Doña Rocío, la Sirvienta. Sexta parte
Nos miramos, y me dio un beso tierno en la mejilla.
- ¿Estás bien, Rocío?
- Estoy muy bien, demasiado, y esto no debe de estar bien.
Yo seguía acariciando su espalda a la vez que la abrazaba, y ella metió su cabeza bajo mi cuello dejándose mimar. Estuvimos así más de un minuto, mientras ella reposaba sentada junto a mí, y yo con los ojos cerrados sentía la suavidad de su espalda.
Mi pene había tomado tamaño de nuevo, pero disfrutaba de tener su piel junto a la mía, y olía su pelo bajo mi barbilla.
De pronto sentí una mano sobre mi miembro erecto. Suavemente sus dedos recorrían mi glande, y la humedad de mi calentura hacía que se deslizasen con facilidad. Con los ojos cerrados sentía la punta de sus dedos recorriendo mi pene, y, cada vez que pasaba por encima de mi frenillo, la polla dabe un pequeño latido de placer. Me pidió que me tumbara como lo había hecho ella, con una pierna a cada lado del banco, y ella se sentó a horcajadas frente a mis partes. Sus pechos estaban inmensos y bellísimos, mientras que con una mano agarraba mi polla, con la otra acariciaba mis huevos. Se echó hacia delante, y comenzó a frotar mi miembro contra uno de sus pezones. Al estar tan húmedo mi glande, se deslizaba con facilidad sobre su gran pecho. Su pezón, al roce de mi polla, tomó dureza, y mi frenillo comenzó a transmitirme un placer inmenso. La imagen era realmente preciosa, y, en cuestión de segundos, comenzó a brotar mi leche, esparciéndose por su maravillosa teta.
Permanecí tumbado sobre el banco, con la piernas abiertas, y una sensación de relax tremenda, mientras miraba la dulce sonrisa de Rocío, ella se limpiaba con una toalla su piel humedecida por mi eyaculación. Una vez se levantó, me senté, nos dimos un cálido y largo beso, hasta que ella puso algo de cordura.
- Vamos, Javier. El día continúa, y hay que seguir con nuestros deberes.
Me vestía lentamente, mientras observaba como ella secaba su ropa con el secador con el albornoz ya puesto, esperando que acabase para volver a admirar ese cuerpo gordito pero con curvas de diosa.
- Venga, Javier, corre a tu cuarto a estudiar.
- Un segundo. Solo quiero ver como te vistes antes de regresar a la rutina.
- Pero chico, ¿no has tenido suficiente con lo de ahora?
- Solo quería admirar tu belleza una vez más.
- Anda, y deja de decir bobadas, que me estás sacando los colores otra vez.
- No digo bobadas. ¿Por favor? Prometo no hacer nada.
Ella sonrío, y de espaldas a mí se comenzó a desatar la bata. Rápidamente se la quitó y apoyó en el banco, quedando sus enormes y sensuales nalgas para mi disfrute visual. En un rápido movimiento metió una pierna por las bragas, y luego la otra, y en un visto y no visto las tenía puestas. Sin darse la vuelta, se puso el sujetador. Me llamó la atención que la tela de los pechos estaba en su espalda, mientras lo enganchaba por la parte delantera. Una vez enganchado, lo giró, hizo un movimiento como de colocarse dentro las tetas, y luego metió los brazos por los tirantes, mientras yo era privado de volver a ver esas maravillosas tetas. Una vez colocado se dio la vuelta en ropa interior, y se colocó el resto de sus prendas ya secas.
- Venga, muchacho, a estudiar.
Con mucho pesar le hice caso, agarrando mis muletas, y saliendo del baño, mientras ella recogía el baño.
Esa noche sonó el teléfono, y era Rocío, que llamaba para decir que no podría venir al día siguiente, ya que habían tenido que ingresar a su marido en el hospital, y no sabía cuántos días iba a faltar. Mi madre le dijo que no se preocupara, y que si necesitaba cualquier cosa, que contara con ellos. Para mí fue un jarro de agua fría. Tan feliz que había sido esa mañana, y en cuestión de horas el mundo se había caído a mis pies al escuchar a mi madre contar lo que había sucedido. Por lo visto, el hombre había tenido un achuchón por la mala vida que llevaba con la bebida y el tabaco.
- ¿Te pasa algo, Javier?- Me preguntó mi madre al haberme quedado totalmente lívido y abatido.
- No pasa nada, solo que me ha impresionado la noticia. Pobre mujer.
- Pues sí. A ver si se recupera pronto, que ahora, según estás tú, estábamos más tranquilos estando ella en casa.
Durante esa semana ya no vino nuestra sirvienta a casa, y yo andaba como alma en pena por la casa. El domingo por la noche sonó el teléfono, y era doña Rocío. Yo estaba sentado en el salón, y escuchaba atento cada palabra que decía mi madre. Le preguntaba, pero no conseguí entender bien qué pasaba.
