La Iniciación de mi Sobrino

Todo cambió en mi vida desde que a mi marido lo trasladaron a la sucursal del banco en Río Negro y yo no me pude mudar porque ninguno de los chicos se quiso cambiar de colegio. Voy algunos fines de semana largos, las vacaciones de verano e invierno y en las Fiestas, por supuesto. Tengo un día a día menos estresado porque tomo todas las decisiones, pero me ponen de muy mal humor las largas temporadas sin sexo.

Muchas veces me consuelo tocándome leyendo relatos eróticos o mirando películas porno con mi Tablet. Con la masturbación casi cotidiana logro dormir un poco más relajada, pero la calentura no desaparece, al contrario, va creciendo. Más me toco por las noches, más ganas tengo de que me cojan, como deberían, por lo menos dos o tres veces por semana.

Nada me pone más de mal humor que la frase “pobre debe estar mal cogida”, primero porque me parece espantosa pero interiormente es porque me siento identificada. Mi humor se modificó, me río menos y estoy más ansiosa. Viajar a Río Negro sólo por un polvo es un incordio al margen de que no me daría el presupuesto y siempre con el riesgo de que las calenturas de mi marido no sean similares a las mías y termine más mortificada que satisfecha.

“Comprate un juguete boluda. No fallan y no te hacen ningún reclamo”, me aconsejó una de mis mejores amigas, acaso con la única que puedo hablar estos temas delicados. Tengo 43 años, una vida sexual plena a pesar de la maternidad y unas ganas de coger increíbles que van aumentando. En esos días las pajas nocturnas se multiplican en la ducha o cuando me limpio con el bidet. No son iguales los orgasmos, te calman, pero seguís caliente.

Le hice caso a mi amiga y me compré un juguete. Sufrí como pocas veces en la vida entrando a un local que estaba escondido en una galería en una de las avenidas más importantes de Buenos Aires. Por esas cosas de la educación recibida, me horrorizaba pensar que alguien me sorprendiera entrando o saliendo del local. Y desistía de ir directamente cuando me figuraba a las conchudas del grupo de madres del WhatsApp del colegio haciéndose una fiesta con “la mal cogida”.

Vivo en un departamento grande que heredé de mis padres a pocas cuadras del colegio. Voy al gimnasio a la mañana, hago pilates por la tarde y me gusta mucho caminar. Soy morocha, delgada, mido 1,70 y Dios me concedió buenas curvas. No tengo un culo impresionante pero muchas veces me doy cuenta de que me lo miran cuando me pongo alguna calza para hacer glúteos en el gimnasio. Y mis tetas, que siguen firmes a pesar de los años, también tienen un buen tamaño. No soy exhuberante, pero tengo unos pechos grandes que acapara miradas cada vez que camino por la calle o hago ejercicios en el Gym.

Siempre fui bastante calentona. “Vos sos como techo de pueblo – me dijo una vez un amigo con el cogíamos en la universidad – si no te clavan, te volás”. Y algo de cierto había. No me bancaba la vida sin sexo.

Con el juguete las cosas empeoraron aún más porque me empecé a penetrar todas las noches y tenía la vagina súper inflamada por el roce de la silicona. La inexperiencia y la desesperación hicieron que no lo acompañara con la lubricación adecuada y eso fue fulminante. Y no se a ustedes, pero a mí definitivamente me bajaba la calentura cuando intentaba emular el sexo oral. Yo quería chupar una buena pija, no ese pedazo de plástico. Quería que oliera a pija, que tuviera la temperatura de una pija y que viniera llena de leche para degustar. Necesitaba sentir el esperma en mi boca, en mis tetas, en todo mi cuerpo.

La necesidad de una pija real se fue convirtiendo en una obsesión y mucho más cuando noté que a mi marido le importaba tres carajos que yo me sintiera sola o que tuviera necesidades. Cuando le planteé mi situación y le dije que estaba necesitando sexo, directamente me ninguneó. “Dejate de joder Moni -me dijo- ya estamos grandes”, cuando le propuse que por lo menos nos masturbáramos por Skype.

Esa noche mis hijos casi descubren el chiche, que era bastante grande. Desde que debuté a los 17 años siempre me gustaron los buenos pedazos, definitivamente el tamaño sí me importa.

Yo siempre me sentí una hembra apetecible, una mujer deseada. Desde que terminé el colegio me pagué los estudios haciendo promociones publicitarias en eventos de la alta sociedad.

Así conocí al que ahora es mi marido, en un evento de su banco. Hasta los 28 laburé sin parar y dejé de lado los estudios porque conocí a Carlos y las promociones me dejaban buena plata. Cuando murió mamá heredé varias propiedades que ellos tenían y con las rentas también pude darme una vida cómoda y sin apremios.

Mis hijos tienen 14, 11 y 9 años. Hace dos años que a mi marido lo enviaron como gerente a la sucursal de Río Negro, de donde era oriundo y tenía a toda su familia. Mi marido es corpulento y casi fue un amor a primera vista. Yo estaba medio ******** en un casamiento y deliberadamente me lo traté de levantar. Estaba ebria y él no bebía. Se ofreció llevarme a casa manejando mi auto y terminé haciéndole una buena mamada en la cochera. Tiene una pija grande, acorde a su 1,90. Siempre me hice la tonta con respecto a ese primer encuentro y a veces estoy convencida de que el piensa que yo no me acuerdo de lo que hice.

Nos casamos a los dos años de conocernos y enseguida quedé embarazada. Y toda la furia sexual que tuvimos en los primeros años se fue apagando con la llegada de los hijos. Mejor dicho de los embarazos.

