unas zapatillas desgastadas y sucias. Sus ojos me miraban curioso, con un gesto medio burlón medio serio que parecía querer disimular. Hizo que me ardieran los mofletes.



“Iba a ducharme. Pasad”- les dije apartándome para que pudieran entrar.



“Si m*****amos, nen, venimos en otro momento” - me espetó su colega, que iba detrás.



A éste no le había visto nunca por aquí. Era ligeramente más alto que Raúl y tenía también el pelo rapado muy corto. La cara morena estaba adornada por una barba descuidada de no haberse afeitado hacía algunos días. Su brazo derecho iba recorrido por un tatuaje de principio a fin, de colores verde, rojo y negro que iba hasta su pecho, haciendo la forma de su cuello y que se dejaba ver a través de una camiseta sudada de tirantes completamente dada de sí. Llevaba un pantalón corto de Adidas, con las clásicas líneas un poco sucio de polvo, zapatillas deportivas de correr.



“No, hombre no, ahora que estáis aquí, dejarla en la cocina. ¿Tenéis que instalarla?” les pregunté haciéndome el interesante.



Se miraron entre ellos con caras divertidas: “Claro”, señaló el primero, Raúl, dejando claro que ahí mandaba él, “claro que tenemos que instalarla”.



“La cocina está ahí delante, hay que quitar la vieja y sacarla a la galería de detrás y poner esta” les ordené. En mi casa mando yo. Pensé que si mi padre lo veía cuando llegara de trabajar y estaba todo listo, se llevaría una alegría. Voy a vestirme y bajo a ayudaros si queréis.



Para cuando encontré unos pantalones de deporte y volví a la cocina, ellos ya sacaban la lavadora vieja a la galería de detrás. Justo pegando a la cocina. La galería nos servía de cuarto de desahogo en casa y estaba llena de cajas, la secadora, la tabla de la plancha y un cesto con la ropa sucia. Tenían dificultades para pasarla por el marco de la puerta. Intentaban meterla pero se les quedaba encajada. Me acerqué sin hacer ruido mientras maniobraban en la puerta que da a la galería.



¿Os ayudo? - dije mientras me acercaba. A su lado parecía un criajo. Probablemente ambos eran el doble de anchos y notablemente más altos que yo. Inspiré una bocanada cachonda del olor a sudor que empezaba a concentrarse y que me recordaba al vestuario gimnasio, ese olor cargado a testosterona, sudor de macho, olor a pelotas y axilas que se queda pegado en la nariz, pero que no es ni muy fuerte ni muy desagradable. El olor típico de los machos jóvenes que están todo un día de verano cargando muebles y electrodomésticos y que sudan como cabrones con el calor que hace.



“Vale,” dijo Raúl sonriendo a mi ofrecimiento de ayuda, mostrando una boca perfecta, con labios gruesos y mirada de chico de barrio, con los dientes blancos perfectamente colocados. “Ponte ahí y levanta desde abajo con nosotros” ordenó señalándome un lateral de la lavadora, justo el lugar donde estaba su compañero intentando levantarla. Le sonreí ligeramente y me coloqué obedientemente justo donde me dijo mientras su compañero me hacía sitio.



El de detrás de mí se puso a mi alrededor muy pegado. A la de tres. Una... dos... recitó el que tenía delante, quien me había indicado donde colocarme. Yo tal y como estaba, agachado, me levanté cuando intuí que iban a decir tres. Así que levante un poco la lavadora y presioné mi espalda contra el pecho del que tenía detrás. Qué situación tan poco masculina, pensé. Iban a creer que era marica. Se hizo un silencio incómodo y Raúl nos ordenó que la volvíeramos a bajar.





Noté el calor de su cuerpo y su camiseta de tirantes, ligeramente mojada, rozando mi espalda. Y percibí que el tío que tenía detrás empujaba suavemente su cadera y rozaba mi culo con su paquete, que noté semiduro. ¡Madre mía! pensé, o estaba muy salido o ese tío estaba intentando decirme algo sin palabras. Por la vía de los hechos.



En esa posición, pude aspirar el suave olor que desprendía su sudada y que hizo que mi polla se activara repentinamente, sintiendo un enorme calor que recorrió mi cuerpo y provocándome una leve erección. Mis mofletes me ardía.



-Vamos a volver a intentarlo, pero ahora con más fuerza, dijo Raúl.



Si, ponte exactamente aquí, y su compañero me agarró de la cintura y me apretó contra la lavadora. Ahora cuando yo tire de abajo, tu coges de arriba y haces fuerza hacia ella- me indicó. A ver si ahora podemos.



Volvimos a intentarlo y cuando Raúl contó tres, sonriendo a su colega, yo hice esfuerzo contra la lavadora, de manera que mi culo golpeó completamente su paquete que ya estaba completamente tieso. Noté un rabo gordísimo que se pegó completamente a la raja de mi culo. Uff, no podemos- dije con sinceridad, pensando en escapar de esa situación tan incómoda. El tío que tenía detrás estaba completamente empalmado con la polla tiesa y ardiente en mi raja.



-Si, si, claro que podemos, haz más fuerza, y presionó su cadera contra mí, encajándome en la lavadora.



Estos tíos quizás, si se estaban insinuando se lo tomaran como una broma para humillarme, así que me escabullí por debajo de sus brazos y les dije que había que buscar otra solución. Era mejor no m*****arlos con mis hormonas desatadas, y si pensaban que era marica, probablemente me soltaran un guantazo.



“Joder Keko, es la primera vez que no podemos mover un bicho de estos”- le dijo Raúl sonriendo al otro que tenía la mano en el paquete sobándose la polla como sin nada. Así de pie, el chulazo, tenía una polla tiesa completamente recta dentro del pantalón de Adidas que ofrecía un espectáculo al que nadie podía aludir que no era intencionado.



-Esto es la ostia. ¿Tienes agua fría?, prosiguió Raúl, para sacarme de mis pensamientos. En tu casa hace un calor del carajo.



-”Si claro”, asentí, y Raúl, en un salto rápido, cruzó por encima de la lavadora y entró en la cocina de nuevo. Me siguió hasta la nevera.



Abrí la puerta de frigorífico y se puso detrás de mí, a mirar en su interior, por encima de mi cabeza.



“Ahora que veo... Mejor un par de birras que veo que tienes mogollón en la nevera. A que apetece una birrita, tron”. Le dijo a su compañero con tono de chulería. Ahora sabía que el que rozó la polla se llamaba Keko. ¡Ufff qué calor!- déjame un poco que me de el frio de la nevera, anda. Asentí.



“Claro, una birra mejor que agua, que cojones”- dijo el tío de los tautajes.



Estuve a punto de decirles que eran de mi padre, pero las vistas y los roces que me estaban pegando bien se merecían una cerveza para esos dos especímenes de machos. Así que, atrapado entre la pared y la puerta de la nevera con el maromo detrás, busqué un par de latas y las saqué.



“Toma, bien frias” - les dije un poco cortado, con los coloretes de mis mejillas en ese momento ardiendo.



“Bien, bien, que buenas”. Me agradeció las cervezas frías y me miró fijamente. Me sentía un poco avasallado.



Keko, el de los tatuajes que se sopesaba la polla empalmada y los huevos constantemente, se sentó encima de la barra de la cocina. Dejando a la vista unas piernotas cubiertas de pelo bien sudadas. El ambiente en esa habitación empezaba a cargarse. Cogió mi movil que tenía al lado y miró la pantalla.



“Desde que te has subido a vestirte no ha parado de sonar” - dijo mirando a su compañero con una sonrisa en la boca. Leyó en voz alta: “¿Voy a tu casa y te doy polla o no?”. Y pegó un trago bien largo de cerveza. Lanzó un eructo sonoro.



“Joder, eso es privado”- Contesté bastante cabreado. “Qué os importa a vosotros”.



A mí nada, dijo Raúl pero mi colega es un cotilla y mientras estabas vistiéndote arriba ha mirado tus mensajes. Por lo visto estabas buscando un rabo que comerte o que te folle. “Keko, bórrale la cuenta al niñato”- dijo a su compañero para a continuación mirarme y añadir: -“mi colega anda cachondo perdido buscando un agujero donde meterla. Así que ya no tienes que buscar más, ni perfiles ni pollas. Aqui tienes dos tios con ganas de dar rabo” dijo poniéndose detrás de mí y agarrándome por la cintura.



“Si,si mira como me tienes nano” dijo Keko desde lo alto de la trébede de la cocina y se apretó un bulto que prometía ser enorme y que marcaba perfectamente su forma dentro de los pantalones de Adidas currados de todo el día de trabajo.



Me quedé mirando a su entrepierna. La verdad es que era bastante apetecible. Tragué saliva.



-Venga, vente, que lo estás deseando- me empujó Rañul hasta su amigo, que me atrapó entre sus piernas. Se levantó la camiseta de tirantes, húmeda del calor y del esfuerzo y dejó a la vista un pecho fuerte cubierto por tatuajes, que desprendí un aroma increible a semental joven.



“El cabrón no se ha duchado desde ayer y apesta”. Dijo su compañero que seguá detrás de mí apretando su paquete contra mi culo. Empezaba a ponerme muy cachondo. “Espero que no te importe”- dijo mientras me levantaba la camiseta y metía su mano en mi pantalón buscando mi ojete, magreando mis nalgas y dejándolas al aire atrapadas en la cinturilla de mi pantalón deportivo.



El de los tatuajes me agarró de la nuca y puso mi boca contra su axila. “Lame” ordenó. Pasé mi lengua y recorrí su sobaco y peludo. Pude percibir ese aroma a macho que me volvía loco, pero que no era desagradable en absoluto. Olía bien, a sudor, pero limpio. Volví a repasarla con suavidad mientras su colega me bajaba los pantalones. Se escupió en la mano y me embadurnó de saliva el ojete.



-¿Te gusta?- dijo agarrándome con fuerza y restregándome la cara por todo su pecho hasta su otro sobaco sudado.