- Bueno, como tú veas, Rocío. El caso es que el susto haya pasado. Ahora que se cuide un poco.
Eso qué quería decir, que volvía al trabajo, que seguía cuidando de su marido. Estaba impaciente por saber si iba a volver, pero tenía que disimular, que mi madre no notara mi impaciencia por tener noticias.
- ¿Quién era?- Pregunté a mi madre haciéndome el despistado.
- Era Rocío, que su marido ya está mejor y le han mandado a casa. Por lo visto ha tenido un amago de infarto, pero todo ha quedado en un susto.
- Pues vaya. Debe fumar mucho por lo que me ha contado Rocío un día de estos.
- Sí, eso me ha dicho. Por suerte mañana vuelve a trabajar, que así estoy más tranquila, y te vigila para que no hagas tontadas.
Si mi madre supiera lo que había pasado los días anteriores.
A la mañana siguiente sentí a Rocío llegar, y bajé en pijama y con mis muletas a la cocina para desayunar. Al entrar en la cocina, ella ya se había cambiado de ropa, y se la veía pálida y con cara de mucho cansancio acumulado.
- Buenos días, Rocío.
- Buenos días, Javier. Ahora te preparo el desayuno. Me dijo sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo.
- ¿Qué tal tu marido?- Le dije por ser educado, aunque le tenía un poco de inquina por lo mal que trataba a su mujer.
- Él bien, después del susto que nos ha dado, ha llegado a casa, y otra vez fumando como si no hubiera un mañana.
- Pues estamos buenos.
- Encima me ha hecho pasar unos días malísimos. Se ha portado como un déspota. Ni el susto que se ha llevado le ha hecho cambiar.
La pobre rompió a llorar. Me acerqué a ella, y le di un abrazo.
- Perdona, Javier. No tienes tú que aguantar mis bobadas.
- No te preocupes, Rocío. Llora si te hace falta, yo te entiendo.
Se me rompía el corazón verla así.
Al subir para asearme, ella entró conmigo al baño.
- No te preocupes, Rocío. Estos días he aprendido a sentarme en la bañera, y ahí me apaño mejor. No quiero m*****arte, que no te encuentras muy bien.
- Deja, que al menos te ayudo a sentarte y levantarte.
Ese día me duché solo, y no quise tentar al demonio, y excitarme en su presencia.
Los siguientes días aún se la veía abatida, y no sabía qué decirle. Al menos parece que iba teniendo mejor cara.
El viernes me armé de valor, y al salir de la ducha, me fui al cuarto en albornoz para vestirme allí, y al verla pasar con cara apesadumbrada, la llamé.
- Rocío, ¿puedes venir?
- Sí, Javier. ¿Qué necesitas?
- Verte bien. Me duele mucho verte así. Siéntate aquí a mi lado en la cama y vamos a hablar.
- No me hagas caso, ya se pasará.
- No. Siéntate a mi lado, y cuéntame. No sé si estás enfadada conmigo por lo que pasó, pero te veo tan triste y apenas me hablas.
- No, hijo, cómo quieres que esté enfadada contigo, si eres un sol. Es mi marido.
- ¿Está mal otra vez?
- No es que esté mal, él es el mal. Ni se cuida, y encima tengo que aguantar sus manera de hablarme y despreciarme. Me he desvivido toda la vida por mi familia, y nunca ha querido ver todo lo que hago. Para él todo lo hago mal y soy un inútil. Me siento una ******.
- No digas eso, Rocío. No eres ninguna ******.
- No sé si lo soy o no. Supongo que si tengo esta vida, será porque me la merezco.
- Rocío, no digas eso. Eres una mujer excepcional, y has sacado tus hijos adelante a pesar del lastre de ese hombre. Eres trabajadora, buena persona y una bellísima mujer.
Al decirle todo eso, rompió a llorar, echándose las manos a los ojos.
- No lo soy, Javier, no lo soy. Me siento una ******.
- No digas eso, Rocío. Deja que al menos te abrace.
Sentado en la cama la di un largo abrazo, mientras ella descargaba toda la tensión de esos días sobre mi hombro. Una vez más tranquila, levantó la cara, se secó las lágrimas, y suspiró soltando tensión.
- ¿Estás mejor?
- Sí. Estoy mejor, Javier. Muchas gracias por tu comprensión y apoyo.
- No te preocupes. Es lo poco que puedo hacer por ti.
- Haces más de lo que crees.
- Por lo menos te veo sonreír de nuevo. No me gusta verte así.
- Ya se pasó, no me hagas caso.
- Cómo no voy a hacerte caso, con lo importante que eres para mí.
- Y tú para mí, Javier. Eres como un hijo.
- Bueno, como un hijo, como un hijo... Qué todavía me acuerdo de lo bonito que fue el día que te comí ahí.- Le dije riéndome para quitar tensión.
- Anda y no seas bobo. Que me sacas los colores ahora.
