Manolo, mi mujer y yo.
Manolo en realidad no se llama Manolo. En las páginas de contactos del periódico local se hace llamar Travesti Venus, todos los servicios, 24 centímetros de dotación real, 120 de pecho, es de suponer que no real, veinticuatro horas al día, 676… Sin embargo, para nosotros siempre será nuestro Manolo. Lo es desde que lo vimos por primera vez paseando por los pasillos de un centro comercial no muy lejos de casa. Cuando mis ojos se fijaron en él, lo hicieron pensando que era ella. De espaldas, sólo veía una larga y ligeramente ondulada cabellera rubia, un culo sublime, y unas piernas, que subidas sobre unos tacones de vértigo parecían kilométricas. Menudo pibón es la frase que me vino a la cabeza. Cuando mi mujer, que caminaba a mi lado, se dio cuenta de que lo miraba, me sacó del error.
- No te quedes embobado que es un tío- dijo simplemente.
- ¿Qué dices?- le repuse yo.
- Que si. Mira como anda… Ese culo es demasiado perfecto, no tiene casi caderas, y tan alta… está claro que es un tío- contestó ella.
- ¿Tú crees?- volví a preguntarle pues seguía con dudas.
- Lo que yo te diga- concluyó ella.
Lo seguimos con la mirada y cuando se dio la vuelta y pudimos ver su cara, operada y maquillada, pero claramente masculina, mi mujer y yo nos miramos, y al unísono dijimos: Manolo.
Había resultado que mi mujer tenía razón, y viéndole el rostro no quedaban dudas de su transexualidad, pero he de reconocer que por un momento, cuando pensaba que era una mujer, mi entrepierna experimentó un ligero cosquilleo. Supongo que podría aplicarse eso que dicen de que hay que ser muy maricón para que no te guste ese travelo. El caso es que poco a poco Manolo, Venus, o como se llamase en realidad, se fue haciendo más y más presente en nuestras conversaciones y en nuestra vida. Me he cruzado con Manolo por la calle, yo lo he visto en la panadería o hoy estaba Manolo en la pelu eran frases que se nos iban haciendo de lo más natural. Hay que decir, que con mi mujer tenemos una vida sexual de lo más abierta y liberal. Llevamos casi veinte años juntos, y en este tiempo hemos follado todo lo que hemos podido, entre nosotros y con otras personas. Tríos con otros hombres u otras mujeres, intercambios, alguna orgía incluso, no hemos dejado de experimentar nada que nos apeteciera, pero nunca hemos tenido la tentación de incorporar a un travesti a nuestros juegos. Supongo que nunca había llamado mi atención, y las mujeres, al menos la mía, son menos dadas a este tipo de fantasías. Sin embargo, al verlo tan habitualmente, y al encontrar su anuncio cuando buscábamos compañía profesional para una noche a tres, la idea de incorporar a Manolo, de manera esporádica o más habitualmente, a nuestros juegos de cama, iba en aumento con el paso de las semanas. Hasta que llegado un buen día, agarré el anuncio y lo llamé.
Quería saber si atendía a parejas.
- Si, claro. Para él, para ella, para los dos… estoy para complacer todo lo que vosotros pidáis- me aclaró. Entonces estaba decidido; Manolo sería nuestro siguiente compañero de cama.
Estuvimos hablando un par de minutos más, aclarando tarifas, arreglando la cita, intentando ubicar de donde procedía su acento sensual y sudamericano.
Cuando la tarde previa a la cita concertada advertí a mi mujer que no hiciera planes porque le tenía preparada una sorpresita, ya podía intuir por donde iban los tiros, pero cuando me vio aparecer con Manolo, no pudo evitar un gesto de sorpresa.
- Anda, pero si es…- comenzó a decir.
- Venus travesti, y es todo para ti- dije antes de que pudiera decirle a la cara lo de Manolo.
