El carpintero regresa por más
El carpintero regresa por más
Cuando regresé a casa esa noche, encontré el armario que había empezado Marcos a medio terminar. Anita me recibió con naturalidad, sin comentarme nada de cómo el carpintero le había maltratado su hermosa cola. Pude ver que todavía caminaba con dificultad, señal que la sodomía había sido más violenta de lo que yo había visto por la cámara…
La cena estuvo muy silenciosa y más tarde nos acostamos en esa misma cama donde Marcos le había destrozado la cola a mi mujercita. Pronto nos desnudamos y comenzamos a acariciarnos. Noté que Ana estaba bien caliente, casi tanto como yo.
Al intentar acariciar sus labios vaginales, noté que su pubis estaba recién depilado; así que aproveché para recorrer su cuerpo con mi lengua hasta llegar hasta su entrepierna, donde me dediqué a devorar esa hermosa concha. Ana comenzó a gemir con jadeos cada vez más profundos.
Mientras ella gemía, aproveché para explorar su entrada anal con la punta de mis dedos. Me sorprendió encontrarla totalmente dilatada todavía.
No le reproché nada, sabía que ella había sentido dolor, pero también había gozado como una perra con esa verga del carpintero enterrada hasta el fondo en su estrecho culo.
Subí a besarla y encontré las marcas oscuras en su cuello, donde ese bruto ordinario la había aferrado mientras la sodomizaba sin piedad…
La penetré despacio y sus gemidos me calentaron al máximo.
Finalmente, mientras le bombeaba esa hermosa y humedecida concha, no pude aguantar más la curiosidad y le pregunté:
“Qué te hizo el carpintero…?”
Ana abrió los ojos sorprendida y me dijo que el tipo se le había insinuado, pero nada más. Le dije que no le creía, porque además podía ver marcas en su cuello.
Ella largó una carcajada y replicó que esas marcas eran por ejercicios en el gimnasio. No pude seguir discutiendo. Sentí que ya estaba muy cerca de acabar…
Ana también lo pudo notar y unos segundos después, los dos al mismo tiempo aullamos de placer y yo la llené con mi semen, mientras un golpe de electricidad orgásmica recorría el escultural cuerpo de mi mujercita.
A la mañana siguiente yo tenía el día libre; así que me quedé en casa para ver la acción del carpintero. Le dije a Ana que sabía que el tipo la había sodomizado violentamente y ella finalmente admitió que, al principio se había sentido halagada por las cosas que Marcos le había insinuado y pensó que podría sacarse la calentura con un buen polvo. No se imaginaba que el tipo le iba a destrozar el culo y la iba a maltratar tan a lo bruto…
Me confesó además que estaba caliente esperando la llegada de ese hombre, porque le había dicho que era el turno de maltratarle la concha también…
Le pregunté si quería que me quedara a presenciar lo que Marcos pensaba hacerle, pero me respondió que mejor no estuviera presente. Eso la relajaría mucho más…
Sin decirle nada, decidí que me escondería en el armario de la habitación, para poder mirar todo desde cerca.
Marcos apareció después del mediodía. Pareció sorprendido de encontrarme en casa. Enseguida tomó sus herramientas y se concentró en su trabajo. Ana seguía haciendo los quehaceres normales de la casa.
Un par de horas más tarde, decidí que era hora para dejarlos solos. Avisé que salía a hacer unas compras algo lejos y Ana dijo entonces que me esperaba a cenar.
Saludé a Marcos e hice ruidos como si estuviera cerrando la puerta de entrada; pero en realidad, me escabullí a nuestra habitación y me encerré en el armario.
Cinco minutos después entró Marcos, llevando a Ana colgada boca abajo sobre su hombro. La arrojó sobre la cama diciendo:
“Por fin se fue el cornudo de tu marido, pensé que no iba a poder cogerte”.
Ana no dijo nada. Intentó levantarse de la cama, pero el bruto la tomó por la cintura, le arrancó la falda de jean con un rápido manotazo y en el mismo movimiento le dio un par de azotes en los cachetes a mi delicada esposa.
Luego se bajó los pantalones, tomó a Ana por los tobillos y la hizo girar en el aire, hasta dejarla en posición boca abajo, apoyada sobre sus manos y rodillas. Se acomodó detrás de ella, le corrió la tanga a un costado y le clavó la verga hasta el fondo, aferrándola por las caderas para que mi mujercita no pudiera escapar.
Ella gritó por la sorpresa de la intrusión; pero entonces Marcos le sujetó la cabeza por los cabellos y le ordenó que se callara. Porque de otra manera, iba a ser todo peor.
Yo podía ver la cara de Ana frente a mí, desfigurada por el dolor a la que la sometía ese bruto desalmado. Comenzó a bombearla sin piedad, con toda *********, haciendo que Ana abriera la boca al máximo, sin poder gritar…
Marcos gruñía como un perro mientras le bombeaba la concha a mi delicada mujercita. En menos de cinco minutos volvió a aullar y se quedó inmóvil, mientras unas rápidas contracciones de su pelvis me indicaban que había vaciado todo su semen dentro de la vagina de Ana.
