Un viaje con *********

Hacía bastante tiempo que no veía a ********* Ernesto y, por lo tanto, hacía mucho tiempo que ese hombre no me daba una buena cogida que me dejara la concha en llamas…
Pero siempre hay una oportunidad. Ese fin de semana largo, Víctor sugirió que podríamos compartir una cabaña en la costa con unos amigos. Todo bien por ellos, pero yo no podía escaparme el viernes, sino el sábado por la mañana. Mi jefe me necesitaba en la oficina y no podía dejarlo así nomás…
Finalmente, todo el grupo pegó el faltazo durante el viernes y se escaparon hacia allá, incluyendo mi adorado esposo. Me prometió que regresaría a buscarme el sábado a mediodía. Pero entonces apareció en escena *********, que justo debía viajar a otra ciudad cercana y por lo tanto, podría llevarme sin tener que desviarse de su ruta.
Víctor estaba encantado de poder ahorrase el viaje y me llamó el viernes por la noche para contarme sobre la buena disposición de su padre. Ese fue su peor error…
No me animé a decirle que su solidario padre solo quería cogerme, más que ahorrarle nafta y esfuerzo a mi esposo… y así iba a ser…
Cuando llegué de la oficina, el auto de Ernesto estaba estacionado en la puerta de nuestra casa. Lo hice pasar y le pedí que me diera tiempo para darme una ducha y vestirme con ropa cómoda para el viaje.
Involuntariamente, la puerta del baño quedó entreabierta, sin que yo me percatara. Al desnudarme para entrar a la ducha, presentí que alguien me observaba. Giré rápidamente y me encontré con los libidinosos ojos de ********* posados sobre mi cuerpo desnudo…
Amagué cubrirme con mis manos, pero su mirada cargada de lujuria me hizo estremecer. Me sentí húmeda entre las piernas. Y muy caliente. Necesitaba una buena verga esa misma mañana; no podía esperar a reencontrarme con mi maridito…
“No hace falta que te tapes, Anita… ya conozco ese cuerpito desnudo de memoria…” Susurró Ernesto, mientras se desvestía en el pasillo.
Terminé de mojarme al escuchar sus palabras y ver su tordo desnudo. Le sonreí, dándole el visto bueno para que se acercara. Abrí la regadera para entibiar un poco el agua.
Ernsto entró a la ducha conmigo y me abrazó por la cintura desde atrás. Pude sentir su verga erecta rozando contra mis nalgas.
“Estás tan sensual y cogible como siempre, nena…” Susurró en mi oído.
Me acarició con suavidad, deteniéndose en mis pezones, que a esa altura, ya estaban por explotar debido a mi calentura. Los rozó con la yema de sus dedos y eso ya me provocó un primer orgasmo.
Ernesto tuvo que aferrarme por la cintura para que no me cayera al suelo; mis piernas no me sostenían. Separé mis muslos y sentí la punta de su pija endurecida ahora rozando mis labios vaginales. Cuando dejé de temblar, él se dedicó a pajearme usando sus dedos. Me los metió despacio en la concha y comenzó suavemente a meterlos y sacarlos.

Me arrodillé para chuparle esa magnífica verga dura. Lo hice con desesperación. Mostrándole mi calentura y las ganas de ser cogida por él…
Como cada vez que estaba desnuda en brazos de *********, presentí esa tremenda sensación de ser una puta; de estar haciendo algo *********. Con esa excitación decidí que otra vez sería su hembra, su puta cogible…
Ernesto me tomó de la cintura y me obligó a apoyar mis manos contra la pared, haciendo que mi culo se alzara en pompa. Volvió a meter sus dedos y me hizo acabar por segunda vez, aullando como una perra. Entonces me aferró por las caderas. Cuando me penetró sentí que llenaba toda mi concha, que las paredes vaginales se expandían, cada centímetro que entraba provocaba más gritos de placer.
Sus manos se apoderaron de mis redondas tetas y las amasaron a placer, mientras pellizcaba suavemente mis pezones. Su ritmo fue incrementando; su pija entraba y salía con facilidad, gracias a la lubricación propia que me provocaba mi excitación.
Sentía su glande llegar a fondo en cada embestida y yo le pedía que nunca dejara de cogerme así. A punto de acabar se inclinó sobre mi espalda y me susurró que yo era la mejor puta que jamás se había cogido. Ni siquiera mi suegra Ofelia era capaz de complacerlo de esa manera…
Ahí exploté nuevamente y mis piernas otra vez se aflojaron. Ernesto se enderezó y continuó cogiéndome con toda su vitalidad. Me hacía levantar los pies del suelo en cada empujón y su verga me llegaba hasta el alma.
Acabó de manera salvaje; sentí su semen caliente rebalsar de mi concha. Descansó unos segundos y comenzó a sacarla, pero le pedí que me la dejara adentro un poco más. Entonces hundió un dedo en mi vagina y se dedicó a acariciar mi clítoris inflamado.
Luego de algunos besos de vicio, ambos nos vestimos y por fin emprendimos el viaje. Empezamos en silencio, pero de repente me preguntó si me sentía bien. Le respondí que me sentía una verdadera puta en sus brazos y que me preocupaba lo que él pudiera pensar de mí.
Entonces me tranquilizó diciendo que el atrevido siempre había sido él y que yo sería su amante para siempre, como hasta ahora. Nadie pensaría mal y nadie se enteraría de lo nuestro.
Acaricié su pierna, luego su bulto. Abrí la bragueta y me incliné sobre su regazo, sacando su verga dura. La lamí, la chupé, me la comí entera.
Ernesto puso una de sus manos en mi nuca y me empujó hacia abajo, obligándome a tragarme toda su leche.
A mitad de camino le dije que estaba hambrienta y entonces él se detuvo en una estación de servicio. Entonces le aclaré que tenía hambre, pero de su verga dura. Se rio a carcajadas y ambos nos movimos al asiento trasero. Allí me puso en cuatro y me cogió salvajemente otra vez. Acabé aullando como loca; pero estábamos a la sombra de unos árboles y, con los vidrios polarizados, nadie podía vernos desde afuera del auto.
Finalmente llegamos a destino y nos reunimos con mi marido.
Víctor estaba encantado de reencontrarme, pero también aliviado por haberse ahorrado el viaje.
Su primer comentario después de abrazarme fue:
“Grande mi viejo, me salvó del viaje… no te parece, amor?”
“Sí… es un divino tu viejo…” Respondí sonriendo, mientras miraba alejarse el auto de Ernesto. La concha se me humedeció otra vez…

発行者 Anitaslut44
7年前
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