Elena: Capítulo II
Un día vine de trabajar bastante cansado. No era porque fuera andando ni mucho menos, ya que aunque me pillaba cerca de casa veía estúpido hacerlo porque me cansaba demasiado y siempre llegaba sudado al curro. Además, así podía pasar de vuelta por el McAuto y pillarme un par de hamburguesas para comérmelas de camino a casa. Con mi estómago expandiéndose cada vez más, no eran sino un simple aperitivo en comparación con lo que me esperaba al llegar a mi hogar.
Abrí la puerta, y en contraste con el habitual despliegue de comida que me tenía preparado Elena, no estaba puesto ni el mantel. Ante el ruido de la puerta, acudió ella rápidamente y me dio dos besos.
-Hola cari. Te estaba esperando- dijo mientras daba toquecitos a mí ya gran barriga.
-Como todos los días, cosa que agradezco- respondí mientras le acariciaba el pelo
-Ya, pero hoy es un día especial. Ven, que te quiero enseñar una cosa.
Seguí sus pasos hasta el dormitorio. Allí empezó a rebuscar en un cajón y mientras me dijo
-Vete desnudándote. A parte de ver el progreso de esta semana voy a necesitar que te quedes en bolas para lo que tengo en mente.
-¿No lo iremos a hacer ahora, verdad? Que estoy molido del trabajo.
-No… de momento, tú hazme caso cari.
Empecé a quitarme mi camisa XXL. Dios, en serio, ¿cómo he podido engordar tanto? Antes podía ver mis pies en vez de estos inflados pechos y una montaña de grasa donde estaba mi estómago. Los pantalones fuera también, y los calzoncillos. De momento podía controlar mi erección, pero si Elena tenía algo erótico en la mente, no iba a poder resistir más tiempo. Además, parecía que el culo de Elena había crecido, pero no podía ser. Debería ser cosa de la iluminación.
Finalmente, saco un pequeño bote de cristal lleno de una sustancia de color parduzco amarillento. Elena se me acerco con él en la mano.
-Fui a comprar unas cosas al centro, y me topé con una herboristería africana. Resulta que en algunas tribus de Mauritania, a las jóvenes antes de casarlas las ceban hasta que están bien gordas.
-“De que me suena a mí eso”- pensé
-Bueno, pues he comprado este frasquito que contiene una loción que aplicada en la piel multiplica las células adiposas que hay debajo. En definitiva, te engorda hasta límites insospechados.
-Venga ya, Elena. ¿No te creerás toda esa sarta de bobadas, verdad?
-Solamente hay un modo de probarlo, ¿no?- me respondió arqueando una ceja. –Además, si no funciona, será un masaje con aceite bastante placentero. No tienes nada que perder.
-Hum, la verdad es que no- dije mientras me sentaba en el borde de la cama. Pues bueno, cuando tú quieras. Enséñame que tienes preparado.
-Oh, vaya que si lo vas a ver- me respondió con una sonrisa maliciosa maliciosa. -¿Por dónde quieres que empiece, cerdito mío?
-Por las piernas, por ejemplo, y luego ve subiendo…
Sin más dilación, Elena se empapó las manos de aquella sustancia viscosa y empezó a masajearme los muslos. Al principio la sensación era de un frío gélido, pero a medida que iba masajeando cada vez iba haciendo más y más calor, hasta llegar a un punto que casi quemaba y que a la vez era muy placentero. Me encontraba en éxtasis. Pronto llegó a mi enorme barriga y debido a su ya colosal tamaño tuvo que echar un poco más del misterioso líquido, que afortunadamente se extendía sobre mi panza de manera soberbia. Mis michelines subían y bajaban viscosamente gracias a la destreza de Elena como un mar de grasa.
Cuando terminó con la barriga, salto a la cama, me abrazó por detrás y me agarró de los pechos. He de reconocer que pasar de tener unos pectorales perfectamente definidos a tener unas pequeñas tetas había sido bastante placentero, ya que disfrutaba mucho tocándomelos y pellizcándome los pezones cuando Elena no me veía.
-Vaya, parece que a la vaquita le están engordando las tetas. Mmm… seguro que las tienes súper sensibles ahora que te han crecido tanto.
Inmediatamente empezó a retorcerme los pezones al tiempo que me masajeaba las tetas. Era una sensación única que no había sentido hasta ahora. Una ola de placer inundaba mi cuerpo, y debido a eso empecé a gemir suavemente.
-Y también parece que le gusta que le ordeñen… pues si te ordeño mucho, se te van a poner del tamaño de ubres. Y ahora date la vuelta, quiero ver ese culo gordo que tienes.
Obedecí sin rechista y me puse boca abajo en la cama. Se puso a horcajadas entre mí y empezó a masajear mis glúteos. Estar todo el día sentado también ayudaba a que mi culo haya crecido más de lo normal, entendiendo por normal ser cebado la mayor parte del día. Todo era tan placentero que mi erección no podía aguantar más, y ella lo sabía.
-Date la vuelta ya, cari.
Me recosté y mi polla palpitante saludó a Elena, que lentamente pero sin parar empezó a sacar de mis calzoncillos para empezar a pajearla con el aceite sobrante del masaje. Después de un par de minutos no tardé en eyacular abundantemente sobre la cama. Elena se apartó el pelo de la cara y me dijo con un tono pícaro:
-No ha estado mal, nada mal. Eso sí, échate una siesta, porque la siguiente parte de la sorpresa viene esta noche.