- No te preocupes, que no quiero m*****arte.
- Y dale. Tú no m*****as nunca.
- Pero es verdad, Rocío, te mereces ser feliz, y si con algo me quedo del otro día, es que te pude hacer feliz por un instante, y que te sintieras mujer.
- Me hiciste muy feliz, pero parece que luego la vida te tiene que castigar con algo malo cuanto te pasa algo bueno.
- ¿Por qué dices eso?
- Pues porque mira lo que ha pasado. No debió estar bien lo que hicimos, porque Dios me castigó con esto otro.
- Dios no creo que te castigara a ti, más bien te ha hecho ver que puedes ser mujer y sentirte como tal, y te ha mostrado el lado de alguien que no sabe lo buena persona. Solo te ha mostrado los dos lados de la realidad, para que veas que tienes que luchar por tu felicidad, a no ser que quieras que la maldad de ese hombre pueda contigo. Yo creo que te mereces ser feliz y disfrutar un poquito.
- No sé, Javier, tal vez, pero por qué Dios me pone una vida tan dura junto a alguien así.
- Yo creo que deberías tener tu espacio, y no darle la oportunidad de que vea que no te afectan sus comentarios. No es verdad, y si él parece que disfruta viéndote mal, quizás debieras intentar verte bien.
- Sí, quizás deba intentar verme bien, pero no sé cómo.
- Tú solo intenta pensar positivo cuando venga un pensamiento malo, es lo que hago yo con mi rodilla, intento pensar algo bueno cuando me siento mal. Por ejemplo, verte sonreír me anima mucho.
- Muchas gracias. También ver que estás mejor, a mí me hace feliz.
- Ves, ahora estás mucho mejor. Con esa sonrisa estás preciosa.
- Me vuelves a poner colorada.
- ¿Te puedo dar un beso en los labios?
- No sé, Javier, que luego mira lo que te pasa.
- Bueno, me arriesgaré a ello, pero quiero sentir que eres capaz de dar un beso bonito a alguien para el que eres muy importante.
Lentamente me acerqué a su cara, mirándola a los ojos. Ella permaneció quieta, y cuando mi cara estaba apenas a unos centímetros, cerró los ojos. Nuestras bocas se juntaron en un cálido y dulce beso. La lenguas jugaban y se entrelazaban, sintiendo esa maravillosa sensación de su boca, mientras mis dedos entraban en su pelo acariciando su nuca y su cuello. Nos dejamos caer en la cama, y yo lateralmente seguía disfrutando de ese cálido momento.
Mis mano izquierda entró por debajo de su blusa, y pude sentir el suave tacto de la piel de su barriga. Con esa mano fui desabotonando lentamente desde abajo hasta el cuello, y poco a poco la aparté hacia los lados dejando al aire el sostén que cubría esos dos maravillosos montes. Mi boca jugaba con la suya, y mi mano acariciaba esos enormes pechos ocultos. Comencé a besar su cuello, y un suspiro salió de su boca. Poco a poco bajé, y comencé a besar la piel no tapada por el sujetador, mientras con la punta del dedo había localizado sus pezones y los acariciaba por encima de la tela. Era maravilloso poder lentamente acariciar ese maravilloso cuerpo. Intenté meter la manto por debajo del sujetador, pero un aro me lo impidió.
- Espera, Javier.
Rocío de incorporó, se quitó la blusa, y en un rápido movimiento se desprendió de su sujetador, tumbándose de nuevo a mi lado. La miré a los ojos, y luego bajé la mirada a sus enormes pechos, y bajé directamente a lamer esos pezones, primero uno, y luego el otro. Ambos tomaron firmeza, y sobresalían ligeramente. Soplé uno, y noté que se ponía más duro. Lo toqué con el dedo, y estaba impresionantemente duro. Me acerqué al otro pezón humedecido por mi saliva, y soplé despacio pero largo, y reaccionó igual que el otro. Una vez duros, con la boca succionaba uno, y con los dedos de la otra mano jugaba con el otro, y sentía como su respiración era larga y profunda.
Pasé la mano por su estómago hasta rozar su cintura, para luego ir bajando por encima de la tela de su falda acariciando una de sus piernas. Poco a poco la deslicé hacia abajo, y metí la mano para tocar su rodilla. Mis labios se acercaron a los suyos, para volver a disfrutar de esa deliciosa boca, y mi mano fue subiendo por dentro de la falda. Sus piernas se abrieron ligeramente, y continué por la cara interna de su pierna hasta llegar a las bragas. Un calor intenso atravesaba la tela, y al pasar la mano por encima de su sexo, su cuerpo se estremeció y arqueó. Estuvimos un largo rato besándonos, mientras yo acariciaba su entrepierna y sexo por encima de la tela. Con un dedo levanté la goma de las bragas, y metí otro por debajo de la tela. Una inmensa humedad empapó la punta, e hizo que se deslizara por todo su sexo, provocando un nuevo suspiro y estremecimiento de su cuerpo.