Lo único que sabía era cómo comenzaría. Habíamos acordado que Venus o Manolo, follaría con mi mujer mientras yo miraba. A partir de ese momento no sabíamos como acabaría la noche. Tal vez no nos gustase y le pidiéramos que se marchara antes siquiera de correrse, tal vez la desbordante imaginación de Sonia, mi mujer, y mis ansias de experimentar cosas nuevas nos llevasen a una noche sin fin. Que el precio se multiplicara a su antojo era lo que menos nos preocupaba. Me dirigí a la cocina para preparar unas copas mientras me llegaba el rumor de la conversación que mi mujer y Manolo comenzaban sentados en el salón. Me entretuve en mirarlos. Le había pedido que no acudiera con ropa demasiado llamativa, y más o menos había cumplido. Vestía un top azul que dejaba al descubierto sus hombros, sobre los que caía su pelo lacio y exageradamente rubio, un ceñido pantalón de color blanco inmaculado, y unas sandalias con un ligerísimo tacón. Sonia estaba preciosa; se había preparado para aquella noche sin saber siquiera lo que yo tenía preparado para ella. Desde la distancia los observaba divertido, viendo como los restos de masculinidad de aquel travesti se perdían en ojeadas imposibles de disimular en el generoso escote de mi mujer. Con su vestidito plateado y sus taconazos, Sonia resplandecía casi tanto como el brillante que, colgando de su gargantilla, resaltaba en su cuello. Fui especialmente lento en la preparación de las copas, quería ver cómo comenzaban sin mí, quería comprobar si aquel travesti podía lidiar con las ganas de Sonia de pasárselo bien. A decir verdad, parecía que quien acababa de llevarse una sorpresa era nuestro entrañable Manolo. Sonia se mostraba resuelta, manteniendo una conversación ágil, como siempre, y era él quien parecía más inquieto. Cuando mi mujer se pegó a él en el sofá, incluso apartó la mirada y comenzó a juguetear con los anillos que adornaban sus manos. Sólo cuando Sonia llevó sus manos a su entrepierna pareció recuperar su sitio: a aquello si que estaba acostumbrado. En ese momento aparecí yo trayendo con cuidado tres vasos de tubo que dejé sobre la mesita del salón.
- Ah, las copas…- dijo él estirando su brazo y bebiendo un largo trago. Sonia por su parte ni apartó la mirada concentrada como seguía en acariciar con sus manos la entrepierna de Manolo.
Yo me senté en un sillón frente a ellos, alejado un par de metros. Quería disfrutar de mi gin tonic y de la escena. En silencio se pudo oír perfectamente el débil sonido de la cremallera de su pantalón al ser bajada cuidadosamente por los dedos de Sonia. Vénus sonrió, yo me acomodé, y mi mujer metió su mano hurgando mientras decía a ver qué hay por aquí…
Al cabo de unos segundos de caricias y manoseos que se hicieron eternos, hizo aparecer el rabo de aquel travesti
- Que polla más rica- exclamó Sonia. Yo no hubiese utilizado ese adjetivo, pero tengo que reconocer que, aún desde la distancia, se veía grande y gruesa, y eso que apenas había comenzado a crecer. Por su color deduje que la piel de Manolo no estaba bronceada, sino que respondía a una tez cobriza natural. Sonia posó sus labios en aquella polla que manejaba entre sus manos, y tremendamente despacio los hizo descender hasta tragársela entera. Manolo, cerrando los ojos y echando la cabeza para atrás, gimió prolongadamente, y yo me acomodé mejor evitando concienzudamente cruzar las piernas, pues a la vez algo comenzaba a crecer también en mi cuerpo. Si Sonia hubiera dejado por un instante de mamar aquella polla hubiese podido ver como crecía y crecía ante sus sabios cabeceos, pero desde mi perspectiva sólo podía contemplar la cabeza de mi mujer pegada a la entrepierna de aquel travesti.
Al cabo de unos minutos de continuos cabeceos, la velada ya no tenía vuelta atrás. La maestría de Sonia había conseguido que aquello se añadiese a nuestros variados y amplios gustos sexuales, y que los travestis se incorporasen a nuestros posibles compañeros de cama. Yo me desabroché el pantalón, refresqué la garganta apurando un último trago, y seguí contemplando como a escasos metros de mí, mi mujer llevaba a la perdición a aquel personaje tan experimentado. Manolo bajó su top con torpeza, dejando a la luz un pecho desproporcionado y demasiado erguido por la silicona. Tal vez esperaba que mi mujer abandonase su entrepierna y buscara refugio en su torso, pero la visión de aquellas tetas colgando sobre su cabeza no perturbaron a Sonia, concentrada como seguía en continuar afilando el estilete que Manolo disimulaba en su personalidad de mujer. Tuvo que ser él quien llevándose las manos pellizcara unos crecidos pezones que, a primera vista, no juzgaba demasiado sensibles. Después de continuar con la mamada durante unos minutos, Sonia necesitaba más. Deslizó los finos tirantes de su vestido y dejó aparecer sus pechos firmes y redondeados. Manolo se pegó a ella; juntaron sus labios, se restregaron los pezones el uno contra la otra… Mi mujer se levantó el vestido, incorporó mínimamente las caderas, y las manos de aquel travesti enseguida deslizaron sus braguitas a lo largo de sus piernas. Ahora el vestidito de Sonia no era más que un aro que rodeaba su cintura. Mi mujer se deslizó en el sofá, haciéndose pequeña, buscando la postura para que Manolo la poseyera. Yo los miraba desde mi