-Me pones perrísimo, Elena.
-Je, lo sé –dijo mientras se desvanecía por el marco de la puerta.
Abrí la puerta, y en contraste con el habitual despliegue de comida que me tenía preparado Elena, no estaba puesto ni el mantel. Ante el ruido de la puerta, acudió ella rápidamente y me dio dos besos.
-Hola cari. Te estaba esperando- dijo mientras daba toquecitos a mí ya gran barriga.
-Como todos los días, cosa que agradezco- respondí mientras le acariciaba el pelo
-Ya, pero hoy es un día especial. Ven, que te quiero enseñar una cosa.
Seguí sus pasos hasta el dormitorio. Allí empezó a rebuscar en un cajón y mientras me dijo
-Vete desnudándote. A parte de ver el progreso de esta semana voy a necesitar que te quedes en bolas para lo que tengo en mente.
-¿No lo iremos a hacer ahora, verdad? Que estoy molido del trabajo.
-No… de momento, tú hazme caso cari.
Empecé a quitarme mi camisa XXL. Dios, en serio, ¿cómo he podido engordar tanto? Antes podía ver mis pies en vez de estos inflados pechos y una montaña de grasa donde estaba mi estómago. Los pantalones fuera también, y los calzoncillos. De momento podía controlar mi erección, pero si Elena tenía algo erótico en la mente, no iba a poder resistir más tiempo. Además, parecía que el culo de Elena había crecido, pero no podía ser. Debería ser cosa de la iluminación.
Finalmente, saco un pequeño bote de cristal lleno de una sustancia de color parduzco amarillento. Elena se me acerco con él en la mano.
-Fui a comprar unas cosas al centro, y me topé con una herboristería africana. Resulta que en algunas tribus de Mauritania, a las jóvenes antes de casarlas las ceban hasta que están bien gordas.
-“De que me suena a mí eso”- pensé
-Bueno, pues he comprado este frasquito que contiene una loción que aplicada en la piel multiplica las células adiposas que hay debajo. En definitiva, te engorda hasta límites insospechados.
-Venga ya, Elena. ¿No te creerás toda esa sarta de bobadas, verdad?
-Solamente hay un modo de probarlo, ¿no?- me respondió arqueando una ceja. –Además, si no funciona, será un masaje con aceite bastante placentero. No tienes nada que perder.
-Hum, la verdad es que no- dije mientras me sentaba en el borde de la cama. Pues bueno, cuando tú quieras. Enséñame que tienes preparado.
-Oh, vaya que si lo vas a ver- me respondió con una sonrisa maliciosa maliciosa. -¿Por dónde quieres que empiece, cerdito mío?
-Por las piernas, por ejemplo, y luego ve subiendo…
Sin más dilación, Elena se empapó las manos de aquella sustancia viscosa y empezó a masajearme los muslos. Al principio la sensación era de un frío gélido, pero a medida que iba masajeando cada vez iba haciendo más y más calor, hasta llegar a un punto que casi quemaba y que a la vez era muy placentero. Me encontraba en éxtasis. Pronto llegó a mi enorme barriga y debido a su ya colosal tamaño tuvo que echar un poco más del misterioso líquido, que afortunadamente se extendía sobre mi panza de manera soberbia. Mis michelines subían y bajaban viscosamente gracias a la destreza de Elena como un mar de grasa.
Cuando terminó con la barriga, salto a la cama, me abrazó por detrás y me agarró de los pechos. He de reconocer que pasar de tener unos pectorales perfectamente definidos a tener unas pequeñas tetas había sido bastante placentero, ya que disfrutaba mucho tocándomelos y pellizcándome los pezones cuando Elena no me veía.
-Vaya, parece que a la vaquita le están engordando las tetas. Mmm… seguro que las tienes súper sensibles ahora que te han crecido tanto.
Inmediatamente empezó a retorcerme los pezones al tiempo que me masajeaba las tetas. Era una sensación única que no había sentido hasta ahora. Una ola de placer inundaba mi cuerpo, y debido a eso empecé a gemir suavemente.
-Y también parece que le gusta que le ordeñen… pues si te ordeño mucho, se te van a poner del tamaño de ubres. Y ahora date la vuelta, quiero ver ese culo gordo que tienes.
Obedecí sin rechista y me puse boca abajo en la cama. Se puso a horcajadas entre mí y empezó a masajear mis glúteos. Estar todo el día sentado también ayudaba a que mi culo haya crecido más de lo normal, entendiendo por normal ser cebado la mayor parte del día. Todo era tan placentero que mi erección no podía aguantar más, y ella lo sabía.
-Date la vuelta ya, cari.
Me recosté y mi polla palpitante saludó a Elena, que lentamente pero sin parar empezó a sacar de mis calzoncillos para empezar a pajearla con el aceite sobrante del masaje. Después de un par de minutos no tardé en eyacular abundantemente sobre la cama. Elena se apartó el pelo de la cara y me dijo con un tono pícaro:
-No ha estado mal, nada mal. Eso sí, échate una siesta, porque la siguiente parte de la sorpresa viene esta noche.
-Me pones perrísimo, Elena.
-Je, lo sé –dijo mientras se desvanecía por el marco de la puerta.
8年前