-Mucho- contesté, mientras saboreaba el sudor salado de ese pedazo de macho.



-¿Cómo te llamas? me preguntó el de los tatuajes. Yo Keko y el de detrás es mi amigo Raul, dijo aclarando como si ahora necesitáramos presentaciones. “Eres guapísimo, mi amigo quiere ****** tu ojete”, dijo con total normalidad.



-”Qué suerte hemos tenido de venir aquí hoy, con lo salidos que estamos”- le dijo a su colega, que había sacado su polla y la restregaba por mi culo untándolo de su saliva y su líquido preseminal. De vez en cuando hacía presión a la entrada de mi ojete y paraba, para seguir jugando.



Entonces, se puso de rodillas, bajó mi pantalón corto hasta los tobillos y separó mis nalgas. Metió su cara en mi ojete y aspiró fuertemente.



-Joder que culazo más rico- dijo en voz alta y claramente cachondo - es como el de una virgen- le comentó a su amigo. Pasaba su lengua comiéndome el ojete con voracidad y me mordía las nalgas sin cortarse un pelo. ¡Zás! sonó una palmada que me hizo dar un respingo contra el pecho del tatuado.



Me deleité comiéndole y mordiéndole los pezones a su amigo, que seguía magreando su polla con una mano y apretándome la cara contra su pecho. Sus aureolas estaban rojas del trabajo que le estaba haciendo y a él parecía encantarle. Alternaba las lamidas con aspiraciones profundas su olor corporal y me dejaba llevar por su manaza en mi nuca de un sitio a otro. Noté como me entraba una lengua en el ojete y a continuación un dedo. Ni siquiera podía girarme a ver qué trabajo me estaban haciendo en el culo, porque la mano del tatuado no me dejaba opciones. Empecé a gemir mientras jugaba con su lengua en mi ano.



Mi ojete dejaba hacerse. Él recorría con habilidad mis zonas más sensibles, mordía mis nalgas, me daba cachetadas que las pusieron completamente rojas. Lamía mi raja de arriba a hacia abajo y la repasaba dejando una capa trasparente húmeda de su saliva, desde donde empezaban mis huevos hasta donde terminaba mi espalda, y se detenía en mi ano, penetrándome con su lengua y moviéndola dentro de él, arrancándome largos suspiros de placer, que ahogaba contra el pecho de su compañero.



Levanté la mirada y ví a Keko, con cara de satisfacción, mirándo como trabajaba mi culo su amigo. Era guapo, tenía unas facciones duras. Muy masculino, una barba desaliñada de 3 días adorbaban su mandíbula. No pasaría de 20 años, pero parecía que tenía 27 o 28 de lo desarrollado que estaba físicamente. Me agarró con su mano de la mandíbula y me lanzó un salivazo. Sabía y olía a cerveza. Sonrió. -”Asi, buen chico, ¿te gusta? me dijo con un tono cachondo.



Raúl, que estaba detrás de mí, subió hasta mi oido: ¿Quieres que te follemos? - susurró, mordiéndome los hombros y la oreja derecha.



-Claro- dije sin pensarlo cachondísimo, mientras continuaba mordiéndome en el cuello, los hombros, la espalda, dando pequeños mordiscos dejándome la huella de sus dientes que desaparecía en segundos, quedando sólo una huella roja que demostraba que ahí me estaban dando placer.



La piel de mis nalgas y de mis muslos se puso de gallina con las caricias, los magreos y los mordiscos.



Raúl siguió susurrándome al oído. “Prepárate que vamos a destrozarte el ojete, estamos muy cachondos”. Notaba como su corazón latía rápido contra mi espalda. Yo simplemente podía dejar que me hicieran, no podía negarme a disfrutar de lo que esos veinteañeros me tenían preparado.



“¿Te gusta que la caña?- me dijo Keko mientras saltaba de la barra de la cocina y se ponía enfrente de mí de pie -vamos a tu cuarto- me ordenó.



Cuando salíamos de la cocina el colega abrió la nevera y cogió el pack de 6 latas de cerveza. “Esto para después”, dijo sonriendo. Yo a esas alturas estaba completamente entregado a esos dos pedazo de a****les. por lo que todo lo que hicieran me parecía bien.



Subimos las escaleras, entramos en mi habitación y cerré la puerta. Se quitaron toda la ropa en menos de 2 segundos.



“Ven aquí” me dijo Raúl con su rabazo anchote y grande en la mano, y unos increibles huevazos colgando que sobresalían de una mata de vello negro y rizado. “Mámanos la polla para calentar” continuó, haciendo que me pusiera de rodillas frente a su cañonazo de 21 cm super ancho. “Ponnos a tope”, dijo.



Su glande apuntaba a mis labios y soltaba un hilo constante de presemen que bajaba por todo su tronco hasta llegar a sus huevos. Con dos dedos lo interrumpió, arrastró la línea de líquido transparente hasta la punta de su rabazo, recogió el máximo y me untó los labios con una gran cantidad. Saqué mi lengua y se los dejé limpios. Sus dedos estaban salados, supongo de todo el día trabajando. Apoyó su capullo en en la entrada de mi boca y arrastré mi lengua por todo su contorno, repasándolo y dejándolo totalmente limpio y ensalivado. Su glande relucía. Volví a pasar la lengua y dio un suspiro largo y quedo. Casi como el ronquido de un león. Saboreé el increíble sabor a polla de cargar con lavadoras y neveras que llevaba ese tío en su entrepierna. Su mano recorría toda su longitud cubriendo y descubriendo su glande, que abofeteaba mi nariz con su aroma reconcentrado. Su amigo mientras tanto, se pajeaba lentamente un buen pollote que tenía previamente untado con sus abundantes salivazos.



“Abre bien la boca, haber hasta donde puedes tragar - me dijo Raúl. Obedecí y abrí y poco a poco metió cada centímetro de su rabo en mi boca, hasta llegar al fondo. Yo reprimí una pequeña arcada y encajé mi cara en su pubis cubierto de aromático vello. Así estuve unos segundos y la saqué, dejándola completamente empapada en saliva que salía de mi boca y pasaba a humedecer su rabo. Con mi otra mano pajeaba a su amigo, que miraba al techo concentrado. Una vez tras otra, encajaba su cipote en mi cavidad bucal, y cuanto más adentro, más cachondo se ponía, llegando su polla a una dureza increible.



“Ufff, cómo la mama el cabrón!” le dijo Raúl a su compañero tatuado. “Esto tienes que probarlo Keko”- quien se puso delante con su rabaco preparado para follarme la boca.



“A ver si es verdad, dale nano” -me increpó para que le diera placer en su rabo.



Así que con mucha devoción empecé a mamar el rabo del Keko, con una vena enorme que le surcaba de abajo arriba y que bombeaba ****** a ese pedazo de bicho. Tenía el capullo brillante y babeante. semicubierto por su prepucio que se retiraba con suavizad solo con el roce de mis labios. Lustroso y completamente hinchado. Primero abrí a tope la mandíbula y tragué hasta el fondo, intentando que mi boca fuera como una mano que le hiciera una paja. El sabor de su saliva, mezclado con el presemen y su sudor se me pegaba al paladar y a la lengua. Separó sus piernas, y así arrodillado como yo estaba, me sujetó la cabeza con ambas manos y empezó una suave follada de mi boca, con la polla metida hasta el fondo.



En esa posición, podía ver como dos sementales jóvenes se daban placer en sus pollas con la boca de un niñato. Alternativamente lamía sus pelotas peludas y sudadas, lo que al les daba muchísimo placer porque cada vez que las acariciaba con mi lengua, los tíos se ponían más burros y me daban más caña en la boca.



Después de un buen rato de mamar alternativamente sus pollas y sus huevos, Raúl se colocó detrás de mí en cuclillas y apuntó su glande enorme a mi ojete.



-¿Nos dejas que te follemos?- me preguntó al oído cachondísimo.

- Si, dale, contesté como tono salido. Mi rabo estaba a punto de estallar.



-¿Me dejas que te folle a pelo? añadió mordiéndome con sus dientes perfectos en mi oreja y echando un suspiro largo al tiempo que su polla se deslizaba en mi raja.



-Déjame que te meta solo el capullo- me suplicaba. Con sus manos atrajo mi culo hacia él y me senté encima de su polla, que quedó preparada a la entrada de mi ojete. Hice presión hacia abajo y su glande se escondió completamente. Su amigo, que me daba polla, dio un paso adelante y me volvió a meter su rabo. Así como estaba, con un tío delante y otro detrás, no podía moverme. Estaba feliz.



Raúl empujó ligeramente su cadera y su rabo entró un poco más en mi culo, alojándose con facilidad en mi lubricado interior. Se quedó un momento pellizcándome los pezones. Que se endurecían y se ponían rojos. Mientras Keko follaba mi boca y para entonces ya había empezado a subir el ritmo de sus embestidas en mi boca, que soltaban abundantes hilos de saliva y que escurría de la presión a través de las comisuras de mis labios. Mientras sujetaba mi cabeza con fuerza para que no me moviera ni un pelo y así controlar la profundidad de la mamada que le estaba dando.



Hice un esfuerzo por relajarme y el rabo de Raúl, enormemente ancho, desapareció en mi interior. Ya estaba lleno, por delante y por detrás. Sudábamos copiosamente. Las gotas de sudor de Keko caían sobre mi cara, que resbalaban por mi cuello y la espalda pegada al pecho ardiente de Raúl. Estábamos bufando y gimiendo como a****les en celo, completamente empapados.



-Qué maravilla tío, me lo estoy follando a pelo- le decía a su amigo. Mientras sacaba su rabo y me hacían levantarme.



-“Ponte aquí y échate boca arriba” me ordenó señalando mi cama.



