Un africano en mi cuerpo

Ese fin de semana en Abril yo tenía ganas de pasarlo en la costa, pero mi adorado Víctor no podía escaparse de su oficina.
Finalmente me sugirió que fuera sola; le dije entonces que me quitaría el estrés de encima, pero que seguramente, pondría encima de mi cuerpo algo que me quitara la calentura…
Pero Víctor insistió; pensando ingenuamente que en apenas un par de días no tendría tiempo suficiente como para llevarme un tipo a la cama…
Me alojé en una bonita cabaña cerca de la orilla, que nos habían prestado unos amigos. El sábado transcurrió sin novedad. Varios hombres me miraron de arriba a abajo en la calle y en la playa; pero ninguno de ellos se atrevió a acercarse para intentar algo…
El domingo después de almorzar algo liviano, me dirigí a la playa.
Después de un buen chapuzón en el mar, me tendí sobre una gran toalla en la arena, para secar mi piel al sol. Estaba distraída boca abajo hojeando una revista, cuando de repente un enorme negro africano apareció a mi lado. Traía unas cadenas de oro y plata para vender, junto con varios anteojos de sol.
Era un hombre gigantesco, frisando casi los cincuenta, pero con un cuerpo tallado a mano, donde se le marcaba cada músculo. Al agacharse junto a mí, su entrepierna quedó a la altura de mis ojos y pude apreciar que, debajo de sus pantalones de lycra, había un bulto inconmensurable…
El color oscuro de su piel casi azulada, su olor corporal y la imagen de eso gigantesco oculto entre sus muslos, me provocaron una intensa y rápida descarga de humedad entre mis labios vaginales.
Me gustó una pieza de las que vendía, pero no había llevado suficiente dinero a la playa. Se me ocurrió que podría invitar a ese interesante negrazo a la cabaña para pagarle y, de paso, matar dos pájaros de un tiro…
Intenté conversar con él en su media lengua y pude entender que se llamaba Maurice y era senegalés. Finalmente pude convencerlo para que me acompañara hasta la cabaña.
Apenas entramos, dejé mis cosas en el suelo y me desprendí la tanga diminuta que llevaba, mostrándole a Maurice mi cola redonda…
Giré para ver su reacción y me lo encontré con la boca abierta, sin poder creer lo que estaba viendo. Entonces le dije que era su turno para mostrarme lo que llevaba bajo su short de lycra.
Sin dejar de mirar mi vulva depilada, Maurice despacio bajó sus shorts hasta las rodillas y entonces fui yo la que me quedé con la boca abierta. Su verga negra era impresionante; realmente enorme y ya estaba un poco tiesa,; era evidente que mi desnudez lo había excitado un poco.
Caí de rodillas frente a él e intenté tomar esa verga de ébano entre mis manos; pero de repente se puso tiesa y se levantó casi hasta tocar mi cara. Abrí la boca para tratar de meterme esa cosa entre los labios, pero Maurice me levantó en andas del piso y me llevó hasta un sofá muy amplio.
Allí el negro me hizo girar y ponerme en cuatro, mientras hundía uno de sus gigantescos dedos entre mis humedecidos labios vaginales. Me sentí empapada cuando me tocó, pero ya nada me importaba. Quería sentir esa pija negra enorme dentro de mi cuerpo, que iba a calmar mi calentura por unos cuantos días…
Tuve un sobresalto cuando ese glande bien grueso rozó mi labia.
Giré mi cabeza para mirar a Maurice y pedirle que tuviera cuidado y me la metiera despacio, ya que nunca me había hecho coger por un negro tan bien dotado; lo cual por supuesto, era mentira…
Maurice sonrió como si hubiese entendido y de repente me aferró por las caderas. Cuando quise acordarme, me hundió esa tremenda verga hasta la mitad de su largo, haciéndome saltar hacia adelante con el impulso. Intenté debatirme, pero sus manos negras me sostuvieron con firmeza y me dejaron inmóvil y a su completa merced…
Lo miré otra vez para suplicarle misericordia; pero entonces él sonrió con una expresión diabólica en sus ojos cargados de lujuria y otra vez empujó sus caderas hacia adelante, enterrándose en mi cuerpo hasta que sentí sus bolas chocar contra mi vulva…
Allí se quedó quieto, mientras sus pesadas manos dejaban libres mis caderas y subían por mi cuerpo, buscando aferrar mis tetas.
Comenzó a acariciar suavemente mis pezones ya bien endurecidos y de repente me soltó unas buenas cachetadas en mis glúteos, que quedaron marcados con arañazos al rojo vivo.
Después sus manos regresaron a mis caderas y comenzó a balancear su cuerpo, bombeándome la concha con mucho frenesí.
Empecé a gritar como loca. Maurice me tomó por los cabellos y su otra mano tapó mi boca, ahogando mis alaridos de dolor y placer.
Así me tuvo por casi media hora, cogiéndome sin importarle demasiado mis gritos y dedicándose solo a su propio placer.
Cuando pensé que me iba a desmayar, tuve por fin un primer orgasmo, que me dejó temblando todo el cuerpo sin control.
El negro era incansable y continuó disfrutando de mi concha hambrienta por un largo rato más.
Finalmente sentí que tensaba su espalda hacia atrás, rugía como un oso y descargaba una abundante cantidad de semen tibio en el fondo de mi agradecida vagina. Enseguida se salió y yo caí rendida hacia adelante.
Cuando me repuse un poco, me atreví a mirar hacia atrás. La verga negra seguí bien erecta, como si todavía no hubiese empezado a hacer nada. Sonreí y Maurice me devolvió otra amplia sonrisa. Me mojé otra vez; quería que me cogiera otra vez…
Maurice se sentó en el sofá y de repente levantó mi cuerpo por la cintura, como si fuera una pluma. Me hizo sentar a horcajadas sobre sus muslos y pronto sentí que su tremenda pija negra se adentraba otra vez en mi ahora bien dilatada concha.
Comencé a cabalgarlo como loca; disfrutando de esa cosa negra que entraba y salía de mi vagina, taladrándome ahora según mi propia voluntad…
El olor corporal de ese negro me puso más loca todavía. Aceleré mi vaivén sobre su verga, mientras él me chupaba los pezones.
De pronto, sin esperarlo, un golpe eléctrico recorrió mi cuerpo desnudo y otro nuevo orgasmo afloró; esta vez mucho más intenso y más sonoro que el anterior. Lo grité hasta caer desmayada sobre el ancho pecho del negro.
Cuando desperté, ya había oscurecido. Estaba acostada boca abajo en la cama del dormitorio, desnuda y con una mezcla de líquidos pegajosos escurriendo entre mis labios vaginales. Me habían quedado dilatados y enrojecidos por tanta fricción…
Intenté levantarme, pero las piernas apenas me sostenían, Al dar unos pasos rumbo al baño, sentí un tremendo dolor en mi entrada anal. Me toqué con los dedos y descubrí que mi estrecha puerta trasera estaba muy dilatada y también dejaba escapar semen…
Después de darme un baño de inmersión caliente, regresé a la cama. Necesitaba descansar, el cuerpo me dolía igual que mis dos orificios tan bien dilatados por esa magnífica verga negra.
No había rastros de Maurice; pero sobre la almohada, estaba la pequeña cadena de oro que me había gustado en la playa…


発行者 Anitaslut44
7年前
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