Helena y una placentera estadía en Cuba
Helena y una placentera estadía en Cuba
Helena me llamó a casa fuera del horario de oficina, para decirme que había tenido una breve sesión de buen sexo oral con el Gerente de Planeamiento y eso nos aseguraba a ambas un viaje de tres días a Cuba, que por supuesto íbamos a tomar como unas merecidas vacaciones, aunque con el pretexto de ir a recorrer una de nuestras filiales allí. Yo no podía creer lo que me estaba contando.
“Se la chupaste a ese pervertido???... Oral nada más, lo conformaste así solamente?”
“Sí, amiga mía, pero tiene una verga poderosa el tipo, la próxima vez me hago coger”.
La cuestión fue que el lunes a primera hora estábamos en el aeropuerto, con nuestros esposos convencidos de que íbamos a pasar unos días muy atareados, aunque les dijimos que pensábamos tomar un poco de sol caribeño de la manera que fuera…
La primera noche nos portamos bien; solamente salimos a cenar fuera del hotel y muy temprano ya estábamos encerradas otra vez, en la cama… juntas, naturalmente…
A la mañana temprano desayunamos y salimos a la playa frente al hotel, con nuestras diminutas tangas fluo y cubriéndonos apenas con unos coloridos pareos. Nos acostamos boca abajo en la arena, mostrando nuestras redondas colas a quien quisiera admirarlas…
Pronto nos dimos cuenta de que frente a nosotras solamente desfilaban por la playa unos gigantescos negrazos, algunos bastante fieros en apariencia, pero más de uno parecía un verdadero Adonis…
Helena me miró de reojo, susurrando muy bajito:
“Ya notaste, amiga, el tamaño de verga que debe tener aquel negro que va por allá?”
Le respondí que lo había visto; era un lindo chico mulato que no podía ocultar un tremendo bulto que se distinguía dentro de sus pantalones de baño.
“Quiero que ese negrito me coja”. Sentenció mi amiga.
Más tarde fuimos al bar del hotel a refrescarnos un poco y allí en la barra estaba el mulato en cuestión. Ahora lo vimos de cerca, muy apuesto y musculoso, con un terrible paquete apenas disimulado en su entrepierna.
Helena me dijo que se sentía muy caliente y que a la noche iba a necesitar una pija dentro de ella, o se iba a volver loca. Aprovechó para confesarme que Jorge llevaba casi dos semanas sin cogerla como a ella le gustaba. Demasiado estrés, decía.
Mi amiga se levantó de su silla y se acercó a la barra, junto al mulato.
Pidió otro trago y de reojo volvió a mirar bien de cerca ese tremendo bulto que apenas podía cubrir ajustado su traje de baño…
En ese momento no sucedió nada; el mulato repentinamente se levantó de su asiento, le dedicó una intensa mirada a Helena y después desapareció entre la gente…
Esa misma tarde Helena y yo decidimos concurrir a uno de esos locales al aire libre en la playa, lugar donde la gente local y los turistas escuchan y bailan reggae.
Allí volvimos a encontrar al mulato en cuestión, sentado en la barra. Helena, con cierto disimulo, no dejaba de mirarlo. Al cabo de un rato, él se dio cuenta de sus miradas y con toda naturalidad se acercó a nuestra mesa.
Se presentó como Edmundo y nos resultó muy agradable y simpático en su conversación. Pude notar que, de vez en cuando, Helena bajaba la mirada hacia la entrepierna del negro, que llevaba un pantalón de color blanco muy ceñido que no lograba ocultar demasiado lo que tenía entre las piernas.
De repente, él se inclinó hacia Helena y la invitó a bailar. Ella aceptó encantada.
Se ubicaron en medio de la gente, en un sitio desde donde yo los veía perfectamente. Edmundo empezó a bailar de una forma más que decente, pero a medida que iba pasando el tiempo, empezó a acercarse más. Agarrándola por las caderas, la guiaba en el baile, la ponía de espalda y como no queriendo, apoyaba su poderosa entrepierna contra el redondo culo de mi amiga, que se adivinaba hermoso debajo de su pollera bien ceñida.