Por fin se salió de ella y le soltó los cabellos, dejándola caer hacia adelante en la cama, totalmente vencida, como si fuera una muñeca rota.
Pero todavía no había terminado. Una de sus enormes manos tomó otra vez los cabellos de Ana, obligándola a levantar la cabeza. Ella se encontró de golpe con la gruesa verga de ese bruto delante de su boca.
Sabía que le lloverían más golpes y palmadas si se resistía; así que no pudo hacer otra cosa que abrir los labios y aceptar esa verga erecta…
Unos minutos después, Marcos estaba nuevamente listo para continuar una segunda vuelta. Se sentó en el borde de la cama y ayudó a Ana a montarse sobre él, indicándole que se empalara en su verga y lo cabalgara.
Anita accedió, gimiendo al sentir esa pija enorme que otra vez invadía su cuerpo. Comenzó a balancearse sobre ella, mientras el carpintero le soltaba palmadas sobre los cachetes de su redonda cola…
Estuvieron un buen rato así, hasta que de repente Marcos tomó a Ana con firmeza por la cintura y la obligó a quedarse quieta sobre él. Ella por fin aulló temblando al sentir su propio orgasmo.
El tipo la dejó sobre la cama y fue a hurgar entre sus herramientas, regresando con una cinta plástica. Con ella ató las manos de mi esposa a la espalda, mientras ella se resistía y suplicaba que la dejara, porque sabía que ahora venía lo peor…
Marcos sonrió al ver la cara de desesperación de Ana y entonces dijo:
“Pensaste que me iba a ir sin disfrutar ese culo hermoso otra vez?”
Ana comenzó a llorar, pidiéndole que no la sodomizara, porque todavía le dolía mucho el culo desde la tarde anterior. Pero el turro se rió nuevamente y en un par de rápidos movimientos, otra vez la penetró analmente.
Mi esposa hundió la cara en una almohada y sostuvo un lastimero quejido durante varios minutos, mientras el carpintero disfrutaba taladrando otra vez esa estrecha entrada trasera.
Finalmente se tensó y se descargó por completo dentro de mi dulce Ana.
Le desató las manos y le dijo mientras se vestía:
“Mi trabajo está terminado; espero que le guste al cornudo de tu marido”
“Puede pasar por mi taller a pagarme… tal vez le haga un descuento por lo bien que te portaste entregándome la cola…”
El tipo se fue en silencio, dejando a Ana lloriqueando sobre la cama.
Salí de mi escondite y la abracé, mientras ella me decía que ya no iba a suceder una situación así nunca más…
No sé por qué… pero en ese momento, no creí nada de lo que ella decía…
Cuando regresé a casa esa noche, encontré el armario que había empezado Marcos a medio terminar. Anita me recibió con naturalidad, sin comentarme nada de cómo el carpintero le había maltratado su hermosa cola. Pude ver que todavía caminaba con dificultad, señal que la sodomía había sido más violenta de lo que yo había visto por la cámara…
La cena estuvo muy silenciosa y más tarde nos acostamos en esa misma cama donde Marcos le había destrozado la cola a mi mujercita. Pronto nos desnudamos y comenzamos a acariciarnos. Noté que Ana estaba bien caliente, casi tanto como yo.
Al intentar acariciar sus labios vaginales, noté que su pubis estaba recién depilado; así que aproveché para recorrer su cuerpo con mi lengua hasta llegar hasta su entrepierna, donde me dediqué a devorar esa hermosa concha. Ana comenzó a gemir con jadeos cada vez más profundos.
Mientras ella gemía, aproveché para explorar su entrada anal con la punta de mis dedos. Me sorprendió encontrarla totalmente dilatada todavía.
No le reproché nada, sabía que ella había sentido dolor, pero también había gozado como una perra con esa verga del carpintero enterrada hasta el fondo en su estrecho culo.
Subí a besarla y encontré las marcas oscuras en su cuello, donde ese bruto ordinario la había aferrado mientras la sodomizaba sin piedad…
La penetré despacio y sus gemidos me calentaron al máximo.
Finalmente, mientras le bombeaba esa hermosa y humedecida concha, no pude aguantar más la curiosidad y le pregunté:
“Qué te hizo el carpintero…?”
Ana abrió los ojos sorprendida y me dijo que el tipo se le había insinuado, pero nada más. Le dije que no le creía, porque además podía ver marcas en su cuello.
Ella largó una carcajada y replicó que esas marcas eran por ejercicios en el gimnasio. No pude seguir discutiendo. Sentí que ya estaba muy cerca de acabar…
Ana también lo pudo notar y unos segundos después, los dos al mismo tiempo aullamos de placer y yo la llené con mi semen, mientras un golpe de electricidad orgásmica recorría el escultural cuerpo de mi mujercita.
