Vacaciones muy movidas, el quinto día
Vacaciones muy movidas, el quinto día
A la mañana siguiente estábamos desayunando en el salón muy temprano, cuando se acercó David a saludarnos alegremente. Víctor aceptó encantado la invitación a pasar el día en unas playas agrestes, así que le prometió que en un rato íbamos a estar listos.
Al salir del hotel comprobé que solamente nos esperaban David y Fernando. Esta vez parecía que no iba a haber otras sorpresas.
Víctor siempre ha sufrido de claustrofobia, así que pidió viajar en el asiento de adelante, David iba a manejar, por lo tanto yo me senté atrás junto a Fernando.
Apenas iniciamos el viaje, sentí que una de las manos de Fernando se deslizaba bajo mi pareo, acariciando el interior de mis muslos, haciéndome abrir las piernas y llegando rápidamente a mi pubis. Allí rozó apenas mi diminuta tanga y luego la corrió a un costado, metiendo dos de sus dedos en mi concha. Tuve un sobresalto pero fue en silencio; Víctor no pudo notar nada porque conversaba animadamente con David y miraba hacia adelante.
Fernando mientras seguía metiéndome sus dedos mientras acariciaba mi clítoris, lo que empezaba a excitarme demasiado. Casi enseguida sentí que me humedecía, mojando sus dedos. Los sacó de mi vagina y me los puso frente a mi boca, haciéndome lamer mi propia esencia. Luego de lubricarlos bien con mi saliva, volvió a enterrarlos en mi ahora bien dilatada conchita.
Me susurró apenas al oído: “Hoy estás más puta que nunca, date la vuelta”.
Hice lo que me pedía, me quité las chinelas, poniéndome de rodillas sobre el asiento, asomando mi cabeza entre las dos butacas delanteras y exponiendo así mi cola a los deseos de Fernando. Para tratar de disimular lo que sucedía ahí atrás, me puse a charlar con mi marido y David. Mientras tanto, miré de reojo y pude ver que Fernando sacaba de un bolsillo un pequeño tubo metálico, que reconocí como un estuche de habanos cubanos. Lo lubricó con un poco de aceite que utilizaba como protector solar y repentinamente lo insertó en mi ano, provocándome otro gesto de sorpresa.
Empecé a gozar de esa nueva penetración, realmente me gustaba cómo entraba y salía ese tubo de mi cola, dilatándola a más no poder. Pronto sentí que un dedo reemplazaba al largo tubo y luego dos dedos comenzaron a abrirme cada vez más el canal rectal. Fernando tenía toda la intención de metérmela por el culo, delante de mi propio esposo, ahí mismo en pleno viaje, sin que se diera cuenta.
De repente sentí sus fuertes manos en mis caderas, levantándome por el aire y acomodándome sobre sus rodillas, para luego muy despacio llevarme hacia atrás, al encuentro de su verga bien endurecida. Solté otro respingo cuando noté que ya la tenía metida entre mis nalgas desnudas. Víctor no podía darse cuenta de nada, mi largo pareo ocultaba todos los movimientos de Fernando.
Me levantó apenas y entonces pude sentir que su pija se abría paso masivamente en mi cola, abriéndola bien, provocándome una intensa oleada de placer que ya casi no podía disimular. Gemí suavemente y Víctor giró para preguntarme si me encontraba bien. Por supuesto, le respondí que nunca me había sentido mejor...
En ese momento llegamos a un tramo del camino donde se convertía en ripio y entonces el auto comenzó a traquetear de manera incontrolable. Largué un fuerte carcajada, sintiendo que la verga de Fernando parecía convertirse en una ametralladora mientras taladraba a fondo mi culo. La sensación era tremenda.
Víctor giró para darme un profundo beso y justo en ese momento tuve un intenso orgasmo, bastante silencioso, que terminó en los labios de mi maridito. Unos segundos después las manos de Fernando se crisparon sobre mi cintura, clavándome a él mientras sentía que su leche caliente se derramaba en el interior de mi culo. Me dejó así todavía unos minutos más y luego muy despacio me levantó y sacó esa hermosa verga de mi cuerpo. El muy turro esperó a que Víctor se distrajera mirando hacia afuera y entonces me tomó por la nuca, obligándome a agacharme y a lamerle todo el tronco de su poderosa pija.
