El extraño del cine me lleva de paseo
El extraño del cine me lleva de paseo
Después de coger toda la tarde con Javier, el extraño del cine, me quedé en la cama reponiéndome… Mi concha todavía quería más dedos adentro y mi culo me ardía y dolía por la tremenda cogida que me había dado este tipo.
Llamé a Víctor para preguntarle si ya había visto el video y me dijo muy excitado que se había encerrado en el baño a masturbarse mientras observaba los detalles de cómo Javier me rompía el culo. Me preguntó si yo estaba bien y le dije que lo estaba esperando con ganas para continuar cogiendo a la noche. También le comenté que Javier me había citado para la tarde siguiente y me respondió que por su lado no tenía ningún problema.
Cuando mi dulce maridito llegó a casa ni siquiera le di tiempo a acomodarse o relajarse. Lo esperé al borde de las escaleras casi desnuda, solamente con una tela transparente cubriendo mis tetas y unos zapatos de taco alto.
Víctor se fue desnudando mientras me perseguía por las escaleras. Lo arrastré a nuestra cama, donde había estado cogiendo a la tarde y lo monté, empalándome en su verga bien dura.
“Te gustó la cogida que te pegó ese tipo?”. Me preguntó mientras yo cabalgaba sobre su verga erecta, metida en el fondo de mi concha.
Ni siquiera pude contestarle, porque mi primer orgasmo me hizo explotar de placer. Estuvimos cogiendo casi toda la noche, hasta que por fin el cansancio nos venció a la mad**gada. Al despertarme, Víctor ya no estaba.
A las siete de la tarde ya estaba lista para mi cita con Javier. Me miré en el espejo y realmente encontré el reflejo de una puta callejera. Había elegido una falda muy breve de cuero que apenas me cubría la cola y no llevaba tanga; una blusa liviana de algodón, medias de nylon que me cubrían hasta los muslos y unos zapatos de tacón bien estilizados. Para completar semejante atuendo, me había puesto una peluca enrulada de color pelirroja y anteojos oscuros, por las dudas para que nadie en el barrio me reconociera.
La calle ya estaba oscura. Me dirigí al bar de la esquina pero antes de llegar un motociclista me llamó desde el cordón de la vereda. Seguramente pensó que era una prostituta y eso ya me excitó de una manera particular, provocando que mi concha comenzara a humedecerse.
La moto era gigantesca y con colores vivos. Levanté la vista y me encontré con Javier, que sonrió preguntando: “Cuanto es la tarifa por una francesa?”
Me acerqué a él en la oscuridad y de repente una mano me abrazó por la cintura y la otra se deslizó entre mis muslos.
“Linda puta, esa conchita está bien mojada”. Dijo sonriendo y comiéndome la boca.
Me hizo subir detrás de él en la moto y arrancó, comenzando un viaje para mí desconocido. Recorrimos muchísimas cuadras durante un buen rato; yo ya no tenía idea de dónde estábamos. La ciudad estaba bastante oscura. De repente Javier se detuvo y me ordenó que bajara. Me señaló una esquina donde se podía ver a tres o cuatro mujeres reunidas y me dijo que fuera hacia allá.
Al llegar entendí que las cuatro mujeres eran prostitutas que hacían la calle. Una de ellas me miró de mala manera, preguntándome qué hacía en esa esquina. Antes de que pudiera contestarle, un auto se detuvo frente a mí y un hombre de mediana edad se asomó por la ventanilla. Me acerqué a él mientras el tipo me preguntaba si estaba disponible para acompañarlo.
Iba a responderle, inventando cualquier excusa, cuando sentí que me oprimían un brazo y me alejaban del auto. Un enorme tipo vestido de novia me arrastraba lejos de ese lugar. Era calvo, gigantesco, usaba unos borceguíes militares, su cara estaba burdamente pintarrajeada y lo que me seguía llamando la atención, era su vestido de novia.
El hombre me arrastró hasta un callejón oscuro y luego me hizo entrar en una especie de patio, donde había unas cuantas personas dispersas por los rincones. Me empujó hasta que caí sobre un sucio y raído colchón.
“Qué te creíste, perra, que podías venir aquí a sacarle trabajo a mis chicas?”. Ladró “la novia” mientras sus ojos me fulminaban con una intensa mirada. De repente se tranquilizó y vi que sus ojos recorrían mis piernas, ya que mi breve falda de cuero se había deslizado hacia arriba, dejando ver mi Monte de Venus bien depilado.
“Ah, pero qué tenemos aquí??... una perrita bien lista para coger” Exclamó entre carcajadas. Otros tres hombres se habían acercado y ahora me rodeaban mirándome con deseo. Mi captor retrocedió un par de pasos, sonriendo y diciéndome:
“Qué te parece, bonita, me veo bien como novia?” “Mira lo que tengo aquí para vos”
Entonces se aplastó el vestido de novia contra el cuerpo y con ambas manos me mostró un enorme bulto sobre su entrepierna, que parecía una banana bien enorme.
