Mi jefe
Historia creada por ilikethembig1987. Puedes encontrar más de él en su perfil de xtudr.
Capítulo 1
Lo odiaba. Odiaba trabajar ahí. A ******. Pero me consolaba a mí mismo diciéndome que era sólo un trabajo de verano, que acabado septiembre la pesadilla terminaría de una vez por todas.
No, no os penséis que trabajaba limpiando el culo a ancianos o picando en una mina boliviana. Tan terrible no era la cosa, pero aún así, para mí era insoportable.
Me explico. Trabajaba en unos conocidísimos grandes almacenes españoles, los del triángulo verde, ya os imagináis cuáles. Esos en los que los empleados tienen que ir en traje y corbata y las empleadas hasta hace dos telediarios sólo podían vestir blusas horrorosas y faldas cortas. Esos en los que cuando entras como cliente se te acercan mil vendedores cual aves rapaces ante una presa fácil e indefensa, o bien no encuentras a ningún vendedor que te eche una mano como si les hubiese tragado la tierra. Esos grandes almacenes en los que la megafonía acaba alienando a los clientes (y trabajadores). Esos en los que hay tales luchas por hacer ventas para ganar comisiones que el día menos pensado abrirán los telediarios diciéndonos que un vendedor a matado a otro porque éste le "levantó" un cliente que iba a comprar un par de calcetines.
Pues bien, ahí trabajaba yo, en uno de sus centros de la periferia de Madrid. Era por unos meses nada más, un curro de verano hasta que empezase el curso siguiente en la universidad. No pagaban mal (dentro del penoso panorama salarial español, claro). Trabajaba en la sección de ropa para caballeros y cada día acudía a mi puesto de trabajo trajeadito y perfumado dispuesto a vender ropa de marca bastante cara a gente de clase media en su mayoría, de esa que por llevar el cocodrilo de Lacoste en su pecho se creen poco menos que Florentino Pérez aunque luego tengan apuros para llegar a fin de mes. Pero bueno, dejaré mis reflexiones sociológicas para otro momento.
Si ya de por sí la empresa es el colmo de la ranciedad, del clasismo y del machismo (puesto que en todo el centro había sólo UNA jefa de sección), en la sección de caballeros era aún peor. Casi todo el personal eran hombres, y la mayoría una panda de fachillas engominados que se pasaban el día mandurroneando, haciendo comentarios subiditos de tono sobre las mujeres, creyéndose los duelos y señores del lugar, poniendo verde a Zapatero y su gobierno (odiaban especialmente a Bibiana Aído y a Zerolo), etc. Vamos, un ambiente de trabajo "ideal" para un maricón de izquierdas. Intentaba estar calladito, pero a veces lograban indignarme tanto con sus comentarios que no podía evitar soltarles alguna de mis "contestaciones-cuchillada". Como pensaba largarme de ahí a finales del verano, me podía permitir ese lujo de opinar. De mi sexualidad yo no hablaba, aunque sospechaba que ellos sabían de qué pie cojeaba. No es que yo sea un plumero andante, pero tampoco voy de machito heteraco. Y aunque a ellos no les había dicho que yo era gay, tampoco iba a decirles lo contrario ni a seguirles la corriente en sus comentarios sobre tetas, coños, tías, etc. Me negaba a hacer el paripé y a dar explicaciones a ESA gente. Ni tenía por qué hacerlo
Mis días normales consistían en colocar y poner alarma a la mercancía nueva, en tener la ropa bien colocada, en vender todo lo posible, en estar de charla con los demás vendedores y en cumplir todas y cada una de las órdenes de Don Gregorio, mi jefe.
Don Gregorio era, sin lugar a dudas, el peor de toda esa panda. ¿Aspecto físico? 58 años, tan alto como yo, con algo de papada, con barriga grande y firme, pelo no muy abundante y cláramente teñido engominado para atrás, ancho de hombros, pierna fina y manos grandes y rugosas. Si a ello le unimos sus trajes impecables a medida, su voz grave y autoritaria, su cara de putero vicioso y sus aires de estar por encima del bien y del mal, no habría sido descabellado que alguien por la calle le confundiese con el típico mafioso de la construcción. Ideológicamente era totalmente contrario a mí: nostálgico de los años del régimen franquista y de la etapa Aznar (su líder ideológico y poco menos que un Dios), antiabortista, contrario al uso del preservativo, contrario a llamar matrimonio a las uniones entre personas del mismo sexo, detractor enfermizo de Zapatero y compañía, adicto a la COPE (sobre todo en la etapa Losantos), etc.
Además, Don Gregorio apestaba a tabaco y a alcohol. Siempre. Todos los días. La broma en el departamento era que desayunaba cubatas y colillas de cigarro. Pero creedme, no era de los que beben alcohol y se vuelven más simpáticos. Nada más lejos de la realidad. Su estado era de permanente cabreo, soltando borderías y brabuconadas a las empleadas, disfrutaba en su papel de jefe autoritario. Y sobre todo conmigo. Disfrutaba amargándome la existencia de forma no muy sutil. Yo sabía que era porque yo era gay y no le seguía la corriente en sus comentarios fuera de tono, al contrario que mis compañeros. Eso le cabreaba sobremanera Sabía que conmigo no colaba. Pero claro, él se cobraba su particular venganza de manera más o menos sutil.
Si había que ir al almacén a buscar una prenda concreta en una talla concreta que no teníamos expuesta, siempre me tocaba a mí. Si venía un cliente buscando algo que en nuestro centro no teníamos y había que mirar si en cualquiera de los tropecientos centros de España lo había, me tocaba a mí. Si había que pasar el polvo por los expositores, me tocaba a mí. Siempre a mí. Y siempre bajo la mirada atenta de regodeo de Don Gregorio. Era su forma de castigarme por ser independiente y no someterme al espíritu y la forma de pensar de la empresa.
Sin embargo, igual que hacía lo anterior, luego no le costaba nada felicitarme por determinadas ventas que hacía bastante jugosas, o me colocaba en plan padre el nudo de la corbata cuando veía que ese día me había salido un poco chapucero, o se ofrecía para sujetarme la escalera cuando me tenía que subir a ella para coger algo del altillo del almacén.
Vale. Lo confieso. A pesar de que por la anterior descripción de Don Gregorio os podría llevar a pensar que le odiaba, lo cierto es que no, o al menos, no del todo. Una parte de mí, la parte 100% racional, le odiaba y despreciaba y criticaba y me decía que Don Gregorio era todo lo que he dicho malo de él y mucho más. Pero la otra parte, la parte 100% primitiva, irracional y de puta sumisa pasivorra deseaba con todas sus fuerzas a Don Gregorio y que éste me violase sin piedad en el almacén, pues no hay nada que me haga perder más la cabeza que un maduro dominante y cabrón. Además, sospechaba que Don Gregorio tenía una buena porra y unas buenas pelotas, porque la tela del traje así lo dejaba adivinar y todos en el departamento nos reíamos de que Don Gregorio cada dos por tres se estaba tocando el paquete. La broma generalizada era que lo hacía porque tenía ladillas, pero mi mente sucia prefería pensar que era por el tamaño de su miembro.
