Vacaciones (semana santa)...
DOMINGO DE RAMOS.
Las vacaciones en familia le resultaban una verdadera pesadez. El chico tenía ya casi dieciocho años y se sentía asfixiado por la omnipresencia de sus padres, esta vez le había tocado en suerte compartir los días festivos en una población costera. La posibilidad de cierta diversión se había esfumado cuando el mal tiempo y la lluvia se hizo presente nada más llegar al estacionamiento de los apartamentos. La idea de pasar una semana viendo la televisión o saliendo a pasear con sus padres le revolvió el estómago. Necesitaba aire fresco. Sentado frente a la ventana de su habitación observaba las nubes pesadas apretarse contra el mar de color gris, casi negro, como las advertencias de su padre y las recomendaciones de su madre para que saliera con ellos a almorzar.
Por fin había logrado zafarse a primera hora de la tarde, se había puesto el impermeable y decidió salir a probar su cámara de fotos. Era una buena cámara, su padre podía permitírselo, y él se lo había ganado con unas buenas calificaciones y no dando problemas.
El chico bajó hasta la playa, había dejado de llover pero seguía amenazando tormenta, respiró la brisa marina, la arena húmeda crujía bajo sus pies, el sonido de las olas rompiendo en la playa se mezclaba con los graznidos de unas gaviotas que sobrevolaban la playa en busca de algunos restos de pescado.
Click. La gaviota había sido capturada en la memoria de la cámara, otras dos tomas de las aves marinas ingresaron en la particular colección de imágenes.
Le gustaba la fotografía, adueñarse de momentos irrepetibles, de un tiempo que ya nunca volvería, Luego a penas las miraba, como mucho un par de vistazos y en seguida las olvidaba, lo que le gustaba era el momento de la captura, igual que cuando fotografiaba personas, gentes cotidianas que nunca volvería a ver. Adueñarse de las imágenes prohibidas, robadas a gentes de todo tipo, Un placer voyeur, que no compartía con nadie. La sonrisa de una muchacha de la que nunca conocería sus ilusiones, el rostro preocupado de un hombre del que desconocería sus divagaciones, situaciones que luego desde el ordenador de su casa recrearía inventando historias, poniendo nombres, haciéndose con esas vidas congeladas en aquellas imágenes, prolongando las vivencias que comenzaban con un disparo.
Click. La imagen de unas barcas de pesca se sumaba a la colección. Que hermosas eran, se acercó a tocarlas con la mano, la madera áspera, la pintura gastada y algo botada, ¿Qué manos habrían empuñado esos remos?
Click. ¿Qué sueños serían los de aquellos pescadores que se hacían a la mar?
Click ¿Dónde estarían ahora que habían abandonado las barcas? ¿Almorzando con sus mujeres, haciendo el amor entre sábanas con deseo y sudor?
Click. Con el objetivo acercó la imagen de un pescador maduro que recogía las redes.
Le gustaban aquellos hombres, básicos, con sus caras curtidas, de ojos profundos surcados de arrugas,
Click. Ver sin ser visto, ladrón de almas.
Click, aquellas bocas resecas que apagaban su sed en vaso de vino barato de taberna.
Click, las manos duras, anchas nudosas como raíces de olivos.
Aquel hombre le parecía atractivo, su anchura, la manera de caminar con las piernas abiertas, la barba dura que despuntaba de tres o cuatro días, el cabello descuidado cubierto por el gorro de lana, los brazos fuertes que transportaban la red al hombro, las botas de agua que dejaban su imprenta pesada en la arena mojada.
Decidió seguirlo, adentrarse más en su mundo, robarle un poco más de su intimidad.
El marinero dejó las redes en el suelo para encender un cigarrillo protegiendo la lumbre entre sus manos bastas.
Click. Inesperadamente se introdujo entre unas barcas y se abrió la bragueta de los pantalones gastados de faena. El chico escondido entre las barcas se hizo con la imagen preciosa, sagrada, del chorro inacabable de orina.
Click, un primer plano de su miembro oscuro que las grandes manos no lograban ocultar. Cuanto hubiese dado por estar frente a él, un espíritu invisible que no perturbara la grandeza de aquel acto, para obtener unas imágenes completas de la carne del marinero.
Click, click, un par de fotos más que habían salido movidas, malas, inservibles.
El marinero miró hacia donde el chico se ocultaba ¿le habría visto? El miedo se apoderó de él y se agachó contra los flancos de una barca ¿y si se dirigía hacia él, y si le recriminaba que estaba haciendo?. Un par de minutos ¿se podría asomar ya? No lo quería perder de vista, que se le escapase para siempre. Asomó con cautela la cabeza, el marinero continuaba caminando a unos doscientos metros de él. Lo iba a perder. Recogió su mochila y se encaminó tras ese hombre como un perro tras su amo. Como un perro se detuvo en la barca donde había orinado, fotografió el pequeño charquito, el hoyo espumoso que la arena se tragaba ansiosa. Se arrodilló un momento para oler la madera consagrada por la meada, Nada, el espíritu se había esfumado.
Se maldijo viendo como el hombre se internaba entre unas casitas pobres pintadas de blanco. Le iba a perder.