Cuando estaba preñada de mi segundo hijo estaba más excitada que nunca, quería que me cogieran para hacerme sentir linda y no una ballena transportadora de pibes. “Me da impresión”, me decía Carlos cuando le suplicaba que me cogiera. Tampoco me la quería chupar. Entonces le pedía que me hiciera el culo, que lo tenía súper dilatado pero me respondía. “Tranquila amor, es una etapa de la vida, ya vamos a tener tiempo para cogernos como a nosotros nos gusta”.

Lejos de sentirme feliz por esa frase tan pelotuda le pedí, le supliqué: “Por lo menos déjame que te chupe bien la pija”. Y afortunadamente accedió. Fue un antes y un después en mi vida sexual con mi marido, empecé a comprender que a él solo le importaba tener hijos, la familia correcta y poco le importaba lo que yo necesitara.

Cuando todo iba en picada y estaba a punto de meterle los cuernos para saciar mis instintos recibí un llamado que alteró mis días y acomodó mejor las cosas.

-Amor, el hijo de mi hermano se muda para Buenos Aires. Terminó el colegio y quiere estudiar y probar suerte allá. Va a vivir en lo de unos amigos cerca de casa. Vos no podrías darle una mano con las mamis del colegio para ver si alguna le puede conseguir una changa.

Le dije a Carlos que no había ningún problema, que le pasara mi celular para que me llamara cuando estuviera en Buenos Aires y por cualquier cosa que necesitara. Lo recordaba como a un grandulón medio limitado y la sugerencia de ofrecerlo para “hacer changas” me terminó de convencer de que el paparulo de mi marido seguía mandándome problemas y no soluciones.

Pero me equivoqué. A los cinco días recibí un mensaje en mi celular. “Tía cómo estas. Necesitaría verte para ver si me podés dar una mano con tus contactos”. – La foto del perfil me dio intriga. Era un torso musculoso en el que se leía un tatuaje con letras diminutas que decía: “Soy yo”.

Le dije que por supuesto, que pasara por casa al día siguiente a las 11 de la mañana. A esa hora yo volvía del gimnasio y me quedaba haciendo fiaca un rato en mi casa hasta empezar con las recorridas de la tarde.

Cuando abrí la puerta se me humedeció toda la entrepierna. Sentía un hilo caliente cayendo por la cara interna de mis muslos. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Mi sobrino era un tremendo pendejo de 17 años, medía 1,95 y tenía todos los músculos marcados porque desde un viaje a Brasil se dedicaba a practicar Capoeira. ¡¡¡Tenía rastas¡¡ y una musculosa diminuta que dejaba ver sus brazos musculosos con las venas marcadas. Usaba unas bermudas sueltas sin cinturón y se veía el bóxer que llevaba puesto de un azul eléctrico.

Yo volvía del gimnasio, estaba con un short blanco y temí que se notara que estaba empapada. Que mis jugos se vieran porque estaba chorreando y re caliente. Me puse nerviosa porque me sentí tremendamente atraída por ese “niño” que tristemente era mi sobrino y difícilmente pudiera cogérmelo.

Pensaba en todas las conchudas del grupo del whatsapp contratándolo para que les paseara el perro y para que les diera una buena sacudida. Son muy zorras.

Sentía la bombacha empapada, llena de a de flujo, los labios de la vagina me latían y el clítoris se me puso duro al igual que los pezones. “Tía, no recordaba que fueras tan joven. Al lado tuyo el tío está hecho ****** jaja”, me dijo y me dio un abrazo que me hizo ver las estrellas.

Tenía unas manos enormes, cualquiera de sus dedos podrían ser casi como una pija mediana. Tenía todos los abdominales marcados y me sentí diminuta entre sus brazos. Hacía siete meses que no sentía contacto con ningún hombre y me voló la cabeza. Le hubiera mordido el cuello, quería refregarme en su pecho, tenía ganas de comerle la pija. Pero me reprimí. Eso sí le di un abrazo cariñoso como si todavía fuera un niño y le apoyé todo lo que pude las tetas para ver cómo reaccionaba.

Me pareció sentir también que tenía un bulto considerable y sin darme cuenta le clavé la mirada en la entrepierna. No estaba erecto pero por las bermudas se podía seguir el recorrido de un pene considerable. Eso me mojó más y más y tuve impulsos de arrodillarme para prenderme a su miembro hasta dejarlo vacío.

No lo conocía bien, tuve miedo de que me rechazara o de que le contara a Carlos. No podía más de la calentura. Estaba cada vez más excitada.

Le dije que me dejara bien sus datos, que armara un currículum y que al día siguiente lo imprimiríamos en casa y además aprovechábamos para reenviarlo por whatssap, Instagram y todas las redes sociales. El borrego estaba fuertísimo y ese desinterés que demostraba por las mujeres me calentaba más aún. A tal punto que me empeciné en seducirlo, sin que se diera cuenta.

Cuando cerré la puerta me hice una tremenda paja. Apoyada contra la puerta. Estaba tan empapada que pude meter casi tres dedos mientras el culo daba golpes secos en la puerta. Me imaginaba comiéndole la pija a mi sobrino y poseída por ese musculoso que me iba a dar lo que yo necesitaba.

Después de un orgasmo electrizante se me aflojaron las piernas. No podía dejar de sentirlo adentro, tenía su imagen nítida penetrándome con esa tremenda vara. Me fui a dar una ducha, seguía caliente pero ya lo había decidido: me iba a coger a mi sobrino pasara lo que pasara….