Obviamente, yo no era de esas personas que según cuentan en internet se atreven a dar el paso de insinuarse para ver si al tio que les mola le van o no los tíos. No, yo me dejaba guiar por mi parte racional. Y menos lo iba a hacer con mi jefe, menos aún con ese jefe y menos aún en esa empresa. Yo sólo daba rienda suelta a mis fantasías en los momentos de soledad en mi casa. Con eso bastaba. Además, tenía anillo de casado y nada absolutamente me hacía pensar ni por un momento que no fuese un macho ibérico hetero como aparentaba
Sin embargo, en ocasiones, en muy raras ocasiones tan frecuentes como una alineación de planetas o el paso de un cometa, la vida le coloca a uno en situaciones en que parece que todo el universo se ha puesto de tu parte. Concretamente, el 30 de junio de aquel verano. Para los que tenéis la suerte de no haber tenido contacto con el mundo del comercio, es uno de los "días horribilis". El día de antes de inicio de rebajas, en que toooodo el personal se tiene que quedar por la noche cambiando etiquetas de precios, poniedo los carteles de rebajas, etc. Un planazo, vamos.
Esa noche Don Gregorio, que para mí tenía más cara de putero vicioso que nunca, llevó vino y algo de comer para amenizar el momento. Era de los pocos momentos distendidos del año en los grandes almacenes, que comenzaba tras cerrar al público, tanto que incluso, por asombroso que pueda parecer, se podía no estar en traje y corbata y vestir cómodo. Para Don Gregorio, que era la persona más seria del mundo, eso significó como quitarse la corbata de la bandera de españa y la chaqueta del traje y dejar de disimular su tripa (que yo personalmente encontraba muy atractiva) bajo ésta. Su camisa la desabotonó un poco, dejando ver su pelo del pecho de macho. "Mmmm" pensé para mis adentros.
Las horas de faena pasaron, y ya tocaba irse a casa. A lo tonto todos estábamos un poco bebidos, aunque a Don Gregorio no se le notaba especialmente, ya que siempre iba bebido. Vale, yo más que el resto, porque el vino espumoso ese no sé qué tenía pero me había pegado un pelotazo increíble. ebrioSinceramente, ni yo (ni mis compañeros) me veía apto para conducir. La alternativa era volverme en autobús, pero ya a esas horas no pasaba. Cojonudo. Ni atinaba casi a meter la llave para abrir la puerta del coche. De repente, como salido de la nada, apareció un cochazo de gama alta color gris metalizado que se paró a mi lado. La ventanilla del *****oto se bajó. Para mi sorpresa, era Don Gregorio.
- Niño (así llamaba a todos sus subordinados aunque sabía que lo odiábamos), no te veo en condiciones de conducir, dijo.
- Bueno, la verdad es que tampoco tengo muchas más alternativas para volver a mi casa, dije yo (lo confieso, quizás con carita de chico desvalido. Además, me he olvidado de las llaves de casa, acabo de ser consciente, añadí (MENTIRA PODRIDA!! No podía ser, me estaba atreviendo a echarle cuento para que me invitase a su casa. Estaba loco por hacerlo)
- No es problema, te puedes quedar a dormir en mi casa, tengo sitio. (Bien, bien, bien!!)
- Pues muchas gracias, Don Gregorio. Es usted muy amable (sospecho que esto lo dije poniendo cara de putilla pasiva, pero ya no lo recuerdo muy bien)
El camino a casa no fue nada del otro mundo. Bueno, eso si no tenemos en cuenta que iba excesivamente rápido conduciendo su pedazo de BMV. Mi parte racional me decía que era porque estaba él también ebrio y por lo tanto, su percepción del riesgo estaba disminuída. Mi parte irracional y "emocional", en cambio, me decía que iba tan rápido porque era un machito que quería lucir su poderío y virilidad a través de su coche y su forma de conducir. En cualquier caso, en 10 minutos nos plantamos en su casa. Para mi sorpresa, no era un chaletazo impresionante como imaginaba. Era un bloque de pisos nada extraordinario.
Cuando abrió la puerta de su casa, observé que estaba a oscuras, vacío. Mi curiosidad me podía:
- Don Gregorio, ¿y su mujer y sus hijas?
- No vivo con ellas. Me he divorciado y ellas se han quedado en la casa de las afueras y yo me he venido a vivir al centro. Te ruego que seas discreto en la empresa, no quiero cotilleos, ¿de acuerdo?
- De acuerdo, pero... ¿y por qué lleva el anillo de casado todavía?
- Bueno, de cara a la ley ya no estoy casado, pero de cara a la Iglesia lo sigo estando, y eso es lo que vale para mí.
- Comprendo
Encajaba eso con su perfil religioso y ultraconservador. También los libros en sus estanterías de Losantos, César Vidal, biografías no autorizadas de ZP, el hecho de que camino a su casa hubiese puesto la COPE, su macrofoto de cuando hizo la mili, etc. Yo por mi parte no decía ni mu. A pesar de mi edad estaba curado de espanto.
Acto seguido Don Gregorio me indicó dónde estaba el cuarto de invitados y se despidió para irse a su cuarto. Eso me supuso un jarro de agua fría. ¡Vaya chasco! Pero también... ¿qué esperaba? Había que ser realista de una vez. A Don Gregorio NO le iban los tíos. ¡Qué idiota había sido! Me desvestí hasta quedarme en calzoncillos y me metí en la cama del cuarto de invitados y apaqué la luz. De fondo podía oir a Don Gregorio en el baño mientras meaba y luego oí el grifo abierto. Después, nada de nada. Apagó su luz también. Ya en la cama, me puse a barajar la estúpida idea de ir a su cuarto y meterme en su cama. Lo descarté. Me parecía una locura y un ******** laboral en toda regla. Pasado un rato, me quedé dormido. Mañana sería otro día.
De repente, en mitad de la noche, me desperté. Había oído un ruido. ¿Cuánto tiempo había pasado? Según el reloj de mi móvil, poco más de media hora desde que calculé que finalmente me había quedado dormido. La luz del pasillo se encendió, y ésta entró en el cuarto en que me hallaba, ya que tenía la manía de no cerrar nunca las puertas porque me agobiaba. También oí pasos. Lo que menos esperaba era lo que sucedió a continuación.
Para mi enorme asombro, ahí estaba Don Gregorio, en el umbral de la puerta del cuarto de invitados, completamente desnudo. Veía su silueta perfectamente: su pelo ligeramente despeinado, su pose autoritaria, su barriga grande y firme, sus piernas delgadas y...para mi muy agradable sorpresa, su enorme pene. Era más corto de lo que en mis fantasías sexuales aparecía, pero qué grosor...mmm. En ese instance mi ano se estremeció y se empezó a humedecer solo, autolubricándose. (Quizás esté exagerando un poco, pero no en lo del tamaño de su polla, sino en la reacción de mi ano). Su voz rompió el silencio de la situación:
- Pensaba que las putitas mariconas de Zapatero eráis mucho más atrevidas, pero veo que me equivocaba. Yo esperaba que aparecieses por mi cama y podía haber seguido esperando eternamente, visto lo visto
- Emmm... soy de izquierdas, pero no apoyo en absoluto a Zapatero.