Corrió para recuperar su rastro, las huellas se habían perdido al salir de la arena. Un gemido le estremeció la garganta. Se adentró entre las calles temeroso del aspecto de unos muchachos que jugaban con un perro, Podrían robarle, ya no estaba seguro, su aspecto de niño rico resaltaba entre ellos. Su marinero, su hombre, su fantasía tenía que encontrarle. Ya había pasado media hora, y la tarde empezaba a caer, había perdido todo posibilidad, enfadado se resignó a volver sobre sus pasos, al reencuentro con sus padres que le preguntarían adonde has estado, ¿me dejas ver las fotos? imposible. Mentiría, tenía que proteger su tesoro.
Se dio de golpe con un hombre que salía de un bar.
-Niño, mira por donde caminas- la voz gruesa, hosca pero no desagradable, una advertencia casi protectora. Miró hacia arriba, unos ojos negros le miraban desde las pobladas cejas, la colilla entre los labios resecos, la camisa gastada, abierta, ofreciéndole la visión del bello recio, duro. Era el marinero!!!.
Esta vez no le perdió, le siguió con cuidado de no ser visto hasta que el hombre se adentró en la última casa del pueblo. Se acercó hasta la cerca de madera podrida ¿se atrevería a saltarla? La abrió con cuidado, con miedo, ¿qué le diría si le veía espiándole?
Rodeo la casita observando por cada una de las tres ventanas. Allí estaba, sentado frente a una mesa vieja, sin mantel, apurando un vaso de vino. Las piernas estiradas, las botas verde oscuras arrojadas sin cuidado. Los pies cubiertos por unos calcetines agujereados Click, click, click.
Pasó una media hora absorbiendo la fuerza que emanaba el hombre, su madurez, su belleza hirsuta. De repente el hombre se levantó para desaparecer por la puerta de una habitación.
El chico buscó la ventana, la encontró, asomándose con cuidado. Ya se había quitado la camisa, ofreciéndole la grandeza de un cuerpo maduro, el vello negro y blanquecino de su torso, la piel que comenzaba a marchitarse pero todavía en su completo poder. Se sentó sobre la cama que chirrió quejándose bajo su peso, se agachó para quitarse los calcetines, Tras ellos el pantalón que dejó caer sobre una silla. Se recostó sobre la cama, encendiendo el último cigarrillo.
El chico fotografiaba cada uno de esos momentos, de los instantes que luego gozaría a solas con placer onanista, las piernas fuertes y velludas, la mano nudosa que había introducido en el calzoncillo, el poderoso bulto de su entrepierna aprisionada por la tela gastada del slip. El brazo izquierdo entre la nuca y la almohada, el derecho laxo sobre las sábanas, casi podía oler el bello de las axilas, el aliento de vino mezclado con el tabaco que exhalaba con cada calada.
Como aplastó la colilla en un cenicero sobre la mesita y suspiró, cerrando los ojos, la frente noble, las orejas grandes, el cuello moreno contrastando con la parte de su cuerpo que cubría la camisa. Se tocó el miembro, el chico observaba como la mano lo acariciaba sobre el calzoncillo, como poco a poco lo amasaba, como introdujo su mano para acariciarse los testículos, como crecía el trozo de carne en el interior de la prenda.
Fotografió con primero planos, cada uno de los actos casi litúrgicos y morbosos con los que el hombre maduro se regalaba ese placer solitario ¿Dónde estarían sus pensamientos? ¿Por qué no podría capturarlos también la cámara? La mancha de orines sobre el blanco, el contraste de color entre sus piernas y la blancura de las sábanas, la gozosa blandura de una verga generosa acariciada apenas por los dedos y fue ciando la sacó.
Poco a poco fue testigo de como el mástil se elevaba orgulloso, como la piel del prepucio dejaba paso al carnoso glande. La mano basta acariciaba el pezón casi enterrado en los duros pelos del pecho, el ir y venir del oleaje del vientre. La cabeza estirada hacia atrás rastreando pensamientos lúbricos, la boca entreabierta, la nuez poderosa de su barba, el bombeo de nuevo de su mano contra ese miembro salvaje, excitado.
Capturó con su cámara cuando el cuerpo del hombre se arqueó convulso. Aquella mezcla de dolor placentero del orgasmo, de los trallazos que se derramaron por el vientre, más arriba aún, por el pecho. De las caricias lentas, del deseo apagado ya de su mano mojada por la savia sacrosanta, bendecida por el hombre primigenio, básico, e inmortal, la belleza de la masculinidad sin aderezar, sin lujos superfluos.
El muchacho se retiró con respeto de la ventana, se alejó de la casita pobre en la que reposaba el pescador, llevándose en su cámara y en su mente las últimas imágenes del miembro flácido, bello, del hombre descansando en paz, en armonía con la tierra y el mar del que sacaba sus frutos. Absorto, testigo de la intimidad olorosa de un hombre maduro, hermoso y fuerte. Regresando a la anodina habitación de su apartamento que cobraba una nueva dimensión por lo que acaba de acontecer.
Lunes Santo. Unción de Jesús en casa de Lázaro.
Tuvo una noche turbulenta, los sueños se entremezclaron con periodos de semiinconsciencia que se calmaron al amanecer. Se levantó temprano, la primera mirada a la cámara en la que escondía los secretos de un hombre, secretos de los que se había apoderado. Fue llamado a desayunar antes de poder echarles el vistazo que tanto anhelaba.
Que distinto resultaba su padre; tan correcto, guapo aún a pesar de esa incipiente barriga que se le formaba con la edad, pero aburrido, le observó leer el periódico con sus gafas caras, la imagen de un ganador, de un hombre que se había abierto camino a base de codazos en una jungla de la bolsa, sin embargo carecía del magnetismo del pescador, de la fuerza telúrica que de él emanaba.
