Despertando en un hangar del aeropuerto
Despertando en un hangar del aeropuerto
Me quedaron algunos vagos recuerdos de aquella tarde que pasé encerrada en un hangar de aviones, a merced de cuatro hombres…
No podía recordar cómo había llegado a ese lugar. Tenía unas imágenes algo borrosas sobre haber subido a un taxi, para dirigirme al aeropuerto a recibir a Víctor, que regresaba de un viaje bastante largo. Me había vestido de manera conservadora, pero sabía que a mi esposo le agradaría.
Estaba bastante caliente con esa ausencia tan prolongada de Víctor fuera de casa; así que ansiaba regresar con él lo más rápido posible para revolcarnos en la alfombra y coger de una manera intensa y brutal, como lo hacíamos en cada reencuentro…
Pero todo eso no pudo ser. Me despertó el ruido de los motores de aviones y cuando pude enfocar mi mirada, supe que me encontraba en un hangar del aeropuerto. El problema era que estaba sentada en una silla de respaldo recto, mis manos atadas a la espalda y completamente desnuda.
A un lado pude ver mis ropas tiradas en el suelo, incluyendo mi tanga de seda negra desgarrada en jirones. Solamente me habían dejado puestos mis zapatos de taco alto.
Me dolía un poco la concha y además sentía una humedad inusual entre mis labios vaginales. Supe entonces que ya había sido ******* por alguien
Al ver que me despabilaba, un hombre enorme se acercó a mí. Reconocí que era el taxista que me iba a traer hasta el aeropuerto. Ahora me miraba con expresión divertida y hasta casi cargada de lujuria.
“Muchachos, por fin se despertó nuestra invitada de honor…!” Anunció, mirando a sus espaldas. Cuando se movió a un lado, alcancé a ver a otros dos hombres enormes y a una mujer también desnuda. Era una morocha de casi mi misma edad y muy sensual. Estaba de rodillas sobre una especie de silla de gimnasia, con sus muñecas atadas a los extremos de ese aparato. Un cuarto hombre, que estaba desnudo detrás de ella la tomaba por la cintura y se hundía dentro de su escultural y curvilíneo cuerpo; aunque no pude determinar si le estaba cogiendo la concha o estaba sodomizándola…
El tipo mientras bombeaba, le pegaba en las nalgas unos buenos azotes a la morocha, que resonaban haciendo eco en ese gigantesco hangar vacío.
No pude evitar sentirme algo excitada con la escena, mientras sentía que mi vagina comenzaba a humedecerse. Entonces caí en la cuenta de que, cuando se cansaran de la morocha, los cuatro tipos seguirían conmigo.
De pronto, el hombre que se estaba cogiendo a esa mujer empezó a gemir; se salió rápidamente de ese grácil cuerpo femenino y acercó su tiesa verga a la boca de la chica. Le tironeó de los cabellos y le gritó:
“A ver esa boquita de puta… te va a encantar el sabor de mi leche!”.
Ella obedeció sin chistar y unos segundos después su garganta recibía una abundante descarga de semen.
Después ya no pude ver lo que le pasaba a ella, ya que el taxista se sentó en una silla frente a mí y sonrió diabólicamente, mientras su mano se deslizaba entre mis muslos abiertos. Quise cerrar mis piernas, pero entonces comprobé que mis tobillos estaban atados a las patas de la silla, dejándome en esa posición, expuesta a la mirada y la lujuria de esos tipos.
El taxista se inclinó para susurrarme al oído:
“Tranquila bebota, no seas impaciente… ahora es otra vez tu turno…”
Sus palabras me confirmaron que ya me habían cogido mientras estaba sin sentido. Entonces comenzó a hurgar mi vagina con sus dedos, sacándolos manchados con mis jugos. El tipo sonrió y suspiró:
“Así me gusta, puta, que sigas estando bien lubricada… a esa perra estrecha que ves allí, hubo que meterle mucha vaselina para poder cogerla”
Me hizo lamer sus dedos hasta dejarlos limpios de mi esencia y después me acarició todo el cuerpo desde mi cuello, hasta en medio de mis tetas, por el ombligo; en lugar de meterme otra vez los dedos entre mis labios vaginales, eligió hacerlo por mi entrada anal. Metió apenas una uña y dijo:
“En este culo ya anduvo alguien antes que mi dedo… verdad?”