Se acercó otra vez a mí, inclinándose sobre mi pubis, acercando su nariz a mis labios vaginales, ahora abiertos y humedecidos por la excitación.
“Hmmm… huele a rosas la conchita de esta perra… pero a mí en realidad me interesan las mujeres cuando me dan la espalda…”
Luego de oír eso abrí mi boca para gritar, pero el tipo me tomó por las caderas y me hizo girar en el aire, dejándome boca abajo sobre ese sucio colchón.
“Vamos, nena, no te preocupes… va a encantarte mi verga dura en tu culito… después te entrego a estos tres machitos, que son más normales que yo…”
Apenas terminó de hablar, sentí que su verga se enterraba en mi culo, sin lubricación, sin piedad, sin darme tiempo a reaccionar. Varias manos me tomaron por la nuca y me obligaron a enterrar la cabeza contra el colchón, ahogando mis gritos de dolor, mientras sentía que su espada me traspasaba y taladraba mi ano con furia.
Me sometió a ese castigo por más de diez minutos, hasta que sentí que se derramaba dentro de mi ano, quemándome con su semen hirviente. Me dio unas palmadas en la cola y se retiró de mi cuerpo, dejándome en manos de los otros tres tipos, que como bien había dicho, iban a cogerme la concha hasta el hartazgo.
Entre los tres me provocaron innumerables orgasmos, al final perdí la cuenta de todo lo que me hicieron gozar. Cuando el último se salió de mi cuerpo, me dejaron allí tendida, indefensa mientras trataba de recuperar el aire, llena de semen que escapaba de mi dolorida y maltratada concha entre mis muslos.
Apenas podía caminar. El culo me ardía de una manera increíble y, aunque ni yo misma pudiera creerlo, mi concha todavía me pedía más y más verga.
Caminé varias cuadras antes de encontrar un taxi que me llevara a casa. Al llegar encontré a Víctor muy excitado, mostrándome un video filmado con todo lo que me habían hecho esos salvajes. Evidentemente Javier había arreglado todo de antemano con “la novia”, incluyendo la filmación de toda la cogida que me habían dado.
Dejé a mi marido solo y feliz para que se masturbara con su video. Como pude me arrastré hasta nuestra cama y allí caí rendida, con mi falda de cuero sucia de semen, las medias de nylon desgarradas, el maquillaje corrido y la peluca enrulada todavía bien sujeta a mis cabellos rubios. Podía sentir el semen corriendo entre mis muslos…
“Mañana será otro día…” pensé antes de desmayarme…
Después de coger toda la tarde con Javier, el extraño del cine, me quedé en la cama reponiéndome… Mi concha todavía quería más dedos adentro y mi culo me ardía y dolía por la tremenda cogida que me había dado este tipo.
Llamé a Víctor para preguntarle si ya había visto el video y me dijo muy excitado que se había encerrado en el baño a masturbarse mientras observaba los detalles de cómo Javier me rompía el culo. Me preguntó si yo estaba bien y le dije que lo estaba esperando con ganas para continuar cogiendo a la noche. También le comenté que Javier me había citado para la tarde siguiente y me respondió que por su lado no tenía ningún problema.
Cuando mi dulce maridito llegó a casa ni siquiera le di tiempo a acomodarse o relajarse. Lo esperé al borde de las escaleras casi desnuda, solamente con una tela transparente cubriendo mis tetas y unos zapatos de taco alto.
Víctor se fue desnudando mientras me perseguía por las escaleras. Lo arrastré a nuestra cama, donde había estado cogiendo a la tarde y lo monté, empalándome en su verga bien dura.
“Te gustó la cogida que te pegó ese tipo?”. Me preguntó mientras yo cabalgaba sobre su verga erecta, metida en el fondo de mi concha.
Ni siquiera pude contestarle, porque mi primer orgasmo me hizo explotar de placer. Estuvimos cogiendo casi toda la noche, hasta que por fin el cansancio nos venció a la mad**gada. Al despertarme, Víctor ya no estaba.
A las siete de la tarde ya estaba lista para mi cita con Javier. Me miré en el espejo y realmente encontré el reflejo de una puta callejera. Había elegido una falda muy breve de cuero que apenas me cubría la cola y no llevaba tanga; una blusa liviana de algodón, medias de nylon que me cubrían hasta los muslos y unos zapatos de tacón bien estilizados. Para completar semejante atuendo, me había puesto una peluca enrulada de color pelirroja y anteojos oscuros, por las dudas para que nadie en el barrio me reconociera.
La calle ya estaba oscura. Me dirigí al bar de la esquina pero antes de llegar un motociclista me llamó desde el cordón de la vereda. Seguramente pensó que era una prostituta y eso ya me excitó de una manera particular, provocando que mi concha comenzara a humedecerse.
La moto era gigantesca y con colores vivos. Levanté la vista y me encontré con Javier, que sonrió preguntando: “Cuanto es la tarifa por una francesa?”