Su madre se ajustaba el cabello, los ojos grises, igual que los de él, en el rostro hermoso una señal de alarma; ese rictus en la boca de amargura, de sueños incumplidos. ¿La hacía feliz el hombre que tenía en frente bebiendo una taza de café? Presintió en ella el agotamiento de veinte años de matrimonio, la falta de una aventura que le devolviera esas ganas de vivir que parecían escaparse entre los labios amargos. Había elegido casarse con una póliza de seguros, abrazar la seguridad de una cuenta bancaria en vez del cuerpo de un hombre de verdad.
Bajaron a la playa, el día había comenzado soleado, pero una brisa fresca y húmeda impedía un posible baño. Se alejó de sus padres un centenar de metros a penas, jugando con un perro sin dueño que apareció de la nada.
Después del almuerzo en un restaurante volvieron al apartamento y ya en su habitación, miró con detenimiento las fotografías, el deseo le subió por el pecho, aflojándole las piernas. Se acostó sobre la colcha y sin darse cuenta se encontró tocándose, buscando el placer que el pescador maduro había encontrado la tarde anterior. Se derramó sin desnudarse, acostado boca abajo en la cama dejó pasar el tiempo, sintiendo enfriarse el semen.
¿Qué estaría haciendo el hombre maduro que había provocado su orgasmo? ¿Se atrevería de nuevo volver a fotografiarle? Su cuerpo respondió por él. Se levantó, se cambió de ropa y se lanzó a la calle a buscarle.
La casa estaba desierta, de eso estaba seguro, ningún movimiento que delatara la presencia de su dueño. De repente sintió que debía entrar, respirar el mismo aire que el marinero, tocar las mismas cosas que sus manos habían tocado, acostarse en la cama donde él recreaba sus sueños.
La ventana de la cocina estaba abierta, se aseguró que nadie presenciaba como violaba la entrada un salto más y estaría dentro. La casa permanecía muda, respiró a fondo recogiendo junto con el aire esa seguridad protectora que emanaba. Presintió la fuerza del hombre en cada uno de sus rincones. Pasaron los minutos mientras fotografiaba los enseres cotidianos que formaban parte de su vida, la lamparilla de queroseno, el sillón desvencijado, la radio antigua. Paseó por cada una de las pocas piezas que componían el acogedor hogar del marinero. Los platos por fregar del almuerzo, el reconfortante goteo del grifo antiguo del fregadero, el hogar de leña que le proporcionaba calor en las noches de invierno, la fotografía enmarcada de una mujer sobre una mesilla.
Entró en el baño, sintió una especie de pudor contenido al revisar sus efectos personales, el pequeño espejo en el que se afeitaba, la brocha y el jabón con su olor puro. Sin darse cuenta se encontró enjabonándose su cara imberbe y afeitándose las mejillas con la misma hoja que acariciaba el rostro del hombre, sintiendo el escozor del agua de colonia en su rostro, limpiándose con la toalla húmeda que aún guardaba el olor de su cuerpo. Se volvió hacia el retrete, la tapa abierta, el orín aguardando a ser evacuado, algunos pelos rizados de su pubis sobre la tapa en la que amarilleaban gotas de orina.
Aquello no estaba bien, lo sabía, estaba nervioso, con miedo pero una fuerza mayor le impedía saltar por la ventana y volver a su mundo, una fuerza en forma de erección incontrolada que se magnificó al entrar en el dormitorio.
La cama revuelta le recordó el episodio de la tarde anterior, las botas de agua alineadas junto al armario que abrió para aspirar los aromas de masculinidad que se desprendían de las cuatro camisas colgadas, de los pantalones ausentes de la carne que los enfundaban, del abrigo negro gastado que olía a tabaco y salitre.
Se volvió hacia la cama presidida por un crucifijo de madera sobre las paredes blancas sin más adornos, casi monacal. Se sentó complacido al escuchar la queja del somier, y se dejó caer sobre la almohada, aspirando el olor a macho que desprendía. Sin pensarlo dos veces se desnudó y se acurrucó contra las sábanas, acomodado en el hueco que el peso masculino había marcado noche tras noche. Se introdujo entre ellas, oliendo, aspirando como un perro en busca del rastro que le devolviera la presencia de su amo. Encontró las manchas amarillentas que endurecían el lienzo, las tocó con la yema de los dedos, con los labios, embebido por el aroma que desprendían.
Bajó como un fantasma hasta los pies de la cama, el mundo se había tornado blanco, el blanco de las sábanas por las que se internaba, una blancura interrumpida por los pelos del cuerpo del marinero. Llegó hasta los pies, allí halló el perfume de su hombría, enterrando el rostro en las sábanas se le escapó una gemido de deseo incumplido. Aún le que quedaba por realizar su mayor audacia, recordó de repente los calzoncillos bendecidos por el esperma de su dueño. ¿Dónde estaban? Buscó el cesto de ropa sucia, lo encontró en un rincón de la cocina, revuelta la camisa con los calcetines, y por fin la prenda deseada.