En unos segundos se la dejé bien limpia y entonces me soltó, acomodándose rápidamente la ropa, Yo me apuré a tomar unos tragos de bebida gaseosa, ya que mi esposo seguía cariñoso y no podía permitirme el lujo que notara el semen de Fernando en mi boca cuando me besara.
Mi propio orgasmo no me había dejado completamente satisfecha. Fernando pareció leerme el pensamiento, porque apenas me acomodé volvió a la carga, abriéndome las piernas por debajo del pareo y metiéndome sus dedos otra vez en mi concha. Me masajeó y penetró durante un buen rato, hasta que con la mirada le hice entender que estaba a punto de explotar en un nuevo orgasmo. Sonrió y me dejó acabar, tapándome la boca con una de sus fuertes manos cuando vio que yo iba a gritar como enloquecida.
Un rato después llegamos a la famosa playa agreste. Un lugar realmente paradisíaco, de ensueño. Fernando bajó corriendo del auto, contento y excitado, llamando a Víctor para que lo acompañara a meterse en el mar. Mi marido por supuesto lo siguió corriendo como un desaforado y enseguida cruzaron la playa y se zambulleron de cabeza en las aguas.
Intenté seguirlos, pero de repente una mano de David me retuvo:
“Qué apuro hay, Anita, tenemos todo el tiempo del mundo para ir a nadar”.
Me arrancó el pareo de un manotazo, haciéndome girar y apoyar las manos sobre la ventanilla abierta. Me deslizó la tanga hasta las rodillas y sonrió al ver mi cola bien dilatada y chorreando semen.
“Mi amigo dijo que te iba a hacer la cola y me dejaría esa conchita lista para mí” Sin perder tiempo me empaló con su enorme verga y me bombeó sin piedad durante pocos minutos, mientras ambos observábamos a lo lejos a Víctor y David disfrutando del mar.
“Sos un verdadero hijo de puta, me estás *******… y a la vista de mi marido”.
Se lo dije con bronca, mientras sentía el placer que me producía esa verga.
Largó una carcajada y casi enseguida acabó, llenándome la concha con su leche bien caliente. Se salió y me dio unas palmadas diciendo:
“No te preocupes, perrita, tu marido no va a enterarse, el mar lavará tus pecados”
Me acomodé la tanga y fui corriendo hasta el mar, notando como la leche de mis dos amantes corría entre mis piernas.
Fui al encuentro de Víctor, que me abrazó y besó muy contento. Bien sumergidos, rodeé su cintura con mis piernas y le pedí que me cogiera aunque estuvieran cerca estos tipos casi desconocidos. Podía sentir que su pija estaba durísima. Salimos del agua, nos desnudamos y nos acostamos en la arena, sin importar que los otros dos nos observaran. Hicimos el amor allí mismo como si fuéramos los protagonistas de una película romántica, ajenos a la presencia de los demás.
David y Fernando regresaron al auto y allí nos esperaron. Ya bastante me habían cogido y no les hacía falta ver cómo lo hacía con mi propio marido.
Cuando terminamos, nos dirigimos hacia ellos, que por supuesto no dijeron nada de lo que habían presenciado.
Fuimos a almorzar en un bonito lugar, donde había comida típica. Luego regresamos a la playa y naturalmente Víctor se desmayó enseguida, ya que, aprovechando que no tenía la obligación de manejar, se había tomado varias copas de un rico vino tinto en forma bastante descontrolada.
Miré de reojo a David y Fernando, pensando que ahora iban a saltar ambos sobre mí para perforar todos mis orificios al mismo tiempo, pero de repente sonrieron al ver llegar otra camioneta al lugar. Muy sonriente descendió Camila, que manejaba y corrió a abrazar a sus amigos. Su acompañante era un hombre negro, gigantesco, hermoso y viril, casi me humedecí al verlo mientras se acercaba.
Camila me besó y acarició la cola, mirando de reojo a Víctor, que seguía echado en la sombra como un ángel. Me dijo “Qué lástima, me habría gustado pasar un rato con tu marido mientras mi amigo te coge a vos…”.
Al negro enorme me lo presentaron como Ismael, un uruguayo. Temblé cuando me rodeó por la cintura con un brazo y me atrajo hacia su cuerpo, rozando el mío contra su negra piel. Noté una fuerte erección bajo sus pantalones. Me besó cariñosamente en ambas mejillas y me liberó de su abrazo.