Rocío bajó las manos, y sin que yo apenas me diera cuenta, se había desecho de la falda y las bragas, dejándolas caer. Ya estaba completamente desnuda sobre la cama, con su piel suave y blanca que me tenía hipnotizado. Metí mi mano entre sus piernas, y sintiendo esa humedad. Con un dedo tocaba los labios de su boca, y uno lo llevé a su boca, su lengua lo recorrió, y con esa saliva lo bajé hacia su sexo. Suavemente y sin resistencia, entró en su cueva ardiente, haciéndola estremecer. Inspeccionaba el interior, y a cada movimiento ella respiraba hondo, retorciéndose ligeramente. Pruebo a meter dos dedos, y entran con facilidad. Al tocar su punto g, ella vuelve a suspirar y estremecerse. Era maravilloso poder jugar con su rajita, y a la vez ver su carita y su maravilloso cuerpo desnudo disfrutar. Mi polla ardía de calor, y pedía salir del albornoz, pero era demasiado bonito para acabar con aquello tan rápido. Mi cuerpo quería hacerle el amor, pero mi inocencia a que se pudiera quedar embarazada, cuando era una mujer que luego me enteré que llevaba dos años sin el periodo, y mi inexperiencia me retenían a lanzarme sobre ella. Aparté mi mano, y bajé la cara para saborearla como la otra vez. Su deliciosa humedad empapó mi cara.
- Me estás ******* Javier, me estás *******... - Era el dulce lamento que salía de vez en cuando por su boca, pero su cuerpo no oponía resistencia.
Estuve así disfrutando de su sexo, hasta que unas convulsiones y jadeos me hicieron saber que se había vuelto a correr. Acto seguido se giró en posición de feto, y comenzó a llorar. Esta vez no me asusté, y me acerqué a ella, y la abracé por detrás. Mi polla caía sobre su culo, y mi albornoz abierto permitió que apoyara mi miembro en el medio de sus nalgas. Permanecí quieto un minuto, disfrutando de ese cuerpo. Abrí del todo mi albornoz, y la tapé, quedando mi cuerpo pegado a su espalda desnuda. Mi miembro estaba duro y goteando humedad. Comencé a moverme frotándola entre sus nalgas, y ella pegó más aún su culo a mi cuerpo, mientras con una mano agarraba sus tetas, y el otro brazo lo deslizaba por debajo de su cuerpo, llevando esa mano hacia su tripa. Me estaba volviendo loco de placer, con unas ganas inmensas de disfrutar de ella, pero mis miedos me retenían.
- Para, Javier. Quiero que me abraces. - Diciendo esto se separó ligeramente de mí, y se giró hacia mí, quedando frente a mí, de lado.
- Abrázame.
Metí una mano por debajo de su cuello y la abracé con ambos brazos, mientras ella se acercaba para besarme, quedando uno de sus brazos aprisionado entre nuestros cuerpos, y el otro abrazándome. Estuvimos así más de un minuto, y su brazo aprisionado hizo que su mano quedase junto a mi miembro, así que sus dedos comenzaron a jugar con mi polla que estaba a reventar, aunque intentaba aguantar para seguir disfrutando de aquel maravilloso momento.
Me empujó, haciendo que yo quedase panza arriba, y se echó sobre mí, besándome y acariciando mi pelo húmedo. Su cuerpo quedaba sobre el mío, y una pierna y su cadera oprimía mi sexo, volviéndome loco de placer. Se incorporó del todo sobre mí, quedando cada pierna a un lado de mis caderas. La punta de mi polla rozaba su sexo, e incorporándose, agarré esas dos inmensas tetas que tanto me gustaban. Sentándose más atrás, mi polla quedó apretada por su húmedo sexo, y sin poder aguantar más, comencé a jadear. Al sentir que me corría, Rocío comenzó a frotar el tronco de mi polla con sus labios vaginales.
- Me corro, Rocío.
- Sí, mi niño, qué bien se siento.
Y sin poder aguantar, mi polla escupió grandes goterones de semen sobre mi ombligo, mientras ellas rozaba su sexo al rimo de los latidos que daba.
Quedé rendido, y ella se tumbó a mi lado unos minutos en lo que recobraba el resuello. Se incorporó, tomó un pañuelo de tela de mi cajón, y secó mi tripa, mientras no dejaba de admirar aquella impresionante hembra. Aquel día me dejó observar como se vestía lentamente para mí. Salió de la habitación, y malamente pude concentrarme para estudiar aquella mañana.
Los siguiente dos meses omito contarlos, ya que hubo periodos en los que faltó por la salud de su marido, otros días ella me evitaba al considerar que esto no estaba bien, y los que teníamos eran muy parecidos a este, así que en el siguiente relato, contaré lo que sucedió cuando ya llevaríamos unos dos meses desde el primer encuentro, donde yo ya caminaba sin mis muletas.