A pesar del frío que sentía en los pies descalzos su cuerpo desnudo bullía de deseo, se los llevó a la cara, emborrachándose del olor a hombre de verdad. Embriagado, por el perfume que exhalaba, los besó, los acarició con la mejilla, hundió la nariz en la sombra que mostraba con su imprenta el ano masculino. Se los puso sintiendo como la fuerza del hombre se trasladaba a él, volvió a la cama y apretó su mano contra su virilidad *******, tuvo la tentación de masturbarse, de correrse, de sentir placer pero deshecho la idea, su semen no podía profanar la prenda. Decidió llevárselos, no podía desprenderse de ellos, eran demasiado valiosos, tenía que adorarlos en la intimidad, una vez tras otra, hasta que el olor poco a poco desapareciera, de desvaneciera como las almas de los muertos que acaban por fundirse con la tierra. Los introdujo en la mochila, junto con los calcetines.
Había pasado más de una hora, de repente se le tornó descabellada su hazaña. Tenía que salir corriendo, para no ser descubierto en su desliz y en su ****** intromisión.
Cuando se disponía a saltar por la ventana escuchó la puerta, la adrenalina le zumbó en los oídos, ya era tarde pero tenía que intentarlo, se encaramó sobre la pileta. El estruendo de un plato sobre el suelo acababa de delatarle. Con un gemido notó como una mano se aferraba sobre su tobillo tirando hacia dentro.
-Ven aquí ladrón- tronó la voz tras él, mientras era arrastrado por la camiseta hacia el interior.
-¿Qué carajo vienes a robar aquí?
El muchacho pataleaba intentando zafarse de los brazos que le aferraban, de la mano que le tapaba la boca. No tardó ni dos segundos en darse por vencido, su cuerpo se quedó laxo al comprobar que la mano que le impedía gritar era la misma con la que se había masturbado.
El pescador al notar que las fuerzas abandonaban al muchacho aflojó el abrazo que le atenazaba.
-Túmbate en el suelo- fue la orden que recibió.
Sólo se escuchaba la respiración del chico sobre las baldosas del suelo.
-Ni se te ocurra moverte ¿me oyes?!!!
El sonido de un cajón de la cocina, el brillo de un cuchillo, la bota del pescador que le retenía aprisionado su espalda contra el suelo. La humillación más completa cuando descubrió que le estaban amarrando las manos con una cuerda.
-Así no te escaparás hasta que llegue la policía.
El muchacho estalló en un sollozo sordo.
-No soy ningún ladrón-
-¿Ah no, y qué haces entonces en mi casa?
Imposible revelar lo que le había llevado hasta allí.
Le levantó del suelo y le condujo de un brazo hasta el comedor. Le agarró por los cabellos y le hizo ponerse de rodillas frente al sillón en el que se fue a sentar. El chico agachó la cabeza avergonzado e intimidado por los dos carbones ardiendo en que se había convertido los ojos de su captor.
-No tienes pinta de ladrón, y no me gusta la policía. Tienes tres minutos antes de que me arrepienta y te lleve yo mismo si es necesario. Cuéntame que haces aquí.
-Déjeme marchar, por favor, no soy ningún ladrón- lloraba el chiquillo.
-Hablaaaa!!!, cada vez te queda menos tiempo.
¿Cómo iba a contarle lo que hacía ahí? Era imposible, podía mentir, esperar incluso que apareciera la policía, ellos avisarían a su padre que no tardaría en res**tarle, todo menos contar lo que le había llevado a aquella locura.
El hombre sentado en el sillón, esperaba una respuesta que no llegaba, las piernas abiertas, las manos duras sobre los brazos del sillón y el rostro ladeado, fruncido pero confiado, intentando averiguar que llevaba a un niño rico como aquel a entrar en su casa. De repente reparó en la mochila.
-¿Qué tienes ahí dentro?
-No, por favor no la abra, sólo hay cosas mías- dijo en un intento de levantarse, frustrado por una severa mirada del hombre.
-Eso lo decidiré yo- fue la respuesta mientras abría la hebilla de la mochila.
Unos segundos agónicos precedieron a la mirada que el hombre le escupió al descubrir primero los calcetines viejos y usados, tras ellos los calzoncillos.
El muchacho bajó la vista hasta las botas del hombre, las mejillas encendidas, la garganta seca por la vergüenza. Las ganas de luchar contra sus ataduras.
El hombre cogió con una mano el slip y lo puso delante de los ojos del muchacho.
-¿Qué significa esto?
Silencio.
-¿Has entrado en mi casa para llevarte mi ropa sucia? ¿En dónde tienen la cabeza los chicos de hoy en día?
Silencio, quebrado por un débil sollozo del chico, por un chasquido con la lengua del pescador.
-¿Qué más hay aquí?-dijo sacando la cámara de fotos, manipulándola sin saber bien cómo.
Las rodillas habían comenzado a dolerle al chico, hizo un ademán de acomodarse, abortado de nuevo por la mano del hombre que se lo impidió.
Logró encenderla. La última instantánea mostraba la foto de las sábanas revueltas.
-¿Pero, qué demonios…????
Las esperanzas del chico de que el hombre no supiera hacerla funcionar quedaron truncadas. Miró con angustia las pobladas cejas oscuras fruncidas que revelaban el disgusto, los ojos incrédulos, sorprendidos ante cada una de las imágenes que aparecían ante la leve pulsación del pulgar sobre la máquina que mostraba la violación de su intimidad.
Dejó la cámara sobre la mesilla ¿Hasta dónde había llegado, hasta que punto había visto?
-Ven- dijo agarrándole por una oreja hasta atraerlo entre sus piernas-¿Qué significa esto? –añadió mostrándole una instantánea que mostraba un primer plano de su mano llena de semen.