Me desperté más caliente que nunca después de ese primer encuentro con mi sobrino. Sabía que, al menos que cometiera alguna locura, era la de mi sobrino la pija más tenía la única pija posible era la de mi sobrino. No sentí ninguna culpa porque todo lo referente a mi marido se me aparecía nebuloso y lejano.

Fue por eso que al día siguiente lo esperé vestida para la guerra. Me puse unas calzas apretadísimas y una musculosa escotada, sin corpiño para que por los costados se pudieran ver bien mis tetas. Me había masturbado en el baño cuando me pegué una ducha y estaba desesperada por una pija que me calmara. Me calenté viendo videos en mi Tablet y siempre con la imagen de mi sobrino penetrándome hasta las entrañas con su pija dura grande gruesa y caliente. Me hice una paja infernal gritando como una loca porque sabía que estaba sola.

A la media hora llegó mi sobrino. Estaba hecho un bombón. Se había puesto una chomba un poco más formal porque le dije que lo ideal para el currículum era sacarse una foto. Que eso inspiraba más confianza. Le comenté también que las rastas podían ser un problema para el círculo de conchetas en las que me movía, la mayoría madres del colegio al que acuden mis hijas.

Cuando fuimos para el escritorio que estaba en el primer piso me encargué de moverle el culo lo más eróticamente que pude. Me había puesto una tanguita diminuta que se traslucía apenas pero que servía para levantármelo bien. Con la capoeira debería cansarse de ver culos rígidos y parados. Cuando llegué al primer piso me agaché para atarme las zapatillas con la intención de que tuviera una vista panorámica de mi culo a ver si lo tentaba.

Me preguntó donde estaba el baño le indiqué y me detuve mirando su cuerpo, tenía las venas marcadas en los brazos y en el cuello y unas manos grandes que me las imaginé agarradas de mis nalgas o sobando mis tetas. Me inquieté porque estaba tardando pero me senté en el escritorio para prender la compu y empezar a armarle un currículum.

A los pocos minutos volvió con mi Tablet en la mano e instintivamente me puse roja de vergüenza. Deseaba que no hubiera visto nada pero algo había visto porque por primera vez pude notar como su pene se había puesto duro y sobresalía por las bermudas. Se me empapó la bombacha y me olvidé del pudor. “Estaba en el videt Tía, te la traje para que no se mojara”, y me estiró la mano con la tablet abierta donde la había dejado. Me puse colorada, pero pensaba que por algo la había traído.

Mientras armábamos el currículum sentía que me miraba las tetas, a propósito, me inclinaba hacia la pantalla para que se escaparan por el escote y los costados. Tenía los pechos brillantes porque me había puesto cremas. Sentía su mirada clavada en las tetas y me volvía loca. Tenía un charco en la vagina. Quería una pija grande para calmarla.

-¿Vos creés que yo le puedo interesar a las mujeres? – me preguntó con ternura.

- Por supuesto. Si sos un chico lindo, tenés buen físico y apenas 17 años. Ya debés haber hecho suspirar a muchas picarón. – le dije mientras la mirada se me desviaba hacia su miembro y sus pantorrillas.

- No te creas Tía, soy virgen. No tuve mucha suerte. – me confesó.

En ese momento mi vagina era un río caliente que latía pidiendo pija. La sola idea de que iba a ser la responsable de desvirgarlo me puso a mil. Le acaricié las mejillas y con ambas manos bajé lentamente por su cuerpo hasta llegar a la cintura. Si miembro parecía más erecto. Se le había acomodado hacia el costado izquierdo y tenía un tamaño apetecible.

-Yo te voy a enseñar cómo se trata una mujer y vas a tener el éxito asegurado – le dije y con mucha suavidad empecé a desabrocharle la bermuda. El empezó a ponerse un poco nervioso y dubitativo. Pero a esa altura yo ya había liberado su pene del calzoncillo y había rebotado hacia adelante como impulsado por un resorte. Era circuncidado y su cabeza quedo a escasos metros de mis labios. El seguía inquieto pero estaba mucho más excitado.

-Hagamos un trato: yo te enseño todo lo que sé y vos me metés toda esta pija hermosa. A los dos nos conviene. - Y me acerqué el índice hacia sus labios en señal de silencio.

Abrí la boca y traté de metérmela todo lo que pudiera. Apenas llegaba a la mitad de lo grande y gruesa que era. Esta tiesa como una piedra, los huevos estaban duros a punto de explotar, tenía una verga caliente y no aguanto más de cuatro o cinco subidas y bajadas de mi cabeza que eyaculó como si nunca lo hubiere eyaculado en su vida.

Me ahogó con el lechazo, tosí, escupí una parte sobre su cabeza que estaba de un color rojo intenso y lubricada por su esperma. Era deliciosa la leche de este chico, se la limpie con desesperación, quería más esperma para saborear. La concha me latía más fuerte, me dolían los labios de las descargas eléctricas que sentía con su esperma caliente en la garganta. Seguía erecta como al principio a pesar de la explosión. Quería una segunda vuelta. Y debutar.

Lo agarré suavemente de su miembro y me lo llevé para la habitación. Lo empujé de espaldas en la cama y le hice otra mamada hasta que la pija quedó otra vez hinchada, con las venas marcadas y bien erguida. Me saqué toda la ropa y me trepé por su cuerpo hasta que los labios de mi vagina quedaron casi a la altura de su boca.

-Lo primero que tenés que hacer es una buena chupada. Eso nos vuelve locas. Si sos un buen chupador te van a dar todo lo que les pidas- le dije con tono de bebota.