Me eché en la cama como me había ordenado Raul, que quería follarme en otra posición, y me levantó las piernas, abríendolas y dejando mi ojete a su disposición. Subió su rodilla izquierda a la cama y metió su polla en mi interior, hasta el fondo, haciéndome soltar un largo suspiro de placer. Estaba lleno por un tío de un metro ochenta y 21 centímetros de polla. Empezó un bombeo fuerte. Su amigo Keko, se echó en la cama, me agarró la cara y me comió la boca con fuerza. Su boca sabía a cerveza y saliva de macho joven. Era un placer indescriptible. Cogió mis 17cm polla, que estaba dura como un roca y empezó a hacerme una suave paja. Me arrancaba suspiros de placer que aspiraba en cada morreo que me daba. Estaba en el paraíso, sufriendo unas embestidas profundas del veinteañero que tenía en mi ojete. De vez en cuando se cambiaba de posición, mientras su amigo me follaba el ojete, para dejar a mi alcance su polla que rechupeteaba como un biberón.



Raúl empezó una follada más fuerte, sacándome hasta el glande su rabazo y metiéndola hasta el fondo, con rapidez. De vez en cuando se la ensalivaba para lubricarme bien y que su rabo patinara sin problemas. Tanto era el placer que estaba recibiendo entre mi ano y la paja de su amigo Keko, que mi polla empezó a lanzar chorros de lefa sin control mientras su amigo me pajeaba el rabo. Mi torso quedó cubierto de mi propio semen, entre mis jadeos constantes que no podía parar del placer que estaba recibiendo.



Keko, tumbado de lado cerca de mi costado, recogió mi semen y lo arrastró por mi torso sudado, llevándolo a mi boca con cuidado de no desperdiciar ni una gota. Yo chupaba sus dedos grandes y ásperos y de vez en cuando, alternaba con algún beso largo y profundo con lengua, saboreando mi lefa. Esto debió de ponerle muy cachondo porque con muchísima rapidez me enchufó su glande y con una paja suave, empezó a correrse con chorros a mucha presión y muy caliente, que iba tragando como podía. Bufaba como un toro. Las embestidas de su amigo, poderosas, hacían que mi boca acogiera la polla lechera que me estaba regalando una corrida.



Los primeros chorrazos de semen que encajé fueron largos y pesados. Tenía los cojones bien cargados de leche. Después, su polla empezó a combinar goterones gordos y blancos de leche espesa con mucho líquido transparente a presión que rebotaba por toda mi boca. Un enorme sabor a lefa inundó mi paladar, y pude experimentar lo que era el sabor de la leche de un chaval joven con unos huevos bien cargados.



-Déjame que me corra dentro de ti, por favor, que nunca me dejan- me dijo Raúl mientras me bombeaba con fuerza entre jadeos.



Según se acercaba su orgasmo, y sin hacer amago de apartarme, apreté más mi ojete como dándole consentimiento para llenarme de leche el culo. Empezó un bombeo rápido y noté como su pollón se hinchaba dentro de mí. Descargó toda su leche en varias pulsaciones, que dejó mi ojete dilatado y lleno por dentro. Siguió bombeando mientras yo degustaba la leche que me había regalado su amigo en la boca.



Ni un respiro. Increíblemente, por raro que me parezca, sus cipotes seguían empalmados. No habían decrecido ni un milímetro ni perdido un ápice de potencia. Entonces, cambiaron de papel. Keko se puso en mi ojete y empujó para meterme la polla y follarme, turnándose con su amigo. Raúl subió a la cama y se echó a mi lado, encajándome su rabo lleno de los restos de su leche en la boca. Lo devoré en un instante. “Así mi niño, muy bien, quiero mi polla bien limpita”- me dijo agarrándome del pelo.



Keko metió su rabo gordo y duro en mi culo, y chapoteó en la leche de su amigo, que salía a chorro por mis nalgas hasta empapar mi colchón. Entonces, empezó un metesaca fuerte y muy cañero.



En un principio me asusté un poco, porque se acababan de correr y pensé que tardarían en correrse un buen rato, y no me equivocaba, porque la segunda ronda duró por lo menos más del doble de lo que había durado la anterior. Era increíble el aguante de estos tíos, ni siquiera habían parado ni un momento.


Para entonces mi habitación era una leonera con dos machos follándome, un olor a hombre, a sudor y a lefa indescriptible que lo inundaba todo. Mi boca estaba ********** y mi culo empezaba a escocerme.



Así que Keko sacó su polla, me hizo a un lado se tumbó en mi cama, todo lo largo que era, empapandola con su sudor. Me hizo un gesto con ambas manos para que me subiera encima de él. Obedecí, quería echarse y que yo me follara su rabazo. Me senté encima de él y busqué con mi mano su gordo aparato para atraerlo a mi ojete.



Tampoco me dejó hacer mucho más porque mientras yo lo apuntaba con mi mano, a ciegas contra mi ojete, me abrazó con fuerza atrayéndome contra él, y me enculó sin miramientos, haciendo fuerza con su cadera y manteniéndome inmovilizado . Me morreó y empezó a darme caña, dejándome mi culo complétamente estático a su voluntad, con su fuerte abrazo, y moviendo su cadera de forma rítmica y profunda, llenándome en mi interior. Mi culito, comparado con el rabo que estaba entrando en mi interior, de principio a final, en un metesaca cañero y sin miramientos, parecía el culo de un chiquillo en relación al pedazo de tío que tenía debajo.



Busqué su boca y mordí sus labios. Nos morreábamos con pasión, cuando su colega, se subió a la cama por detrás de mí, empezó a intentar meter su pollote en mi ojete, intentando una doble penetración.



-Uff, duele mucho- me quejé a Keko, quien me miró a los ojos y apretó más su abrazo, menteniéndome más preso contra él.

No pasa nada niño, duele al principio, verás que todo va a ir bien, te gustará- me tranquilizó.

No sé si estoy preparado para dos pollas tan grandes- le contesté, mirándole con cierta preocupación.

Tu culo dilata, está lleno de la leche de este y te va a costar poco. Relájate- y volvió a comerme la boca.



Entonces Raúl hizo un segundo intento de meterme su rabo, pero mi ojete no daba más de sí. La leche de su corrida anterior resbalaba por todo el tronco de la polla de Keko y llegaba a sus huevos. Con mi mano recogí lo que pude y unté la polla de Raúl que entendió la indirecta.



-”¿Ves cómo le mola? Quiere que se la meta. Para un poco tio, deja de encularle que sino no puedo metérsela al cabrón”- le dijo a su colega, que no había parado ni un momento en su metesaca.



Raúl agarró mis nalgas y me subió al máximo, justo en el limite para que no se saliera la polla de su colega de dentro de mí, recogió los restos de la corrida anterior del rabo de su amigo, y se embadurnó la polla de su propia lefa. Con la mano pringosa, la llevó a mi boca y me la tapó. Yo saboreé los restos de lefa que tenía. Entonces, apoyó su glande dentro de mi ojete, y presionó. Mi culo empezaba a dilatarse con los esfuerzos, y su rabo empezó a perderse dentro de mi. Ahogué un grito en su mano.



Ya tenía dos pollas dentro. Algo que para mí era totalmente nuevo. Me relajé del todo y me dejé caer totalmente fláccido en el torso sudado de Keko, que estaba feliz al notar el roce de mi culo y de la polla de su amigo y empezaba una suave enculada con el fin de que me acostumbrara las dos pollas que me llenaban.



Raúl se tumbó encima de mí y apretó su cadera contra mi ojete, enterrando al completo sus pollas, que se movían acompasadas. Estaban dándome un placer indescriptible. Mientras Keko me comía la boca con muchísima pasión.



Alternaban dos tipos de movimientos, algunos ratos, acompasados, metían sus pollas al mismo tiempo en mi interior, y las sacaban casi hasta el borde, dejando asomar una pequeña parte de sus glandes hinchados. Otras veces, mientras Keko me la encajaba hasta el fondo, Raúl aprovechaba para sacarla, y alternativamente, mientras uno hacía el movimiento de saca el otro metía su rabo hasta el final. Eran dos sementales en celo, que o bien tenían mucha experiencia haciendo eso, o habían nacido para follar.



Los gemidos roncos de Raúl contra mi nuca y los besos y suspiros de Keko, junto con mis jadeos constantes, hacían que la escena de dos maromos veinteañeros follándose a un chavalín como yo, fuera impactante. A mi empezaban a escasearme las fuerzas, y como un muñeco de trapo me dejaba hacer entre esos dos hombres.



Entonces Raúl me se dedicó cachondo perdido a morderme en los hombros y en el cuello, dándome tanto placer que, con el solo roce de mi polla en la barriga de su amigo, me volvi a correr sobre él por segunda vez.



Con cada chorrazo de corrida que salió despedida de mi polla, mi ano se contrajo, de forma que ellos, animándose en el placer que me estaban dando, aceleraron la follada, Las dos pollas entraban y salían de mi ojete al unísomo o alternativamente, y chapoteando en la leche de la anterior corrida, Keko no pudo más, me apretó contra él, casi afixiándome, dejándome sin aire y me llenó de su leche. La sensación de la leche super caliente de su compañero de follada fue tan placentera, que el capullo de Raúl se hinchó dentro de mí y me regaló una corrida con embestidas fuertes, desplomándose contra mí y enculándome como si no hubiera mañana. Casi pierdo la consciencia.



Se quedaron dentro de mi un buen rato todavía, saboreando el momento, sin sacar sus pollas que no habían perdido mucha dureza, moviéndose suavemente, apretando sus caderas y disfrutando de mi enrojecido y ancho ano.



“Has nacido para que te follemos nene”- me decía Raúl mientras me se pasaban mi boca para morrearme alternativamente. Los besos que me dedicaban eran profundos, de agradecimiento.



Cuando salieron de mi, y me aparté de ellos, el calor en la habitación era descomunal. Y tal era la temperatura, que mis piernas me fallaron y me tuve que tumbar en la cama boca abajo, para descansar, pegando mi nariz al pecho de Keko que me recibio con unas increíbles caricias por toda la espalda y sonidos de tranquilidad.