Al cabo de tres o cuatro canciones y después de haberla toqueteado por todos los rincones de su cuerpo, volvieron a la mesa.
Un rato después Helena dijo que hacía demasiado calor allí y que podríamos ir a disfrutar del fresco aire acondicionado de nuestra habitación y tomarnos allí otra copa.
Al llegar a la habitación, Helena fue directo al baño y Edmundo se acercó a decirme:
“Tu amiga es un volcán en erupción… vas a quedarte a presenciar cómo me la cojo?”.
Le dije que estaba de acuerdo y que me quedaría a observarlos mientras me masturbaba, pero que debería conformarse solamente con Helena, ya que yo esta vez sólo sería testigo de todo lo que se le ocurriera hacerle a mi amiga…
Estábamos teniendo esa conversación, cuando Helena salió del baño. Al verla, al negro casi se le cayó la mandíbula al piso por la sorpresa, ya que mi amiga se había quitado la pollera y la tanga. Su pubis perfectamente depilado dejaba ver sus labios vaginales entreabiertos y brillando en la penumbra de la habitación. Noté que se había colocado un gel lubricante en la entrada de su dulce vagina, seguramente había pensado que el negro tenía una verga enorme…
Me miró de reojo y no dijo palabra, pero ambas entendimos que se iba a hacer coger por ese perfecto desconocido frente a mis ojos y que por supuesto, tenía mi aprobación total.
Sus hermosos pechos estaban cubiertos por una delgada camiseta de algodón casi transparente, que dejaban traslucir sus pezones bien erectos. Unos tacos altos realzaban la belleza de sus interminables piernas.
Así desnuda como estaba, comenzó a moverse al ritmo de una música imaginaria, acercándose al fornido cuerpo de Edmundo. Por supuesto, él se puso a bailar con ella, pero sin tocarla.
Yo me quité la pollera y deslicé mi tanga hasta mis pies para masturbarme con más comodidad y me senté en un amplio sillón a disfrutar del espectáculo.
Ella ahora tenía los brazos levantados abrazándolo por el cuello y él suavemente le acariciaba las caderas. Bailaban despacio, moviéndose lentamente y cuando la cara de mi amiga quedaba hacia mí, podía ver que estaba con los ojos cerrados, la boca un poco abierta y respirando profundamente.
Luego de un par de minutos, repentinamente Edmundo la tomó por la cintura y la levantó en vilo, arrojándola sobre la cama. Ella quedó boca abajo y se incorporó sonriendo con lascivia, pero el negro en un rápido movimiento se quitó su pantalón blanco, dejando ver una tremenda anaconda negra que todavía no se había despertado del todo. Yo no podía dejar de admirar semejante tamaño de verga…
El negro se acercó a la cama sosteniéndose esa enorme verga con ambas manos.
Helena se puso boca arriba y abrió sus torneadas piernas. Edmundo con la mano izquierda le pellizcaba los pezones a través de la camiseta, mientras que con la derecha bajaba a acariciarle los labios vaginales humedecidos y bien lubricados.
Con mucha habilidad, su dedo anular y el índice acariciaban los labios mayores, mientras el mayor lo metía dentro de la rajita y le masajeaba el clítoris. Cada vez que lo tocaba, ella daba un gemido e iba abriendo sus piernas para sentir mejor el contacto de esos gigantescos dedos negros.
Helena no tardó en tener el primer orgasmo de esa tarde. Vi cómo se le tensaban las piernas. Vi cómo se aferraba al cuello de Edmundo, temblando como una hoja. Se puso de puntillas y dando un grito de placer empezó a gemir y a jadear en éxtasis.
Cuando mi amiga se quedó quieta luego de acabar, Edmundo me hizo una indicación para que me acercase a ellos. Me levanté y fui junto a ellos. Entonces Edmundo levantó a Helena como si fuera una pluma y la ubicó de rodillas entre ambos. Ella estaba dándole la espalda a él y de cara a mi. Se abrazó a mi cuello y sin decir nada comenzó a besarme suavemente, mientras me susurraba al oído.