- ¿Estás bien, Rocío?
- Estoy muy bien, demasiado, y esto no debe de estar bien.
Yo seguía acariciando su espalda a la vez que la abrazaba, y ella metió su cabeza bajo mi cuello dejándose mimar. Estuvimos así más de un minuto, mientras ella reposaba sentada junto a mí, y yo con los ojos cerrados sentía la suavidad de su espalda.
Mi pene había tomado tamaño de nuevo, pero disfrutaba de tener su piel junto a la mía, y olía su pelo bajo mi barbilla.
De pronto sentí una mano sobre mi miembro erecto. Suavemente sus dedos recorrían mi glande, y la humedad de mi calentura hacía que se deslizasen con facilidad. Con los ojos cerrados sentía la punta de sus dedos recorriendo mi pene, y, cada vez que pasaba por encima de mi frenillo, la polla dabe un pequeño latido de placer. Me pidió que me tumbara como lo había hecho ella, con una pierna a cada lado del banco, y ella se sentó a horcajadas frente a mis partes. Sus pechos estaban inmensos y bellísimos, mientras que con una mano agarraba mi polla, con la otra acariciaba mis huevos. Se echó hacia delante, y comenzó a frotar mi miembro contra uno de sus pezones. Al estar tan húmedo mi glande, se deslizaba con facilidad sobre su gran pecho. Su pezón, al roce de mi polla, tomó dureza, y mi frenillo comenzó a transmitirme un placer inmenso. La imagen era realmente preciosa, y, en cuestión de segundos, comenzó a brotar mi leche, esparciéndose por su maravillosa teta.
Permanecí tumbado sobre el banco, con la piernas abiertas, y una sensación de relax tremenda, mientras miraba la dulce sonrisa de Rocío, ella se limpiaba con una toalla su piel humedecida por mi eyaculación. Una vez se levantó, me senté, nos dimos un cálido y largo beso, hasta que ella puso algo de cordura.
- Vamos, Javier. El día continúa, y hay que seguir con nuestros deberes.
Me vestía lentamente, mientras observaba como ella secaba su ropa con el secador con el albornoz ya puesto, esperando que acabase para volver a admirar ese cuerpo gordito pero con curvas de diosa.
- Venga, Javier, corre a tu cuarto a estudiar.
- Un segundo. Solo quiero ver como te vistes antes de regresar a la rutina.
- Pero chico, ¿no has tenido suficiente con lo de ahora?
- Solo quería admirar tu belleza una vez más.
- Anda, y deja de decir bobadas, que me estás sacando los colores otra vez.
- No digo bobadas. ¿Por favor? Prometo no hacer nada.
Ella sonrío, y de espaldas a mí se comenzó a desatar la bata. Rápidamente se la quitó y apoyó en el banco, quedando sus enormes y sensuales nalgas para mi disfrute visual. En un rápido movimiento metió una pierna por las bragas, y luego la otra, y en un visto y no visto las tenía puestas. Sin darse la vuelta, se puso el sujetador. Me llamó la atención que la tela de los pechos estaba en su espalda, mientras lo enganchaba por la parte delantera. Una vez enganchado, lo giró, hizo un movimiento como de colocarse dentro las tetas, y luego metió los brazos por los tirantes, mientras yo era privado de volver a ver esas maravillosas tetas. Una vez colocado se dio la vuelta en ropa interior, y se colocó el resto de sus prendas ya secas.
- Venga, muchacho, a estudiar.
Con mucho pesar le hice caso, agarrando mis muletas, y saliendo del baño, mientras ella recogía el baño.
Esa noche sonó el teléfono, y era Rocío, que llamaba para decir que no podría venir al día siguiente, ya que habían tenido que ingresar a su marido en el hospital, y no sabía cuántos días iba a faltar. Mi madre le dijo que no se preocupara, y que si necesitaba cualquier cosa, que contara con ellos. Para mí fue un jarro de agua fría. Tan feliz que había sido esa mañana, y en cuestión de horas el mundo se había caído a mis pies al escuchar a mi madre contar lo que había sucedido. Por lo visto, el hombre había tenido un achuchón por la mala vida que llevaba con la bebida y el tabaco.
- ¿Te pasa algo, Javier?- Me preguntó mi madre al haberme quedado totalmente lívido y abatido.
- No pasa nada, solo que me ha impresionado la noticia. Pobre mujer.
- Pues sí. A ver si se recupera pronto, que ahora, según estás tú, estábamos más tranquilos estando ella en casa.
Durante esa semana ya no vino nuestra sirvienta a casa, y yo andaba como alma en pena por la casa. El domingo por la noche sonó el teléfono, y era doña Rocío. Yo estaba sentado en el salón, y escuchaba atento cada palabra que decía mi madre. Le preguntaba, pero no conseguí entender bien qué pasaba.