Raúl cogió sus slips del suelo, completamente usados, y limpió los restos de lefa que había en el cuerpo de su amigo, la que salía a borbotones de mi ojete de sus tres corridas y la que quedaba en sus rabos y me los lanzó a la cara totalmente empapados en sus lefazos: “Toma, son de mercadillo viejos, pero te los quedas de recuerdo. Van bien cargaditos de lefa”. “Y si te esperas un rato más, nos pajeamos en ellos para dejarte un buen recuerdo y que te la casques esta noche” -dijo con mucha gracia.



-Pero mejor se la casque en la cama, porque lo que es sentarte no sé si podrás hoy- dijo Keko completando la broma de su amigo.



Cuando Raúl acabó de limpiar los restos de lefa que salían de mi ojete con sus slips, nos qeudamos los tres relajados en la cama. Me acariciaban el pelo, me morreaban alternativamente y me apretaban entre ellos. Dos folladas y todavía no se habían cansado. De vez en cuando bajaba a sus pollas y las lamía, o chupaba sus huevazos y sus glandes, todos su tronco, metía mi lengua entre sus ingles y sus cojones. Ellos charlaban y bebían cerveza.



Cuando quieras que vengamos y repitamos, nos lo dices- me dijo Keko apoyando su frente contra la mía, y dándome un suave beso en mis labios.

Eso, estás muy bueno chaval, dijo Raúl confirmando la propuesta de su amigo. - Apúntate nuestro teléfono y deja de entrar a chats de ****** de esos, que aquí tienes dos machos para una buena temporada- y los dos se echaron a reír.



Nos relajamos tanto que el tiempo pasó volando. Miré el reloj y eran casi las diez de la noche. Di un respingo.



-¿Qué pasa? - me preguntó Raúl. “Mi padre, va a volver y estamos todavía así. ¡Y la lavadora sin montar!”- le expliqué con nervios evidentes.



¿A qué hora llega tu padre?- me preguntó Keko, con tono de preocupación.

Sobre las 10:20 más o menos, dije.

Bueno, si llega a las 10:20, todavía tenemos tiempo para una mamadita rápida, ¿no? -contestó.

No joder, que habéis dejado sin montar la lavadora y la otra está en medio de la puerta y mi padre está al llegar. No me dejéis este marrón.

Bueno, la otra la podemos sacar en cualquier momento, la atascamos a propósito para que nos tuvieras que ayudar y poder rozarte las pollas- me dijo mientras se cascaba lentamente la polla que empezaba a crecer otra vez.



Estaba indeciso, por un lado me daba miedo de que mi padre entrara en la habitación y me pillara cubierto de semen entre dos tios. Pero por otro lado, siempre había pensado que a un macho, que ha sido generoso con su polla y que te ha premiado con su leche, que se ha dado placer en ti y que ha disfrutado compartiendo su rabo contigo, había que atenderle siempre. Que nunca se le podía decir que no.



Venga, que nos corremos rápido, dale- insitió Raúl, dándome un morreo.



Se incorporaron y se quedaron de rodillas en mi cama. Yo me puse entre los dos, dándoles la última mamada. Sus pollas volvían a estar duras y tiesas como si nada, babeando precum por ambos sus glandes, brillantes y lustroso y yo volvía a alternarme entre sus rabos, sus huevazos y sus sobacos. Disfrutaban bastante, porque mientras se la comía a uno, el otro se pajeaba con ganas mirando la escena de un rubiete pequeñajo mamando semejantes rabos morenos.



Uff tio, me voy a correr. Como me pone este niñato, le dijo Raúl a Keko. Venga, traeme los gallumbos que te he dado que te los voy a lefar para que te los quedes de premio.- me dijo jadeando.



En medio de esa leonera me puse a buscar los gallumbos, pero mientras los buscaba, Raúl que no se aguantó, empezó a correrse, cogiendo mi libro de matemáticas que estaba encima de la mesita, y soltando 8 o nueve trallazos de lefa bien cargada en la portada del libro, que estaba plastificada.



Keko, que lo vió, hizo lo propio, dejó también su leche, que se mezcló con la anterior. El primer chorro cruzó la portada de lado a lado, y pringó de goterones de leche todo a su paso. Los otros cinco o seis, que caían de su glande hinchado y rojísimo a borbotones se unieron a los demás.



-Joder, cabrones, mi libro de mates! -Dije exaltado viendo que lo habían dejado el forro de plástico completamente pringado y blanco de su leche.



“No te preocupes, mira”- Keko cogió un vaso vacío de la mesilla y puso el libro encima, escurriendo la leche que se arrastraba abundante por la portada. Casi llenan medio vaso. Me miró sonriente y dijo: “Ven, que aquí tienes tu cena”. Yo, cachondísimo, me acerqué a ellos. Me cogió del pelo, tiró demi cabeza hacia arriba y puso el vaso delante de mi boca, mientras Raúl recogía con su mano los restos de lefa del libro y me los restregaba por la cara. Keko dejó caer el primer chorro de leche en mi boca desde el vaso a una buena altura, que tragué con deleite. Me miraban absortos, cuando de pronto, el coche de mi padré aparcó delante de casa.



Me quedé paralizado. !Mi padre¡ Busqué como pude entre mi ropa y me puse lo primero que pillé. Estaba cubierto de leche y mi cara y mi cuerpo estaban rojos de la caña que estos tíos me habían dado. !Me cago en la puta ostia! - les dije mirando. Nunca había visto a unos tíos tan grandes tragar saliva con tanta preocupación.



!Cojones, vestiros y no os mováis de aquí!- les ordené. Al instante, buscaron su ropa y se la pusieron.



El descuido



¡Hugo, ya estoy de vuelta! - Dijo mi padre dando un portazo a la entrada de casa. ¿Dónde estás? Ufff, la puta, estoy reventado- mormosquó de camino al salón.



Observé desde el hueco de la escalera que mi padre se iba directo al sofá y se ponía el partido del Real Madrid en la televisión. Se abrió de patas y se llevó una mano a su paquete, rascándose los cojones.



Nervioso y casi temblando, bajé y le saludé desde la puerta del salón.



Hola viejo. ¿Qué pronto has venido? -dije aparentando seguridad.



Ostia, que pása que no quieres ver a tu papá, ¿cabroncete?. Vente conmigo aquí a ver el partido. ¿Qué hay de cenar? - me preguntó sin quitar ojo de la tele, mientras rascaba sin cortarse un pelo sus huevos. El león estaba en su reino. Lo que no sabía es que a su hijo le habían estado pegando una follada dos tigres arriba toda la tarde.



Voy a hacer la cena ahora, dije yéndome a la cocina, para evitar que me viera- Creo que mamá ha dejado pizzas en la nevera listas para el horno. ¿Te apetecen?



Lo que tu hagas está bien. Estoy reventado del curro- y continuó viendo el partido.



Me fui a la cocina y cogí un trapo de cocina para limpiarme los restos de leche que tenía en la cara. Ufff, qué mal rollo. Mientras estaba secándome la frente y el cuello, que los tenía empapados, me fijé que me había puesto los calconcillos del revés. Qué desastre. La lavadora seguía en medio de la cocina, saqué una pizza de su envoltorio y la metí en el horno, a la velocidad del rayo.



Mi padre me sorprendió agachado frente al horno, poniendolo a 180 grados. ¿Qué coño ha pasado aquí? - oí que decía mi padre en medio de la cocina.



Nada, papá, la lavadora, que han traído la nueva y no la han podido instalar. Pero mañana vienen a primera hora a colocarla, les faltaban piezas.

Ostia Hugo,¿Y cómo dejas que esto quede así, manga por hombro?- dijo mi padre echándome la bronca.

A ver papá, se han ido, no podía hacer nada.

Anda capullo, ayúdame a sacar esto y a colocar la nueva en su sitio- me miró extrañado por estar en calzoncillos y con la cara notablemente roja, húmeda. ¿A qué hueles? me dijo recorriendo mi cuerpo con su mirada y clavándome finalmente sus pupilas en mis ojos.

No huelo, he estado haciendo pesas en la habitación- le dije envalentonado.

Pues apestas a obrero de la construcción, dúchate guarro, que eres un guarro- me contestó serio.

Claro papá, ahora me iba a duchar antes de que llegaras.

Y se ve que te la has cascado y que no te has limpiado- soltó con una carcajada sonora. ¡Tienes la tripa cubierta de corrida, marranazo! Y me dio un empujón contra la lavadora. ¡Deja de cascártela que te vas a quedar enano! Me dijo sonriendo. Yo me mostré avergonzado, pero en realidad estaba satisfecho porque ni se imaginaba la historia que había vivido.



Cuando acabamos de mover la lavadora, mi padre se quedó mirando fijamente mi cuello, había restos de semen seco de alguna corrida. No hizo ningún comentario. Después de intentar mover la lavadora, y dejarla en la galería trasera, cruzamos las miradas, yo tímidamente intentaba escapar de sus ojos de curiosidad. Se fue directo a la nevera.



-¿Y las cervezas? ¿había seis? ¿te las has bebido?!- me preguntó en un tono de verdadero cabreo y sorpresa.

No que va... dije dudando. Se habrán acabado -le contesté.

Los cojones, las compró tu madre esta mañana. Oye, Hugo, ¿qué coño pasa aquí? Apestas a sudor, estás pringoso, tienes la cara roja, faltan todas las cervezas menos dos que están aquí empezadas. ¿Has hecho una fiesta?

“No que va, papá, simplemente invité a los de la lavadora a una cerveza por el calor”. No se quedó muy satisfecho con la respuesta. Bueno, me voy a duchar. Coge 20 euros de mi cartera y vete al 24 horas a comprar cervezas. Mientras ya atiendo yo la pizza que hay en el horno”, me ordenó mi padre. .

Vete tú y mientras me ducho yo -le dije para evitar que subiera al piso de arriba, donde estaban escondidos los repartidores.

Una ******, estoy cansado. Ve tu y ni me contestes, que mira el desastre que hay aquí montado. Los cojones con el niño.