- Luego no niegas que seas una putita maricona, ¿eh putita?
- Bueno, es que... Zas!! Don Gregorio me había plantado un bofetón que me había dolido bastante y me había pillado desprevenido completamente.
- Si quisiera que me dieses conversación, te hubiera invitado a tomar un café, no a dormir en mi casa. Abre tu puta boca, cómeme el cipote y calla.
Y así hice, mandé a la ****** a mi parte racional y me entregué en cuerpo y alma a comerle su vergota madura. Lo deseaba muchísimo. Él al principio se dejaba hacer, pero en un momento dado, decidió que ya era hora de que yo dejase de hacerle una mamada para pasar a que él me follase la garganta. Me tenía agarrado de los pelos y con su mano me empujaba la cabeza hacia su pollón mientras él empujaba con su polla bien adentro de mi boca. Mientras, me llamaba puta, putita, zorra, roja de ******, maricona socialista, etc. A veces tenía arcadas, pero intentaba disimularlas todo lo posible. A su vez yo intentaba no ahogarme con mi saliba y su muy abundante líquido preseminal.
De repente, me agarró de los pelos hacia atrás para que dejar de follarme la garganta y me ordenó ponerme en la posición en que los musulmanes rezan en las mezquitas. Él se fue a coger lubricante al baño a toda prisa. Estaba como poseído, con los ojos salidos de las órbitas. Yo me sentía feliz de estar complaciéndole, era increíble. Ahora era mi hombre, mi macho y me deseaba. Y yo lo sabía.
Volvió a la cama, me echó un buen chorro de lubricante en el ano.
- Te voy a destrozar este coñito que tienes, so putita. Y te lo voy a preñar bien "preñao", hasta arriba de leche, dijo
- Mmmm...sí, llénemelo enterito, señor. (Me encantaba ser tan sumamente puta en la cama, no lo podía evitar)
Y así hizo. Me estuvo penetrando bien penetrado durante una hora, calculo. Por atrás, de lado, estando él de pie y yo al borde de la cama, etc. Se corrió una vez dentro, lo sentí, sentí la leche caliente en mi interior y le oí gemir como un loco mientras me arreaba buenos azotes en el culo. Pero no paró, me siguió penetrando como si yo fuese un saco de patatas de su propiedad. Se volvió a correr y yo me corrí también. Cuando ya no pudimos más ni él ni yo, se sacó la polla de mi culito y me hizo limpiársela con la lengua, en plan "castigo" por ser tan puta. Como si fuese un castigo, ya ves.
- Como digas una sola palabra de todo esto, te buscaré y te mataré, ¿me entiendes?, dijo Don Gregorio.
- No se preocupe, señor, no pienso decir ni una palabra de todo esto. Además, ¿quién me creería?
Para mi sorpresa, me hizo un gesto como diciéndome que me abrazase a su cuerpo para dormir. Así hice. Estábamos empapados de sudor. Me sentía muy bien. Acto seguido, nos dimos un morreo con lengua. Pude sentir el sabor a tabaco y a alcohol de su boca. Me encantaba. De repente, me soltó un azote en el culo.
- Ahora a dormir, ordenó.
Y así hicimos. Al día siguiente, que era el inicio de las rebajas, estaba destrozado por el cansancio, la marea humana de gente y el dolor de garganta y culo. Pero había merecido la pena.
Capítulo 2
Habían transcurrido ya varios días desde la noche que había pasado con Don Gregorio, mi jefe, y también desde el inicio de las rebajas. Habían sido días de mucho trabajo y mucho estrés, pero afortunadamente ya empezaba a normalizarse la cosa.
En estos días había podido notar a Don Gregorio bastante más autoritario y mandón que de costumbre, especialmente conmigo, pues en los escasos momentos en que no había clientes comprando en mi departamento, él aparecía y siempre tenía una orden que darme: que si tener la ropa colocada a la perfección, que si pasar el polvo por enésima vez en un mismo día, que si volver a comprobar que todo estaba bien etiquetado con las pegatinas de descuento, etc. Me tenía enfilado, sin embargo, aunque me quejaba de ello con mis compañeros de sección, en cierto modo disfrutaba de su posición dominante sobre mí, de su forma tan autoritaria de ejercer su puesto de jefe.
Afortunadamente, era sábado por fin y al día siguiente el centro comercial cerraba. Me dolía todo, especialmente los pies, por lo que contaba cada minuto y cada segundo que quedaban hasta acabar la jornada. Ese día, los jefazos (y jefecillos), entre los cuales Don Gregorio, no paraban de charlar sobre el plan que les esperaba por la noche. Don Ramón, otro jefe de la zona de caballeros, se iba a casar y el grupito de "fachillas engominados" tenían pensado celebrar algo parecido a una despedida de soltero. Aunque no daban más detalles, sospechaba que iban a ir a uno de los múltiples puticlubs de la zona. Encajaba en su perfil de machos conservadores muy de derechas contrarios al aborto y demás causas perdidas de la Iglesia. ¡Qué putos hipócritas! Me ponía enfermo su doble moral.
Por fin llegué a mi casa. Eran las 22.30. Estaba tan molido que cené algo deprisa y me metí corriendo a la cama. Tan sólo quería dormir y recuperar horas de sueño. Me quedé dormido enseguida. Sin embargo, en mitad de la noche, el sonido de llamada de mi móvil me despertó. Número desconocido. No obstante, lo cogí.
- Sí, ¿dígame?
- Hola niño, ¿quieres polla?
- Esto...¿eres Don Gregorio?
- Sí, soy yo, ¿quieres que te dé polla esta noche?
- (Cayendo en la cuenta de que tenía mi móvil por si alguna vez tenía que llamarme para cambiarme el turno o algún imprevisto) ¿Ahora? ¿No es un poco tarde, Don Gregorio?
- Puta, ¿quieres que te dé polla o no? Te voy a buscar con el coche.
- Claro que sí, dije sin pensármelo dos veces. (Desde que me folló en su casa la vez anterior no había sido capaz de quitarme de la cabeza su cuerpo, su actitud al follarme, su impresionante pollón, su voz grave y castigada diciéndome cerdadas mientras se la mamaba o me follaba...Mmm)
- Bien, estoy aparcado enfrente de tu portal. Te doy 5 minutos para bajar. Si no llegas en ese tiempo, le daré mi pollón a otra zorrita. Te espero.
Me vestí deprisa y corriendo. En absoluto quería perderme otro momento a solas con Don Gregorio. El deseo tan primitivo y salvaje que despertaba en mí hacía que me importasen una ****** las consecuencias de acostarme con mi jefe de 58 añazos. Sólo tenía en mente una cosa: su gruesa vergota madura y lo que ésta me hacía gozar.