No quise decirle que la enorme y dura verga de mi esposo me sodomizaba con bastante frecuencia; pero de repente pensé que podían desgarrarme el ano si a los cuatro se les antojada darme por atrás…
Le pedí que no lo hiciera. Pero mientras yo le suplicaba, él seguía metiendo poco a poco su dedo más a fondo en mi culo; algo que me estaba poniendo todavía más caliente. Sentía que mi cuerpo me traicionaba y no pude evitar dejar escapar un gemido de placer con el embate de su dedo anular. El tipo se hizo el distraído con mi gemido, pero yo sabía que él había notado mi calentura en paulatino aumento.
Insistió un poco más, agregando otro dedo en el fondo de mi ano.
“Vamos a jugar un juego interesante con esa otra puta… A una de las dos le vamos a romper bien el culo entre todos… queda en manos de ustedes la posibilidad de evitarlo…” Susurró a mi oído, mientras seguía hurgando mi trasero con sus dos gruesos dedos…
“Qué… qué es lo que tengo que hacer?” Le pregunté algo preocupada.
Entonces, el hombre me desató los tobillos y me levantó, llevándome hacia sus tres amigos, que ahora estaban completamente desnudos. Me excitó un poco sentir como todas las miradas se clavaban en mí. De hecho, ya estaba chorreando, sentí que mis fluidos bajaban por una de mis piernas y me dio miedo que esos hombres lo notaran.
Me pusieron frente a la otra mujer. Ella tenía unas tetas grandes y firmes, con los cabellos largos; una belleza muy salvaje. Estaba transpirada y con la cara enrojecida. Parecía unos años mayor que yo y tenía cara de puta…
El taxista entonces anunció: “El juego es muy sencillo, la que acabe antes que la otra demostrará que una verdadera puta y merecerá entonces que le rompamos el culo… Está todo permitido, pueden hacer lo que quieran…”
Me soltó las manos que yo todavía tenía amarradas a mi espalda y por varios segundos ella y yo nos quedamos mirándonos fijo, como si estuviéramos midiéndonos…
Yo no tenía intención de permitir a esos cuatro perros que usaran mi culo; así que me abalancé sobre ella y empecé a mordisquear sus tetas; a lamer los pezones erectos. No reaccionó; se dejó hacer, mientras gemía suave.
Fui bajando por su cuerpo con mi lengua, hasta llegar a sus inflamados labios genitales. Tenía su exquisito pubis bien depilado y su concha olía a semen fresco, que todavía se deslizaba entre sus muslos. Le abrí la concha con mi lengua y comencé a jugar con su clítoris. La mujer comenzó a jadear, pero sin indicios de que estuviera cerca de acabar en mis labios…
Cuando pareció estar cerca del orgasmo y casi le fallaban las piernas, de golpe me empujó y yo caí de espaldas al suelo, con mis piernas abiertas.
Antes de que yo pudiera levantarme, ella se tumbó encima de mí, entre mis piernas abiertas. Empezó a lamer mis tetas y a morderme los pezones, lo mismo que le había hecho yo a ella desde el principio. Lo hacía de una manera algo tosca y me estaba provocando dolor.
Le supliqué que se detuviera, porque me estaba haciendo daño, pero a ella le daba igual. Mientras su lengua seguía recorriendo mis tetas, comenzó a mover su pubis contra el mío, provocando una fricción agradable con unos movimientos realmente muy sensuales.
Estaba sintiendo un tremendo placer; pero estaba lejos de acabar. A la mujer también le estaba excitando eso; yo solamente tenía que aguantar más rato que ella.