David sonrió, preguntándome:
“Alguna vez te comiste un negrito, Anita?” mientras los demás reían a carcajadas.
“Hoy es tu oportunidad” Dijo Camila. “A Ismael le gustan las rubias bien putas…”.
Le ofrecí mi mano al negro y me dejé llevar. Extendió una toalla en la arena y se desnudó, dejando ver lo que ya imaginaba: una tremenda verga negra enorme ya bien dura, venosa, fuerte, muy gruesa. Hacía mucho tiempo que no veía algo tan grande, me pareció que iba no iba a poder cogerme con semejante cosa.
Ismael me hizo arrodillar frente a él y me ofreció su pija, que acepté con gusto, chupándosela hasta que quedó durísima. Su grosor me hacía atragantar cada tanto. Luego me ubicó en cuatro patas y me chupó la concha desde atrás, sintiendo su habilidosa lengua dentro de mi cuerpo. Sus amigos observaban en silencio y se tocaban por encima de sus pantalones.
Así como estaba apoyada sobre mis rodillas y manos, Camila se quitó la ropa y me hizo comer su verga, para que se la chupara hasta hacerla acabar.
El negro acarició un buen rato mi clítoris y me lubricó bien la concha. De repente sentí la cabeza de su gruesa pija intentando entrar entre mis labios vaginales, que se resistían bastante a semejante tamaño. Finalmente empujó y me la metió hasta la mitad, provocándome un grito de dolor, que casi enseguida se transformó en placer. Comenzó a bombearme, metiendo el resto de su enorme verga hasta el fondo. Sus embates fueron cada vez más duros, mientras mi boca iba al encuentro de la verga de Camila. Ella pronto acabó, llenándome la garganta de semen caliente. Ahora mi boca estaba libre para jadear y gritar el placer que sentía.
Pude ver que Víctor se desperezaba un poco. Eso me preocupó un poco, ya que ni podía moverme así empalada en la gigantesca pija de Ismael. Pero enseguida pareció volver a desmayarse. Liberé toda mi sensualidad y comencé a moverme felinamente, llevando mi cuerpo al encuentro de esa increíble verga negra. Ismael pareció notarlo, porque pronto se quedó quieto, disfrutando ver cómo esa cosa se perdía en mi interior. Pronto lo hice acabar, no jadeó ni gritó para nada, pero pude sentir que me llenaba la concha con un líquido bien caliente, realmente ardiente…
Ismael acarició mis nalgas, me besó suavemente el cuello y susurró a mi oído que nunca había cogido a una mujer blanca tan sensual. Luego se salió y se sentó a un costado, totalmente exhausto.
Camila ocupó su lugar. Me volteó boca arriba y pude ver su enorme gruesa embadurnada con gel lubricante. Puso mis tobillos sobre sus hombros y muy lentamente me penetró por el culo. Lo tenía sin dilatar, pero su verga estaba bien lubricada y casi no sentí dolor. Me bombeó mientras me miraba fijamente a los ojos, con una mirada cargada de sensualidad. Inesperadamente explotó dentro mío, sintiendo entonces que mi culo recibía esa caliente carga de leche.
Cuando Víctor se despabiló nos encontró a todos haciendo una ronda de mate. Le presentaron a la pareja que todavía él no conocía y sonrió divertido, pensando seguramente que el gigantesco negro era el que se cogía a Camila.
Al regresar cambiamos un poco los lugares en los dos autos. Fernando manejó el otro acompañado por Ismael, mientras el nuestro fue conducido por David. Otra vez Víctor se sentó a su lado y yo atrás con Camila. Apenas iniciamos el viaje, la negra me susurró al oído: “Acabé demasiado rápido en tu cola, pero ahora te voy a hacer gozar con mis dedos, te va a gustar y vas a quedar muy satisfecha”.
Dicho y hecho. Aprovechando que ya comenzaba a oscurecer, me hizo abrir bien las piernas y me acarició el clítoris con las yemas de sus delicados dedos. En menos de dos minutos sentí un calor que subía entre mis piernas y tuve que morderme la mano para no gritar como una perra en celo. El orgasmo que me provocó Camila fue tremendo realmente.
Nos despedimos en el pasillo del hotel. Víctor por suerte iba por delante de mí y no se dio cuenta de que apenas yo podía caminar por lo dolorida que estaba después de aguantarme tantas pijas duras dentro de mi cuerpo.