Bajé a la calle. Ahí estaba su cochazo BMV con las intermitentes encendidas. Me metí corriendo en el asiento de *****oto y saludé a Don Gregorio, quien me respondió con un escueto, "has tardado demasiado, putita" y arrancó excesivamente rápido. Llevaba el mismo traje que había llevado ese día al trabajo. Apestaba muchísmo más que de costumbre a tabaco y a alcohol, whiskazo si no me equivoco. De hecho sospecho que había tomado unas rayitas de coca porque le notaba bastante alterado y se rascaba la nariz. Cruzó la ciudad hasta llegar a su casa a toda pastilla, saltándose semáforos incluso, lo cual me volvió a llevar a pensar si lo hacía por temeridad o como intento de demostrar su virilidad. A todo esto, él no cruzaba palabra. Llegamos a su casa sin hacer ningún gesto sospechoso. Estábamos en su bloque y él no se podía permitir un escándalo de este calibre. Pero una vez entramos en su casa y él cerró con llave, todo cambió.
- Ponte de rodillas y abre bien la boca, ordenó.
- A sus órdenes, Don Gregorio, dije mientras obedecía su orden.
Don Gregorio se desabrochó el botón del pantalón del traje, se bajó la cremallera de éste y metió la mano dentro de su abultado paquetón. Yo me relamía del gusto sólo de pensar en lo que me esperaba. Se sacó su grueso cipote, que estaba semierecto, y lejos de metérmela en la boca, lo primero que hizo fue empezar a asestarme pollazos por toda la cara. Eso me ponía muchísmo, la visión de su cara de facha maduro vicioso cabronazo calmando su agresividad dándome mandobles con su cipotón, que se había puesto ya bien hinchado y duro. Mientras él se iba quitando la chaqueta y la camisa y yo le iba desabrochando y bajando el pantalón.
- ¿Te gusta que te dé pollazos en esa cara de pasivorra que tienes, eh putita? dijo
- Mmm. Asentí con la cabeza.
- Pues veamos qué tal te sienta esto.
Con su mano derecha me agarró bien fuerte del pelo y me echó la cabeza para atrás. El se acercó a mí y sin ningún tipo de delicadeza me metió la polla en la bocaza hasta adentro. Sentí que me ahogaba, así que instintivamente eché mi cabeza para atrás para sacarme esa polla de la boca. La polla estaba empapada en mi saliva. Sin embargo, Don Gregorio no se rindió y volvió a repetir la operación. Y yo a su vez volví a sentir que me ahogaba y eché mi cabeza para atrás. Don Gregorio no pudo por menos que darme un buen soplamocos en la cara bien merecido.
- Como te vuelvas a sacar mi polla de la boca la próxima hostia te la daré con el puño cerrado, ¿me entiendes?, me dijo. Y me la volvió a clavar de nuevo hasta la garganta, esta vez, tapándome bien la nariz para que en un acto reflejo de intentar respirar mi garganta se abriese del todo.
Don Gregorio no paraba de gemir y llamarme de todo mientras me follaba la boca. Su cara de semental maduro vicioso gozando me ponía aún más. Respirar me importaba poco. Lo único importante era complacer a Don Gregorio y, visto lo visto, lo estaba logrando. En determinado momento, Don Gregorio se cansó de mi boca y sacó de ella su sablazo. Me hizo acompañarle a gatas hasta su dormitorio, donde me ordenó que esnifase lo que parecía popper porque según él me iba a rebentar el coñito a pollazo limpio. Yo, aunque siempre me había negado a probarlo, no me quise arriesgar a que Don Gregorio me diese un hostión y le hice caso. Noté los instantes al poco tiempo.
Don Gregorio me lanzó a la cama y me ordenó que me desnudase y me pusiese boca arriba con el culo en el borde de ésta. Así hice. Notaba mi ojete bien húmedo, esperando hambriento la llegada del pollón maduro más grueso que me había penetrado hasta el momento. Noté que acercaba el capullo de su polla a mi ojete
- ¿Y el lubricante, Don Gregorio?, pregunté ingenuamente.
- Te pienso taladrar el coñito ese tan rico que tienes a mi manera, sin mariconadas de lubricantes ni ******s.
- Mi coñito es para usted, Don Gregorio, para que lo uses y ****** de él.
Se echó unos lapos en la polla y luego en mi ojete y echando todo el peso de su cuerpo hacia mí me la empezó a meter centímetro a centímetro. Dolía. Y mucho. No pude reprimir un grito de dolor, que fue duramente contestado por Don Gregorio con un buen bofetón, y con la mano con la que me había pegado me agarró el cuello para obligarme a apoyar la cabeza en la cama. Pero seguía doliendo a pesar de que yo estaba muy excitado. No pude aguantar unas lágrimas del dolor que me producía su pollón abriéndose paso entre las paredes de mi recto. Él vio mis lágrimas y yo me temí una nueva hostia por su parte, pero agachó su cabeza y me empezó a dar un morreo con lengua entre gemido y gemido de placer suyos. Notaba su enorme tripa cervecera su lengua áspera y apestosa a tabaco y whisky intentando meterse hasta mi campanilla. Su olor a sudor de hombre y a mala vida me excitaba aún más. Me sentía pletórico, como una buena pasiva sumisa complaciendo a su macho maduro dominante.
Don Gregorio seguía embistiéndome mientras tanto, a un ritmo cada vez más acelerado. Ya casi no había sensación de dolor. Todo era placer. Y máxime cuando con sus dos manos me dejó totalmente inmovilizado. Su cara de cabrón vicioso gozando de cada pollazo que me pegaba se convirtió en cara de estar fuera de sí cuando con mis manos le cogí una de las suyas y le hice rodear mi cuello.
- Quiero que me estrangules, pero con cuidado.
- ¿Estás seguro, putita?, dijo. Yo asentí.
Y eso hizo. Fue...brutal. Me corrí al poco tiempo y él también, dentro de mí. Pero no era suficiente para mí, quería más. Él, al parecer, también. Se sacó la polla y me colocó a cuatro patas. Yo inhalé más popper. Me la volvió a clavar. Mmmm....
En total, fueron 3 gloriosos polvazos los que Don Gregorio me echó. Cumplió como un buen semental, aunque con posterioridad me confesó que había tomado una viagra. Pero eso daba igual. Nos quedamos dormidos por agotamiento, desnudos ambos. A lo largo de la noche yo le estuve provocando poniéndole mi culo en pompa, que rebosaba de su lechaza madura, como invitándole a que me diese guerra. Tras horas de jugueteos, pues su polla se negaba a relajarse por culpa de la pastillita azul, me volvió a follar, de lado esta vez. Esta vez fue todo menos brusco, si no contamos los azotes que me propinaba de vez en cuando mientras me penetraba. Además, sentía su aliento en mi nuca y cómo me lamía las orejillas. Me sentía la más puta de las putas, y con la satisfacción del deber complido para con mi macho.
A las 11 de la mañana sonó su despertador. Lo apagó y me dijo:
- Niño, ahora me voy a ir a duchar y arreglar porque a las 12 he quedado para ir a misa. con mis hijas. Puedes quedarte un rato más durmiendo si quieres.
Mi cara en ese momento fue un poema. Pero bueno, ¿qué esperaba de un fachorro de 58 años jefazo de El Corte Inglés?