“Quiero tener dentro de mi concha esa verga negra, amiga, te fijaste el tamaño?”
“Ya la vi, mi amor, ahora quiero verte cómo te coge con esa cosa” Le dije sonriendo.
Dicho esto me separé de ellos. Me senté otra vez en el sillón y comencé a tocar mis labios vaginales, que se encontraban bastante humedecidos también…
De repente Edmundo la hizo bajar de la cama y la condujo directamente al baño.
Allí la hizo sentar sobre la tapa del inodoro y le dijo suavemente:
“Ahora mi puta blanquita, vas a ponerme mi verga bien dura usando tu linda boca”.
Helena la tomó con sus dos manos y se la metió entre sus labios rojos. Sintió cómo esa verga crecía bajo el efecto de su delicada lengua, que la recorría todo a lo largo.
Al cabo de unos minutos, se había convertido en un aparato enorme, que por lo menos medía unos veinticinco centímetros; pero lo más notable era el grosor… era realmente tan gruesa como nuestros brazos…
Ella estuvo lamiendo y chupando esa cosa durante más de quince minutos hasta que sacándola de su boca y con una voz ronca y suave al mismo tiempo le suplicó:
“Por favor, quiero que acabes en mi boca ya mismo. No esperes más. Quiero sentir el sabor de tu semen en mi garganta, negro.”
Volvió a tragarse aquella verga enorme y Edmundo no la hizo esperar más. Vi como empezaba a temblar y rugiendo como un toro, empezó a descargar dentro de la boca de mi amiga toda su leche. Ella no dejaba de chupársela y en la medida que podía se iba tragando todo el semen.
Sin darle tiempo a Helena para limpiarse los chorros de semen que le caían por la barbilla, Edmundo la levantó suavemente por la cintura y la hizo sentar sobre el lavatorio, de espaldas al espejo, con sus bellas piernas abiertas y colgando.
Luego comenzó a besarle los tobillos, las pantorrillas y finalmente sus muslos, hasta llegar a la dulce concha de mi amiga, que ya se debatía mientras sentía el calor que le provocaba la lengua del negro.
“Ahora vas a tocarte, puta blanquita; vas a acabar frente a este negrito….” Le dijo.
Helena entonces comenzó a acariciarse el clítoris y a meterse los dedos bien profundamente dentro de su dulce conchita. Cerró los ojos y comenzó a tocarse con más velocidad, hasta que arqueando la espalda empezó a temblar y tuvo un orgasmo formidable, dándole a Edmundo lo que le había pedido.
Otra vez sin darle tiempo para que se repusiese, Edmundo le levantó las piernas poniéndolas sobre sus hombros y se fue acercando hasta que la tremenda pija negra estuvo casi rozando los labios vaginales de mi amiga. Ella gimió y le gritó que la cogiera de una buena vez, que ya no la hiciera esperar más…
Pero el negro no tenía tanto apuro en darle el gusto. Empezó a restregar su poderosa serpiente negra de arriba abajo, lubricándole bien la punta con los fluidos de Helena.
“Ahora te voy a coger, puta blanquita; hasta que no puedas ni siquiera caminar…”.
“Después de tener mi verga negra adentro, nunca más vas a querer otra…”
Helena comenzó a sollozar y a pedirle que se la metiera; que no tuviera piedad con ella; solamente quería sentir el poder de esa enorme verga adentro suyo.
Por fin Edmundo apoyó la punta de esa cosa increíble entre los labios vaginales de esa dulce conchita y muy despacio empujó hacia adelante. Apenas la cabeza; la metía y volvía a sacarla lentamente, para volver a empujar un poco más profundo cada vez.
Al cabo de unos minutos, Helena tenía la concha llena de esa gruesa serpiente negra.