- Bueno, como tú veas, Rocío. El caso es que el susto haya pasado. Ahora que se cuide un poco.
Eso qué quería decir, que volvía al trabajo, que seguía cuidando de su marido. Estaba impaciente por saber si iba a volver, pero tenía que disimular, que mi madre no notara mi impaciencia por tener noticias.
- ¿Quién era?- Pregunté a mi madre haciéndome el despistado.
- Era Rocío, que su marido ya está mejor y le han mandado a casa. Por lo visto ha tenido un amago de infarto, pero todo ha quedado en un susto.
- Pues vaya. Debe fumar mucho por lo que me ha contado Rocío un día de estos.
- Sí, eso me ha dicho. Por suerte mañana vuelve a trabajar, que así estoy más tranquila, y te vigila para que no hagas tontadas.
Si mi madre supiera lo que había pasado los días anteriores.
A la mañana siguiente sentí a Rocío llegar, y bajé en pijama y con mis muletas a la cocina para desayunar. Al entrar en la cocina, ella ya se había cambiado de ropa, y se la veía pálida y con cara de mucho cansancio acumulado.
- Buenos días, Rocío.
- Buenos días, Javier. Ahora te preparo el desayuno. Me dijo sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo.
- ¿Qué tal tu marido?- Le dije por ser educado, aunque le tenía un poco de inquina por lo mal que trataba a su mujer.
- Él bien, después del susto que nos ha dado, ha llegado a casa, y otra vez fumando como si no hubiera un mañana.
- Pues estamos buenos.
- Encima me ha hecho pasar unos días malísimos. Se ha portado como un déspota. Ni el susto que se ha llevado le ha hecho cambiar.
La pobre rompió a llorar. Me acerqué a ella, y le di un abrazo.
- Perdona, Javier. No tienes tú que aguantar mis bobadas.
- No te preocupes, Rocío. Llora si te hace falta, yo te entiendo.
Se me rompía el corazón verla así.
Al subir para asearme, ella entró conmigo al baño.
- No te preocupes, Rocío. Estos días he aprendido a sentarme en la bañera, y ahí me apaño mejor. No quiero m*****arte, que no te encuentras muy bien.
- Deja, que al menos te ayudo a sentarte y levantarte.
Ese día me duché solo, y no quise tentar al demonio, y excitarme en su presencia.
Los siguientes días aún se la veía abatida, y no sabía qué decirle. Al menos parece que iba teniendo mejor cara.
El viernes me armé de valor, y al salir de la ducha, me fui al cuarto en albornoz para vestirme allí, y al verla pasar con cara apesadumbrada, la llamé.
- Rocío, ¿puedes venir?
- Sí, Javier. ¿Qué necesitas?
- Verte bien. Me duele mucho verte así. Siéntate aquí a mi lado en la cama y vamos a hablar.
- No me hagas caso, ya se pasará.
- No. Siéntate a mi lado, y cuéntame. No sé si estás enfadada conmigo por lo que pasó, pero te veo tan triste y apenas me hablas.
- No, hijo, cómo quieres que esté enfadada contigo, si eres un sol. Es mi marido.
- ¿Está mal otra vez?
- No es que esté mal, él es el mal. Ni se cuida, y encima tengo que aguantar sus manera de hablarme y despreciarme. Me he desvivido toda la vida por mi familia, y nunca ha querido ver todo lo que hago. Para él todo lo hago mal y soy un inútil. Me siento una ******.
- No digas eso, Rocío. No eres ninguna ******.
- No sé si lo soy o no. Supongo que si tengo esta vida, será porque me la merezco.
- Rocío, no digas eso. Eres una mujer excepcional, y has sacado tus hijos adelante a pesar del lastre de ese hombre. Eres trabajadora, buena persona y una bellísima mujer.
Al decirle todo eso, rompió a llorar, echándose las manos a los ojos.
- No lo soy, Javier, no lo soy. Me siento una ******.
- No digas eso, Rocío. Deja que al menos te abrace.
Sentado en la cama la di un largo abrazo, mientras ella descargaba toda la tensión de esos días sobre mi hombro. Una vez más tranquila, levantó la cara, se secó las lágrimas, y suspiró soltando tensión.
- ¿Estás mejor?
- Sí. Estoy mejor, Javier. Muchas gracias por tu comprensión y apoyo.
- No te preocupes. Es lo poco que puedo hacer por ti.
- Haces más de lo que crees.
- Por lo menos te veo sonreír de nuevo. No me gusta verte así.
- Ya se pasó, no me hagas caso.
- Cómo no voy a hacerte caso, con lo importante que eres para mí.
- Y tú para mí, Javier. Eres como un hijo.
- Bueno, como un hijo, como un hijo... Qué todavía me acuerdo de lo bonito que fue el día que te comí ahí.- Le dije riéndome para quitar tensión.
- Anda y no seas bobo. Que me sacas los colores ahora.
- No te preocupes, que no quiero m*****arte.