Capítulo 1
Lo odiaba. Odiaba trabajar ahí. A ******. Pero me consolaba a mí mismo diciéndome que era sólo un trabajo de verano, que acabado septiembre la pesadilla terminaría de una vez por todas.
No, no os penséis que trabajaba limpiando el culo a ancianos o picando en una mina boliviana. Tan terrible no era la cosa, pero aún así, para mí era insoportable.
Me explico. Trabajaba en unos conocidísimos grandes almacenes españoles, los del triángulo verde, ya os imagináis cuáles. Esos en los que los empleados tienen que ir en traje y corbata y las empleadas hasta hace dos telediarios sólo podían vestir blusas horrorosas y faldas cortas. Esos en los que cuando entras como cliente se te acercan mil vendedores cual aves rapaces ante una presa fácil e indefensa, o bien no encuentras a ningún vendedor que te eche una mano como si les hubiese tragado la tierra. Esos grandes almacenes en los que la megafonía acaba alienando a los clientes (y trabajadores). Esos en los que hay tales luchas por hacer ventas para ganar comisiones que el día menos pensado abrirán los telediarios diciéndonos que un vendedor a matado a otro porque éste le "levantó" un cliente que iba a comprar un par de calcetines.
Pues bien, ahí trabajaba yo, en uno de sus centros de la periferia de Madrid. Era por unos meses nada más, un curro de verano hasta que empezase el curso siguiente en la universidad. No pagaban mal (dentro del penoso panorama salarial español, claro). Trabajaba en la sección de ropa para caballeros y cada día acudía a mi puesto de trabajo trajeadito y perfumado dispuesto a vender ropa de marca bastante cara a gente de clase media en su mayoría, de esa que por llevar el cocodrilo de Lacoste en su pecho se creen poco menos que Florentino Pérez aunque luego tengan apuros para llegar a fin de mes. Pero bueno, dejaré mis reflexiones sociológicas para otro momento.
Si ya de por sí la empresa es el colmo de la ranciedad, del clasismo y del machismo (puesto que en todo el centro había sólo UNA jefa de sección), en la sección de caballeros era aún peor. Casi todo el personal eran hombres, y la mayoría una panda de fachillas engominados que se pasaban el día mandurroneando, haciendo comentarios subiditos de tono sobre las mujeres, creyéndose los duelos y señores del lugar, poniendo verde a Zapatero y su gobierno (odiaban especialmente a Bibiana Aído y a Zerolo), etc. Vamos, un ambiente de trabajo "ideal" para un maricón de izquierdas. Intentaba estar calladito, pero a veces lograban indignarme tanto con sus comentarios que no podía evitar soltarles alguna de mis "contestaciones-cuchillada". Como pensaba largarme de ahí a finales del verano, me podía permitir ese lujo de opinar. De mi sexualidad yo no hablaba, aunque sospechaba que ellos sabían de qué pie cojeaba. No es que yo sea un plumero andante, pero tampoco voy de machito heteraco. Y aunque a ellos no les había dicho que yo era gay, tampoco iba a decirles lo contrario ni a seguirles la corriente en sus comentarios sobre tetas, coños, tías, etc. Me negaba a hacer el paripé y a dar explicaciones a ESA gente. Ni tenía por qué hacerlo
Mis días normales consistían en colocar y poner alarma a la mercancía nueva, en tener la ropa bien colocada, en vender todo lo posible, en estar de charla con los demás vendedores y en cumplir todas y cada una de las órdenes de Don Gregorio, mi jefe.
Don Gregorio era, sin lugar a dudas, el peor de toda esa panda. ¿Aspecto físico? 58 años, tan alto como yo, con algo de papada, con barriga grande y firme, pelo no muy abundante y cláramente teñido engominado para atrás, ancho de hombros, pierna fina y manos grandes y rugosas. Si a ello le unimos sus trajes impecables a medida, su voz grave y autoritaria, su cara de putero vicioso y sus aires de estar por encima del bien y del mal, no habría sido descabellado que alguien por la calle le confundiese con el típico mafioso de la construcción. Ideológicamente era totalmente contrario a mí: nostálgico de los años del régimen franquista y de la etapa Aznar (su líder ideológico y poco menos que un Dios), antiabortista, contrario al uso del preservativo, contrario a llamar matrimonio a las uniones entre personas del mismo sexo, detractor enfermizo de Zapatero y compañía, adicto a la COPE (sobre todo en la etapa Losantos), etc.
Además, Don Gregorio apestaba a tabaco y a alcohol. Siempre. Todos los días. La broma en el departamento era que desayunaba cubatas y colillas de cigarro. Pero creedme, no era de los que beben alcohol y se vuelven más simpáticos. Nada más lejos de la realidad. Su estado era de permanente cabreo, soltando borderías y brabuconadas a las empleadas, disfrutaba en su papel de jefe autoritario. Y sobre todo conmigo. Disfrutaba amargándome la existencia de forma no muy sutil. Yo sabía que era porque yo era gay y no le seguía la corriente en sus comentarios fuera de tono, al contrario que mis compañeros. Eso le cabreaba sobremanera Sabía que conmigo no colaba. Pero claro, él se cobraba su particular venganza de manera más o menos sutil.
Si había que ir al almacén a buscar una prenda concreta en una talla concreta que no teníamos expuesta, siempre me tocaba a mí. Si venía un cliente buscando algo que en nuestro centro no teníamos y había que mirar si en cualquiera de los tropecientos centros de España lo había, me tocaba a mí. Si había que pasar el polvo por los expositores, me tocaba a mí. Siempre a mí. Y siempre bajo la mirada atenta de regodeo de Don Gregorio. Era su forma de castigarme por ser independiente y no someterme al espíritu y la forma de pensar de la empresa.
Sin embargo, igual que hacía lo anterior, luego no le costaba nada felicitarme por determinadas ventas que hacía bastante jugosas, o me colocaba en plan padre el nudo de la corbata cuando veía que ese día me había salido un poco chapucero, o se ofrecía para sujetarme la escalera cuando me tenía que subir a ella para coger algo del altillo del almacén.
Vale. Lo confieso. A pesar de que por la anterior descripción de Don Gregorio os podría llevar a pensar que le odiaba, lo cierto es que no, o al menos, no del todo. Una parte de mí, la parte 100% racional, le odiaba y despreciaba y criticaba y me decía que Don Gregorio era todo lo que he dicho malo de él y mucho más. Pero la otra parte, la parte 100% primitiva, irracional y de puta sumisa pasivorra deseaba con todas sus fuerzas a Don Gregorio y que éste me violase sin piedad en el almacén, pues no hay nada que me haga perder más la cabeza que un maduro dominante y cabrón. Además, sospechaba que Don Gregorio tenía una buena porra y unas buenas pelotas, porque la tela del traje así lo dejaba adivinar y todos en el departamento nos reíamos de que Don Gregorio cada dos por tres se estaba tocando el paquete. La broma generalizada era que lo hacía porque tenía ladillas, pero mi mente sucia prefería pensar que era por el tamaño de su miembro.