Entonces empezó a bombearla. Primero despacio hasta que el ritmo fue frenético. Mi amiga acompañaba las embestidas moviendo las caderas al ritmo que marcaba el negro. Ella tenía los ojos cerrados y gemía, gritaba, lloraba, resoplaba y sollozaba.
De repente abrió los ojos. Se aferró al lavatorio con ambas manos y dando un grito como hacía mucho tiempo no le había escuchado, explotó en otro orgasmo infernal. Entre sollozos decía que era la mejor cogida que le habían dado en su vida y le suplicaba a Edmundo que no dejara de cogerla así.
Mientras tanto, el negro seguía bombeándola sin disminuir el ritmo del profundo mete y saca ni la potencia de las embestidas. Continuó cogiéndola sin cambiar de postura durante al menos otra media hora, durante los cuales Helena gimió anunciando otros cuatro orgasmos consecutivos.
De repente Edmundo se relajó un poco y muy lentamente fue sacándole toda esa enorme verga. Se sentó sobre la tapa del inodoro y le dijo a Helena que se empalara en ese tremendo mástil que apuntaba hacia el techo.
Helena fue flexionando sus piernas y muy despacio empezó a meterse en su ahora dilatada concha esa increíble serpiente. Empezó metiéndosela muy despacio. Subiendo y bajando como antes había hecho Edmundo con ella. Entonces él la tomó pellizcándole los pezones y le marcó el ritmo de bombeo, diciéndole a los ojos:
“Cabalga puta blanquita, cabalga mi verga; siente como entra y sale. Así, así, perra”
Mi amiga gemía, gritaba de placer, lloraba, se retorcía sintiendo esa cosa gigante que la llenaba por completo. Cada tanto un nuevo orgasmo la hacía temblar echando la cabeza hacia atrás…
Luego de un buen rato de cogerla así, Edmundo la aferró por las caderas y sin dejar que ella se saliese, se levantó tomándola en brazos. Ella se agarró al grueso cuello del negro y le rodeó las caderas con sus largas piernas.
La llevó otra vez hasta la cama y allí le ordenó que adoptara la posición de perrito, a lo que Helena obedeció sin perder su sonrisa. Cuando ella estuvo apoyada sobre sus codos y rodillas, el negro subió a la cama y se ubicó entre sus muslos abiertos.
“Mi puta blanca está lista para recibir mi verga negra en su lindo culo?”. Preguntó.
Helena intentó protestar, diciendo que era demasiado grande para metérsela por el culo y que la iba a desgarrar, pero el negro ya la aferraba por la cintura, inmovilizándola, sin dejarle escapatoria más que aguantar ser sodomizada…
Los aullidos de Helena llenaron toda la habitación cuando el negro comenzó a hundir esa gigantesca pija en su delicado culo. Ella se debatía tratando de zafarse del abrazo, pero el negro era implacable: estaba decidido a romperle el culo a toda costa.
De repente Helena dejó de gritar y me sonrió, dejándome entender que ya estaba disfrutando de esa pija en su trasero. Por suerte para ella, esta vez Edmundo no aguantó demasiado tiempo y en menos de cinco minutos tensó su espalda hacia atrás y gruñendo fieramente se vació en el fondo de mi amiga.
Helena quedó acostada boca abajo, su bello rostro oculto contra la almohada. Mientras Edmundo volvió a vestirse y acercándose donde yo estaba sentada, metió sus dedos en mi concha dilatada y mojada luego de mis dos orgasmos.
“Mañana te toca, perrita rubia, prepárame ese culito para mi verga negra”. Susurró.
Volvió a la cama junto a Helena y le dio un par de sonoras palmadas en las redondas nalgas a mi amiga. Ella gimió pero no se movió.
Edmundo entonces desapareció por la puerta.
Me acerqué a Helena, para comprobar que su entrada anal estaba completamente dilatada y enrojecida, dejando escapar un río de semen que manchaba las sábanas. Sus labios vaginales también estaban irritados y muy abiertos.