Tampoco pudo ver algunos fluidos que seguían deslizándose entre mis muslos…
A la mañana siguiente estábamos desayunando en el salón muy temprano, cuando se acercó David a saludarnos alegremente. Víctor aceptó encantado la invitación a pasar el día en unas playas agrestes, así que le prometió que en un rato íbamos a estar listos.
Al salir del hotel comprobé que solamente nos esperaban David y Fernando. Esta vez parecía que no iba a haber otras sorpresas.
Víctor siempre ha sufrido de claustrofobia, así que pidió viajar en el asiento de adelante, David iba a manejar, por lo tanto yo me senté atrás junto a Fernando.
Apenas iniciamos el viaje, sentí que una de las manos de Fernando se deslizaba bajo mi pareo, acariciando el interior de mis muslos, haciéndome abrir las piernas y llegando rápidamente a mi pubis. Allí rozó apenas mi diminuta tanga y luego la corrió a un costado, metiendo dos de sus dedos en mi concha. Tuve un sobresalto pero fue en silencio; Víctor no pudo notar nada porque conversaba animadamente con David y miraba hacia adelante.
Fernando mientras seguía metiéndome sus dedos mientras acariciaba mi clítoris, lo que empezaba a excitarme demasiado. Casi enseguida sentí que me humedecía, mojando sus dedos. Los sacó de mi vagina y me los puso frente a mi boca, haciéndome lamer mi propia esencia. Luego de lubricarlos bien con mi saliva, volvió a enterrarlos en mi ahora bien dilatada conchita.
Me susurró apenas al oído: “Hoy estás más puta que nunca, date la vuelta”.
Hice lo que me pedía, me quité las chinelas, poniéndome de rodillas sobre el asiento, asomando mi cabeza entre las dos butacas delanteras y exponiendo así mi cola a los deseos de Fernando. Para tratar de disimular lo que sucedía ahí atrás, me puse a charlar con mi marido y David. Mientras tanto, miré de reojo y pude ver que Fernando sacaba de un bolsillo un pequeño tubo metálico, que reconocí como un estuche de habanos cubanos. Lo lubricó con un poco de aceite que utilizaba como protector solar y repentinamente lo insertó en mi ano, provocándome otro gesto de sorpresa.
Empecé a gozar de esa nueva penetración, realmente me gustaba cómo entraba y salía ese tubo de mi cola, dilatándola a más no poder. Pronto sentí que un dedo reemplazaba al largo tubo y luego dos dedos comenzaron a abrirme cada vez más el canal rectal. Fernando tenía toda la intención de metérmela por el culo, delante de mi propio esposo, ahí mismo en pleno viaje, sin que se diera cuenta.
De repente sentí sus fuertes manos en mis caderas, levantándome por el aire y acomodándome sobre sus rodillas, para luego muy despacio llevarme hacia atrás, al encuentro de su verga bien endurecida. Solté otro respingo cuando noté que ya la tenía metida entre mis nalgas desnudas. Víctor no podía darse cuenta de nada, mi largo pareo ocultaba todos los movimientos de Fernando.
Me levantó apenas y entonces pude sentir que su pija se abría paso masivamente en mi cola, abriéndola bien, provocándome una intensa oleada de placer que ya casi no podía disimular. Gemí suavemente y Víctor giró para preguntarme si me encontraba bien. Por supuesto, le respondí que nunca me había sentido mejor...
En ese momento llegamos a un tramo del camino donde se convertía en ripio y entonces el auto comenzó a traquetear de manera incontrolable. Largué un fuerte carcajada, sintiendo que la verga de Fernando parecía convertirse en una ametralladora mientras taladraba a fondo mi culo. La sensación era tremenda.
Víctor giró para darme un profundo beso y justo en ese momento tuve un intenso orgasmo, bastante silencioso, que terminó en los labios de mi maridito. Unos segundos después las manos de Fernando se crisparon sobre mi cintura, clavándome a él mientras sentía que su leche caliente se derramaba en el interior de mi culo. Me dejó así todavía unos minutos más y luego muy despacio me levantó y sacó esa hermosa verga de mi cuerpo. El muy turro esperó a que Víctor se distrajera mirando hacia afuera y entonces me tomó por la nuca, obligándome a agacharme y a lamerle todo el tronco de su poderosa pija.