Entonces uno de los hombres dijo: “Ahora que ya ambas están bien calientes, vamos a jugar en serio…”
Entre dos hombres levantaron a la chica y la hicieron voltearse. Para tumbarla con su concha apuntando a mi cara y así hacer entre las dos un perfecto sesenta y nueve…
Esta vez fue ella la que no dudó en abalanzarse; noté su suave lengua abriéndose paso dentro de mi vagina, escupiendo y lamiéndome los labios. Yo empecé a hacer lo mismo, no podía permitirle que ella tomara ventaja, porque realmente me sentía estar al borde del orgasmo…
En ese momento, vi una verga enorme entrando por la vagina de la chica. Empezó a darle embestidas bien violentas…
Antes de que me diera tiempo a alegrarme de la ventaja que me estaban dando esos tipos, noté que también me la estaban metiendo por mi concha. Una verga gruesa y larga, que comenzó a darme embates rápidos, aunque yo trataba de no gemir demasiado.
Al estar yo debajo, la mujer conseguía lamer mejor mis labios vaginales.
Era imposible aguantar más; sumado a su sedosa lengua, el embate de esa verga me estaba volviendo loca de placer; así que empecé a gemir…
De repente no pude aguantar más y comencé a experimentar mi propio orgasmo, mientras sentía la verga del tipo explotando dentro de mi cuerpo.
Segundos después, la otra perra que tenía encima también empezó a gemir más rápido y finalmente acabó aullando, mientras ella misma se acariciaba el clítoris y le suplicaba a gritos al otro hombre que no dejara de cogerla…
Estaba recuperando el aliento, cuando sentí que un dedo penetraba por mi entrada trasera; dilatando mi esfínter y siguiendo su camino sin dificultad…
Era la otra perra, que intentaba vengarse, diciéndome que yo finalmente había acabado antes que ella y por lo tanto, era merecedora de recibir esas cuatro duras vergas en mi culo…
La mujer actuaba como una loca, metiéndome ahora dos y hasta tres dedos en mi ano. Yo intentaba resistirme pero ella me aplastaba con el peso de su cuerpo. Podía oír a los hombres riendo y haciendo comentarios soeces…
Cuando se aburrieron de la escena, simplemente me quitaron a la mujer de encima y la arrastraron fuera de mi vista.
Intenté levantarme del suelo, pero entonces el taxista me tomó por los cabellos y me arrojó sobre una especie de camastro
desvencijado. Me preocupó ver que ahora estaba yo sola y que aquellos hombres fueran a cumplir la promesa de romperme el culo…
Caí boca abajo sobre el camastro y les supliqué que me cogieran por la concha, porque por el culo me iban a provocar dolor y daño.
Rieron a carcajadas y el taxista se acomodó entre mis muslos abiertos, mientras uno de sus amigos ataba mis muñecas al respaldar de esa cama. Yo comencé a debatirme, intentando zafarme pero me era imposible. El taxista, viendo que mi entrada anal se negaba a recibirlo, apoyó su pesado brazo sobre mi espalda y ya no me debatí más. Segundos después, su poderosa verga endurecida abría mi esfínter sin nada de lubricación y penetraba hasta el fondo de mi ano.
Aullé desesperada, mientras el tipo comenzaba a bombearme con frenesí y sus amigos reían a carcajadas viendo el espectáculo. Apenas me llenó el ano de semen, el taxista le cedió su lugar a otro. Así estuvieron durante mucho tiempo, turnándose entre los cuatro para sodomizarme sin darme siquiera un respiro.
Cuando se cansaron, o tal vez ya no podían acabar más, me desataron.
Quise incorporarme, pero entonces noté un pañuelo sobre mi nariz y un olor que creí reconocer como cloroformo. Así había sido como habían podido dominarme desde el principio…
Cuando desperté, estaba recostada en un sillón del hall en el aeropuerto, vestida pero sin mi tanga, que recordaba haber visto desgarrada en jirones. Una voz en los altoparlantes decía mi nombre una y otra vez; así que, un poco tambaleante, me levanté y me dirigí a la oficina de informes.
Allí estaba Víctor con su bolso, su semblante mostraba preocupación, pero sonrió ampliamente al verme llegar.
Le pedí disculpas por la demora, aduciendo que no me sentía bien. Todavía podía sentir el efecto del cloroformo en mi nariz, pero Víctor no llegó a notarlo.