Qué marronazo, pensé. Estaba todo saliendo mal. Me puse el bañador que tenía en el jardín, cogí los 20 euros y tal cual estaba, descalzo me fui al chino de la esquina a coger un pack de cervezas, rezando porque mi padre no entrara en mi habitación y se encontrara con mis nuevos amigos.

Había recorrido media calle cuando se puso a mi altura la furgoneta de los repartidores.



“Chsss, Chss, ¿cómo te llamas, nano?”- me dijo el que iba en el asiento del *****oto. “No nos los has dicho antes”

“Hugo, me llamo Hugo. ¿Por dónde habéis salido?” les pregunté sorprendido al encontrarmelos en la calle.

Yo soy Keko y este es mi amigo Raúl. ¿Lo has pasado bien cabroncete? Yo todavía tengo la polla morcillona, me dijo mientras yo caminaba y la furgoneta me seguía a mi misma altura.

Me lo he pasado de puta madre tíos. Pero mi padre casi nos pilla. Por poco me da un infarto. Suele trabajar de tardes, así que cuando queráis podéis venir a verme, dije andando más despacio hasta quedarme parado en la esquina, justo donde estaba el chino 24 horas.

Bien nano, te hemos dejado los teléfonos apuntados en una tarjeta de la empresa en tu habitación. Llámanos. Podemos quedar siempre que quieras polla o siempre que queramos darte polla, si te parece bien. Si quieres podemos follarte ahora en la parte de detrás de la furgo -me dijo todavía cachondo, mostrando una sonrisa perfecta en esa cara de cabrón.

Me quedé sorprendido de que tuvieran ganas todavía de seguir follando. -“No joder. Que mi padre me espera. Mañana os llamo y repetimos”- contesté resignado.

-Vale, podemos recogerte después del reparto e irnos en la furgoneta a un descampado a destrozarte el ojete. Nos gustas mucho- aseguró convincente.

Ok, mañana os llamo -dije queriéndome quitármelos de encima.



Lo cierto es que los cabrones estaban buenos. ¿Cómo era posible que les gustara a dos tíos chulos de barrio heteros? Cuando se despidieron de mi, entré en la tienda. El chino me miró extrañado por el aspecto que llevaba. Supongo que llevaba un cartel puesto de “acabo de ser follado por dos tios en mi casa”. Rápidamente cogí un pack con 6 latas de cerveza de la nevera y una cocacola. Estaba ****** de sed. Nueve euros con cincuenta. Menuda clavada pensé. Iba medio dolorido y con agujetas a casa por la calle, bebiéndome la cocacola y pensando en la follada que me habían metido esos dos maromos. Entré en casa.



-”¿Papá?”- pregunté en voz alta al cerrar la puerta. Nadie contestó. Me acerqué al salón pero mi padre no estaba. El partido de fútbol sonaba de fondo en la tele. Pasé por la cocina y vi que la pizza ya estaba hecha, así que apagué el horno y lo abrí para que no se quemara. “¿Papá?” repetí en voz alta desde la cocina. Supuse que estaría en la ducha. Mientras intentaba pensar qué excusas darle a mi padre escuché pasos en la planta de arriba y me asomé a las escaleras. Mi padre me llamó desde el pasillo.



-“Hijo, sube”- dijo sin ningún tono especial.



Recorrí las escaleras y miré en su habitación, la primera del pasillo y no estaba. Me acerqué con cautela a mi habitación. Mi padre estaba sentado en mi cama. Tenía el libro de matemáticas, los calzoncillos del repartidor llenos de leche, el vaso con las corridas y una tarjeta.



¿Qué es esto, Hugo? dijo señalando los objetos. Cogió la tarjeta y leyó: “Llámanos cuando quieras que te demos rabo, Raúl y Keko”.



Me quedé de piedra. No sabía por donde empezar. Mi padre me miraba con cara de preocupación.



“Papá”- dije medio sollozando. No sé qué decir. Vinieron...



Cállate, no quiero más mentiras. Esto huele a prostíbulo, está todo completamente lleno de restos sexo. El libro está pringado de semen, tienes un vaso con corridas y unos calzoncillos sucios completamente empapados que apestan.



Lo cierto es que parte del olor se había disipado y quedaba una especie de mezcla entre aroma a gimnasio y sexo.



-Papá- dije reprimiendo un llanto. Pero no me salían más palabras.



¿Qué pasa? ¿Te dedicas a follarte a todo el vecindario? ¿o sólo a los repartidores de electrodomésticos? ¿Qué hemos hecho mal para que te comportes así? - dijo con mucho cabreo y decepción. .



-Dúchate y baja al salón- Te quiero en 10 minutos abajo para que me expliques algunas cosas.



Cerró la puerta de un portazo y se fue.


"Puto crio de ******” pensé. ¿Ahora qué cojones había líado? ¡Pero qué cerdo! Estaba igual de salido que su padre, pero en maricón.



Acababa de cumplir los 37 años, 17 años como padre, y este *********te me estaba dando algún disgusto que otro. Teníamos muy buena relación. Mi hijo y yo éramos inseparables. Desde pequeño me había ocupado de darle mucho cariño para que tuviera confianza en si mismo. En el salón sólo se escuchaba el partido de fútbol de fondo, al que ya no podía ni prestar atención. ¿Había fallado en algo como padre?



Levanté la mirada y la fijé en una foto nuestra, de nuestros momentos de “sudada” como me gustaba llamarlos. Estábamos en la montaña, con nuestras bicis. Haría dos o tres veranos de esa foto. Recuerdo dónde la sacamos. Habíamos subido un puerto y paramos para admirar las vistas. Juntos los dos éramos un equipo. Era tan bonita nuestra relación, de cariño, de amistad, de respeto, de admiración. Él me admiraba como padre, como referente masculino y yo a él le adoraba como ni niño, el mismo que se me agarraba al cuello en la piscina cuando empecé a enseñarle a nadar, o el que lloraba como un descosido cuando se caía de la bici en sus primeros momentos a los pedales.



Había crecido físicamente, pero conservaba los rasgos de su edad. Un chavalillo bastante delgado, pero fibrado por el deporte. A mí me gustaba machacarle con la bici, que aprendiera la disciplina y el sacrificio del deporte. Conservaba una mirada pícara que me dedicaba de vez en cuando, y su pelo rubio rizado, le confería un aspecto angelical tremendo. Necesitaba mi protección y que yo le aportara mi experiencia en la vida. Era muy inocente, o eso me parecía. ¿Algo había cambiado?



Tenía frente a mi una tarjeta con un teléfono escrito y una nota. Algunas letras estaban borradas por efecto del líquido que se había derramado sobre ella. ¿Era posible que fuera semen de dos hombres? ¿Quienes eran esos dos desconocidos que se habían aprovechado de mi pobre niño, indefenso, qué le habían hecho? No podía creer que esto estuviera sucediendo bajo mi techo. ¡En mi puta casa!



Desde que Hugo entró en la *********cia le había enseñado todo sobre el sexo. Sin tapujos. Siempre le produjo curiosidad mi vello, bien repartido por todo mi pecho, brazos y piernas. Desde bien joven lo acariciaba con curiosidad como si se tratara de un fenómeno que no entraba dentro de su cabeza: ¿de dónde salen los pelos, papá? me preguntaba intrigado.



Yo le explicaba que los hombres teníamos vello corporal y que cuando salía quería decir que estábamos formándonos sexualmente. Que cuando al él le salieran se daría cuenta, porque empezarían a aparecer en sus pubis imberbe y que no le extrañara, que era normal. El se bajaba los pantalones y me decía que nunca le saldría pelo. Yo le miraba con ternura y le decía que tarde o temprano los tendría, como yo. Él se reía.



Desde muy pequeño le producía curiosidad mi pene. Mi polla era muy gorda y grande, casi alcanzaba los 22 cm y podía ser perfectamente como la lata de una cocacola de ancha. Era mi herramienta, la que tantas alegrías me había traído. Él la admiraba en el baño con curiosidad y me preguntaba si algún día llegaría a tener un pito tan grande: “claro hijo, cuando crezcas” le decía con paciencia y cariño. ¡Haz que crezca me decía! Y yo parsimoniosamente me la acariciaba para que él, admirado, viera lo grande que tenía la polla su papá.



Cuando aprendió a hacerse pajas y a darse placer a si mismo, le enseñé cómo hacerlo, que el líquido que soltaban sus huevos se llamaba semen y que eso era lo que traía niños al mundo, como él. Él me miraba divertido, ****** de placer y asombrado que su pene pudiera hacer esas cosas. Yo le enseñé como masturbarse y le dije que llegaría el momento en el que su polla disfrutaría de las chicas tanto como de su mano.



Él nunca mostró interés por las mujeres. Al principio pensé que era demasiado apego a mí, a su figura paterna, y que quizás era cuestión de tiempo. Cuando fueron pasando los años acepté que a mi hijo le gustaban los hombres. Eso no cambió la relación, en absoluto, fui directo a ello y lo acepté. Era mi único hijo y al fin y al cabo quería lo mejor para él. Siempre he sido un hombre abierto con una mente sin prejuicios, en el instituto, en la mili, en la obra y en la fábrica he conocido hombres que se acuestan con hombres, fuera y dentro del armario, algunos se me han insinuado abiertamente, y hasta en alguna ocasión tuve algún desliz con algún chaval, borracho, eso sí. Eso no ha perturbado ni una gota mi pasión por las mujeres y por sus pechos, sus acogedoras vaginas y mi amor por las hembras.



La confidencia estrechó más los lazos entre nosotros. Desde que conocí la sexualidad de mi pequeño nos unimos más, formando un vínculo entre los dos que nada ni nadie podría romper. Le aconsejé sobre chicos, le pedí que fuera con cuidado, que buscara chavales de su edad, que experimentara distintos tipos de placer y que cuando encontrara al chico ideal, lo trajera a casa. Le íbamos a tratar como a él mismo, como si fuera otro hijo. Pero nunca entró ningún novio por la puerta, ni ningún rollo. Ni siquiera, cuando iba a buscarle a la discoteca, al instituto o a la plaza del pueblo esperaba con alguien. Siempre solo, esperándome. ¿Y tus amigos, dónde están? Ya se han ido, papá, vinieron sus padres antes, me contestaba.