Le pedí que sacara un poco la lengua y la busqué con mi clítoris. Y le rodeé la cabeza con las piernas hasta que quedó casi oculto en mi vagina chorreante y necesitada.

Empecé a frotarme en su cara, me tiré para atrás y me topé con una pija que parecía un poco más gruesa que al principio. Era hermosa y quemaba. Esa pja me prendía fuego. La quería adentro. Por fin iba a poder sentarme en la pija que necesitaba hace tiempo.

--Ahora te voy a hacer debutar – le dije y me acomodé la cabeza entre los pliegos de la vagina. La mezclé con sus jugos y me la introduje hasta el fondo. Grité como una gata caliente. Me volví loca. Este chiquilín de 17 años tenía una pija enorme que me perforaba las entrañas. Sentía que me llenaba toda y estaba bien rígida, la sentía rozar mis paredes interiores y me volvía loca. Me lo cogí despacio. Le puse las manos en las tetas para que me las sobara. Le pedí que me apretara los cachetes del culo, que eso hacía que su pija hiciera más presión en mi cueva tibia y empapada. Mi clítoris se rozaba con su tronco. Empecé a sacudir la cabeza y a gritar que me cogiera más fuerte. Seguí cabalgando hasta que sentí un chorro caliente que me hizo ver las estrellas y acabé como una perra mientras su pene seguía duro y chorreaba leche. Volví a probarla, parecía más rica mezclada con mis jugos. Le pedí que me apretara las tetas y cuando me pellizcó los pezones volví a acabar. Estaba feliz

-Estás más buena de lo que parecías en las fotos- Me dijo después de sacarla y con una mano en mi nuca me invitó a que se la limpiara. Parecía otra persona….

Yo había logrado mi primer objetivo, echarme un polvo después de mucho tiempo y con posibilidades de seguir comiendo de esta pija hermosa, tesoro de la familia.

Nos vestimos a las apuradas y como si nada hubiera pasado nos pusimos a terminar de armar el currículum. Tomamos unos mates y planeamos algunas estrategias para ver si podía conseguir alguna changa. El pendejo me había hecho feliz, al menos por un rato.

-Gracias Tía, que buena cogida me pegaste. Nunca me la voy a olvidar – Me dijo cuando me despedía y me dio tanta ternura que le comí la boca con un beso de lengua.

Creo que también era virgen de boca. “Si no sos un buen besador, nunca vas a ser un gran cogedor”, le aconsejé cuando lo acompañaba hasta la puerta y bruscamente se dio vuelta me dio un beso cargado de ternura y suavidad. La pija se le había parado otra vez. Y yo me volví a chorrear la entrepierna.

-Hablamos en estos días. Gracias a vos corazón. Yo tampoco me lo voy a olvidar.

Mi vida parecía haberse ordenado después del sexo con mi sobrino. La calentura me había bajado a niveles normales, nadie había notado mi aventura y había oportunidades de poder seguir saboreando las mieles de esa pija deliciosa y grande que hacía juego con ese cuerpo casi de modelo. A los 43 años cogerme algo así era la solución a todos los problemas, pero de a poco me fui dando cuenta que no era yo la que estaba al mando de la situación.

Pasaron dos semanas desde que lo había desvirgado y yo estaba muchísimo más cachonda que antes. Las masturbaciones nocturnas se pusieron más intensas con el juguete. También me lo empecé a introducir en el culo imaginando su hermosa pija como una gran estaca clavándome toda. Hubo noches en que tuve que hacerme dos para tratar de relajarme, pero su miembro aparecía otra vez para volarme lo sesos.

Me sentía más puta que nunca. Mi marido ya era un recuerdo lejano con el que hablábamos todos los días de las cosas cotidianas, pero con el que habíamos perdido la piel. A tal punto que el último fin de semana largo viajaron los chicos con mi concuñada al Sur para estar con el pero yo me quedé en Buenos Aires alegando algunos problemas domésticos que serían ideales de resolver sin los chicos en casa, como lavar las alfombras. A Carlos le pareció buenísima la idea, me dijo que era la mejor madre del mundo y que me amaba. Yo necesitaba una buena cogida. Estaba caliente, bellísima y no iba a resignarme a dejar el sexo por la familia, la plata o la distancia. Era tiempo perdido que sabemos, nunca se puede recuperar.

Mi sobrino no me llamaba y eso me inquietaba más. Me empecé a sentir paranoica y tenía miedo de que el chico se hubiera arrepentido o le hubiese contado a alguien. Le mandé un mensaje el día de su cumpleaños, unos besos y unos corazones. Pero me respondió a los tres días con un gracias seco que me dejó helada. Me compré otro juguete en el sex shop, un poco más sofisticado que servía para la doble penetración. Otro de los déficits de mi matrimonio era el sexo anal, porque a mi marido “no lo calentaba tanto”. A mí me vuelve loca, me hace ver las estrellas, tengo orgasmos más estridentes y largos y quedo profundamente relajada. Éxtasis.

Sin darme cuenta me había hecho adicta a la pornografía. Veía videos mientras me introducía el o los juguetes. En todos los casos deseaba que fuera la descomunal pija de mi sobrino la que me penetrara. Recordaba sus venas hinchadas y su grosor… con la mano apenas podía cubrirla entera. Pero lo más rico era su leche, para eso no había juguete que alcance. Como el pendejo no me llamaba me armé una cuenta en Tinder. Estaba tan caliente que hasta me llegué a pajear viendo fotos de perfiles. Buscaba pendejos, esa parecía ser mi nueva obsesión.