- Y dale. Tú no m*****as nunca.
- Pero es verdad, Rocío, te mereces ser feliz, y si con algo me quedo del otro día, es que te pude hacer feliz por un instante, y que te sintieras mujer.
- Me hiciste muy feliz, pero parece que luego la vida te tiene que castigar con algo malo cuanto te pasa algo bueno.
- ¿Por qué dices eso?
- Pues porque mira lo que ha pasado. No debió estar bien lo que hicimos, porque Dios me castigó con esto otro.
- Dios no creo que te castigara a ti, más bien te ha hecho ver que puedes ser mujer y sentirte como tal, y te ha mostrado el lado de alguien que no sabe lo buena persona. Solo te ha mostrado los dos lados de la realidad, para que veas que tienes que luchar por tu felicidad, a no ser que quieras que la maldad de ese hombre pueda contigo. Yo creo que te mereces ser feliz y disfrutar un poquito.
- No sé, Javier, tal vez, pero por qué Dios me pone una vida tan dura junto a alguien así.
- Yo creo que deberías tener tu espacio, y no darle la oportunidad de que vea que no te afectan sus comentarios. No es verdad, y si él parece que disfruta viéndote mal, quizás debieras intentar verte bien.
- Sí, quizás deba intentar verme bien, pero no sé cómo.
- Tú solo intenta pensar positivo cuando venga un pensamiento malo, es lo que hago yo con mi rodilla, intento pensar algo bueno cuando me siento mal. Por ejemplo, verte sonreír me anima mucho.
- Muchas gracias. También ver que estás mejor, a mí me hace feliz.
- Ves, ahora estás mucho mejor. Con esa sonrisa estás preciosa.
- Me vuelves a poner colorada.
- ¿Te puedo dar un beso en los labios?
- No sé, Javier, que luego mira lo que te pasa.
- Bueno, me arriesgaré a ello, pero quiero sentir que eres capaz de dar un beso bonito a alguien para el que eres muy importante.
Lentamente me acerqué a su cara, mirándola a los ojos. Ella permaneció quieta, y cuando mi cara estaba apenas a unos centímetros, cerró los ojos. Nuestras bocas se juntaron en un cálido y dulce beso. La lenguas jugaban y se entrelazaban, sintiendo esa maravillosa sensación de su boca, mientras mis dedos entraban en su pelo acariciando su nuca y su cuello. Nos dejamos caer en la cama, y yo lateralmente seguía disfrutando de ese cálido momento.
Mis mano izquierda entró por debajo de su blusa, y pude sentir el suave tacto de la piel de su barriga. Con esa mano fui desabotonando lentamente desde abajo hasta el cuello, y poco a poco la aparté hacia los lados dejando al aire el sostén que cubría esos dos maravillosos montes. Mi boca jugaba con la suya, y mi mano acariciaba esos enormes pechos ocultos. Comencé a besar su cuello, y un suspiro salió de su boca. Poco a poco bajé, y comencé a besar la piel no tapada por el sujetador, mientras con la punta del dedo había localizado sus pezones y los acariciaba por encima de la tela. Era maravilloso poder lentamente acariciar ese maravilloso cuerpo. Intenté meter la manto por debajo del sujetador, pero un aro me lo impidió.
- Espera, Javier.
Rocío de incorporó, se quitó la blusa, y en un rápido movimiento se desprendió de su sujetador, tumbándose de nuevo a mi lado. La miré a los ojos, y luego bajé la mirada a sus enormes pechos, y bajé directamente a lamer esos pezones, primero uno, y luego el otro. Ambos tomaron firmeza, y sobresalían ligeramente. Soplé uno, y noté que se ponía más duro. Lo toqué con el dedo, y estaba impresionantemente duro. Me acerqué al otro pezón humedecido por mi saliva, y soplé despacio pero largo, y reaccionó igual que el otro. Una vez duros, con la boca succionaba uno, y con los dedos de la otra mano jugaba con el otro, y sentía como su respiración era larga y profunda.
Pasé la mano por su estómago hasta rozar su cintura, para luego ir bajando por encima de la tela de su falda acariciando una de sus piernas. Poco a poco la deslicé hacia abajo, y metí la mano para tocar su rodilla. Mis labios se acercaron a los suyos, para volver a disfrutar de esa deliciosa boca, y mi mano fue subiendo por dentro de la falda. Sus piernas se abrieron ligeramente, y continué por la cara interna de su pierna hasta llegar a las bragas. Un calor intenso atravesaba la tela, y al pasar la mano por encima de su sexo, su cuerpo se estremeció y arqueó. Estuvimos un largo rato besándonos, mientras yo acariciaba su entrepierna y sexo por encima de la tela. Con un dedo levanté la goma de las bragas, y metí otro por debajo de la tela. Una inmensa humedad empapó la punta, e hizo que se deslizara por todo su sexo, provocando un nuevo suspiro y estremecimiento de su cuerpo.