Obviamente, yo no era de esas personas que según cuentan en internet se atreven a dar el paso de insinuarse para ver si al tio que les mola le van o no los tíos. No, yo me dejaba guiar por mi parte racional. Y menos lo iba a hacer con mi jefe, menos aún con ese jefe y menos aún en esa empresa. Yo sólo daba rienda suelta a mis fantasías en los momentos de soledad en mi casa. Con eso bastaba. Además, tenía anillo de casado y nada absolutamente me hacía pensar ni por un momento que no fuese un macho ibérico hetero como aparentaba
Sin embargo, en ocasiones, en muy raras ocasiones tan frecuentes como una alineación de planetas o el paso de un cometa, la vida le coloca a uno en situaciones en que parece que todo el universo se ha puesto de tu parte. Concretamente, el 30 de junio de aquel verano. Para los que tenéis la suerte de no haber tenido contacto con el mundo del comercio, es uno de los "días horribilis". El día de antes de inicio de rebajas, en que toooodo el personal se tiene que quedar por la noche cambiando etiquetas de precios, poniedo los carteles de rebajas, etc. Un planazo, vamos.
Esa noche Don Gregorio, que para mí tenía más cara de putero vicioso que nunca, llevó vino y algo de comer para amenizar el momento. Era de los pocos momentos distendidos del año en los grandes almacenes, que comenzaba tras cerrar al público, tanto que incluso, por asombroso que pueda parecer, se podía no estar en traje y corbata y vestir cómodo. Para Don Gregorio, que era la persona más seria del mundo, eso significó como quitarse la corbata de la bandera de españa y la chaqueta del traje y dejar de disimular su tripa (que yo personalmente encontraba muy atractiva) bajo ésta. Su camisa la desabotonó un poco, dejando ver su pelo del pecho de macho. "Mmmm" pensé para mis adentros.
Las horas de faena pasaron, y ya tocaba irse a casa. A lo tonto todos estábamos un poco bebidos, aunque a Don Gregorio no se le notaba especialmente, ya que siempre iba bebido. Vale, yo más que el resto, porque el vino espumoso ese no sé qué tenía pero me había pegado un pelotazo increíble. ebrioSinceramente, ni yo (ni mis compañeros) me veía apto para conducir. La alternativa era volverme en autobús, pero ya a esas horas no pasaba. Cojonudo. Ni atinaba casi a meter la llave para abrir la puerta del coche. De repente, como salido de la nada, apareció un cochazo de gama alta color gris metalizado que se paró a mi lado. La ventanilla del *****oto se bajó. Para mi sorpresa, era Don Gregorio.
- Niño (así llamaba a todos sus subordinados aunque sabía que lo odiábamos), no te veo en condiciones de conducir, dijo.
- Bueno, la verdad es que tampoco tengo muchas más alternativas para volver a mi casa, dije yo (lo confieso, quizás con carita de chico desvalido. Además, me he olvidado de las llaves de casa, acabo de ser consciente, añadí (MENTIRA PODRIDA!! No podía ser, me estaba atreviendo a echarle cuento para que me invitase a su casa. Estaba loco por hacerlo)
- No es problema, te puedes quedar a dormir en mi casa, tengo sitio. (Bien, bien, bien!!)
- Pues muchas gracias, Don Gregorio. Es usted muy amable (sospecho que esto lo dije poniendo cara de putilla pasiva, pero ya no lo recuerdo muy bien)
El camino a casa no fue nada del otro mundo. Bueno, eso si no tenemos en cuenta que iba excesivamente rápido conduciendo su pedazo de BMV. Mi parte racional me decía que era porque estaba él también ebrio y por lo tanto, su percepción del riesgo estaba disminuída. Mi parte irracional y "emocional", en cambio, me decía que iba tan rápido porque era un machito que quería lucir su poderío y virilidad a través de su coche y su forma de conducir. En cualquier caso, en 10 minutos nos plantamos en su casa. Para mi sorpresa, no era un chaletazo impresionante como imaginaba. Era un bloque de pisos nada extraordinario.
Cuando abrió la puerta de su casa, observé que estaba a oscuras, vacío. Mi curiosidad me podía:
- Don Gregorio, ¿y su mujer y sus hijas?
- No vivo con ellas. Me he divorciado y ellas se han quedado en la casa de las afueras y yo me he venido a vivir al centro. Te ruego que seas discreto en la empresa, no quiero cotilleos, ¿de acuerdo?
- De acuerdo, pero... ¿y por qué lleva el anillo de casado todavía?
- Bueno, de cara a la ley ya no estoy casado, pero de cara a la Iglesia lo sigo estando, y eso es lo que vale para mí.
- Comprendo
Encajaba eso con su perfil religioso y ultraconservador. También los libros en sus estanterías de Losantos, César Vidal, biografías no autorizadas de ZP, el hecho de que camino a su casa hubiese puesto la COPE, su macrofoto de cuando hizo la mili, etc. Yo por mi parte no decía ni mu. A pesar de mi edad estaba curado de espanto.
Acto seguido Don Gregorio me indicó dónde estaba el cuarto de invitados y se despidió para irse a su cuarto. Eso me supuso un jarro de agua fría. ¡Vaya chasco! Pero también... ¿qué esperaba? Había que ser realista de una vez. A Don Gregorio NO le iban los tíos. ¡Qué idiota había sido! Me desvestí hasta quedarme en calzoncillos y me metí en la cama del cuarto de invitados y apaqué la luz. De fondo podía oir a Don Gregorio en el baño mientras meaba y luego oí el grifo abierto. Después, nada de nada. Apagó su luz también. Ya en la cama, me puse a barajar la estúpida idea de ir a su cuarto y meterme en su cama. Lo descarté. Me parecía una locura y un ******** laboral en toda regla. Pasado un rato, me quedé dormido. Mañana sería otro día.
De repente, en mitad de la noche, me desperté. Había oído un ruido. ¿Cuánto tiempo había pasado? Según el reloj de mi móvil, poco más de media hora desde que calculé que finalmente me había quedado dormido. La luz del pasillo se encendió, y ésta entró en el cuarto en que me hallaba, ya que tenía la manía de no cerrar nunca las puertas porque me agobiaba. También oí pasos. Lo que menos esperaba era lo que sucedió a continuación.
Para mi enorme asombro, ahí estaba Don Gregorio, en el umbral de la puerta del cuarto de invitados, completamente desnudo. Veía su silueta perfectamente: su pelo ligeramente despeinado, su pose autoritaria, su barriga grande y firme, sus piernas delgadas y...para mi muy agradable sorpresa, su enorme pene. Era más corto de lo que en mis fantasías sexuales aparecía, pero qué grosor...mmm. En ese instance mi ano se estremeció y se empezó a humedecer solo, autolubricándose. (Quizás esté exagerando un poco, pero no en lo del tamaño de su polla, sino en la reacción de mi ano). Su voz rompió el silencio de la situación:
- Pensaba que las putitas mariconas de Zapatero eráis mucho más atrevidas, pero veo que me equivocaba. Yo esperaba que aparecieses por mi cama y podía haber seguido esperando eternamente, visto lo visto
- Emmm... soy de izquierdas, pero no apoyo en absoluto a Zapatero.