Ella abrió sus hermosos ojos, me sopló un beso con sus dedos y me dijo:
“Vas a tener que probar esa verga negra, amiga… no te vas a arrepentir nunca…”
Helena me llamó a casa fuera del horario de oficina, para decirme que había tenido una breve sesión de buen sexo oral con el Gerente de Planeamiento y eso nos aseguraba a ambas un viaje de tres días a Cuba, que por supuesto íbamos a tomar como unas merecidas vacaciones, aunque con el pretexto de ir a recorrer una de nuestras filiales allí. Yo no podía creer lo que me estaba contando.
“Se la chupaste a ese pervertido???... Oral nada más, lo conformaste así solamente?”
“Sí, amiga mía, pero tiene una verga poderosa el tipo, la próxima vez me hago coger”.
La cuestión fue que el lunes a primera hora estábamos en el aeropuerto, con nuestros esposos convencidos de que íbamos a pasar unos días muy atareados, aunque les dijimos que pensábamos tomar un poco de sol caribeño de la manera que fuera…
La primera noche nos portamos bien; solamente salimos a cenar fuera del hotel y muy temprano ya estábamos encerradas otra vez, en la cama… juntas, naturalmente…
A la mañana temprano desayunamos y salimos a la playa frente al hotel, con nuestras diminutas tangas fluo y cubriéndonos apenas con unos coloridos pareos. Nos acostamos boca abajo en la arena, mostrando nuestras redondas colas a quien quisiera admirarlas…
Pronto nos dimos cuenta de que frente a nosotras solamente desfilaban por la playa unos gigantescos negrazos, algunos bastante fieros en apariencia, pero más de uno parecía un verdadero Adonis…
Helena me miró de reojo, susurrando muy bajito:
“Ya notaste, amiga, el tamaño de verga que debe tener aquel negro que va por allá?”
Le respondí que lo había visto; era un lindo chico mulato que no podía ocultar un tremendo bulto que se distinguía dentro de sus pantalones de baño.
“Quiero que ese negrito me coja”. Sentenció mi amiga.
Más tarde fuimos al bar del hotel a refrescarnos un poco y allí en la barra estaba el mulato en cuestión. Ahora lo vimos de cerca, muy apuesto y musculoso, con un terrible paquete apenas disimulado en su entrepierna.
Helena me dijo que se sentía muy caliente y que a la noche iba a necesitar una pija dentro de ella, o se iba a volver loca. Aprovechó para confesarme que Jorge llevaba casi dos semanas sin cogerla como a ella le gustaba. Demasiado estrés, decía.
Mi amiga se levantó de su silla y se acercó a la barra, junto al mulato.
Pidió otro trago y de reojo volvió a mirar bien de cerca ese tremendo bulto que apenas podía cubrir ajustado su traje de baño…
En ese momento no sucedió nada; el mulato repentinamente se levantó de su asiento, le dedicó una intensa mirada a Helena y después desapareció entre la gente…
Esa misma tarde Helena y yo decidimos concurrir a uno de esos locales al aire libre en la playa, lugar donde la gente local y los turistas escuchan y bailan reggae.
Allí volvimos a encontrar al mulato en cuestión, sentado en la barra. Helena, con cierto disimulo, no dejaba de mirarlo. Al cabo de un rato, él se dio cuenta de sus miradas y con toda naturalidad se acercó a nuestra mesa.
Se presentó como Edmundo y nos resultó muy agradable y simpático en su conversación. Pude notar que, de vez en cuando, Helena bajaba la mirada hacia la entrepierna del negro, que llevaba un pantalón de color blanco muy ceñido que no lograba ocultar demasiado lo que tenía entre las piernas.
De repente, él se inclinó hacia Helena y la invitó a bailar. Ella aceptó encantada.
Se ubicaron en medio de la gente, en un sitio desde donde yo los veía perfectamente. Edmundo empezó a bailar de una forma más que decente, pero a medida que iba pasando el tiempo, empezó a acercarse más. Agarrándola por las caderas, la guiaba en el baile, la ponía de espalda y como no queriendo, apoyaba su poderosa entrepierna contra el redondo culo de mi amiga, que se adivinaba hermoso debajo de su pollera bien ceñida.