En unos segundos se la dejé bien limpia y entonces me soltó, acomodándose rápidamente la ropa, Yo me apuré a tomar unos tragos de bebida gaseosa, ya que mi esposo seguía cariñoso y no podía permitirme el lujo que notara el semen de Fernando en mi boca cuando me besara.
Mi propio orgasmo no me había dejado completamente satisfecha. Fernando pareció leerme el pensamiento, porque apenas me acomodé volvió a la carga, abriéndome las piernas por debajo del pareo y metiéndome sus dedos otra vez en mi concha. Me masajeó y penetró durante un buen rato, hasta que con la mirada le hice entender que estaba a punto de explotar en un nuevo orgasmo. Sonrió y me dejó acabar, tapándome la boca con una de sus fuertes manos cuando vio que yo iba a gritar como enloquecida.
Un rato después llegamos a la famosa playa agreste. Un lugar realmente paradisíaco, de ensueño. Fernando bajó corriendo del auto, contento y excitado, llamando a Víctor para que lo acompañara a meterse en el mar. Mi marido por supuesto lo siguió corriendo como un desaforado y enseguida cruzaron la playa y se zambulleron de cabeza en las aguas.
Intenté seguirlos, pero de repente una mano de David me retuvo:
“Qué apuro hay, Anita, tenemos todo el tiempo del mundo para ir a nadar”.
Me arrancó el pareo de un manotazo, haciéndome girar y apoyar las manos sobre la ventanilla abierta. Me deslizó la tanga hasta las rodillas y sonrió al ver mi cola bien dilatada y chorreando semen.
“Mi amigo dijo que te iba a hacer la cola y me dejaría esa conchita lista para mí” Sin perder tiempo me empaló con su enorme verga y me bombeó sin piedad durante pocos minutos, mientras ambos observábamos a lo lejos a Víctor y David disfrutando del mar.
“Sos un verdadero hijo de puta, me estás *******… y a la vista de mi marido”.
Se lo dije con bronca, mientras sentía el placer que me producía esa verga.
Largó una carcajada y casi enseguida acabó, llenándome la concha con su leche bien caliente. Se salió y me dio unas palmadas diciendo:
“No te preocupes, perrita, tu marido no va a enterarse, el mar lavará tus pecados”
Me acomodé la tanga y fui corriendo hasta el mar, notando como la leche de mis dos amantes corría entre mis piernas.
Fui al encuentro de Víctor, que me abrazó y besó muy contento. Bien sumergidos, rodeé su cintura con mis piernas y le pedí que me cogiera aunque estuvieran cerca estos tipos casi desconocidos. Podía sentir que su pija estaba durísima. Salimos del agua, nos desnudamos y nos acostamos en la arena, sin importar que los otros dos nos observaran. Hicimos el amor allí mismo como si fuéramos los protagonistas de una película romántica, ajenos a la presencia de los demás.
David y Fernando regresaron al auto y allí nos esperaron. Ya bastante me habían cogido y no les hacía falta ver cómo lo hacía con mi propio marido.
Cuando terminamos, nos dirigimos hacia ellos, que por supuesto no dijeron nada de lo que habían presenciado.
Fuimos a almorzar en un bonito lugar, donde había comida típica. Luego regresamos a la playa y naturalmente Víctor se desmayó enseguida, ya que, aprovechando que no tenía la obligación de manejar, se había tomado varias copas de un rico vino tinto en forma bastante descontrolada.
Miré de reojo a David y Fernando, pensando que ahora iban a saltar ambos sobre mí para perforar todos mis orificios al mismo tiempo, pero de repente sonrieron al ver llegar otra camioneta al lugar. Muy sonriente descendió Camila, que manejaba y corrió a abrazar a sus amigos. Su acompañante era un hombre negro, gigantesco, hermoso y viril, casi me humedecí al verlo mientras se acercaba.
Camila me besó y acarició la cola, mirando de reojo a Víctor, que seguía echado en la sombra como un ángel. Me dijo “Qué lástima, me habría gustado pasar un rato con tu marido mientras mi amigo te coge a vos…”.
Al negro enorme me lo presentaron como Ismael, un uruguayo. Temblé cuando me rodeó por la cintura con un brazo y me atrajo hacia su cuerpo, rozando el mío contra su negra piel. Noté una fuerte erección bajo sus pantalones. Me besó cariñosamente en ambas mejillas y me liberó de su abrazo.
David sonrió, preguntándome:
“Alguna vez te comiste un negrito, Anita?” mientras los demás reían a carcajadas.