posición, masturbándome deliciosamente despacio, haciendo que mi capullo comenzase a brillar y el resto de mi polla adquiriera un tono colorado por el incansable subir y bajar de mi mano. Apuré los restos de una copa que no eran ya sino el agua de los cubitos de hielo disueltos. Hubiese estado bien ir a la cocina a servirme otra copa, pero no quería perderme ripio. Aunque a decir verdad, desde donde yo estaba apenas veía la espalda de Venus, arrodillada entre la mesita y el sofá, y acercándose más y más a mi mujer. Intuí el momento exacto en el que se la clavó por el movimiento de sus nalgas desnudas. A través de las contracciones de ese culo que minutos después sería para mí, podía seguir el ir y venir de su tremenda polla adueñándose del coño de mi mujer. Si se contraía, significaba que estaba empujando, si por el contrario aquel trasero adquiría un aspecto más rotundo, era que la estaba sacando. Y siempre, siempre acompañando los gemidos de mi mujer. Unos suspiros hondos, prolongados, lastimeros, y unos gemidos tímidos, acallados por la sequedad de su garganta y por esos dientes que muerden sus propios labios para no dejar escapar nada del delirante placer que está experimentando. Manolo sujetaba las piernas completamente abiertas de mi mujer, seguía empujando ese tremendo rabo que escondía bajo sus ropas de señora, y aunque su cuerpo me eclipsara el de Sonia, podía saber que ésta se acercaba más y más al orgasmo por sus grititos acelerados. La conozco a la perfección. Cuando por fin emitió un gemido ronco y largo supe que había alcanzado el clímax. Sabía exactamente que en ese mismo instante su cuerpo estaría descargando una cantidad ingente de flujos, tratando inútilmente de sofocar así el incendio que aquella polla y la excitación de toda aquella noche habían provocado en su vientre. Manolo siguió follándosela con brios, hasta que el exprimidor en el que se había convertido el cuerpo de Sonia provocó también su corrida. Lejos quedaba su impostada voz femenina cuando lanzó un gemido que se prolongó tanto como su descarga de leche en el acalorado chocho de mi mujer. Acto seguido retiró el pene de golpe y con la misma celeridad acercó su cara a la entrepierna de Sonia para tratar de sorber lo que acababa de soltar, como si su lado masculino y su lado femenino pugnaran por saber cual de los dos era más sucio.
Viendo que ellas ya habían dado por terminado el primer acto, supe que me tocaba a mí dar el siguiente paso. Me desnudé, me agité la polla para darle su máxima dureza, y me acerqué a ellas. En cuanto mi rabo sobrevoló sus cabezas, se lanzaron como posesas a por él. Dos bocas, cuatro manos, y el roce contra mis muslos de unas tetas más o menos duras, más o menos naturales, provocaron en mi pene un respingo. Como diciendo, hoy lo voy a pasar bien. No puedo decir qué boca fue la que se lanzó a devorar mi polla o qué lengua fue la que jugueteaba en mis cojones, porque, como en un ballet previamente orquestado, tanto Sonia como aquel travesti intercambiaban la posición haciéndome delirar más y más. Si en algún momento sus bocas se lanzaban al unísono a por algún trozo de mi piel, lo besaban alternativamente y luego se besaban entre ellas, y la visión de aquello me calentaba de tal manera que me acercaba irremediablemente al orgasmo. Después de unos cuantos cabeceos de una, y unos lengüetazos del otro supe que no iba a aguantar más. Con mis manos junté sus caras, y ambas con la boca abierta y la lengua fuera se dispusieron a aguardar mi corrida. Me pajeé durante unos segundos con todas mis fuerzas, y de golpe mis cojones estallaron llenando de caliente y espesa leche sus caras, sus bocas, sus pechos… Antes de que mi rabo recuperara la flacidez, con las últimas gotas de semen asomando por mi capullo, aquel travesti agarró mi pene entre sus manos y lo acogió en su boca. Acababa de correrme y ya me estaba exigiendo de nuevo. Su boca subiendo y bajando por mi polla pareció darme nuevos bríos, y mi pene volvía a estar duro. Aparté el pelo de su cara, y simulando una rubia coleta, lo sujeté en su nuca mientras empujaba su cabeza para que no dejara ni por un instante de comerme la polla. Sonia se incorporó, se alejó unos pasos y finalmente abandonó el salón. Tendría a Manolo un rato para mí solo. A esas alturas mi polla estaba más que convencida de las habilidades bucales de aquel travesti, y en su máximo esplendor, incansablemente, se colaba una y otra vez por la garganta de nuestro compañero de juegos. Mis manos retenían su cara contra mi vientre, podía sentir su caliente respiración salir por sus fosas nasales chocándose con mi piel, su boca tragándose mi rabo y su lengua aleteando en mi capullo. Aunque en la cercanía no quedasen dudas de sus rasgos masculinos, Manolo, Venus, o como diablos se llamase aquel travesti, la chupaba con una maestría que pocas mujeres habían alcanzado. Parecía que desprovisto de sus ropas de mujer, desnudo mostrando ese cuerpo tan extraño que lo mismo ofrecía la visión de un pecho demasiado turgente como la de un pene grande pero flácido, esa, chuparla con tantas ganas, fuera su manera de expresar su feminidad. Sus mamadas hablaban, y lo que me decían era: mira, no seré una mujer completa, pero en mi boca encontrarás el placer que ellas no son capaces de darte.