A la salida del aeropuerto tomamos un taxi para regresar a nuestra casa. Lo más increíble de todo, es que a través del espejo retrovisor, pude ver unos ojos bastante conocidos, que me miraban con expresión lujuriosa…
Me quedaron algunos vagos recuerdos de aquella tarde que pasé encerrada en un hangar de aviones, a merced de cuatro hombres…
No podía recordar cómo había llegado a ese lugar. Tenía unas imágenes algo borrosas sobre haber subido a un taxi, para dirigirme al aeropuerto a recibir a Víctor, que regresaba de un viaje bastante largo. Me había vestido de manera conservadora, pero sabía que a mi esposo le agradaría.
Estaba bastante caliente con esa ausencia tan prolongada de Víctor fuera de casa; así que ansiaba regresar con él lo más rápido posible para revolcarnos en la alfombra y coger de una manera intensa y brutal, como lo hacíamos en cada reencuentro…
Pero todo eso no pudo ser. Me despertó el ruido de los motores de aviones y cuando pude enfocar mi mirada, supe que me encontraba en un hangar del aeropuerto. El problema era que estaba sentada en una silla de respaldo recto, mis manos atadas a la espalda y completamente desnuda.
A un lado pude ver mis ropas tiradas en el suelo, incluyendo mi tanga de seda negra desgarrada en jirones. Solamente me habían dejado puestos mis zapatos de taco alto.
Me dolía un poco la concha y además sentía una humedad inusual entre mis labios vaginales. Supe entonces que ya había sido ******* por alguien
Al ver que me despabilaba, un hombre enorme se acercó a mí. Reconocí que era el taxista que me iba a traer hasta el aeropuerto. Ahora me miraba con expresión divertida y hasta casi cargada de lujuria.
“Muchachos, por fin se despertó nuestra invitada de honor…!” Anunció, mirando a sus espaldas. Cuando se movió a un lado, alcancé a ver a otros dos hombres enormes y a una mujer también desnuda. Era una morocha de casi mi misma edad y muy sensual. Estaba de rodillas sobre una especie de silla de gimnasia, con sus muñecas atadas a los extremos de ese aparato. Un cuarto hombre, que estaba desnudo detrás de ella la tomaba por la cintura y se hundía dentro de su escultural y curvilíneo cuerpo; aunque no pude determinar si le estaba cogiendo la concha o estaba sodomizándola…
El tipo mientras bombeaba, le pegaba en las nalgas unos buenos azotes a la morocha, que resonaban haciendo eco en ese gigantesco hangar vacío.
No pude evitar sentirme algo excitada con la escena, mientras sentía que mi vagina comenzaba a humedecerse. Entonces caí en la cuenta de que, cuando se cansaran de la morocha, los cuatro tipos seguirían conmigo.
De pronto, el hombre que se estaba cogiendo a esa mujer empezó a gemir; se salió rápidamente de ese grácil cuerpo femenino y acercó su tiesa verga a la boca de la chica. Le tironeó de los cabellos y le gritó:
“A ver esa boquita de puta… te va a encantar el sabor de mi leche!”.
Ella obedeció sin chistar y unos segundos después su garganta recibía una abundante descarga de semen.
Después ya no pude ver lo que le pasaba a ella, ya que el taxista se sentó en una silla frente a mí y sonrió diabólicamente, mientras su mano se deslizaba entre mis muslos abiertos. Quise cerrar mis piernas, pero entonces comprobé que mis tobillos estaban atados a las patas de la silla, dejándome en esa posición, expuesta a la mirada y la lujuria de esos tipos.
El taxista se inclinó para susurrarme al oído:
“Tranquila bebota, no seas impaciente… ahora es otra vez tu turno…”
Sus palabras me confirmaron que ya me habían cogido mientras estaba sin sentido. Entonces comenzó a hurgar mi vagina con sus dedos, sacándolos manchados con mis jugos. El tipo sonrió y suspiró:
“Así me gusta, puta, que sigas estando bien lubricada… a esa perra estrecha que ves allí, hubo que meterle mucha vaselina para poder cogerla”
Me hizo lamer sus dedos hasta dejarlos limpios de mi esencia y después me acarició todo el cuerpo desde mi cuello, hasta en medio de mis tetas, por el ombligo; en lugar de meterme otra vez los dedos entre mis labios vaginales, eligió hacerlo por mi entrada anal. Metió apenas una uña y dijo:
“En este culo ya anduvo alguien antes que mi dedo… verdad?”