-¿Me has estado ********?
-Eres uno de esos chicos que disfrutan mirando a los demás ¿verdad?
Silencio de nuevo. La cabeza agachada, los ojos cerrados con fuerza, pues cada vez que los abría se encontraba con la entrepierna del hombre, impedido como estaba de poder desviar la vista hacia otro sitio. Las rodillas le flojearon, se acomodó sentándose sobre los talones. El resultado; su cara quedaba ahora a medio palmo de la bragueta del pescador.
-¿Te gustan los hombres, eh? –esta vez en un susurro ronco.
El chico respondió con una negativa con la cabeza.
¿Te atrae esto?- añadió mientras colocaba de forma indolente la mano callosa sobre el bulto.
-¡No!- se defendió el joven.
-Pues yo no creo que estés diciendo la verdad.- respondió mientras le subía la barbilla con los dedos, impidiendo que el chico agachase la cabeza y se enfrentara con lo que tanto ansiaba y a la vez temía.
-Bien –dijo de repente el pescador rompiendo el ensalmo- los minutos han pasado. Voy a llevarte yo mismo a la policía, ellos sabrán que hacer exactamente con un chico como tú cuando examinen el contenido de las fotos y lo demás que me has robado y que llevas en la bolsa.
-El muchacho gimió, de pronto cayó en la cuenta de que todo el mundo sabría de sus actos, la policía, sus padres…Se resistió, pero el pescador lo tenía bien cogido de un brazo ¿Pensaba llevarle atado por las calles como a un perro?
-No, por favor- suplicó arrodillándose ante sus pies- Haré lo que sea, puedo conseguir algo de dinero.
Una bofetada silenció el pequeño discurso.
-¿Pero que te has creído mocoso idiota, que quiero tu dinero? Escúchame bien, tú eres el que estás metido en un lío, el que ha asaltado mi casa, quien ha tomado fotografías sin pedir permiso ¿y encima pretendes ofenderme con tu dinero?.
-Perdóneme señor, no quería ofenderle, pero es que mis padres no deben saber nada de esto.
El marinero le miró fijamente durante un largo minuto, chasqueó la lengua de nuevo y se agachó para levantar por el brazo al chico.
-Lo que has hecho no es bueno, chaval. Y de alguna forma debes ser castigado, no quiero meterte en problemas así que vamos a dejar a la policía de lado, y voy a ser yo mismo el que te de el correctivo que necesitas, ya que tu padre no ha sabido dártelo. ¿Aceptas?
-Sí, sí señor lo que usted diga.
-Unos cuantos azotes te enseñarán a tener un poco más de juicio.
El hombre le dio la vuelta. El muchacho cerró los ojos esperando que llegara el primer golpe, pero se encontró con sorpresa que le estaba desatando las manos.
-Márchate ahora, recapacita en todo lo que te he dicho y te espero mañana por la tarde.
-Si señor.
-Recuerda que tienes un castigo pendiente, que me has dado tu palabra, y que los hombres de verdad nunca la rompen, si me fallas iré a buscarte donde quiera que vivas y te lo daré delante de todo el mundo.
El chaval salió con paso rápido de la casa sabiéndose observado. De repente una voz de alto.
-¡Eh! Te olvidas la mochila.
Se giró y recogió al vuelo la mochila que le lanzaba desde la puerta el maduro pescador.
Martes Santo. Jesús anticipa a sus discípulos la traición de Judas y las Negaciones de San Pedro.
Se levantó antes del amanecer, este día no le tocaba hacerse a la mar, los turnos se establecían rigurosamente por el gremio. No había suficiente pesca para todo el mundo y los descansos se hacían necesarios. Eso no le supuso impedimento alguno para levantarse temprano, podría haberse quedado durmiendo, pero estaba enamorado del mar, no sabía a ciencia cierta si ese amor era más costumbre que otra cosa, pues también lo odiaba. Para entenderlo había que haber nacido pescador, escuchar el romper de las olas antes que la voz de su propia madre. La mar se le metía a uno dentro, le calaba hasta los huesos y para bien o para mal cualquiera que hubiese faenado durante años no podía vivir sin su aliento salado y fresco.
La mar, ellos la llamaban así, en femenino, pues como las mujeres se tornaba antojadizo, como ellas se podía volver huraña, y en los peores de los casos acabar en una tempestad en la que de nuevo como ellas se podría salir mal parado, a veces vivo, pero nunca triunfante. Pero cuando estaba serena y placida, era como una mujer que se dejara acariciar, las pequeñas ondulaciones como pechos, su quietud como el vientre terso y generoso de una mujer.
Le gustaba reflexionar sobre estas cosas mientras se encaminaba antes de que saliera el sol hacia la playa, sentir la arena fría y blanda sobre sus pies mientras se desnudaba y se adentraba en el agua, primero las mansas olas que venían a lamerle los pies, poco a poco el resto de las piernas. El frío en los genitales no lo aguantaba bien, así que corría un par de zancadas y se sumergía en el verdemar helado de sus aguas.
Reavivado por las sensaciones nadar unos metros hasta el rompiente de las olas, le estimulaba luchar contra ellas, dejarse zarandear, revolverse y golpearlas, atravesar la ola antes de que la cresta cayese sobre él y le arrastrase.
Aquélla mañana se sumergió para tocar el fondo marino, cuatro metros de profundidad a lo sumo. Sus pulmones ya son lo que eran, el tabaco y los años ¿quién de los dos le había causado mayor perjuicio? Salió a respirar con una bocanada el aire que le faltaba, se sosegó y decidió que era hora de volver a la playa.