Al cabo de tres o cuatro canciones y después de haberla toqueteado por todos los rincones de su cuerpo, volvieron a la mesa.
Un rato después Helena dijo que hacía demasiado calor allí y que podríamos ir a disfrutar del fresco aire acondicionado de nuestra habitación y tomarnos allí otra copa.
Al llegar a la habitación, Helena fue directo al baño y Edmundo se acercó a decirme:
“Tu amiga es un volcán en erupción… vas a quedarte a presenciar cómo me la cojo?”.
Le dije que estaba de acuerdo y que me quedaría a observarlos mientras me masturbaba, pero que debería conformarse solamente con Helena, ya que yo esta vez sólo sería testigo de todo lo que se le ocurriera hacerle a mi amiga…
Estábamos teniendo esa conversación, cuando Helena salió del baño. Al verla, al negro casi se le cayó la mandíbula al piso por la sorpresa, ya que mi amiga se había quitado la pollera y la tanga. Su pubis perfectamente depilado dejaba ver sus labios vaginales entreabiertos y brillando en la penumbra de la habitación. Noté que se había colocado un gel lubricante en la entrada de su dulce vagina, seguramente había pensado que el negro tenía una verga enorme…
Me miró de reojo y no dijo palabra, pero ambas entendimos que se iba a hacer coger por ese perfecto desconocido frente a mis ojos y que por supuesto, tenía mi aprobación total.
Sus hermosos pechos estaban cubiertos por una delgada camiseta de algodón casi transparente, que dejaban traslucir sus pezones bien erectos. Unos tacos altos realzaban la belleza de sus interminables piernas.
Así desnuda como estaba, comenzó a moverse al ritmo de una música imaginaria, acercándose al fornido cuerpo de Edmundo. Por supuesto, él se puso a bailar con ella, pero sin tocarla.
Yo me quité la pollera y deslicé mi tanga hasta mis pies para masturbarme con más comodidad y me senté en un amplio sillón a disfrutar del espectáculo.
Ella ahora tenía los brazos levantados abrazándolo por el cuello y él suavemente le acariciaba las caderas. Bailaban despacio, moviéndose lentamente y cuando la cara de mi amiga quedaba hacia mí, podía ver que estaba con los ojos cerrados, la boca un poco abierta y respirando profundamente.
Luego de un par de minutos, repentinamente Edmundo la tomó por la cintura y la levantó en vilo, arrojándola sobre la cama. Ella quedó boca abajo y se incorporó sonriendo con lascivia, pero el negro en un rápido movimiento se quitó su pantalón blanco, dejando ver una tremenda anaconda negra que todavía no se había despertado del todo. Yo no podía dejar de admirar semejante tamaño de verga…
El negro se acercó a la cama sosteniéndose esa enorme verga con ambas manos.
Helena se puso boca arriba y abrió sus torneadas piernas. Edmundo con la mano izquierda le pellizcaba los pezones a través de la camiseta, mientras que con la derecha bajaba a acariciarle los labios vaginales humedecidos y bien lubricados.
Con mucha habilidad, su dedo anular y el índice acariciaban los labios mayores, mientras el mayor lo metía dentro de la rajita y le masajeaba el clítoris. Cada vez que lo tocaba, ella daba un gemido e iba abriendo sus piernas para sentir mejor el contacto de esos gigantescos dedos negros.
Helena no tardó en tener el primer orgasmo de esa tarde. Vi cómo se le tensaban las piernas. Vi cómo se aferraba al cuello de Edmundo, temblando como una hoja. Se puso de puntillas y dando un grito de placer empezó a gemir y a jadear en éxtasis.
Cuando mi amiga se quedó quieta luego de acabar, Edmundo me hizo una indicación para que me acercase a ellos. Me levanté y fui junto a ellos. Entonces Edmundo levantó a Helena como si fuera una pluma y la ubicó de rodillas entre ambos. Ella estaba dándole la espalda a él y de cara a mi. Se abrazó a mi cuello y sin decir nada comenzó a besarme suavemente, mientras me susurraba al oído.