- Luego no niegas que seas una putita maricona, ¿eh putita?
- Bueno, es que... Zas!! Don Gregorio me había plantado un bofetón que me había dolido bastante y me había pillado desprevenido completamente.
- Si quisiera que me dieses conversación, te hubiera invitado a tomar un café, no a dormir en mi casa. Abre tu puta boca, cómeme el cipote y calla.
Y así hice, mandé a la ****** a mi parte racional y me entregué en cuerpo y alma a comerle su vergota madura. Lo deseaba muchísimo. Él al principio se dejaba hacer, pero en un momento dado, decidió que ya era hora de que yo dejase de hacerle una mamada para pasar a que él me follase la garganta. Me tenía agarrado de los pelos y con su mano me empujaba la cabeza hacia su pollón mientras él empujaba con su polla bien adentro de mi boca. Mientras, me llamaba puta, putita, zorra, roja de ******, maricona socialista, etc. A veces tenía arcadas, pero intentaba disimularlas todo lo posible. A su vez yo intentaba no ahogarme con mi saliba y su muy abundante líquido preseminal.
De repente, me agarró de los pelos hacia atrás para que dejar de follarme la garganta y me ordenó ponerme en la posición en que los musulmanes rezan en las mezquitas. Él se fue a coger lubricante al baño a toda prisa. Estaba como poseído, con los ojos salidos de las órbitas. Yo me sentía feliz de estar complaciéndole, era increíble. Ahora era mi hombre, mi macho y me deseaba. Y yo lo sabía.
Volvió a la cama, me echó un buen chorro de lubricante en el ano.
- Te voy a destrozar este coñito que tienes, so putita. Y te lo voy a preñar bien "preñao", hasta arriba de leche, dijo
- Mmmm...sí, llénemelo enterito, señor. (Me encantaba ser tan sumamente puta en la cama, no lo podía evitar)
Y así hizo. Me estuvo penetrando bien penetrado durante una hora, calculo. Por atrás, de lado, estando él de pie y yo al borde de la cama, etc. Se corrió una vez dentro, lo sentí, sentí la leche caliente en mi interior y le oí gemir como un loco mientras me arreaba buenos azotes en el culo. Pero no paró, me siguió penetrando como si yo fuese un saco de patatas de su propiedad. Se volvió a correr y yo me corrí también. Cuando ya no pudimos más ni él ni yo, se sacó la polla de mi culito y me hizo limpiársela con la lengua, en plan "castigo" por ser tan puta. Como si fuese un castigo, ya ves.
- Como digas una sola palabra de todo esto, te buscaré y te mataré, ¿me entiendes?, dijo Don Gregorio.
- No se preocupe, señor, no pienso decir ni una palabra de todo esto. Además, ¿quién me creería?
Para mi sorpresa, me hizo un gesto como diciéndome que me abrazase a su cuerpo para dormir. Así hice. Estábamos empapados de sudor. Me sentía muy bien. Acto seguido, nos dimos un morreo con lengua. Pude sentir el sabor a tabaco y a alcohol de su boca. Me encantaba. De repente, me soltó un azote en el culo.
- Ahora a dormir, ordenó.
Y así hicimos. Al día siguiente, que era el inicio de las rebajas, estaba destrozado por el cansancio, la marea humana de gente y el dolor de garganta y culo. Pero había merecido la pena.
Capítulo 2
Habían transcurrido ya varios días desde la noche que había pasado con Don Gregorio, mi jefe, y también desde el inicio de las rebajas. Habían sido días de mucho trabajo y mucho estrés, pero afortunadamente ya empezaba a normalizarse la cosa.
En estos días había podido notar a Don Gregorio bastante más autoritario y mandón que de costumbre, especialmente conmigo, pues en los escasos momentos en que no había clientes comprando en mi departamento, él aparecía y siempre tenía una orden que darme: que si tener la ropa colocada a la perfección, que si pasar el polvo por enésima vez en un mismo día, que si volver a comprobar que todo estaba bien etiquetado con las pegatinas de descuento, etc. Me tenía enfilado, sin embargo, aunque me quejaba de ello con mis compañeros de sección, en cierto modo disfrutaba de su posición dominante sobre mí, de su forma tan autoritaria de ejercer su puesto de jefe.
Afortunadamente, era sábado por fin y al día siguiente el centro comercial cerraba. Me dolía todo, especialmente los pies, por lo que contaba cada minuto y cada segundo que quedaban hasta acabar la jornada. Ese día, los jefazos (y jefecillos), entre los cuales Don Gregorio, no paraban de charlar sobre el plan que les esperaba por la noche. Don Ramón, otro jefe de la zona de caballeros, se iba a casar y el grupito de "fachillas engominados" tenían pensado celebrar algo parecido a una despedida de soltero. Aunque no daban más detalles, sospechaba que iban a ir a uno de los múltiples puticlubs de la zona. Encajaba en su perfil de machos conservadores muy de derechas contrarios al aborto y demás causas perdidas de la Iglesia. ¡Qué putos hipócritas! Me ponía enfermo su doble moral.
Por fin llegué a mi casa. Eran las 22.30. Estaba tan molido que cené algo deprisa y me metí corriendo a la cama. Tan sólo quería dormir y recuperar horas de sueño. Me quedé dormido enseguida. Sin embargo, en mitad de la noche, el sonido de llamada de mi móvil me despertó. Número desconocido. No obstante, lo cogí.
- Sí, ¿dígame?
- Hola niño, ¿quieres polla?
- Esto...¿eres Don Gregorio?
- Sí, soy yo, ¿quieres que te dé polla esta noche?
- (Cayendo en la cuenta de que tenía mi móvil por si alguna vez tenía que llamarme para cambiarme el turno o algún imprevisto) ¿Ahora? ¿No es un poco tarde, Don Gregorio?
- Puta, ¿quieres que te dé polla o no? Te voy a buscar con el coche.
- Claro que sí, dije sin pensármelo dos veces. (Desde que me folló en su casa la vez anterior no había sido capaz de quitarme de la cabeza su cuerpo, su actitud al follarme, su impresionante pollón, su voz grave y castigada diciéndome cerdadas mientras se la mamaba o me follaba...Mmm)
- Bien, estoy aparcado enfrente de tu portal. Te doy 5 minutos para bajar. Si no llegas en ese tiempo, le daré mi pollón a otra zorrita. Te espero.
Me vestí deprisa y corriendo. En absoluto quería perderme otro momento a solas con Don Gregorio. El deseo tan primitivo y salvaje que despertaba en mí hacía que me importasen una ****** las consecuencias de acostarme con mi jefe de 58 añazos. Sólo tenía en mente una cosa: su gruesa vergota madura y lo que ésta me hacía gozar.