No quise decirle que la enorme y dura verga de mi esposo me sodomizaba con bastante frecuencia; pero de repente pensé que podían desgarrarme el ano si a los cuatro se les antojada darme por atrás…
Le pedí que no lo hiciera. Pero mientras yo le suplicaba, él seguía metiendo poco a poco su dedo más a fondo en mi culo; algo que me estaba poniendo todavía más caliente. Sentía que mi cuerpo me traicionaba y no pude evitar dejar escapar un gemido de placer con el embate de su dedo anular. El tipo se hizo el distraído con mi gemido, pero yo sabía que él había notado mi calentura en paulatino aumento.
Insistió un poco más, agregando otro dedo en el fondo de mi ano.
“Vamos a jugar un juego interesante con esa otra puta… A una de las dos le vamos a romper bien el culo entre todos… queda en manos de ustedes la posibilidad de evitarlo…” Susurró a mi oído, mientras seguía hurgando mi trasero con sus dos gruesos dedos…
“Qué… qué es lo que tengo que hacer?” Le pregunté algo preocupada.
Entonces, el hombre me desató los tobillos y me levantó, llevándome hacia sus tres amigos, que ahora estaban completamente desnudos. Me excitó un poco sentir como todas las miradas se clavaban en mí. De hecho, ya estaba chorreando, sentí que mis fluidos bajaban por una de mis piernas y me dio miedo que esos hombres lo notaran.
Me pusieron frente a la otra mujer. Ella tenía unas tetas grandes y firmes, con los cabellos largos; una belleza muy salvaje. Estaba transpirada y con la cara enrojecida. Parecía unos años mayor que yo y tenía cara de puta…
El taxista entonces anunció: “El juego es muy sencillo, la que acabe antes que la otra demostrará que una verdadera puta y merecerá entonces que le rompamos el culo… Está todo permitido, pueden hacer lo que quieran…”
Me soltó las manos que yo todavía tenía amarradas a mi espalda y por varios segundos ella y yo nos quedamos mirándonos fijo, como si estuviéramos midiéndonos…
Yo no tenía intención de permitir a esos cuatro perros que usaran mi culo; así que me abalancé sobre ella y empecé a mordisquear sus tetas; a lamer los pezones erectos. No reaccionó; se dejó hacer, mientras gemía suave.
Fui bajando por su cuerpo con mi lengua, hasta llegar a sus inflamados labios genitales. Tenía su exquisito pubis bien depilado y su concha olía a semen fresco, que todavía se deslizaba entre sus muslos. Le abrí la concha con mi lengua y comencé a jugar con su clítoris. La mujer comenzó a jadear, pero sin indicios de que estuviera cerca de acabar en mis labios…
Cuando pareció estar cerca del orgasmo y casi le fallaban las piernas, de golpe me empujó y yo caí de espaldas al suelo, con mis piernas abiertas.
Antes de que yo pudiera levantarme, ella se tumbó encima de mí, entre mis piernas abiertas. Empezó a lamer mis tetas y a morderme los pezones, lo mismo que le había hecho yo a ella desde el principio. Lo hacía de una manera algo tosca y me estaba provocando dolor.
Le supliqué que se detuviera, porque me estaba haciendo daño, pero a ella le daba igual. Mientras su lengua seguía recorriendo mis tetas, comenzó a mover su pubis contra el mío, provocando una fricción agradable con unos movimientos realmente muy sensuales.
Estaba sintiendo un tremendo placer; pero estaba lejos de acabar. A la mujer también le estaba excitando eso; yo solamente tenía que aguantar más rato que ella.