Cerró los ojos y se estiró sobre la arena, los brazos y las piernas en cruz, los dedos abiertos, comprobando que cantidad de espacio podía alcanzar, sabía que lejos de ese acto todo era una quimera. Que no por tener más o menos dinero o sabiduría podría ocupar más mundo que el que sus miembros lograsen abarcar.
De regreso a casa, se paró en la taberna del Lucio, como cada mañana se sentó en la misma silla de la barra y pidió un vaso con ron, sacó el primer cigarrillo del día y lo encendió con extasiado placer. A aquellas horas no solía haber nadie, a los que les había tocado ya hacía horas que se habían embarcado, los demás parroquianos del pueblo vendrían más tarde, aquella mañana de martes santo un único viejo dormitaba mirando por la sucia ventana de la taberna.
-¿Te has enterado del chico ese que se han encontrado ****** en la playa?-preguntó Lucio.
Una alarma en su interior se activó en el acto. Exhaló el humo del cigarrillo aparentando calma.
-No…¿Era de aquí?
-¿Del pueblo? No. Un chico forastero. De la capital, creo.
-¡No me jodas, Juan! No te enteras de nada- terció el viejo que comenzó a mostrar interés por la conversación, aburrido de mirar la playa- Si lo sabe todo el pueblo.
-¿Y cómo ha sido?
-Nadie se lo explica, pues tiempo de playa no. Pues había que ver a la madre, se ha vuelto como loca, se la han tenido que llevar en una ambulancia de la impresión- aclaró el viejo.
El pescador se quedó pensativo aparentando la indiferencia que en realidad no sentía
-¿Y cómo dices que era?
-¿Quién, la madre?
-No hombre el chaval ese. El niño que se ha ahogado.
-No te sabría decir, quién lo vio fue mi señora. ¡Uff! Esa se entera de todo, desde la mosca que vuela por entre las mesas del bar, hasta el último turista que viene al pueblo.
-¿Y bien?
-Y bien ¿qué?
-Pues, eso ¿qué cómo era el chaval?
-¿Y yo que sé como era el chico? Pues un chaval como todos. Como todos esos infelices que se ahogan año sí y otro también en verano. ¿Yo que sé? Si quieres se lo pregunto a Eulalia.
-No hombre no hace falta.
-Era un chico rubio, de unos dieciséis o dieciocho años- respondió el viejo desde su mirador de la ventana, pero Juan, el pescador ya no oía nada, era como cuando se le metía agua en la oreja y el oído le zumbaba. Dejó unas monedas en el mostrador y salió a la calle sin despedirse.
-¡Pues, qué mosca le ha picado a ese, ni se ha tomado el ron!
-A ver Lucio- se dijo así mismo, es que te has puesto muy pesado con lo del chaval.
Se paseó por la playa, entre los testigos que decían haber visto y aseguraban haber escuchado, pero era muy poco hablador y no era amigo de entrar en esos chismes. Con una sensación en la barriga pero más en el corazón y un negro presagio planeando sobre su cabeza se acercó al cuartel de la policía, pero allí no le quisieron decir más.
¿Por qué se interesaba tanto por el chaval? Podría ser cualquiera, el pueblo en estas fechas duplicaba su población, se decía para animarse, pero sin lograr tranquilizarse.
¿Cómo podría enterarse de una maldita vez? Si no sabía ni como se llamaba, ni donde se alojaba, ni si tenía amigos. Lo único que mantenía de él era que tenía aproximadamente esa edad, y que era rubio como el trigo.
No pudo almorzar, se pasó toda la tarde intranquilo, sentado, paseando por su estancia, la inquietud le bailaba en la boca del estómago que intentaba acallar con tragos.
No era dado a urdir planes ni calentarse la cabeza con historias recreadas en mentes enfermas, pero el hecho estaba ahí ¿Cuántos chicos rubios de esa edad podría haber en el pueblo? El otro dato que le inquietaba era que se había ahogado de noche, y el chiquillo de la maldita cámara fotográfica se había marchado pasadas las nueve. Le había dado tiempo de sobra de resbalar de una roca y golpearse la cabeza hasta ahogarse, o puede que, incluso, hubiese querido poner fin a ese episodio vergonzante y se echado al agua. Los chicos de hoy estaban locos, si eran capaces de atreverse con fotos como aquellas, ¿qué no iban a poder hacer más?
La tarde pasó y la estancia se cubrió de sombras, pero aún más sombrío era su estado de ánimo. Cigarrillo tras cigarrillo, vaso tras vaso acompañaba su desazón al tic tac del reloj que marcaba su desconsuelo. El chico no llegaba, cada hora que pasaba la certeza de que el ahogado era el muchacho atrevido que le había fotografiado se instalaba en su corazón con un peso inexorable.
El chico se merecía el castigo, se decía, lo que había hecho no estaba bien, nadie puede ir por ahí haciendo aquello, pero sólo era un muchacho.
La noche cerrada lo acogió entre un frío y oscuro abrazo. La mirada desesperanzada se perdía entre la danza lúgubre del fuego del hogar, seguía esperando, no sabía qué, pero esperaba, que se hiciese de día, que las pocas esperanzas acabasen por disiparse. No sabía que esperaba, pero obstinado no apartaba la vista de la lumbre que proyectaba el triste espectáculo de luces y sombras sobre la sala.