Bajé a la calle. Ahí estaba su cochazo BMV con las intermitentes encendidas. Me metí corriendo en el asiento de *****oto y saludé a Don Gregorio, quien me respondió con un escueto, "has tardado demasiado, putita" y arrancó excesivamente rápido. Llevaba el mismo traje que había llevado ese día al trabajo. Apestaba muchísmo más que de costumbre a tabaco y a alcohol, whiskazo si no me equivoco. De hecho sospecho que había tomado unas rayitas de coca porque le notaba bastante alterado y se rascaba la nariz. Cruzó la ciudad hasta llegar a su casa a toda pastilla, saltándose semáforos incluso, lo cual me volvió a llevar a pensar si lo hacía por temeridad o como intento de demostrar su virilidad. A todo esto, él no cruzaba palabra. Llegamos a su casa sin hacer ningún gesto sospechoso. Estábamos en su bloque y él no se podía permitir un escándalo de este calibre. Pero una vez entramos en su casa y él cerró con llave, todo cambió.
- Ponte de rodillas y abre bien la boca, ordenó.
- A sus órdenes, Don Gregorio, dije mientras obedecía su orden.
Don Gregorio se desabrochó el botón del pantalón del traje, se bajó la cremallera de éste y metió la mano dentro de su abultado paquetón. Yo me relamía del gusto sólo de pensar en lo que me esperaba. Se sacó su grueso cipote, que estaba semierecto, y lejos de metérmela en la boca, lo primero que hizo fue empezar a asestarme pollazos por toda la cara. Eso me ponía muchísmo, la visión de su cara de facha maduro vicioso cabronazo calmando su agresividad dándome mandobles con su cipotón, que se había puesto ya bien hinchado y duro. Mientras él se iba quitando la chaqueta y la camisa y yo le iba desabrochando y bajando el pantalón.
- ¿Te gusta que te dé pollazos en esa cara de pasivorra que tienes, eh putita? dijo
- Mmm. Asentí con la cabeza.
- Pues veamos qué tal te sienta esto.
Con su mano derecha me agarró bien fuerte del pelo y me echó la cabeza para atrás. El se acercó a mí y sin ningún tipo de delicadeza me metió la polla en la bocaza hasta adentro. Sentí que me ahogaba, así que instintivamente eché mi cabeza para atrás para sacarme esa polla de la boca. La polla estaba empapada en mi saliva. Sin embargo, Don Gregorio no se rindió y volvió a repetir la operación. Y yo a su vez volví a sentir que me ahogaba y eché mi cabeza para atrás. Don Gregorio no pudo por menos que darme un buen soplamocos en la cara bien merecido.
- Como te vuelvas a sacar mi polla de la boca la próxima hostia te la daré con el puño cerrado, ¿me entiendes?, me dijo. Y me la volvió a clavar de nuevo hasta la garganta, esta vez, tapándome bien la nariz para que en un acto reflejo de intentar respirar mi garganta se abriese del todo.
Don Gregorio no paraba de gemir y llamarme de todo mientras me follaba la boca. Su cara de semental maduro vicioso gozando me ponía aún más. Respirar me importaba poco. Lo único importante era complacer a Don Gregorio y, visto lo visto, lo estaba logrando. En determinado momento, Don Gregorio se cansó de mi boca y sacó de ella su sablazo. Me hizo acompañarle a gatas hasta su dormitorio, donde me ordenó que esnifase lo que parecía popper porque según él me iba a rebentar el coñito a pollazo limpio. Yo, aunque siempre me había negado a probarlo, no me quise arriesgar a que Don Gregorio me diese un hostión y le hice caso. Noté los instantes al poco tiempo.
Don Gregorio me lanzó a la cama y me ordenó que me desnudase y me pusiese boca arriba con el culo en el borde de ésta. Así hice. Notaba mi ojete bien húmedo, esperando hambriento la llegada del pollón maduro más grueso que me había penetrado hasta el momento. Noté que acercaba el capullo de su polla a mi ojete
- ¿Y el lubricante, Don Gregorio?, pregunté ingenuamente.
- Te pienso taladrar el coñito ese tan rico que tienes a mi manera, sin mariconadas de lubricantes ni ******s.
- Mi coñito es para usted, Don Gregorio, para que lo uses y ****** de él.
Se echó unos lapos en la polla y luego en mi ojete y echando todo el peso de su cuerpo hacia mí me la empezó a meter centímetro a centímetro. Dolía. Y mucho. No pude reprimir un grito de dolor, que fue duramente contestado por Don Gregorio con un buen bofetón, y con la mano con la que me había pegado me agarró el cuello para obligarme a apoyar la cabeza en la cama. Pero seguía doliendo a pesar de que yo estaba muy excitado. No pude aguantar unas lágrimas del dolor que me producía su pollón abriéndose paso entre las paredes de mi recto. Él vio mis lágrimas y yo me temí una nueva hostia por su parte, pero agachó su cabeza y me empezó a dar un morreo con lengua entre gemido y gemido de placer suyos. Notaba su enorme tripa cervecera su lengua áspera y apestosa a tabaco y whisky intentando meterse hasta mi campanilla. Su olor a sudor de hombre y a mala vida me excitaba aún más. Me sentía pletórico, como una buena pasiva sumisa complaciendo a su macho maduro dominante.
Don Gregorio seguía embistiéndome mientras tanto, a un ritmo cada vez más acelerado. Ya casi no había sensación de dolor. Todo era placer. Y máxime cuando con sus dos manos me dejó totalmente inmovilizado. Su cara de cabrón vicioso gozando de cada pollazo que me pegaba se convirtió en cara de estar fuera de sí cuando con mis manos le cogí una de las suyas y le hice rodear mi cuello.
- Quiero que me estrangules, pero con cuidado.
- ¿Estás seguro, putita?, dijo. Yo asentí.
Y eso hizo. Fue...brutal. Me corrí al poco tiempo y él también, dentro de mí. Pero no era suficiente para mí, quería más. Él, al parecer, también. Se sacó la polla y me colocó a cuatro patas. Yo inhalé más popper. Me la volvió a clavar. Mmmm....
En total, fueron 3 gloriosos polvazos los que Don Gregorio me echó. Cumplió como un buen semental, aunque con posterioridad me confesó que había tomado una viagra. Pero eso daba igual. Nos quedamos dormidos por agotamiento, desnudos ambos. A lo largo de la noche yo le estuve provocando poniéndole mi culo en pompa, que rebosaba de su lechaza madura, como invitándole a que me diese guerra. Tras horas de jugueteos, pues su polla se negaba a relajarse por culpa de la pastillita azul, me volvió a follar, de lado esta vez. Esta vez fue todo menos brusco, si no contamos los azotes que me propinaba de vez en cuando mientras me penetraba. Además, sentía su aliento en mi nuca y cómo me lamía las orejillas. Me sentía la más puta de las putas, y con la satisfacción del deber complido para con mi macho.
A las 11 de la mañana sonó su despertador. Lo apagó y me dijo:
- Niño, ahora me voy a ir a duchar y arreglar porque a las 12 he quedado para ir a misa. con mis hijas. Puedes quedarte un rato más durmiendo si quieres.
Mi cara en ese momento fue un poema. Pero bueno, ¿qué esperaba de un fachorro de 58 años jefazo de El Corte Inglés?
7年前