Rocío bajó las manos, y sin que yo apenas me diera cuenta, se había desecho de la falda y las bragas, dejándolas caer. Ya estaba completamente desnuda sobre la cama, con su piel suave y blanca que me tenía hipnotizado. Metí mi mano entre sus piernas, y sintiendo esa humedad. Con un dedo tocaba los labios de su boca, y uno lo llevé a su boca, su lengua lo recorrió, y con esa saliva lo bajé hacia su sexo. Suavemente y sin resistencia, entró en su cueva ardiente, haciéndola estremecer. Inspeccionaba el interior, y a cada movimiento ella respiraba hondo, retorciéndose ligeramente. Pruebo a meter dos dedos, y entran con facilidad. Al tocar su punto g, ella vuelve a suspirar y estremecerse. Era maravilloso poder jugar con su rajita, y a la vez ver su carita y su maravilloso cuerpo desnudo disfrutar. Mi polla ardía de calor, y pedía salir del albornoz, pero era demasiado bonito para acabar con aquello tan rápido. Mi cuerpo quería hacerle el amor, pero mi inocencia a que se pudiera quedar embarazada, cuando era una mujer que luego me enteré que llevaba dos años sin el periodo, y mi inexperiencia me retenían a lanzarme sobre ella. Aparté mi mano, y bajé la cara para saborearla como la otra vez. Su deliciosa humedad empapó mi cara.
- Me estás ******* Javier, me estás *******... - Era el dulce lamento que salía de vez en cuando por su boca, pero su cuerpo no oponía resistencia.
Estuve así disfrutando de su sexo, hasta que unas convulsiones y jadeos me hicieron saber que se había vuelto a correr. Acto seguido se giró en posición de feto, y comenzó a llorar. Esta vez no me asusté, y me acerqué a ella, y la abracé por detrás. Mi polla caía sobre su culo, y mi albornoz abierto permitió que apoyara mi miembro en el medio de sus nalgas. Permanecí quieto un minuto, disfrutando de ese cuerpo. Abrí del todo mi albornoz, y la tapé, quedando mi cuerpo pegado a su espalda desnuda. Mi miembro estaba duro y goteando humedad. Comencé a moverme frotándola entre sus nalgas, y ella pegó más aún su culo a mi cuerpo, mientras con una mano agarraba sus tetas, y el otro brazo lo deslizaba por debajo de su cuerpo, llevando esa mano hacia su tripa. Me estaba volviendo loco de placer, con unas ganas inmensas de disfrutar de ella, pero mis miedos me retenían.
- Para, Javier. Quiero que me abraces. - Diciendo esto se separó ligeramente de mí, y se giró hacia mí, quedando frente a mí, de lado.
- Abrázame.
Metí una mano por debajo de su cuello y la abracé con ambos brazos, mientras ella se acercaba para besarme, quedando uno de sus brazos aprisionado entre nuestros cuerpos, y el otro abrazándome. Estuvimos así más de un minuto, y su brazo aprisionado hizo que su mano quedase junto a mi miembro, así que sus dedos comenzaron a jugar con mi polla que estaba a reventar, aunque intentaba aguantar para seguir disfrutando de aquel maravilloso momento.
Me empujó, haciendo que yo quedase panza arriba, y se echó sobre mí, besándome y acariciando mi pelo húmedo. Su cuerpo quedaba sobre el mío, y una pierna y su cadera oprimía mi sexo, volviéndome loco de placer. Se incorporó del todo sobre mí, quedando cada pierna a un lado de mis caderas. La punta de mi polla rozaba su sexo, e incorporándose, agarré esas dos inmensas tetas que tanto me gustaban. Sentándose más atrás, mi polla quedó apretada por su húmedo sexo, y sin poder aguantar más, comencé a jadear. Al sentir que me corría, Rocío comenzó a frotar el tronco de mi polla con sus labios vaginales.
- Me corro, Rocío.
- Sí, mi niño, qué bien se siento.
Y sin poder aguantar, mi polla escupió grandes goterones de semen sobre mi ombligo, mientras ellas rozaba su sexo al rimo de los latidos que daba.
Quedé rendido, y ella se tumbó a mi lado unos minutos en lo que recobraba el resuello. Se incorporó, tomó un pañuelo de tela de mi cajón, y secó mi tripa, mientras no dejaba de admirar aquella impresionante hembra. Aquel día me dejó observar como se vestía lentamente para mí. Salió de la habitación, y malamente pude concentrarme para estudiar aquella mañana.
Los siguiente dos meses omito contarlos, ya que hubo periodos en los que faltó por la salud de su marido, otros días ella me evitaba al considerar que esto no estaba bien, y los que teníamos eran muy parecidos a este, así que en el siguiente relato, contaré lo que sucedió cuando ya llevaríamos unos dos meses desde el primer encuentro, donde yo ya caminaba sin mis muletas.
7年前