“Quiero tener dentro de mi concha esa verga negra, amiga, te fijaste el tamaño?”
“Ya la vi, mi amor, ahora quiero verte cómo te coge con esa cosa” Le dije sonriendo.
Dicho esto me separé de ellos. Me senté otra vez en el sillón y comencé a tocar mis labios vaginales, que se encontraban bastante humedecidos también…
De repente Edmundo la hizo bajar de la cama y la condujo directamente al baño.
Allí la hizo sentar sobre la tapa del inodoro y le dijo suavemente:
“Ahora mi puta blanquita, vas a ponerme mi verga bien dura usando tu linda boca”.
Helena la tomó con sus dos manos y se la metió entre sus labios rojos. Sintió cómo esa verga crecía bajo el efecto de su delicada lengua, que la recorría todo a lo largo.
Al cabo de unos minutos, se había convertido en un aparato enorme, que por lo menos medía unos veinticinco centímetros; pero lo más notable era el grosor… era realmente tan gruesa como nuestros brazos…
Ella estuvo lamiendo y chupando esa cosa durante más de quince minutos hasta que sacándola de su boca y con una voz ronca y suave al mismo tiempo le suplicó:
“Por favor, quiero que acabes en mi boca ya mismo. No esperes más. Quiero sentir el sabor de tu semen en mi garganta, negro.”
Volvió a tragarse aquella verga enorme y Edmundo no la hizo esperar más. Vi como empezaba a temblar y rugiendo como un toro, empezó a descargar dentro de la boca de mi amiga toda su leche. Ella no dejaba de chupársela y en la medida que podía se iba tragando todo el semen.
Sin darle tiempo a Helena para limpiarse los chorros de semen que le caían por la barbilla, Edmundo la levantó suavemente por la cintura y la hizo sentar sobre el lavatorio, de espaldas al espejo, con sus bellas piernas abiertas y colgando.
Luego comenzó a besarle los tobillos, las pantorrillas y finalmente sus muslos, hasta llegar a la dulce concha de mi amiga, que ya se debatía mientras sentía el calor que le provocaba la lengua del negro.
“Ahora vas a tocarte, puta blanquita; vas a acabar frente a este negrito….” Le dijo.
Helena entonces comenzó a acariciarse el clítoris y a meterse los dedos bien profundamente dentro de su dulce conchita. Cerró los ojos y comenzó a tocarse con más velocidad, hasta que arqueando la espalda empezó a temblar y tuvo un orgasmo formidable, dándole a Edmundo lo que le había pedido.
Otra vez sin darle tiempo para que se repusiese, Edmundo le levantó las piernas poniéndolas sobre sus hombros y se fue acercando hasta que la tremenda pija negra estuvo casi rozando los labios vaginales de mi amiga. Ella gimió y le gritó que la cogiera de una buena vez, que ya no la hiciera esperar más…
Pero el negro no tenía tanto apuro en darle el gusto. Empezó a restregar su poderosa serpiente negra de arriba abajo, lubricándole bien la punta con los fluidos de Helena.
“Ahora te voy a coger, puta blanquita; hasta que no puedas ni siquiera caminar…”.
“Después de tener mi verga negra adentro, nunca más vas a querer otra…”
Helena comenzó a sollozar y a pedirle que se la metiera; que no tuviera piedad con ella; solamente quería sentir el poder de esa enorme verga adentro suyo.
Por fin Edmundo apoyó la punta de esa cosa increíble entre los labios vaginales de esa dulce conchita y muy despacio empujó hacia adelante. Apenas la cabeza; la metía y volvía a sacarla lentamente, para volver a empujar un poco más profundo cada vez.
Al cabo de unos minutos, Helena tenía la concha llena de esa gruesa serpiente negra.
Entonces empezó a bombearla. Primero despacio hasta que el ritmo fue frenético. Mi amiga acompañaba las embestidas moviendo las caderas al ritmo que marcaba el negro. Ella tenía los ojos cerrados y gemía, gritaba, lloraba, resoplaba y sollozaba.