Entonces uno de los hombres dijo: “Ahora que ya ambas están bien calientes, vamos a jugar en serio…”
Entre dos hombres levantaron a la chica y la hicieron voltearse. Para tumbarla con su concha apuntando a mi cara y así hacer entre las dos un perfecto sesenta y nueve…
Esta vez fue ella la que no dudó en abalanzarse; noté su suave lengua abriéndose paso dentro de mi vagina, escupiendo y lamiéndome los labios. Yo empecé a hacer lo mismo, no podía permitirle que ella tomara ventaja, porque realmente me sentía estar al borde del orgasmo…
En ese momento, vi una verga enorme entrando por la vagina de la chica. Empezó a darle embestidas bien violentas…
Antes de que me diera tiempo a alegrarme de la ventaja que me estaban dando esos tipos, noté que también me la estaban metiendo por mi concha. Una verga gruesa y larga, que comenzó a darme embates rápidos, aunque yo trataba de no gemir demasiado.
Al estar yo debajo, la mujer conseguía lamer mejor mis labios vaginales.
Era imposible aguantar más; sumado a su sedosa lengua, el embate de esa verga me estaba volviendo loca de placer; así que empecé a gemir…
De repente no pude aguantar más y comencé a experimentar mi propio orgasmo, mientras sentía la verga del tipo explotando dentro de mi cuerpo.
Segundos después, la otra perra que tenía encima también empezó a gemir más rápido y finalmente acabó aullando, mientras ella misma se acariciaba el clítoris y le suplicaba a gritos al otro hombre que no dejara de cogerla…
Estaba recuperando el aliento, cuando sentí que un dedo penetraba por mi entrada trasera; dilatando mi esfínter y siguiendo su camino sin dificultad…
Era la otra perra, que intentaba vengarse, diciéndome que yo finalmente había acabado antes que ella y por lo tanto, era merecedora de recibir esas cuatro duras vergas en mi culo…
La mujer actuaba como una loca, metiéndome ahora dos y hasta tres dedos en mi ano. Yo intentaba resistirme pero ella me aplastaba con el peso de su cuerpo. Podía oír a los hombres riendo y haciendo comentarios soeces…
Cuando se aburrieron de la escena, simplemente me quitaron a la mujer de encima y la arrastraron fuera de mi vista.
Intenté levantarme del suelo, pero entonces el taxista me tomó por los cabellos y me arrojó sobre una especie de camastro
desvencijado. Me preocupó ver que ahora estaba yo sola y que aquellos hombres fueran a cumplir la promesa de romperme el culo…
Caí boca abajo sobre el camastro y les supliqué que me cogieran por la concha, porque por el culo me iban a provocar dolor y daño.
Rieron a carcajadas y el taxista se acomodó entre mis muslos abiertos, mientras uno de sus amigos ataba mis muñecas al respaldar de esa cama. Yo comencé a debatirme, intentando zafarme pero me era imposible. El taxista, viendo que mi entrada anal se negaba a recibirlo, apoyó su pesado brazo sobre mi espalda y ya no me debatí más. Segundos después, su poderosa verga endurecida abría mi esfínter sin nada de lubricación y penetraba hasta el fondo de mi ano.
Aullé desesperada, mientras el tipo comenzaba a bombearme con frenesí y sus amigos reían a carcajadas viendo el espectáculo. Apenas me llenó el ano de semen, el taxista le cedió su lugar a otro. Así estuvieron durante mucho tiempo, turnándose entre los cuatro para sodomizarme sin darme siquiera un respiro.
Cuando se cansaron, o tal vez ya no podían acabar más, me desataron.
Quise incorporarme, pero entonces noté un pañuelo sobre mi nariz y un olor que creí reconocer como cloroformo. Así había sido como habían podido dominarme desde el principio…
Cuando desperté, estaba recostada en un sillón del hall en el aeropuerto, vestida pero sin mi tanga, que recordaba haber visto desgarrada en jirones. Una voz en los altoparlantes decía mi nombre una y otra vez; así que, un poco tambaleante, me levanté y me dirigí a la oficina de informes.
Allí estaba Víctor con su bolso, su semblante mostraba preocupación, pero sonrió ampliamente al verme llegar.
Le pedí disculpas por la demora, aduciendo que no me sentía bien. Todavía podía sentir el efecto del cloroformo en mi nariz, pero Víctor no llegó a notarlo.
A la salida del aeropuerto tomamos un taxi para regresar a nuestra casa. Lo más increíble de todo, es que a través del espejo retrovisor, pude ver unos ojos bastante conocidos, que me miraban con expresión lujuriosa…
9年前