Seguía concentrado en disfrutar de la mamada, en alargarla, en resistir los embates de su boca sabía e implacable, cuando vi aparecer a Sonia. Había aprovechado los pocos minutos de ausencia para lavarse, y traía consigo uno de sus consoladores sobre el que estaba vertiendo una considerable cantidad de lubricante. Era concretamente uno de cintura, uno de esos que se atan con unas correas alrededor de la cintura y dejan en la parte delantera una polla de plástico tiesa y apuntando al horizonte. Sonreí para mis adentros al conocer sus intenciones. De pronto me veía con dos travestis, uno con el pecho operado y un pene natural, y otra con un cuerpo totalmente femenino y una polla de quita y pon. Mi mujer empezó a acariciar a Manolo, que, concentrado como seguía en regalarme la mejor mamada posible, no era consciente de las aviesas intenciones de Sonia. Fue manejando su cuerpo mientras aquel travesti se dejaba hacer siempre y cuando no lo alejaran demasiado de mi entrepierna. Cuando lo tuvo como quiso, a cuatro patas, las rodillas bien juntas y el culo erguido, Sonia acercó su consolador al ano de Venus y, de una manera deliciosa y delicada, se lo clavó entero. Su boca liberó mi polla unos instantes para gemir el placer de unos cuantos centímetros de plástico duro alojados en su culo antes de que mis manos devolvieran su boca a su tarea. Allí estábamos Sonia y yo, mirándonos de frente, follándonos al unísono al travesti que aquella noche habíamos invitado a participar de nuestras fantasías. Ella lo penetraba despacio pero sin tregua, haciéndole sentir la dureza de aquel consolador en sus entrañas, y yo, yo tenía la polla bañada en saliva y con unas ganas enormes de explorar todo lo que aquella noche nos podía deparar.
Al cabo de unos minutos pedí cambiar de postura. Su boca ya había hecho todo lo que podía y necesitaba experimentar nuevas sensaciones. Sonia desalojó su trasero y vino a ocupar mi puesto mientras yo me colocaba un condón. La visión de unos cojones prietos y el nacimiento de un pene en las cercanías, no me alejó de mi objetivo: el agujero trasero enrojecido y bastante dilatado por el juguete de mi mujer. Acerqué mi pene, sus esfínteres hicieron el amago de cerrarse cuando lo sintieron acercándose, pero terminaron abriéndose de par en par ante el avance impetuoso de mi polla. No sería tan larga como el consolador con el que mi mujer acababa de follárselo, pero era más gruesa, y sobre todo, era real, y estaba haciéndole de nuevo gemir de placer. Mi mujer aprovechó el momento para colarle casi entero el consolador en la boca hasta casi hacerle *****ar. Me he follado muchos culos a lo largo de la vida, y aquel no era sino uno más, un trasero más que se abre o se cierra ante el avance de mi polla. Mis manos tiraban de su pelo haciéndole levantar la cabeza, se deslizaban por su espalda y finalmente se agarraban con fuerza a sus caderas mientras no dejaba de empujar mi polla por sus entrañas. Mientras, en su boca, mi mujer hacía que saborease el regusto que su cuerpo había dejado sobre el plástico del consolador mientras ella jugaba con su mano en su sexo. De vez en cuando levantaba aquella polla falsa y hacía que la cara de Manolo chocase contra sus muslos, contra sus labios, contra su clítoris. Entonces yo empujaba con más fuerza si cabe, tratando de convertir la nariz de aquel travesti en la prolongación de mi polla, queriendo llegar al cuerpo de mi mujer a través de su cuerpo.
Si seguía mirando como mi mujer utilizaba la cara de Manolo para estimularse no iba a poder aguantar mucho más antes de correrme, así que bajé la mirada hasta quedar hipnotizado por el rítmico entrar y salir de mi polla del culo de ese travesti. Inicié una última tanda con todas mis fuerzas, apretando los dientes y con todos mis músculos a punto de romperse. Sus gemidos eran acallados por el trozo de plástico con el que mi mujer rellenaba su boca. Cuando no pude más se la saqué, retiré el preservativo todo lo rápido que pude, y allí, sobre su morena nalga derecha dejé que mi rabo reventase bañando de caliente y amargo semen su piel. Todavía resoplaba cuando vi como nuestro compañero de fatigas estiraba su mano, la mojaba en mi leche y se la llevaba a la boca. Acto seguido mi mujer lo imitó. Se acercó hasta mi posición, dejando a Manolo a cuatro patas a nuestros pies, rebañó con un dedo los restos de mi corrida, y de una manera sensual y provocativa se lo llevaba a la boca y lo limpiaba con la lengua. No pude por menos que abrazar su cintura, donde todavía colgaba el consolador y besarla, y al hacerlo compartir entre los tres los restos de aquella gloriosa noche que, tarde o temprano, estamos condenados a repetir.