De repente la puerta se abrió, despacio, miedosa, de forma casi imperceptible. La figura del muchacho recortada sobre el oscuro marco de la noche.
-¿Dónde has estado?- gritó, ronco.
-Yo…
Le cruzó la cara de una bofetada que cogió por sorpresa al muchacho.
-Por favor, no…
Le agarró por el pelo y lo empujó al interior. El chico le miraba asustado, impresionado por la ********* con que era acogido, observó como el marinero se sacaba la correa que le sujetaba los pantalones y la doblaba por la mitad.
Con una mueca de miedo se acurrucó contra la pared cercana al fuego. El hombre le agarró del brazo y le obligó a girarse, el cinturón silbó en el aire. El primer impacto le sorprendió más queel dolor, los siguientes fueron cayendo sobre las nalgas y piernas.
-No te muevas.
Unos azotes más y el pescador arrojó el cinturón al suelo, la respiración forzada por la rabia y el esfuerzo se mezclaban con el llanto silencioso y doloroso del chico que había quedado acurrucado en el suelo.
El hombre se arrodilló y balbució algo torpe, sin sentido, buscaba los ojos del joven con los suyos, con sus manos enderezar la cabeza que el chico escondía entre las manos para ocultar sus lágrimas y su vergüenza.
-Perdóname, yo… Creí que te había pasado algo malo…que te habías…- dijo entre susurros entrecortados persistiendo en alcanzar el rostro del chico.
Le levantó del suelo buscando la mirada que el muchacho se negaba a entregarle, recogió las lágrimas con sus endurecidos dedos, le abrazó con fuerza enterrando la cabeza del chico entre su pecho, acariciando su rubio cabello con sus manos grandes.
-¿Por qué has vuelto?
-Mi padre, le conté si un hombre debía cumplir siempre su palabra -contestó entre sollozos mirando por primera vez a los ojos al marinero.
El hombre acercó con timidez sus labios a los ojos del muchacho, los besó con ternura, bajó hasta sus labios acariciándolos con suavidad con los suyos. El chico le entregaba su inexperiencia, nunca antes había besado. La lengua del hombre queriendo invadir la boca dulce que se abría como una flor temprana se hizo paso forzando las defensas del chico. La boca áspera, depredadora, apoderándose de la del muchacho, lamiendo sus labios, su lengua, bebiendo su saliva.
De pronto la separación, la culpabilidad ocupó el espacio entre sus cuerpos, instalándose como un invitado m*****o entre los dos.
-Estoy orgulloso de ti chaval, has cumplido con tu palabra, pero debes marcharte. No vuelvas más por aquí.
El muchacho bajó los ojos y se dirigió hasta la puerta, estaba confuso. Antes de salir una última mirada atrás, sin atreverse a preguntar.
-Márchate, esto no es bueno para ninguno de los dos.
En la calle la noche, el rumor del mar, en su boca el sabor de la boca de un hombre. La piel le escocía por el castigo.
Salió corriendo del barrio *********, hacia las luces del pueblo, hacia la seguridad de su habitación.
Miércoles Santo. Judas Iscariote conspira con el Sanedrín para traicionar a Jesús por treinta monedas de plata.
-Venga hijo, levántate tu padre va a llevarnos a una excursión en una barca.
_No tengo ganas mamá.
-Pero hijo ¿te encuentras mal?
-No es que…
-No hay peros que valgan- sentenció el padre desde la puerta de su habitación- No te vas a quedar aquí con el día tan bueno que hace, así que ponte de pie y en diez minutos te quiero listo.
El chaval bajó de mala gana, el cabello revuelto y el impermeable puesto. No hacía el buen día anunciado por su padre, los rayos se sol se ocultaban de tanto en tanto por unas nubes que presagiaban lluvia.
-Anímate marinero, vamos a alquilar una barca y nos vamos a la isla que hay a pocos kilómetros de la costa-dijo su padre mientras cargaba la pipa y se ponía un ridículo gorro de capitán.
Bajaron hasta el puerto y allí preguntaron dónde se podía alquilar los servicios de alguien que quisiera llevarles a la “isla del tesoro”.
-No va a encontrar ninguna barca de recreo –les anunció un tipo que estaba desamarrando un yate - Debieron haber hablado antes, a comienzos de la semana.
Contrariado el padre le preguntó si conocía a alguien que los pudiese llevar.
-Al final de la playa-dijo señalando con el dedo la dirección-hay un barrio de pescadores, pregunte en la taberna del Lucio, allí suelen reunirse los días que no se embarcan.
Al chaval le saltó una alarma interior, le estaban dirigiendo hacia el barrio al que nunca más debía acercarse.
-Pues no se hable más, vamos.
El chico se quedaba rezagado, viendo como sus padres caminaban unos pasos por delante por la dura arena húmeda, adentrándose por las casuchas pobres que ya conocía, hasta que llegaron a una taberna con las puertas de madera pintada de verde. Entraron.
Pidieron un desayuno, no había más que café y unas tostadas duras de pan que a sus padres se le antojaron de lo más auténtico. El dueño de la taberna limpiaba el mostrador con una jerga húmeda mientras preparaba el pedido, momento en el que el padre decidió hablar.
-Por cierto, nos han hablado de una isla en la que hay unas cuevas muy interesantes. Estamos interesados en verla y nos han indicado que quizá aquí encontraríamos quien nos llevara.