De repente abrió los ojos. Se aferró al lavatorio con ambas manos y dando un grito como hacía mucho tiempo no le había escuchado, explotó en otro orgasmo infernal. Entre sollozos decía que era la mejor cogida que le habían dado en su vida y le suplicaba a Edmundo que no dejara de cogerla así.
Mientras tanto, el negro seguía bombeándola sin disminuir el ritmo del profundo mete y saca ni la potencia de las embestidas. Continuó cogiéndola sin cambiar de postura durante al menos otra media hora, durante los cuales Helena gimió anunciando otros cuatro orgasmos consecutivos.
De repente Edmundo se relajó un poco y muy lentamente fue sacándole toda esa enorme verga. Se sentó sobre la tapa del inodoro y le dijo a Helena que se empalara en ese tremendo mástil que apuntaba hacia el techo.
Helena fue flexionando sus piernas y muy despacio empezó a meterse en su ahora dilatada concha esa increíble serpiente. Empezó metiéndosela muy despacio. Subiendo y bajando como antes había hecho Edmundo con ella. Entonces él la tomó pellizcándole los pezones y le marcó el ritmo de bombeo, diciéndole a los ojos:
“Cabalga puta blanquita, cabalga mi verga; siente como entra y sale. Así, así, perra”
Mi amiga gemía, gritaba de placer, lloraba, se retorcía sintiendo esa cosa gigante que la llenaba por completo. Cada tanto un nuevo orgasmo la hacía temblar echando la cabeza hacia atrás…
Luego de un buen rato de cogerla así, Edmundo la aferró por las caderas y sin dejar que ella se saliese, se levantó tomándola en brazos. Ella se agarró al grueso cuello del negro y le rodeó las caderas con sus largas piernas.
La llevó otra vez hasta la cama y allí le ordenó que adoptara la posición de perrito, a lo que Helena obedeció sin perder su sonrisa. Cuando ella estuvo apoyada sobre sus codos y rodillas, el negro subió a la cama y se ubicó entre sus muslos abiertos.
“Mi puta blanca está lista para recibir mi verga negra en su lindo culo?”. Preguntó.
Helena intentó protestar, diciendo que era demasiado grande para metérsela por el culo y que la iba a desgarrar, pero el negro ya la aferraba por la cintura, inmovilizándola, sin dejarle escapatoria más que aguantar ser sodomizada…
Los aullidos de Helena llenaron toda la habitación cuando el negro comenzó a hundir esa gigantesca pija en su delicado culo. Ella se debatía tratando de zafarse del abrazo, pero el negro era implacable: estaba decidido a romperle el culo a toda costa.
De repente Helena dejó de gritar y me sonrió, dejándome entender que ya estaba disfrutando de esa pija en su trasero. Por suerte para ella, esta vez Edmundo no aguantó demasiado tiempo y en menos de cinco minutos tensó su espalda hacia atrás y gruñendo fieramente se vació en el fondo de mi amiga.
Helena quedó acostada boca abajo, su bello rostro oculto contra la almohada. Mientras Edmundo volvió a vestirse y acercándose donde yo estaba sentada, metió sus dedos en mi concha dilatada y mojada luego de mis dos orgasmos.
“Mañana te toca, perrita rubia, prepárame ese culito para mi verga negra”. Susurró.
Volvió a la cama junto a Helena y le dio un par de sonoras palmadas en las redondas nalgas a mi amiga. Ella gimió pero no se movió.
Edmundo entonces desapareció por la puerta.
Me acerqué a Helena, para comprobar que su entrada anal estaba completamente dilatada y enrojecida, dejando escapar un río de semen que manchaba las sábanas. Sus labios vaginales también estaban irritados y muy abiertos.
Ella abrió sus hermosos ojos, me sopló un beso con sus dedos y me dijo:
“Vas a tener que probar esa verga negra, amiga… no te vas a arrepentir nunca…”
10年前