Eché otro vistazo al vaso lleno de semen, que había dejado encima de la mesa. ¿Era semen? ¿De quién era? ¿Era de Hugo, de sus “amigos” o era de los tres? Pensé que se habían estado pajeando sobre el vaso, que era cosa de chavales, como había hecho yo tantas veces en campamentos, viendo porno y jugando con nuestras pollas, entre colegas. Había bastante cantidad y era bastante viscoso, tenía un aspecto blanco impecable. Lo cogí y lo acerqué a mi nariz. Aspiré profundamente. Olía ligeramente a descarga fresca, sin un aroma especial. Introduje un dedo en su interior. Todavía estaba algo caliente, unté mi dedo índice y lo deslicé por el pulgar, y acerqué mis dedos a la nariz. Volví a dar una aspiración profunda. Ahora si que con más claridad pude percibir aroma suave y húmedo a semen. Pensé que mejor en el vaso que no dentro de mi chaval o cualquier guarrada al fin y al cabo. Era listo al fin, no se la jugaba. ¡Ese era mi chico!



Lo que apestaban eran los calzoncillos sucios que había encontrado en su habitación. Estaba seguro que no eran de él. Olían a sudor y a meado, tenían gotas amarillas por toda la parte de delante y estaban completamente pringados de semen, que se iba secando e iba dejando aureolas de color más o menos amarillento por toda su longitud. El olor que desprendía esa prenda de ropa era el típico olor de calzoncillos sudados y lefados de chaval, un poco guarrete, que imagino ni se abría duchado. Seguro que eran los calzoncillos de uno de los repartidores, todo el día pegados a sus huevos, sudándolos y sin cambiarlos. Quizás los habría llevado más de un día. ¡Qué cabrones! Se les debieron olvidar cuando estaban por aquí. O quizás al irse cuando llegué, se los dejaron. Los usaron para limpiarse las pollas y, por el aspecto que tenían, para qué llevárselos. Sea como fuere estaban en la habitación de mi chaval. Y tenía que averiguar lo que pasó. Cosas de chavales, pensé. ¡Cómo son! ¡Quién pillara su edad!. Empecé a restarle importancia al tema.



La verdad es que me resultaba bastante cachondo que mi chaval, con lo poca cosa que era, tuviera amigos tan cerdos y fuera capaz de correrse en su libro de matemáticas. Tenía gracia la cosa. Recordé mis azañas juveniles. En el camping al que íbamos en verano, con 14 años, mi colega de la ******ia y yo jugábamos a ver quién lanzaba la leche más lejos. Unas veces le ganaba yo y otras me ganaba él. En una ocasión mis trallazos alcanzaron el saco de dormir de su hermana y en otra sus botas de montaña. ¡Cabronazo, me las has manchado! Y nos echábamos a dormir en bolas en la tienda de campaña, preparándonos para despertarnos y cascarnos otra paja a ver quién ganaba esta vez.



Me tiré en el sofá a esperar que Hugo bajara para hablar con él. Estaba en la ducha. Llevaba ya casi 10 minutos y todavía no había salido. Me descalcé, me quité la camiseta que ya acumulaba un ligero olor a sobaco de toda la tarde trabajando con ese calor. Me quedé meditando, escuchando de fondo el partido, recordando mis andanzas de joven, y notando como mi polla empezaba a despertar y se quedaba morcillona, más calmado entre mis reflexiones.



Hugo bajó a los pocos minutos y tosió, pensando que estaba dormido. Me incorporé y le miré con tono serio. Bajaba con una toalla corta en la cintura. Era precioso el niño. Ya había empezado a desarrollar un cuerpazo, que aunque no muy alto y ancho, marcaba músculos atléticos. Su pelo rubio estaba revuelto, sus ojos vivos y pícaros me miraban con cierta angustia. Algunas gotas de agua caían por su cuello delgado, liso y perfecto hacia su pecho, adornado por dos pezones rosados preciosos. Justo donde su mano sujetaba la toalla estaba su vientre firme y terso, que daba paso a la cintura más perfecta y estrecha que había visto. La toalla dejaba al aire unos muslos perfectos, firmes, sin ni una gota de grasa que se antojaban incluso un poco femeninos. A veces me sorprendía pensando en meter mis manos entre ellos y apartárselos para ponerlos alrededor de mis caderas. Volvió a carraspear. Recorrió el salón mientras le observaba y pude ver que la toalla ajustaba a la perfección dos nalgas rígidas, respingonas, que se movían con discreción tapadas por el paño.



Ven hijo, siéntate aquí, quiero hablar contigo -le dije con tono tranquilizador.



Papá, lo siento mucho, he sido un gilipollas, perdóname - Su pierna rozó mi vaquero cuando pasó a mi lado.



No pasa nada, pero tenemos que hablar, le dije con convicción



Hugo se puso a llorar. A llorar desesperadamente. Estaba realmente arrepentido. Cuando Hugo lloraba se me encogía el estómago. Me daba una rabia increíble. Quería cogerlo en mis brazos, dejarlo en la cama, y dormirle cantándole al oído una canción. Pasé mi brazo a través de su cuello y lo atraje contra mí. Podía sentir su frescura, propia de haberse pegado una ducha, y su aroma a jabón. Le di un beso en la cabeza. Él se apoyó en mi pectoral, descargando sus lágrimas sobre mi maraña de pelo rizado y ligeramente cubierto por mi sudoración y las largas horas de trabajo.



Venga, tranqulizate, que estoy aquí para todo lo que necesites. Acaricié con mi otra mano su pelo rubio, metí mi mano en su maraña de pelo y rasque suavemente su cabeza. Él seguía sollozando. Pasó su brazo alrededor de mi abdomen y me apretó. Yo sentí una enorme sensación de paz. Mi niño y yo siempre juntos, pensé. “No llores nene” - le susurré.



Estuvimos así unos minutos, en el silencio roto solo por sus suspiros. Él empezó a tranquilizarse y a mover ligeramente su mano, recorriendo mi torso con suavidad, acariciando mi vello, deteniéndose con parsimonia en mis pectorales. Yo le dejaba hacer. Me puse más cómodo en el sofá, apoyando toda mi espalda en el respaldo. Él seguía jugando con mis el vello de mis abdominales, mientras yo acariciaba su pelo, e inhalaba con profundidad su sensual olor a jabón recién duchado. Su mano se paseó por mi costado, subiendo casi hasta rozar mis axilas. Volví a aspirar una bocanada de aire y pude sentir mi propio olor corporal. Estaba sin duchar todavía. Hugo se detuvo en mi ombligo, y jugó con los vellos que nacían en él para irse adentrando en mi pubis. Mi polla marcaba ya entonces un leve crecimiento y empezaba a ejercer una presión considerable contra los vaqueros, justo apuntando hacia él. Mi polla estaba reaccionando a las caricias. Intenté apartarle pero retiró su mano y cogió mi brazo para que siguiera abrazándole, subiendo a lo largo de mi antebrazo y biceps, y bajando, muy despacio. Yo le volví apretar contra mi pecho sintiendo una enorme paz y tranquilidad.



Empezaba a tener un sentimiento un tanto embarazoso. A mí no hacía falta apenas nada para ponerme cachondo, e incluso hablando o jugando con mi chaval podía empalmarme. Pero esta vez era diferente, empezaba a sentir un cierto deseo de seguir abrazándole, de poseer a mi niño, de utilizarle. Tenía un sentimiento de posesión. Él era mío y yo podía disponer de él. Estos pensamientos cruzaban rápidamente mi cabeza, sin detenerse, mientras mi pene empezaba a babear dentro del calzoncillo. Empecé a percibir, mezclado con mi sudor y su olor a jabón, el olor de los calzoncillos sudados. Quizá la atmósfera que se estaba creando, el contraste entre la candidez de mi chico y la lefada descomunal que tenía delante estaban ejerciendo en mí algún tipo de control. El sexo era el sexo, siempre lo había pensado, y cuando uno está cachondo tiene que llegar al final. Yo era un a****l de instintos y me movía por impulsos, sobre todo, sexuales.



Aparté a Hugo al mismo tiempo que mis pensamientos. Y le miré. Me miraba con ojos de ángel, con cara de tranquilidad. Había dejado de llorar y estaba más tranquilo. ¿Estás bien, peque? Le dije dándole un beso en la frente.



Si papá, lo siento. La he cagado, no quiero que te enfades conmigo ni decepcionarte- dijo separándose de mi y mirando mi abultado paquete, percatándose de que sus caricias, intencionadas o no, habían causado un efecto en mi inmediato. La bragueta de mi vaquero iba a reventar.



“Está bien, cuéntame qué es lo que ha pasado esta tarde. No pasa nada, no estoy enfadado” - le dije para que se animara a contarme la historia.



“Pues..” dudó un momento y sus mejillas se enrojecieron



“Venga hijo, ¿es que no confías en tu padre?” - le dije insitiendo.



“Si papá, no es eso.... claro que confío en ti” - me contestó contrariado.



“Entonces puedes contarme cualquier cosa, ya sabes que yo te respeto ante todo y te quiero” - le animé





“Estaba en casa viendo porno” empezó a contar “cuando vinieron a traer la lavadora unos tíos que conozco del barrio...” -dijo pensándose la respuesta.



“¿Quiénes eran?” pregunté interesándome por los nombres.



Uno era Raúl, el hijo de la tienda de los electrodomésticos señaló con convicción.



Ah sí, le conozco, es buen chaval, pero muy macarra y un poco bestia.