- No te quedes embobado que es un tío- dijo simplemente.
- ¿Qué dices?- le repuse yo.
- Que si. Mira como anda… Ese culo es demasiado perfecto, no tiene casi caderas, y tan alta… está claro que es un tío- contestó ella.
- ¿Tú crees?- volví a preguntarle pues seguía con dudas.
- Lo que yo te diga- concluyó ella.
Lo seguimos con la mirada y cuando se dio la vuelta y pudimos ver su cara, operada y maquillada, pero claramente masculina, mi mujer y yo nos miramos, y al unísono dijimos: Manolo.
Había resultado que mi mujer tenía razón, y viéndole el rostro no quedaban dudas de su transexualidad, pero he de reconocer que por un momento, cuando pensaba que era una mujer, mi entrepierna experimentó un ligero cosquilleo. Supongo que podría aplicarse eso que dicen de que hay que ser muy maricón para que no te guste ese travelo. El caso es que poco a poco Manolo, Venus, o como se llamase en realidad, se fue haciendo más y más presente en nuestras conversaciones y en nuestra vida. Me he cruzado con Manolo por la calle, yo lo he visto en la panadería o hoy estaba Manolo en la pelu eran frases que se nos iban haciendo de lo más natural. Hay que decir, que con mi mujer tenemos una vida sexual de lo más abierta y liberal. Llevamos casi veinte años juntos, y en este tiempo hemos follado todo lo que hemos podido, entre nosotros y con otras personas. Tríos con otros hombres u otras mujeres, intercambios, alguna orgía incluso, no hemos dejado de experimentar nada que nos apeteciera, pero nunca hemos tenido la tentación de incorporar a un travesti a nuestros juegos. Supongo que nunca había llamado mi atención, y las mujeres, al menos la mía, son menos dadas a este tipo de fantasías. Sin embargo, al verlo tan habitualmente, y al encontrar su anuncio cuando buscábamos compañía profesional para una noche a tres, la idea de incorporar a Manolo, de manera esporádica o más habitualmente, a nuestros juegos de cama, iba en aumento con el paso de las semanas. Hasta que llegado un buen día, agarré el anuncio y lo llamé.
Quería saber si atendía a parejas.
- Si, claro. Para él, para ella, para los dos… estoy para complacer todo lo que vosotros pidáis- me aclaró. Entonces estaba decidido; Manolo sería nuestro siguiente compañero de cama.
Estuvimos hablando un par de minutos más, aclarando tarifas, arreglando la cita, intentando ubicar de donde procedía su acento sensual y sudamericano.
Cuando la tarde previa a la cita concertada advertí a mi mujer que no hiciera planes porque le tenía preparada una sorpresita, ya podía intuir por donde iban los tiros, pero cuando me vio aparecer con Manolo, no pudo evitar un gesto de sorpresa.
- Anda, pero si es…- comenzó a decir.
- Venus travesti, y es todo para ti- dije antes de que pudiera decirle a la cara lo de Manolo.
Lo único que sabía era cómo comenzaría. Habíamos acordado que Venus o Manolo, follaría con mi mujer mientras yo miraba. A partir de ese momento no sabíamos como acabaría la noche. Tal vez no nos gustase y le pidiéramos que se marchara antes siquiera de correrse, tal vez la desbordante imaginación de Sonia, mi mujer, y mis ansias de experimentar cosas nuevas nos llevasen a una noche sin fin. Que el precio se multiplicara a su antojo era lo que menos nos preocupaba. Me dirigí a la cocina para preparar unas copas mientras me llegaba el rumor de la conversación que mi mujer y Manolo comenzaban sentados en el salón. Me entretuve en mirarlos. Le había pedido que no acudiera con ropa demasiado llamativa, y más o menos había cumplido. Vestía un top azul que dejaba al descubierto sus hombros, sobre los que caía su pelo lacio y exageradamente rubio, un ceñido pantalón de color blanco inmaculado, y unas sandalias con un ligerísimo tacón. Sonia estaba preciosa; se había preparado para aquella noche sin saber siquiera lo que yo tenía preparado para ella. Desde la distancia los observaba divertido, viendo como los restos de masculinidad de aquel travesti se perdían en ojeadas imposibles de disimular en el generoso escote de mi mujer. Con su vestidito plateado y sus taconazos, Sonia resplandecía casi tanto como el brillante que, colgando de su gargantilla, resaltaba en su cuello. Fui especialmente lento en la preparación de las copas, quería ver cómo comenzaban sin mí, quería comprobar si aquel travesti podía lidiar con las ganas de Sonia de pasárselo bien. A decir verdad, parecía que quien acababa de llevarse una sorpresa era nuestro entrañable Manolo. Sonia se mostraba resuelta, manteniendo una conversación ágil, como siempre, y era él quien parecía más inquieto. Cuando mi mujer se pegó a él en el sofá, incluso apartó la mirada y comenzó a juguetear con los anillos que adornaban sus manos. Sólo cuando Sonia llevó sus manos a su entrepierna pareció recuperar su sitio: a aquello si que estaba acostumbrado. En ese momento aparecí yo trayendo con cuidado tres vasos de tubo que dejé sobre la mesita del salón.