A la mañana siguiente yo tenía el día libre; así que me quedé en casa para ver la acción del carpintero. Le dije a Ana que sabía que el tipo la había sodomizado violentamente y ella finalmente admitió que, al principio se había sentido halagada por las cosas que Marcos le había insinuado y pensó que podría sacarse la calentura con un buen polvo. No se imaginaba que el tipo le iba a destrozar el culo y la iba a maltratar tan a lo bruto…
Me confesó además que estaba caliente esperando la llegada de ese hombre, porque le había dicho que era el turno de maltratarle la concha también…
Le pregunté si quería que me quedara a presenciar lo que Marcos pensaba hacerle, pero me respondió que mejor no estuviera presente. Eso la relajaría mucho más…
Sin decirle nada, decidí que me escondería en el armario de la habitación, para poder mirar todo desde cerca.
Marcos apareció después del mediodía. Pareció sorprendido de encontrarme en casa. Enseguida tomó sus herramientas y se concentró en su trabajo. Ana seguía haciendo los quehaceres normales de la casa.
Un par de horas más tarde, decidí que era hora para dejarlos solos. Avisé que salía a hacer unas compras algo lejos y Ana dijo entonces que me esperaba a cenar.
Saludé a Marcos e hice ruidos como si estuviera cerrando la puerta de entrada; pero en realidad, me escabullí a nuestra habitación y me encerré en el armario.
Cinco minutos después entró Marcos, llevando a Ana colgada boca abajo sobre su hombro. La arrojó sobre la cama diciendo:
“Por fin se fue el cornudo de tu marido, pensé que no iba a poder cogerte”.
Ana no dijo nada. Intentó levantarse de la cama, pero el bruto la tomó por la cintura, le arrancó la falda de jean con un rápido manotazo y en el mismo movimiento le dio un par de azotes en los cachetes a mi delicada esposa.
Luego se bajó los pantalones, tomó a Ana por los tobillos y la hizo girar en el aire, hasta dejarla en posición boca abajo, apoyada sobre sus manos y rodillas. Se acomodó detrás de ella, le corrió la tanga a un costado y le clavó la verga hasta el fondo, aferrándola por las caderas para que mi mujercita no pudiera escapar.
Ella gritó por la sorpresa de la intrusión; pero entonces Marcos le sujetó la cabeza por los cabellos y le ordenó que se callara. Porque de otra manera, iba a ser todo peor.
Yo podía ver la cara de Ana frente a mí, desfigurada por el dolor a la que la sometía ese bruto desalmado. Comenzó a bombearla sin piedad, con toda *********, haciendo que Ana abriera la boca al máximo, sin poder gritar…
Marcos gruñía como un perro mientras le bombeaba la concha a mi delicada mujercita. En menos de cinco minutos volvió a aullar y se quedó inmóvil, mientras unas rápidas contracciones de su pelvis me indicaban que había vaciado todo su semen dentro de la vagina de Ana.
Por fin se salió de ella y le soltó los cabellos, dejándola caer hacia adelante en la cama, totalmente vencida, como si fuera una muñeca rota.
Pero todavía no había terminado. Una de sus enormes manos tomó otra vez los cabellos de Ana, obligándola a levantar la cabeza. Ella se encontró de golpe con la gruesa verga de ese bruto delante de su boca.
Sabía que le lloverían más golpes y palmadas si se resistía; así que no pudo hacer otra cosa que abrir los labios y aceptar esa verga erecta…
Unos minutos después, Marcos estaba nuevamente listo para continuar una segunda vuelta. Se sentó en el borde de la cama y ayudó a Ana a montarse sobre él, indicándole que se empalara en su verga y lo cabalgara.
Anita accedió, gimiendo al sentir esa pija enorme que otra vez invadía su cuerpo. Comenzó a balancearse sobre ella, mientras el carpintero le soltaba palmadas sobre los cachetes de su redonda cola…
Estuvieron un buen rato así, hasta que de repente Marcos tomó a Ana con firmeza por la cintura y la obligó a quedarse quieta sobre él. Ella por fin aulló temblando al sentir su propio orgasmo.
El tipo la dejó sobre la cama y fue a hurgar entre sus herramientas, regresando con una cinta plástica. Con ella ató las manos de mi esposa a la espalda, mientras ella se resistía y suplicaba que la dejara, porque sabía que ahora venía lo peor…
Marcos sonrió al ver la cara de desesperación de Ana y entonces dijo:
“Pensaste que me iba a ir sin disfrutar ese culo hermoso otra vez?”
Ana comenzó a llorar, pidiéndole que no la sodomizara, porque todavía le dolía mucho el culo desde la tarde anterior. Pero el turro se rió nuevamente y en un par de rápidos movimientos, otra vez la penetró analmente.
Mi esposa hundió la cara en una almohada y sostuvo un lastimero quejido durante varios minutos, mientras el carpintero disfrutaba taladrando otra vez esa estrecha entrada trasera.
Finalmente se tensó y se descargó por completo dentro de mi dulce Ana.
Le desató las manos y le dijo mientras se vestía:
“Mi trabajo está terminado; espero que le guste al cornudo de tu marido”
“Puede pasar por mi taller a pagarme… tal vez le haga un descuento por lo bien que te portaste entregándome la cola…”
El tipo se fue en silencio, dejando a Ana lloriqueando sobre la cama.
Salí de mi escondite y la abracé, mientras ella me decía que ya no iba a suceder una situación así nunca más…
No sé por qué… pero en ese momento, no creí nada de lo que ella decía…
9年前