“Lo sé papá, pero a mi me tiene mucho aprecio, le conozco del colegio y del barrio y siempre se ha portado bien conmigo...” aseguró mi chaval. “El caso es que hacía mucho calor, no podían sacar la lavadora, les ofrecí una cerveza y empezamos a contar paridas, a reírnos y demás, y al colega se le ocurrió que nos cascáramos una paja delante de un vaso de cristal, la cosa se desmadró y acabamos pringando mi libro y esos calzoncillos que se han dejado aquí”- dijo señalando los slips sucios que estaban encima de la mesa de cristal y que empezaban a parecer un ambientador por el olor que dejaban en todo el salón.



“Bien, ¿y no hubo nada más?” le pregunté interesándome por lo que pudo haber pasado y que a juzgar por los mordiscos de su espalda, delataba.



“No papá, no hubo nada más, nos pajeamos y se fueron cuando llegaste... sé que es una cerdada pero en ese momento no pensé lo que estaba haciendo”- dijo Hugo a modo de excusa.



¿Te intentaron forzar? ¿Te pidieron algo que no querías hacer? Dije en tono serio, preocupandome por mi chaval.



No papá, nada que no quisiera hacer -dijo intentando zanjar la conversación. Sólo unas pajas.



¿Entonces, los mordiscos que tienes por toda la nuca y espalda, eso de qué es?. Estás rojo como un tomate, como si te hubieran dado una paliza, le pregunté, sabiendo que algo me ocultaba.



Mi hijo se mostró preocupado. Se veía que intentaba encontrar respuesta. Ya me imaginaba lo que había pasado, probablemente habían intentado forzarle o quizás habían practicado sexo, pero no estaba seguro. ¿Alguno te intentó follar? - solté sorprendiéndome a mi mismo por la pregunta.



“Bueno papá, intentamos hacerlo porque tengo curiosidad por saber lo que se siente, pero no pudieron” - dijo casi sin pensar a mi pregunta a bocajarro.



La idea de dos tíos intentando metersela a mi niño me puso furioso. Apreté el puño contra la rodilla. Quería salir, buscarles y matarles a ostias. Él debió notarlo porque me miró fijamente, curioso, por mi reacción.



Pero no pudimos hacerlo, así que no te preocupes, me quedaré con las ganas de saber lo que se siente- dijo intentando tranquilizarme con cierto tono de resignación.



¿En serio me lo dices? - le pregunté. ¡Una cosa es follar y otra que te hagan el amor! - le dije convencido de mi respuesta. Tú tienes que buscar a un chico de tu edad que sea como tu, que tenga los mismos intereses e ir probando hasta que encuentres tu sitio. No me parece bien que vengan extraños a casa e intentes eso ¿tantas ganas tienes? -pregunté sorprendido.



-Bueno papá- dijo Hugo inocente. Todos mis amigos ya no son vírgenes y algunos hasta han tenido más de una relación. Yo todavía no sé lo que es el sexo, y me gustaría tener alguna experiencia. El día que encuentre al chico perfecto no quiero ser un inútil en la cama, no saber donde ponerme o qué hacer, qué decir, cómo actuar, no tengo experiencia -dijo convincente.



La revelación de mi hijo me produjo cierta impotencia. El chaval quería saber lo que era el sexo y nunca había tenido oportunidad de probar. -Ya sabrás que tienes que hacer cuando te toque- le dije, intentando quitarme las ideas que rondaban mi cabeza y que poco a poco estaban despertando en mi instintos a****les. El tenía una mirada de cierto desafío, como retándome. -¿No te parece?- le pregunté intentando confirmar mis, cada vez, más pobres argumentos.



-Pues no, papá, no me parece- me dijo desafiante. - Soy un analfabeto sexual- me dijo, claramente enfadado.



-¿Analfabeto?- No lo creo, te lo he enseñado todo, dije intentando convencerle-



Si, papá, hemos hablado de cosas generales, pero cuando se trata de follar, no tengo ni idea- me espetó con cara de pena.



Eso se aprende con la práctica- le contesté rápidamente.



Si, estoy de acuerdo papá. Práctica que no tengo- me dijo con cierto tono desesperado. No sé nada del tema, excepto que, según tú, tengo que esperar a la persona ideal. Mis amigos no han esperado a las “personas ideales”. Me dijo reprochándome mis argumentos anteriores.



Bien, ¿Y qué te gustaría saber, Hugo? - le dije para ver si podía ayudarle a desentrañar esas dudas tan importantes que parecían angustiarles.



Me gustaría saber qué se siente follando - dijo con resignación.



Medité un tanto la respuesta. Sabía que entraba en un terreno complicado, yo no sé si podría aconsejarle sobre el sexo entre hombres. A mí me gustaban las mujeres.



-Supongo- contesté - que depende de qué te guste hacer- le dije explicándole lo poco que sabía. En el sexo entre tíos hay uno que da y otro que recibe. ¿Me entiendes? Le dije un poco avergonzado del lenguaje que estaba empleando. Proseguí: “En una pareja uno tiene que dar placer al otro, siempre buscando su máximo placer, dependiendo de lo que le gusta. Por ejemplo, si yo tuviera sexo con otro tío me gustaría que me mamaran la polla y que me dejara follarme su culo, básicamente lo que me mola hacerle a una tía y que me hagan- continué explicando más detalladamente -eso entre hombres se llama ser activo o pasivo, los hay que les mola dar por culo y los hay que disfrutan mientras se los follan- acabé aclarando.



Hugo cambió su mirada, miró al vaso donde estaba el semen acumulado de sus amigos y me miró a mí.



-Papá, yo creo que a mi me gustaría saber qué se siente cuando un tío te folla y qué se siente al comerle la polla- me espetó sin miramientos.



-Entonces, chaval, eres pasivo, lo que buscas es un tío que te de rabo- le dije con cierto tono de colegueo.



-¿Sí, tú crees? -Dijo inocentemente.



-Claro, peque, para que haya tios activos, tiene que haber tíos pasivos. Asi funcionan las parejas, fundamentalmente, si encuentras a un activo, probablemente sabrás que eso es lo tuyo- le dije con claridad.



Me fijé en que mi paquete se marcaba ya una buena erección y él tampoco era ajeno a esa situación. La atmósfera que se había creado, sus caricias mientras sollozaba en mi pecho y la conversación estaban teniendo sus efectos.



-Y cómo sé que me gustaría- me dijo sacándome de mis pensamientos -nunca he probado con un tío-



Pues no sé, Hugo, eso se sabe, ¿cuando te la cascas en qué piensas? -le pregunté interrogándole.



Normalmente pienso en que me folla un chaval que conozco del insti, que es un malote, pero una cosa es pensar y otra sentirlo de verdad.



Tengo una ídea, le dije intentando darle una solución, porqué no pruebas con algo, tus dedos, no sé, un consolador- le sugerí.



Si claro, lo que me faltaba, que mamá encontrara una polla de goma en mi habitación para acabar de rematar la semana - me contestó riéndose.



Yo me eché a reir, la verdad es que dicho así sonaba bastante disparatado. Entonces se me ocurrió algo. -Espera un momento- le dije, mientras me levantaba e iba a la cocina. Aquí hay algo que podría valer para probar. Entré en la cocina y abrí la nevera. Había dos pepinos que habíamos comprado para el gazpacho. Elegí el más grande, empujado por una especie de instinto a****l sexualizado que no me dejaba pensar con claridad. Por un lado quería ayudarle y por otro me ponía cachondo la idea de imaginarme al chaval metiéndose objetos por su culo, y a falta de algo mejor, eso tenía la forma perfecta de una polla.



Entré en el salón y estaba despatarrado, solo con una toalla cortísima tapándole la cintura. Le lancé el pepino desde la distancia y cayó encima de su toalla y dio un respingo, al notar el golpe seco y pesado de la hortaliza.



-Joder papá, que coño haces- se quejó- ¿y esto para qué es? me preguntó intrigado, cogiendo el pepino entre sus manos.



-Para que pruebes, es lo que más se parece a una polla- le dije convencido, diviertiéndome por lo surrealista de la escena.



Entonces se levantó y se quitó la toalla. Su polla, que todavía era una polla *********te, dió un respingo, brillante, circuncidada y completamente dura y apuntó al cielo. Yo me tiré en el sofá esperando ver qué hacía. Se echó a un lado, cerca de mi, y con esfuerzo empezó a pasarse el pepino, verde y frío, por la raja de su culo. Empezó a hacer esfuerzos, mientras yo miraba atónito como intentaba meterlo sin éxito. Lo sacó, se ensalivó una mano, lubricó bien su ojete y lo puso a las puertas de su ano, volvió a intentar meterlo y dio un pequeño quejido.



-Espera- le dije excitadísimo, incorporándome en el sofá y acercándome más a él- Colócate a cuatro patas. Él obediente se puso a cuatro patas, ofreciéndome una vista de su ojete rosadito, como el chochito de una novicia, coronado por dos nalgas duras y respingonas. Lancé un escupitajo bien cargado de saliva que se dió en la diana perfectamente, y acaricié con mis dedos su raja. Lanzó un largo suspiro que entendí como una aprobación. -Cierra los ojos y relájate- le dije en voz baja, sin atraverme a escuchar mi propia voz por lo que estaba haciendo. Entonces, metí mi dedo índice y jugué en su interior. Me sentía completamente hipnotizado con ese culazo y ese ojete. Mi dedo desapareció hasta el fondo. No podía creer que ese fuera un culito virgen. Mi experiencia me decía que por ese niño ya había pasado más de una polla. Entonces ensalivé dos dedos y los metí, intentando dilatar las paredes de su ano. Él gemia placidamente, disfrutando de la masturbación anal que le estaba dando.



Dirigido por alguna clase de locura temporal, rocé mi polla admirando su culo. Estaba ya completamente dura y empujaba por salir del pantalón. Mi pollón era gordo y largo, moreno, con un buen capullo que lo coronaba. Estaba cachondísimo y seguro de que la facilidad con la que se escondían mis dedos en su interior no iba a ser la misma que si intentaba meter mi polla. Entre sus gemidos, mis pensamientos se amontonaban en mi cabeza. Voy a follármelo hasta que me pida que pare, pensaba. Le atravesaré con mi polla y verá lo que es que se lo folle un macho, me decía una y otra vez.