Llegó el fin de semana largo. Me compré un chip en el kiosco para tener también una línea falsa en el caso de que alguno me quisiera contactar. Me explotó la cuenta, afortunadamente había millones de pendejos con ganas de cogerse a una veterana. Yo había puesto fotos sugestivas, en bikini, en minifalda, en calzas. En todas se veían bien mis curvas, mis tetas y sobre todo mi culo. No puse fotos de mi cara, pero se notaba que tengo un buen lomo a pesar de los embarazos. Cuando ya me iba a mandar alguna ******, llegó el mensaje esperado. Era un audio.

-“Tía mañana vas a estar? Si podés paso a dejarte los currículums. Cualquier cosa avísame. No se si estás o te vas el finde para el Sur. Gracias por el mensaje del cumple. Estuve medio enquilombado para saca el registro y otros trámites. Besos”. Mientras lo escuchaba las palpitaciones de mi vagina se hicieron intensas, estaba empapada y tuve que manosearme un poco el clítoris para calmarme. Si la hacía bien, me lo cogía todo el fin de semana. Tenía la casa toda para mí. Los chicos bien lejos con mi marido y una verga hermosa que me había hecho feliz. Esa cogida despertó todas mis ganas de disfrutar y gozar como se debe.

Dejé pasar dos horas para que no pensara que estaba desesperada, me sentía más cómoda en el papel de señora con experiencia. Pero le mandé un mensaje con toda la intención de calentarlo para que el pijazo estuviera asegurado. “Hola bombón cómo estás. Si no hay ningún problema. Los chicos se van temprano al Sur y yo voy a estar tranquila con los horarios y sola en casa casi todo el fin de semana largo. Avisame cuando quieras pasar y ningún problema, felicitaciones por el registro. 18 años bombón, qué envidia”, le mandé también con voz de bebota cachonda.

La tía con el remise pasó a buscar a los chicos a las 7 de la mañana. Yo aproveché para ir a depilarme y comprar algunas cosas de la casa. Llegué a eso de las 9 y para mi sorpresa mi sobrino estaba esperándome en la puerta. “Hola Tía, pasaba y me tiré el lance”. Me mojé toda y le di un piquito cuando cerramos la puerta de entrada. “Qué sorpresa bebé, te esperaba más tarde. Bancame que me doy una ducha y estoy con vos”.

Había traído su notebook así que me preguntó la clave del wi fi y se acomodó en el living con la televisión prendida. En la ducha estaba muy excitada, quería que abriera la puerta y me cogiera así parada, que me lubricara el culo y me lo rompiera todo. Estaba en llamas, la concha me quemaba y me hice otra flor de paja que me dejó con los pezones erectos y la piel de gallina. Me puse una blusa suelta y un short deportivo y en los pies unas sandalias que suelo usar en casa. Me puse crema, me perfume y me fui decidida para el living para cogérmelo.

Bajé despacio por la escalera par no distraerlo y cuando llegué me encontré con una escena que me puso más caliente. Estaba echado en el sillón masturbando su enorme pija y mirando unos videos con su notebook. Se la manoseaba con esas inmensas manos, con el pantalón apenas desabrochado. Caminé despacio para no asustarlo, me gustaba contemplar como se tocaba, cómo le gustaba. Me quité las sandalias para no hacer ruido y despacio me acomodé detrás del sillón de la sala. Desde ahí veía su enorme espalda y su miembro asomando amenazante. Estaba hinchado, rojo, con todas las venas marcadas. No pude resistirlo

“Necesitás ayuda corazón”, le dije al oído mientras con una de mis manos le corría la suya y me apoderaba de ese hermoso instrumento. Mis tetas quedaron a la altura de su cara. Me levanté la blusa y le pedí que las chupara. En la notebook seguía la película porno. Yo deseaba que tuviera escenas de sexo anal para que me penetrara. “Haceme lo mismo”, tenía pensado decirle. Los labios de mi vagina estaban húmedos, con la otra mano me metí dos dedos y me estremecí. “Chupámela toda”, me dijo con un tono que me calentó más aún porque por primera vez me sentía incapaz de no hacer lo que me pidiera. Me tiré por arriba del sillón. El seguía sentado. “Chupámela así”, me mostro” la notebook y traté de imitar los movimientos. Me tuve que meter la pija hasta la garganta, me quedé sin respiración y todavía la mitad quedaba afuera. Era gorda y larga. Y estaba dura como una piedra. Me di golpecitos en la cara como hacía la de la película y estaba hirviendo.

Me paré delante de él, de espaldas, le llevé las manos a los cachetes del culo para que me los apretara. Mi abrí todo lo que pude para que se tentara. Me agarró de la cintura y acomodó la pija en la vagina. Me senté de un golpe, instantáneamente y tuve mi primer orgasmo. Esa pija me partía al medio, parecía más grande que la del debut.

MI sobrino bombeó con mucho más estilo que en su primera vez. Con sus enormes manos me levantaba por la cintura y me dejaba caer para que el recorrido de su pija fuera más intenso. Sentía su respiración en la nuca, por momentos me agarraba las tetas con fuerza y me las sobaba. Me pellizcaba los pezones como si tuviera experiencia. Yo en ese momento era su puta, no una tía experimenta.