Me acerqué a él en la oscuridad y de repente una mano me abrazó por la cintura y la otra se deslizó entre mis muslos.
“Linda puta, esa conchita está bien mojada”. Dijo sonriendo y comiéndome la boca.
Me hizo subir detrás de él en la moto y arrancó, comenzando un viaje para mí desconocido. Recorrimos muchísimas cuadras durante un buen rato; yo ya no tenía idea de dónde estábamos. La ciudad estaba bastante oscura. De repente Javier se detuvo y me ordenó que bajara. Me señaló una esquina donde se podía ver a tres o cuatro mujeres reunidas y me dijo que fuera hacia allá.
Al llegar entendí que las cuatro mujeres eran prostitutas que hacían la calle. Una de ellas me miró de mala manera, preguntándome qué hacía en esa esquina. Antes de que pudiera contestarle, un auto se detuvo frente a mí y un hombre de mediana edad se asomó por la ventanilla. Me acerqué a él mientras el tipo me preguntaba si estaba disponible para acompañarlo.
Iba a responderle, inventando cualquier excusa, cuando sentí que me oprimían un brazo y me alejaban del auto. Un enorme tipo vestido de novia me arrastraba lejos de ese lugar. Era calvo, gigantesco, usaba unos borceguíes militares, su cara estaba burdamente pintarrajeada y lo que me seguía llamando la atención, era su vestido de novia.
El hombre me arrastró hasta un callejón oscuro y luego me hizo entrar en una especie de patio, donde había unas cuantas personas dispersas por los rincones. Me empujó hasta que caí sobre un sucio y raído colchón.
“Qué te creíste, perra, que podías venir aquí a sacarle trabajo a mis chicas?”. Ladró “la novia” mientras sus ojos me fulminaban con una intensa mirada. De repente se tranquilizó y vi que sus ojos recorrían mis piernas, ya que mi breve falda de cuero se había deslizado hacia arriba, dejando ver mi Monte de Venus bien depilado.
“Ah, pero qué tenemos aquí??... una perrita bien lista para coger” Exclamó entre carcajadas. Otros tres hombres se habían acercado y ahora me rodeaban mirándome con deseo. Mi captor retrocedió un par de pasos, sonriendo y diciéndome:
“Qué te parece, bonita, me veo bien como novia?” “Mira lo que tengo aquí para vos”
Entonces se aplastó el vestido de novia contra el cuerpo y con ambas manos me mostró un enorme bulto sobre su entrepierna, que parecía una banana bien enorme.
Se acercó otra vez a mí, inclinándose sobre mi pubis, acercando su nariz a mis labios vaginales, ahora abiertos y humedecidos por la excitación.
“Hmmm… huele a rosas la conchita de esta perra… pero a mí en realidad me interesan las mujeres cuando me dan la espalda…”
Luego de oír eso abrí mi boca para gritar, pero el tipo me tomó por las caderas y me hizo girar en el aire, dejándome boca abajo sobre ese sucio colchón.
“Vamos, nena, no te preocupes… va a encantarte mi verga dura en tu culito… después te entrego a estos tres machitos, que son más normales que yo…”
Apenas terminó de hablar, sentí que su verga se enterraba en mi culo, sin lubricación, sin piedad, sin darme tiempo a reaccionar. Varias manos me tomaron por la nuca y me obligaron a enterrar la cabeza contra el colchón, ahogando mis gritos de dolor, mientras sentía que su espada me traspasaba y taladraba mi ano con furia.
Me sometió a ese castigo por más de diez minutos, hasta que sentí que se derramaba dentro de mi ano, quemándome con su semen hirviente. Me dio unas palmadas en la cola y se retiró de mi cuerpo, dejándome en manos de los otros tres tipos, que como bien había dicho, iban a cogerme la concha hasta el hartazgo.
Entre los tres me provocaron innumerables orgasmos, al final perdí la cuenta de todo lo que me hicieron gozar. Cuando el último se salió de mi cuerpo, me dejaron allí tendida, indefensa mientras trataba de recuperar el aire, llena de semen que escapaba de mi dolorida y maltratada concha entre mis muslos.
Apenas podía caminar. El culo me ardía de una manera increíble y, aunque ni yo misma pudiera creerlo, mi concha todavía me pedía más y más verga.
Caminé varias cuadras antes de encontrar un taxi que me llevara a casa. Al llegar encontré a Víctor muy excitado, mostrándome un video filmado con todo lo que me habían hecho esos salvajes. Evidentemente Javier había arreglado todo de antemano con “la novia”, incluyendo la filmación de toda la cogida que me habían dado.
Dejé a mi marido solo y feliz para que se masturbara con su video. Como pude me arrastré hasta nuestra cama y allí caí rendida, con mi falda de cuero sucia de semen, las medias de nylon desgarradas, el maquillaje corrido y la peluca enrulada todavía bien sujeta a mis cabellos rubios. Podía sentir el semen corriendo entre mis muslos…
“Mañana será otro día…” pensé antes de desmayarme…
10年前