- Ah, las copas…- dijo él estirando su brazo y bebiendo un largo trago. Sonia por su parte ni apartó la mirada concentrada como seguía en acariciar con sus manos la entrepierna de Manolo.
Yo me senté en un sillón frente a ellos, alejado un par de metros. Quería disfrutar de mi gin tonic y de la escena. En silencio se pudo oír perfectamente el débil sonido de la cremallera de su pantalón al ser bajada cuidadosamente por los dedos de Sonia. Vénus sonrió, yo me acomodé, y mi mujer metió su mano hurgando mientras decía a ver qué hay por aquí…
Al cabo de unos segundos de caricias y manoseos que se hicieron eternos, hizo aparecer el rabo de aquel travesti
- Que polla más rica- exclamó Sonia. Yo no hubiese utilizado ese adjetivo, pero tengo que reconocer que, aún desde la distancia, se veía grande y gruesa, y eso que apenas había comenzado a crecer. Por su color deduje que la piel de Manolo no estaba bronceada, sino que respondía a una tez cobriza natural. Sonia posó sus labios en aquella polla que manejaba entre sus manos, y tremendamente despacio los hizo descender hasta tragársela entera. Manolo, cerrando los ojos y echando la cabeza para atrás, gimió prolongadamente, y yo me acomodé mejor evitando concienzudamente cruzar las piernas, pues a la vez algo comenzaba a crecer también en mi cuerpo. Si Sonia hubiera dejado por un instante de mamar aquella polla hubiese podido ver como crecía y crecía ante sus sabios cabeceos, pero desde mi perspectiva sólo podía contemplar la cabeza de mi mujer pegada a la entrepierna de aquel travesti.
Al cabo de unos minutos de continuos cabeceos, la velada ya no tenía vuelta atrás. La maestría de Sonia había conseguido que aquello se añadiese a nuestros variados y amplios gustos sexuales, y que los travestis se incorporasen a nuestros posibles compañeros de cama. Yo me desabroché el pantalón, refresqué la garganta apurando un último trago, y seguí contemplando como a escasos metros de mí, mi mujer llevaba a la perdición a aquel personaje tan experimentado. Manolo bajó su top con torpeza, dejando a la luz un pecho desproporcionado y demasiado erguido por la silicona. Tal vez esperaba que mi mujer abandonase su entrepierna y buscara refugio en su torso, pero la visión de aquellas tetas colgando sobre su cabeza no perturbaron a Sonia, concentrada como seguía en continuar afilando el estilete que Manolo disimulaba en su personalidad de mujer. Tuvo que ser él quien llevándose las manos pellizcara unos crecidos pezones que, a primera vista, no juzgaba demasiado sensibles. Después de continuar con la mamada durante unos minutos, Sonia necesitaba más. Deslizó los finos tirantes de su vestido y dejó aparecer sus pechos firmes y redondeados. Manolo se pegó a ella; juntaron sus labios, se restregaron los pezones el uno contra la otra… Mi mujer se levantó el vestido, incorporó mínimamente las caderas, y las manos de aquel travesti enseguida deslizaron sus braguitas a lo largo de sus piernas. Ahora el vestidito de Sonia no era más que un aro que rodeaba su cintura. Mi mujer se deslizó en el sofá, haciéndose pequeña, buscando la postura para que Manolo la poseyera. Yo los miraba desde mi posición, masturbándome deliciosamente despacio, haciendo que mi capullo comenzase a brillar y el resto de mi polla adquiriera un tono colorado por el incansable subir y bajar de mi mano. Apuré los restos de una copa que no eran ya sino el agua de los cubitos de hielo disueltos. Hubiese estado bien ir a la cocina a servirme otra copa, pero no quería perderme ripio. Aunque a decir verdad, desde donde yo estaba apenas veía la espalda de Venus, arrodillada entre la mesita y el sofá, y acercándose más y más a mi mujer. Intuí el momento exacto en el que se la clavó por el movimiento de sus nalgas desnudas. A través de las contracciones de ese culo que minutos después sería para mí, podía seguir el ir y venir de su tremenda polla adueñándose del coño de mi mujer. Si se contraía, significaba que estaba empujando, si por el contrario aquel trasero adquiría un aspecto más rotundo, era que la estaba sacando. Y siempre, siempre acompañando los gemidos de mi mujer. Unos suspiros hondos, prolongados, lastimeros, y unos gemidos tímidos, acallados por la sequedad