Comenzó a tomar la iniciativa. Me pidió que me pusiera en cuatro en el sillón y le abriera los cantos. Me empezó a coger fuerte, su pija me daba mucho placer, acabé otra vez, gritando como como una loca: “Cómo me gusta esa pija pendejo, te la voy a comer toda”, le dije gritando. “Cogeme toda, soy tu tía putita”. Sentí que esas palabras surtieron efecto porque su pija se hinchó y sentí escalofríos por la espalda. Y cuando me metió uno de sus enormes dedos en el culo vi las estrellas. Estaba desatada, quería coger hasta que se terminara el mundo.

“A tías putitas como yo les gusta que le rompan el culo”, le dije y me abrí los cachetes con las dos manos. Le agarré la pija y se la acomodé en la entrada de mi orificio. Lo tenía dilatado por mis jugos y por esos enormes dedos que le pedí que me metiera mientras me cogía como a una perrita en celo. Me penetró con dulzura, sin que me doliera nada, se quedó unos instantes quietos hasta que yo empecé a moverme lentamente con esa enorme pija clavada por el culo. Me temblaban las piernas y no pude contener el orgasmo cuando me descargó un chorro de leche tibia y espesa. Se desplomó sobre mí con su vara metida hasta los huevos. No quería que la sacara, quería más.

Nos dimos unos abrazos y le pregunté si quería quedarse a almorzar. Asintió con la cabeza. Silenciosamente bajó la tapa de su notebook y se subió los pantalones pero se quedó en cuero. Las gotas de sudor lo hacían más brillante. Yo había acabado tres veces, tenía su leche chorreando por la entrepierna con el culo bien abierto pero seguía caliente, quería más…

Me pidió una toalla para darse una ducha y mientras tanto yo preparé algo rápido y liviano para comer. Yo tenía solo hambre de pija. Volvió con la toalla en la cintura porque había dejado la remera en el sillón y comimos en la mesa de la cocina. El seguía con la toalla en la cintura y una remera liviana. Y ahí fue cuando me di cuenta de que era él que tenía las riendas. “Ahora te voy a dar el postre”, me dijo y se abrió la toalla. Su pija asomó inmensa, estaba a medio parar pero con todas las venas marcadas. Los huevos estaban más firmes después del primer polvo y no me pude resistir. Me abalancé sobre esa pija y se la succioné con con ganas. Jugué con mi lengua en su prepucio y eso lo excitó más me agarró de la nuca y me hundió la cabeza hasta donde pude. Esta vez la verga había entrado mucho más porque pude sentir el cosquilleo de los pelos de su pubis en mi nariz. La sentía hasta la garganta, era deliciosa. “Me vas a tomar toda la leche tía”, me dijo y haciendo presión con su mano en mi cabeza descargó otro chorro de esperma tibia, rica que me hizo acabar mientras me frotaba. Se la seguí chupando unos largos minutos más, hasta que fue cediendo. Aun así, en reposo, era grande y gruesa. “Sos putita tía eh”, me dijo mientras con un dedo me daba un poquito de su semen que había quedado afuera. “Te gusta la leche eh”. Yo le di una respuesta instantánea de la que luego me arrepentiría. “Me encanta la leche, me encanta que me cojan y que me rompan el culo”. Se sonrió con un halo de misterio, con cuando uno está pensando en algo. Y eso me puso de nuevo putita y cachonda.

Me dijo que se iba a reunir con su grupo de capoeira en una plaza que no está muy lejos de casa y que después más tarde me mandaba mensaje a ver en qué andaba. “Qué lío se armaría si se enterara el tío no?”, me preguntó con el mismo semblante que le había descubierto después de mis palabras. “Si hacemos las cosas bien, no tiene por qué enterarse”, me tranquilizó. Pero estaba equivocada.

Me pegué una ducha. Todavía me palpitaba el culo con tremenda cogida. Estaba llena pero no satisfecha. Quería más porque sabía que con la casa vacía era mi oportunidad. Me hice otra paja y me dormí una siesta reparadora porque las piernas me habían quedado flojas. Cuando me desperté quedé ********** cuando abrí el teléfono. Había un mensaje de mi sobrino y un link para ver un video. Me puse nerviosa y cuando se abrió casi me caigo de espaldas. Era yo gritando, pidiendo pija, chupándosela en el sillón. El muy hijo de puta me había filmado con la notebook sin que yo me diera cuenta. Cómo se la mamaba mirando a cámara con el afán de imitar lo que veíamos en las películas. Duraba un minuto y no había dudas de que era yo en el sillón de mi casa. El corte lo dejaba a él sólo hasta los hombros por lo que supe que lo tenía planeado, que no había sido una casualidad. Más allá del estupor las imágenes me calentaron, tenía miedo de que todo explotara, pero también de que mi vida sexual era una ****** y la tenía que cambiar. Pagando el costo que tuviera que pagar. Había imágenes nítidas de mi culo abierto con mis dos manas y yo pidiendo que me lo rompiera como una golfa. Me tomé un whisky para tranquilizarme. Y no respondí el mensaje, pero le clavé el visto.

Pasaron las horas. Yo estaba perturbada. Seguía caliente porque esperaba otro fin de semana pero quería saber cuál iba a ser su próximo paso. Me entretuve un rato mirando tele hasta que escuché el timbre de casa. Estaba con un vestido suelto y sin ropa interior porque estaba esperando su mensaje. Cuando abrí la puerta me quedé sin palabras. Estaba mi sobrino con dos amigos en la puerta esperando que les abra. “Si haces todo lo que yo te digo, no tiene por qué enterarse el tío”, me dijo al oído mientras con una mano me agarraba fuerte de las nalgas y con uno de sus dedos se cercioraba de que yo seguía muy caliente y toda empapada…. “A las tías putitas hay que ayudarlas también”. Me sentía su esclava, pero seguía en llamas.