“Hoy es tu oportunidad” Dijo Camila. “A Ismael le gustan las rubias bien putas…”.
Le ofrecí mi mano al negro y me dejé llevar. Extendió una toalla en la arena y se desnudó, dejando ver lo que ya imaginaba: una tremenda verga negra enorme ya bien dura, venosa, fuerte, muy gruesa. Hacía mucho tiempo que no veía algo tan grande, me pareció que iba no iba a poder cogerme con semejante cosa.
Ismael me hizo arrodillar frente a él y me ofreció su pija, que acepté con gusto, chupándosela hasta que quedó durísima. Su grosor me hacía atragantar cada tanto. Luego me ubicó en cuatro patas y me chupó la concha desde atrás, sintiendo su habilidosa lengua dentro de mi cuerpo. Sus amigos observaban en silencio y se tocaban por encima de sus pantalones.
Así como estaba apoyada sobre mis rodillas y manos, Camila se quitó la ropa y me hizo comer su verga, para que se la chupara hasta hacerla acabar.
El negro acarició un buen rato mi clítoris y me lubricó bien la concha. De repente sentí la cabeza de su gruesa pija intentando entrar entre mis labios vaginales, que se resistían bastante a semejante tamaño. Finalmente empujó y me la metió hasta la mitad, provocándome un grito de dolor, que casi enseguida se transformó en placer. Comenzó a bombearme, metiendo el resto de su enorme verga hasta el fondo. Sus embates fueron cada vez más duros, mientras mi boca iba al encuentro de la verga de Camila. Ella pronto acabó, llenándome la garganta de semen caliente. Ahora mi boca estaba libre para jadear y gritar el placer que sentía.
Pude ver que Víctor se desperezaba un poco. Eso me preocupó un poco, ya que ni podía moverme así empalada en la gigantesca pija de Ismael. Pero enseguida pareció volver a desmayarse. Liberé toda mi sensualidad y comencé a moverme felinamente, llevando mi cuerpo al encuentro de esa increíble verga negra. Ismael pareció notarlo, porque pronto se quedó quieto, disfrutando ver cómo esa cosa se perdía en mi interior. Pronto lo hice acabar, no jadeó ni gritó para nada, pero pude sentir que me llenaba la concha con un líquido bien caliente, realmente ardiente…
Ismael acarició mis nalgas, me besó suavemente el cuello y susurró a mi oído que nunca había cogido a una mujer blanca tan sensual. Luego se salió y se sentó a un costado, totalmente exhausto.
Camila ocupó su lugar. Me volteó boca arriba y pude ver su enorme gruesa embadurnada con gel lubricante. Puso mis tobillos sobre sus hombros y muy lentamente me penetró por el culo. Lo tenía sin dilatar, pero su verga estaba bien lubricada y casi no sentí dolor. Me bombeó mientras me miraba fijamente a los ojos, con una mirada cargada de sensualidad. Inesperadamente explotó dentro mío, sintiendo entonces que mi culo recibía esa caliente carga de leche.
Cuando Víctor se despabiló nos encontró a todos haciendo una ronda de mate. Le presentaron a la pareja que todavía él no conocía y sonrió divertido, pensando seguramente que el gigantesco negro era el que se cogía a Camila.
Al regresar cambiamos un poco los lugares en los dos autos. Fernando manejó el otro acompañado por Ismael, mientras el nuestro fue conducido por David. Otra vez Víctor se sentó a su lado y yo atrás con Camila. Apenas iniciamos el viaje, la negra me susurró al oído: “Acabé demasiado rápido en tu cola, pero ahora te voy a hacer gozar con mis dedos, te va a gustar y vas a quedar muy satisfecha”.
Dicho y hecho. Aprovechando que ya comenzaba a oscurecer, me hizo abrir bien las piernas y me acarició el clítoris con las yemas de sus delicados dedos. En menos de dos minutos sentí un calor que subía entre mis piernas y tuve que morderme la mano para no gritar como una perra en celo. El orgasmo que me provocó Camila fue tremendo realmente.
Nos despedimos en el pasillo del hotel. Víctor por suerte iba por delante de mí y no se dio cuenta de que apenas yo podía caminar por lo dolorida que estaba después de aguantarme tantas pijas duras dentro de mi cuerpo.
Tampoco pudo ver algunos fluidos que seguían deslizándose entre mis muslos…
10年前