de su garganta y por esos dientes que muerden sus propios labios para no dejar escapar nada del delirante placer que está experimentando. Manolo sujetaba las piernas completamente abiertas de mi mujer, seguía empujando ese tremendo rabo que escondía bajo sus ropas de señora, y aunque su cuerpo me eclipsara el de Sonia, podía saber que ésta se acercaba más y más al orgasmo por sus grititos acelerados. La conozco a la perfección. Cuando por fin emitió un gemido ronco y largo supe que había alcanzado el clímax. Sabía exactamente que en ese mismo instante su cuerpo estaría descargando una cantidad ingente de flujos, tratando inútilmente de sofocar así el incendio que aquella polla y la excitación de toda aquella noche habían provocado en su vientre. Manolo siguió follándosela con brios, hasta que el exprimidor en el que se había convertido el cuerpo de Sonia provocó también su corrida. Lejos quedaba su impostada voz femenina cuando lanzó un gemido que se prolongó tanto como su descarga de leche en el acalorado chocho de mi mujer. Acto seguido retiró el pene de golpe y con la misma celeridad acercó su cara a la entrepierna de Sonia para tratar de sorber lo que acababa de soltar, como si su lado masculino y su lado femenino pugnaran por saber cual de los dos era más sucio.
Viendo que ellas ya habían dado por terminado el primer acto, supe que me tocaba a mí dar el siguiente paso. Me desnudé, me agité la polla para darle su máxima dureza, y me acerqué a ellas. En cuanto mi rabo sobrevoló sus cabezas, se lanzaron como posesas a por él. Dos bocas, cuatro manos, y el roce contra mis muslos de unas tetas más o menos duras, más o menos naturales, provocaron en mi pene un respingo. Como diciendo, hoy lo voy a pasar bien. No puedo decir qué boca fue la que se lanzó a devorar mi polla o qué lengua fue la que jugueteaba en mis cojones, porque, como en un ballet previamente orquestado, tanto Sonia como aquel travesti intercambiaban la posición haciéndome delirar más y más. Si en algún momento sus bocas se lanzaban al unísono a por algún trozo de mi piel, lo besaban alternativamente y luego se besaban entre ellas, y la visión de aquello me calentaba de tal manera que me acercaba irremediablemente al orgasmo. Después de unos cuantos cabeceos de una, y unos lengüetazos del otro supe que no iba a aguantar más. Con mis manos junté sus caras, y ambas con la boca abierta y la lengua fuera se dispusieron a aguardar mi corrida. Me pajeé durante unos segundos con todas mis fuerzas, y de golpe mis cojones estallaron llenando de caliente y espesa leche sus caras, sus bocas, sus pechos… Antes de que mi rabo recuperara la flacidez, con las últimas gotas de semen asomando por mi capullo, aquel travesti agarró mi pene entre sus manos y lo acogió en su boca. Acababa de correrme y ya me estaba exigiendo de nuevo. Su boca subiendo y bajando por mi polla pareció darme nuevos bríos, y mi pene volvía a estar duro. Aparté el pelo de su cara, y simulando una rubia coleta, lo sujeté en su nuca mientras empujaba su cabeza para que no dejara ni por un instante de comerme la polla. Sonia se incorporó, se alejó unos pasos y finalmente abandonó el salón. Tendría a Manolo un rato para mí solo. A esas alturas mi polla estaba más que convencida de las habilidades bucales de aquel travesti, y en su máximo esplendor, incansablemente, se colaba una y otra vez por la garganta de nuestro compañero de juegos. Mis manos retenían su cara contra mi vientre, podía sentir su caliente respiración salir por sus fosas nasales chocándose con mi piel, su boca tragándose mi rabo y su lengua aleteando en mi capullo. Aunque en la cercanía no quedasen dudas de sus rasgos masculinos, Manolo, Venus, o como diablos se llamase aquel travesti, la chupaba con una maestría que pocas mujeres habían alcanzado. Parecía que desprovisto de sus ropas de mujer, desnudo mostrando ese cuerpo tan extraño que lo mismo ofrecía la visión de un pecho demasiado turgente como la de un pene grande pero flácido, esa, chuparla con tantas ganas, fuera su manera de expresar su feminidad. Sus mamadas hablaban, y lo que me decían era: mira, no seré una mujer completa, pero en mi boca encontrarás el placer que ellas no son capaces de darte.