“Son chicos buenos y necesitan que les enseñes como me enseñaste a mí”. Yo estaba petrificada. De pronto me había convertido en una puta sin retorno. Tenía miedo, pero seguía mojada, la concha me latía cada vez más fuerte y el culo se me dilataba. No pude decir una palabra, solamente abrí la puerta y los invité a pasar. Había que hacer lo que él dijera. No tenía otra alternativa. A falta de una pija, ahora tenía tres….

Cuando cerré la puerta noté que estaba rodeada de tres *********tes ardientes. No me gustaba ser víctima de un chantaje, pero en el fondo estaba dispuesta hacer todo por la causa. Me iba a dejar llevar por mi sobrino, lo iba a dejar dominar la situación hasta que yo me sintiera capacitada para tomar las riendas. Tenía una remera suelta, que me llegaba hasta un poco más debajo de las nalgas. Cuando me puse en puntas de pie para cerrar la puerta con las trabas deje que pudieran verme bien el culo. Mi sobrino yo lo conocía en profundidad, pero estaba seguro que sus dos amigotes nunca habían tenido algo ten apetecible cerca.

“Esta es la tía putita de la que les hablaba”, les dijo con tono socarrón. Y me presionó los hombros hacia el piso. Me arrodillé y quedé con la cara cerca de las tres braguetas. Estaba empapada. Tenía algo de temor porque no tenía con mi sobrino una gran confianza. De pronto sentí que me vendaban los ojos con un pañuelo. “Ahora vamos a ver cuánto sabe de pijas la tía putita”. Empecé a temer por mi seguridad, pero ni tuve tiempo de preocuparme que ya uno de los amigos de mi sobrino me había puesto su pija en mi boca. No olía a perfume como la de mi sobrino, era ancha y más bien corta. Tenía olor a semen como si se hubiera masturbado en las últimas horas. “Quiere que se lo chupes como en el video”, me dijo mi sobrino mientras me apretaba las tetas y su amigo presionaba con su pene en la comisura de mis labios.

La probé con la lengua, me sentí sucia lamiendo una pija desconocida con olor a semen. Se le puso erecta enseguida y me empezó a bombear en la boca. Yo chorreara jugos calientes. Mi vagina latía. No sabía si estaba preparada para vivir situación semejante pero me dejé llevar. Con mi otra mano le acaricié los huevos, la panza, traté de acariciarle el culo que era más peludo y robusto que el de mi sobrino. “Quiere que se la tomes toda, que no se te escape ni una sola gota, tía putita”, me dijo mi sobrino tirándome del pelo. Me excité más. Quería sentir esa leche corriendo por mi lengua hasta mi garganta. Cuando sentí que sus huevos se contraían presioné la pija con mis labios para que no se escapara nada. Recibí un chorro caliente, tibio, era una leche espesa y un poco más agria. Me la tome con gusto. Siempre me gustó que me llenaran la boca.

No me dieron ni un respiro, cuando sacó su pija ya flácida otro miembro me invadió la boca. Era más largo y pero un poco menos anchos. El tamaño ideal de pija para mi gusto porqué podés metértela hasta los huevos sin sentirte ahogada. Yo seguía de rodillas y con los ojos vendados. Mi sobrino estaba atrás mío y me acariciaba las tetas. Cuando vio que estaba comiendo esa nueva pija con entusiasmo me inclinó un poco hacia adelante para que mi culo sobresaliera. Sentí una lengua caliente en mis entrañas. “Ahhhhhhhhhhhhhhh”, grité y en ese mismo instante su amigo me descargó un chorro de semen en la cara, estaba más rica que la anterior, más dulce y más tibia. Tenía mucha acumulada porque tuve que necesitar más de tres tragos para acabármela toda. Cuando se corrió sentí cómo mi sobrino me penetraba por la concha. Por la posición mi clítoris rozaba su pene en cada bombeo y eso me puso loca. Me sacó la venda de los ojos. Vi que sus dos amigos se habían sentando en el sillón y se masturbaban mientras mi sobrino me penetraba en posición de perrito. Mis tetas se sacudían para atrás y para adelante ante cada embestida y yo acabé dos o tres veces más con ese trozo tierno de carne caliente perforándome ante la vista de los desconocidos. Estaba exhausta, quería que se fueran y que todo esto terminara así, sin mayores consecuencias. Pero me equivoqué otra vez.

Mi sobrino seguía bombeando y con sus dedos me iba trabajando el culo. Eso me puso loca. Uno de sus amigos se arrodilló y me puso la pija en la boca. Cada envión de mi sobrino hacía que la pija se su amigo se me metiera hasta la garganta. El otro también se unió y me empezó a sobar las tetas. Yo quería que me dispararan más semen. Estos chicos tenían mucha acumulada, estaban muy calientes. Ya me había liberado de todos mis prejuicios. Pero otra vez fue mi sobrino el que me puso en caja: “Joaquín --- le dijo al que me sobaba las tetas – traé la camarita”. Me negué con la cabeza, le pedí por favor que no lo hiciera que ya bastante tenía. Pero no me hizo caso. “Si la tía putita no se quiere hacer famosa en internet va a tener que hacer lo que le digamos”. Se levantó de las cuclillas en las que estaba para penetrarme por atrás y puso la pija en mi boca, chocándola con la de su amigo. “A la tía putita le gusta la leche”, le dijo al amigo y se cercioró de que el otro estuviera filmando. “Ahora quiero ver cómo me la tomás toda, tía putita” y me llenó la cara de leche tibia. “Limpiala con la lengua, putita, no quiero que quede nada”, me ordenó. Yo a esa altura era su putita y su esclava.