Liberé mi polla de la bragueta, y sin bajarme el pantalón, acerqué mi capullo a su ojete dilatado por mis dedos. Para entonces mi rojo e hinchado glande estaba ya babeando como si fuera a acabar su existencia. Mi excitación hizo que pasara mi capullo por su rosado ojete. Él notó la suavidad de la cabeza de mi polla y movió su culo unos centímetros hacia atrás, como buscándolo. Así que tiré al suelo el pepino que intentaba meterse sin éxito, y le agarré con fuerza la cintura, atrayéndolo su ano contra mi polla dura y tiesa. Quería ensartarlo en mis 22 centímetros de carne incandescente, como si de una putilla se tratara. Completamente ido por la excitación, presioné con fuerza y mi glande desapareció, quedando abrazado completamente por su ojete.



El crío respiraba con fuerza, aternando gemidos suaves entre sus respiraciones. Lejos de apartarse, intentó que entrara algo más. “Este tiene de virgen lo que yo de cura” pensé. Mi barra dura empezaba a desaparecer en su interior. Allí, en el sofá, me estaba follando a mi propio hijo, completamente loco por el placer que estaba dando a mi polla.



Cuando hubo desaparecido casi la mitad de mi rabo en su interior, noté como las paredes de su ojete abrazaban con presión mi rabo. Noté el calor que desprendía su interior y quise quedarme siempre ahí dentro. Esperé unos instantes mientras se acostumbraba al grosor de mi polla y desde la altura, dejé caer abundante saliva de mi boca para lubricar el resto del tronco que quedaba fuera. Él pasó su mano suavemente por mis cojones, animándome a que siguiera adentrándome en su interior. “¿Virgen? Menudo gol que me ha metido por toda la escuadra. ¡Tiene más experiencia que yo!.



Para entonces ya estabamos empezando a sudar copiosamente. Mi olor corporal a hombre sudado se podía sentir con más intensidad. Todo el día trabajando tenía un precio. La atmósfera invitaba a que le diera caña a ese culito, ajeno a que era mi propio hijo el que me estaba prestando su ojete para darme placer.



-¿Te gusta? Le pregunté, animado por la presión que ejercían sus caderas sobre mi polla.



Si, no pares, por favor - me suplicó con voz entrecortada



-¿Parar? Ni loco, esto es el paraíso le dije, metiendo gran parte de lo que quedaba fuera en su interior.



Entre sus nalgas duritas y respingonas desaparecía todo el tronco de mi polla, yo las apretujaba y las magreaba con fuerza, haciendo que se enrojecieran. Mi chaval, del placer que sentía, tenía la piel de sus muslos de gallina, lo que me animaba a ir más allá. Quería que toda mi polla desapareciera en su interior. Así que de un último esfuerzo, en toda su dureza y longitud, le clavé. Emitió un sollozo quedo, como si le hubieran clavado una polla tan grande que ni su propio ojete hubiera podido imaginar. Ahora mi excitación mandaba y mis impulsos hacían que únicamente pensara en mi placer, así que llevé mi mano hasta su nuca, y a cuatro patas como estaba, empujé su cara contra el acolchado del sofá, ahogando sus lamentos. Pensando que, en cuanto empezara a dar caña a ese ojete, iba a berrear como un corderito recién nacido.



Así, en esa posición, sin dejarle opción a moverse, saqué casi hasta mi capullo todo el largo de mi rabo y se volví a meter, dejando un ojete más diltado. Con un ritmo más o menos pausado lo repetí tantas veces como quise, hasta notar que mi polla entraba y salía sin ninguna dificultad de su culo. Él ahogaba, obligado por mi mano, sus gemidos en el sofá. Yo aceptaba que disfrutaba, y en cierto sentido me daba igual, porque era tan grande el placer que sentía en mi rabo y en mis cojones que no me importaba en ese momento como se sintiera. Nunca había sentido mi polla tan dura. Comenzé a encularle con más energía, enculadas más cortas y bien profundas, para que notara la potencia de mi follada. De vez en cuando su cadera se levantaba como intentando escapar de mi enorme miembro, pero yo hacía presión con la mano para colocarla bien expuesta a mis embestidas. Gotas grandes de sudor resbalaban por mi torso y caían por mis muslos. El calor era insoportable. Volví a bombearle con fuerza, dando caña a ese culito, que hasta ese momento pensaba que era inexperto. Alivié la presión de su nuca y liberé su cabeza, quería ver si le estaba gustando.



-¿Te gusta lo que sientes? - le pregunté cachondísimo, parándome en seco para ver su reacción.



No pares por favor- me volvió a suplicar.



¿Qué no pare? Te has tragado 22 centímetros de polla tu solito, chaval - le dije, con mi rabo apunto de salirse de su ojete, sólo sujetado por las paredes de su ano que presionaban mi glande en todas sus dimensiones.



Entonces, hizo algo que me volvió loco, con todas sus fuerzas se metió el solo mi polla hasta el fondo y una vez la notó bien adentro, empezó a bobearse mi rabo dentro de su culo él solito. Bien adentro, una y otra vez, acercándome y alejándose de mi rabo, hasta que desaparecía y volví a aparecer. Se estaba follando él solo mi polla.



El enorme placer que sentía, de verle bombearse mi polla en su interior, era increible. Aparecía y desaparecía al propio ritmo que marcaba mi chaval. Incansable, insaciable. Mi rabo alcanzó su máximo de dureza. Yo le dejaba hacer, embelesado viendo mi tronco moreno y gordo perderse en su interior, mientras él suspiraba de placer y yo bufaba como un toro.



Joder nene, me vas a matar de gusto- le dije completamente fuera de mi viendo la escena.



Así estuvo un rato, él solo, dándose placer hasta que sacó mi rabo del todo y se giró totalmente, abalanzándose sobre mi polla y dándome una mamada de infarto.



Uff niño, como la mamas. Nunca me la maman del todo porque dicen que es muy grande, pero a ti te cabe entera, cabrón- le dije entre suspiro y suspiro.



Algo cansado de la postura que teníamos, me tiré en el sofá y se acurrucó entre mis piernas. Comiendome los huevazos llenos de leche caliente esperando para salir y lamiéndome el rabo desde su base hasta mi capullo, que estaba a punto de reventar. Yo cerré los ojos y me dediqué a disfrutar mientras mi chaval se ponía morado, glotón de mi polla. Entonces se incorporó, colocó mi rabo bien ensalivado mirando al techo, y se subió encima de mí. Se metió toda mi polla y empezó a saltar sobre ella. Si el tiempo se hubiera detenido en ese momento, hubiera sido el hombre más feliz del mundo. El placer de la follada que me estaba metiendo el niñato era impresionante. Nunca me imaginé que mi chaval fuera a ser capaz de hacer semejante cosa por su padre. El tamaño de mi polla, para él, no era un problema. Y eso me hacía sentir feliz, porque muchas relaciones pasadas se habían visto truncadas porque mi rabo era demasiado grande para muchas muchachas del pueblo que, cuando intentaba follármelas, acababan pidiéndome que lo dejara para otro día. Pero él, era un campeón. Mi rabaco entraba y salía como si estuviera acostumbrado a follarme de toda la vida.



Giré la cabeza y vi el vaso con la lefa de los repartidores. Y una idea se cruzó por mi cabeza. Rápidamente agarré de la cintura a mi chaval y lo volteé, cambiando de posición. Ahora estaba yo arriba y él debajo, aguantando mis embestidas a****les, con tanta fuerza que dudo que una mujer hubiera aguantado. Me miraba fijamente, ido complemtanete por el placer que le estaba dando. Sin pensarlo, cogí de la mesa el vaso con el semen de los repartidores y lo vertí completamente acerqué completamente a su boca. Solo de pensar que en ese vaso estaba la leche de Raúl, el hijo macarra de mi compañero del equipo de futbito, me puso más cachondo si cabe. -Abre la boca- le ordené. Y él, obediente como un buen chico, abrió. Dejé caer todo el contenido en su boca, mientras bombeaba con fuerza su culo. Cogí los calzondillos sucios y los apreté contra su cara, mientras enculaba a punto de correrme. Él con su culo expuesto, solo dejó que hiciera, mientras apretaba los calzoncillos del repartidor sobre su nariz, se pajeó hasta correrse sobre mi abdomen.



La excitación pudo conmigo y me le embestí completamente empapado en sudor, como un a****l en celo, hasta que descargué toda mi lefa en su interior. Me tiré encima de él, jadeando como un poseso. Sin duda, era el polvo más morboso que había echado en mi vida. Aguanté unos minutos encima de él, con mi polla dentro, mientras perdía dureza. La saqué y un buen chorro a presión de mi lefa salió de su culo, manchando mis muslos. Él se incorporó y lamió delicadamente mi polla y los restos de su lefa de mi abdomen. Luego repasó la lefada de mis muslos hasta dejarlos limpios.



Nos quedamos en silencio un buen rato, intentando reponernos. Él no dijo nada. Se levantó, cogió la toalla, se acercó su boca a mi mejilla y me dio un beso.



Gracias papá- y se fue a la cocina a sacar la pizza del horno como si nada. La trajo, comió una porción mientras acaba de ver el partido, así, desnudo y recién follado. Yo me levanté y cogí otro trozo. Quise decirle algo, como disculpándome por el trato que le había dado tan duro. Sentía que en parte había abusado de él. Pero no tenía ningún sentimiento de culpa. Era algo que él había disfrutado tanto como yo. Cuando reuní las palabras, se levantó del sofá, se puso frente a mi y me dijo:



-Te espero en tu habitación.



Y desapareció en las escaleras. Un latigazo de morbo recorrió todo mi cuerpo y mi polla, aunque se acababa de descargar, dio un respingo.



Esta iba a ser una noche muy, muy larga, pensé. Si el niño quiere más, hay que darle más...


...


発行者 renovatio111
11年前
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