Seguía concentrado en disfrutar de la mamada, en alargarla, en resistir los embates de su boca sabía e implacable, cuando vi aparecer a Sonia. Había aprovechado los pocos minutos de ausencia para lavarse, y traía consigo uno de sus consoladores sobre el que estaba vertiendo una considerable cantidad de lubricante. Era concretamente uno de cintura, uno de esos que se atan con unas correas alrededor de la cintura y dejan en la parte delantera una polla de plástico tiesa y apuntando al horizonte. Sonreí para mis adentros al conocer sus intenciones. De pronto me veía con dos travestis, uno con el pecho operado y un pene natural, y otra con un cuerpo totalmente femenino y una polla de quita y pon. Mi mujer empezó a acariciar a Manolo, que, concentrado como seguía en regalarme la mejor mamada posible, no era consciente de las aviesas intenciones de Sonia. Fue manejando su cuerpo mientras aquel travesti se dejaba hacer siempre y cuando no lo alejaran demasiado de mi entrepierna. Cuando lo tuvo como quiso, a cuatro patas, las rodillas bien juntas y el culo erguido, Sonia acercó su consolador al ano de Venus y, de una manera deliciosa y delicada, se lo clavó entero. Su boca liberó mi polla unos instantes para gemir el placer de unos cuantos centímetros de plástico duro alojados en su culo antes de que mis manos devolvieran su boca a su tarea. Allí estábamos Sonia y yo, mirándonos de frente, follándonos al unísono al travesti que aquella noche habíamos invitado a participar de nuestras fantasías. Ella lo penetraba despacio pero sin tregua, haciéndole sentir la dureza de aquel consolador en sus entrañas, y yo, yo tenía la polla bañada en saliva y con unas ganas enormes de explorar todo lo que aquella noche nos podía deparar.
Al cabo de unos minutos pedí cambiar de postura. Su boca ya había hecho todo lo que podía y necesitaba experimentar nuevas sensaciones. Sonia desalojó su trasero y vino a ocupar mi puesto mientras yo me colocaba un condón. La visión de unos cojones prietos y el nacimiento de un pene en las cercanías, no me alejó de mi objetivo: el agujero trasero enrojecido y bastante dilatado por el juguete de mi mujer. Acerqué mi pene, sus esfínteres hicieron el amago de cerrarse cuando lo sintieron acercándose, pero terminaron abriéndose de par en par ante el avance impetuoso de mi polla. No sería tan larga como el consolador con el que mi mujer acababa de follárselo, pero era más gruesa, y sobre todo, era real, y estaba haciéndole de nuevo gemir de placer. Mi mujer aprovechó el momento para colarle casi entero el consolador en la boca hasta casi hacerle *****ar. Me he follado muchos culos a lo largo de la vida, y aquel no era sino uno más, un trasero más que se abre o se cierra ante el avance de mi polla. Mis manos tiraban de su pelo haciéndole levantar la cabeza, se deslizaban por su espalda y finalmente se agarraban con fuerza a sus caderas mientras no dejaba de empujar mi polla por sus entrañas. Mientras, en su boca, mi mujer hacía que saborease el regusto que su cuerpo había dejado sobre el plástico del consolador mientras ella jugaba con su mano en su sexo. De vez en cuando levantaba aquella polla falsa y hacía que la cara de Manolo chocase contra sus muslos, contra sus labios, contra su clítoris. Entonces yo empujaba con más fuerza si cabe, tratando de convertir la nariz de aquel travesti en la prolongación de mi polla, queriendo llegar al cuerpo de mi mujer a través de su cuerpo.
Si seguía mirando como mi mujer utilizaba la cara de Manolo para estimularse no iba a poder aguantar mucho más antes de correrme, así que bajé la mirada hasta quedar hipnotizado por el rítmico entrar y salir de mi polla del culo de ese travesti. Inicié una última tanda con todas mis fuerzas, apretando los dientes y con todos mis músculos a punto de romperse. Sus gemidos eran acallados por el trozo de plástico con el que mi mujer rellenaba su boca. Cuando no pude más se la saqué, retiré el preservativo todo lo rápido que pude, y allí, sobre su morena nalga derecha dejé que mi rabo reventase bañando de caliente y amargo semen su piel. Todavía resoplaba cuando vi como nuestro compañero de fatigas estiraba su mano, la mojaba en mi leche y se la llevaba a la boca. Acto seguido mi mujer lo imitó. Se acercó hasta mi posición, dejando a Manolo a cuatro patas a nuestros pies, rebañó con un dedo los restos de mi corrida, y de una manera sensual y provocativa se lo llevaba a la boca y lo limpiaba con la lengua. No pude por menos que abrazar su cintura, donde todavía colgaba el consolador y besarla, y al hacerlo compartir entre los tres los restos de aquella gloriosa noche que, tarde o temprano, estamos condenados a repetir.
8年前