Yo olía a semen, estaba transpirada y con las piernas flojas. Desnuda tirada en el living de mi casa con tres *********tes calientes dispuestos a cogerme hasta que tuvieran ganas. Yo nada iba a poder hacer. “Sería una lástima que esos videos se viralizaran”, me amenazó. Yo todavía sentía la mezcla de sabores de semen en mi boca y hacía presión con la lengua en el paladar para degustarla hasta el final. Mi sobrino me pidió que me levantara y que fuéramos par el cuarto. Mientras subíamos la escalera me metió un dedo en el ano, hasta el fondo que me hizo estremecer. No pude contener el suspiro y eso lo envalentonó un poco más. “A la tía putita le gusta que le rompan el orto”, les avisó a sus amigos que veían como me retorcía de placer con el dedo en el culo, un dedo que tenía el tamaño de una pija.

Cuando llegamos se sentó en el borde de la cama y me obligó de nuevo a arrodillarme. “Haceme una turca”; me dijo. Acá le decimos turca a meter una pija entre las tetas. Tenía los pechos hinchados con tanta excitación y se la chupé un poco para que se deslizara mejor entre mis senos. El mas gordito seguía filmando con una mano y con la otra se acariciaba el miembro y el otro me metió uno de sus dedos en el culo y me preguntó: “¿Puedo meterle la pija por acá, señora?”. Asentí con la cabeza mientras seguía mamándosela y haciéndole una turca a mi sobrino. Sentí como era penetrada por el culo. Era el que tenía la pija corta pero ancha, me hizo ver las estrellas porque lo metió con torpeza y era demasiado gruesa. Los jugos de mi sobrino en la boca y los pellizcones que a cada rato me daba en los pezones me hicieron ponerme más puta todavía. “Más fuerte, por el culo hay que coger bien fuerte”, le dije sin importarme tres carajos que hubiese quedado escrachada con la cámara. Si ese iba a ser el polvo previo al gran escándalo, por lo menos lo iba a disfrutar.

Mi sobrino se acostó en la cama, con las piernas a un costado de la cama. “Montame tía putita”, me dijo mientras con sus manotas me colocaba casi sin esfuerzo arriba de su pija. Quedé como abrazada porque el otro se colocó atrás y me la metió hasta el fondo del culo de un solo empujón. Yo estaba en éxtasis. Nunca en mi vida había sido penetrada por dos pijas y era una sensación inigualable. De a poco los dos empezaron a bombear con coordinación y yo volaba de placer. Sentí un chorro caliente de leche en el orto. Yo seguía clavada en la pija de mi sobrino que cada vez la tenía más dura y mas ancha. El otro amigo, que recién me había llenado la cola de semen se me arrodilló a un costado. “Señora, me dijeron que le gustaba dejar las pijas bien limpitas”, y me la metió en la boca. Tenía un pene en cada uno de mis orificios, olía a semen y estaba gozando como nunca en la vida. Acabe dos veces y después llegó una catarata de orgasmos cuando mi sobrino me acabó en las entrañas. No tenía miedo de quedar embarazada porque después del tercer embarazo me ligué las trompas, así que disfrute su esperma caliente recorriendo mi cueva insaciable. Su otro amigo también me acabó en el culo. Sentí como su esperma caía por mis nalgas cuando se decidió a sacarla. Nos quedamos quietos un rato más. Como adormecidos. Yo ya no tenía noción de la hora que era. Se habían hecho las once. Hacía más de tres horas que era la esclava sexual de estos sementales que no podían creer lo puta regalada en la que me convertía cuando estaba caliente.

Me acostaron en la cama. Me abrieron las puertas y me siguieron penetrando una y otra vez, altercadamente. El más gordito era el que mejor cogía, sabía usar sus manos y me frotaba el clítoris en cada embestida. Yo me chupaba los dedos para no gritar más y más fuerte. Me cogieron durante una hora más. Me acabaron en las tetas, en el culo, en la cara, hasta que se hicieron las tres de la mañana. Me ardía un poco la vagina con tanto frote y tenía el culito flojo, porque varias veces la sacaban de adelante para meterla en el culo y descargar ahí su leche.

Mi sobrino me miraba con una sonrisa intrigante. Tenía su mástil erguido y amenazante. “Ahora te voy a dar el último lechazo” y acto seguido me lo metió en la boca. Eyaculó un montón de semen, como si fuera su primer orgasmo. Estaba más rica, como recién producida y me prendí a esa pija hasta no dejar ni un rastro de leche.

Mientras me cogían se habían tomado todo el whisky habían arrasado la heladera como hacían los amigos de mi hijo cuando volvían del campo de deportes.

“Me pregunta el tío Carlos si me pudiste dar una mano”, me avisa socarronamente mi sobrino siembras me palmea otra vez los cachetes el culo. Lejos de espantarme me volví a mojar y me lo hubiera cogido una vez más si no fuera porque se iban a una fiesta.

“Quedate tranquila, tía putita, yo no le voy a decir a nadie esto que hicimos. Pero me vas a tener que seguir dando los gustos hasta que tenga ganas”. Me apretó de nuevo el culo y se fue con sus amigotes de sábado a la noche. Yo estaba exhausta, no quería bañarme porque me agradaba sentirme tan sucia y tan puta. Por primera vez en la vida sentía que había sido bien cogida. Sólo por eso voy a dejar que este pendejo me haga lo que quiera.

© Ulpidio
発行者 AkuSokuZan
7年前
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