-¿A la cueva de los enamorados?
-¿Se llama así?
-Bueno en realidad no tiene nombre, la llaman así desde hace unos veinte años, la Isla si tiene nombre es "La preciosa".
-¿Y por qué le llaman la cueva de los enamorados?-preguntó la madre del muchacho.
-Pues es una larga historia, si quiere se la cuento, pero… por ahí viene Manuel, quizá quiera llevarles y además le podrá contar la historia, al fin y al cabo tiene ese nombre en su honor.
Los padres se volvieron hacia la puerta para ver a un marinero que entraba en ese momento.
El chico también se volvió para descubrir que se trataba de él. Avergonzado bajó la cabeza rogando para que el tipo no aceptase, para que se pusiese a llover, o que se abriese la tierra y se los tragase antes de tener que enfrentarse de nuevo a su mirada.
-Manuel, estos señores buscan a alguien que les quiera llevar a la isla.
El marinero les miró y le estrechó la mano que el padre del chico le presentaba. Estuvieron hablando durante unos minutos para cerrar el trato. El marinero aceptó, no le vendrían mal unos ingresos en esta semana, pensó mientras se tomaba un café con coñac.
-¿Van a venir ustedes dos?
-Tres, también viene nuestro hijo –dijo señalando hacia el chico que se quería hacer invisible en su mesa.
Al marinero se le ensombreció la cara al descubrir el rostro del chaval.
-No puedo llevarles.
-Pero, si acabamos de cerrar el trato ¿por qué?
El chaval estaba m*****o, pero sacando el orgullo de su interior interrumpió.
-Un hombre nunca rompe su palabra.
El padre insistió. –Le pagaré el doble de lo acordado.
-De ninguna manera el precio está acordado-respondió el marinero con evidente fastidio dirigiéndose hacia la puerta.
El padre le revolvió los cabellos al chico aprobando su intervención.
Llegaron hasta la barca en la que el marinero ayudó a subir a la madre, cuando quiso hacer lo propio con el chico, este la rechazó subiendo por sus propios medios. Se hicieron a la mar.
El trayecto fue tenso, el marinero no hablaba, limitándose a mirar al chaval que le esquivaba la mirada. Sus padres parecían encantados, por el trayecto en barca, elogiando la vida en el mar y respirando bocanadas del aire húmedo.
Al fin llegaron a la isla, el marinero se bajó y arrastró la barca hasta la orilla. La madre se bajó algo mareada y contenta de pisar tierra firme.
-Bueno ¿Dónde está la cueva de los enamorados? Nos han dicho que usted le puso ese nombre.
El marinero apretó las mandíbulas- No crea todo lo que se dice, no son más que patrañas, la cueva si la quieren visitar está entre aquellas rocas, no es peligrosa ni tiene ninguna grieta por la que puedan caer, yo me quedaré esperándoles cuidando de la barca.
-Papá, me encuentro un poco mareado, mejor me quedo- respondió el chico ante la mirada torva y m*****a del marinero. Ve con mamá yo los espero aquí si no les importa.
Los padres del chaval un tanto extrañados se pusieron en marcha hacia las rocas. El chico acurrucado en la orilla miraba como el marinero empujaba la barca hasta que la quilla quedó asegurada firmemente en la arena.
-¿Te has propuesto amargarme la vida, eh, chico?
-No ha sido idea mía, tengo tantas ganas como tu de volver a verte.
-Pues no lo parece, en este pueblo hay cientos de barcas y has ido a contratar los servicios de la mía- dijo resoplando por el esfuerzo mientras se apartaba el cabello húmedo de la cara.
Las gaviotas lanzaban sus quejidos revoloteando alrededor de una presa, los minutos pasaban, sus padres se habían perdido de vista.
-¿Te llamas Manuel verdad?
Los ojos negros del pescador se clavaron en los del chaval.
-¿Cómo lo sabes?
-El hombre del bar, él nos lo dijo.
-¿Lucio? Debería aprender a tener la boca cerrada.
-Yo me llamo Álvaro- le dijo levantándose y arrojando una piedra al mar. El guijarro saltó tres veces sobre la superficie antes de desaparecer entre las aguas grises.
-No hagas eso chaval.
-¿Qué cosa?-respondió el chico lanzando otra.
- Los de ciudad todo lo ven con diversión, piensan que todo les está permitido, que con el dinero se compra todo.
-¿Y no es así?
-No sabes nada de nada niño, la mar se merece un respeto. Si no cuidamos de ella, ella nos abandonará y te aseguro que es terrible cuando se enfada.
-¡Bah! no me lo creo –dijo lanzando una tercera piedra.
-Pues te lo creas o no, es así, y si vuelves a tirar otra piedra…
-¿¡Qué!??? Me pegarás de nuevo, te quitarás el cinturón y me volverás a golpear con él.
-No tienes derecho…
-¿Y tú, lo tuviste al…lo tuviste ayer????.
-No-respondió lacónicamente- pero qué más da no lo entenderías.
-Enséñame a pescar –dijo de repente el chaval, cambiando el rumbo de la conversación.
El pescador se rió de la ocurrencia, ese niño estaba loco.
-¿Y para qué quieres aprender a pescar?
-No me parece muy difícil, total echas las redes y las recoges al cabo de un rato llenas de peces ¿dónde está el secreto?
-No hay ningún secreto, se trata de nuevo del respeto, a la mar, a sus gentes, Hacer las cosas bien hechas, con los sentidos puestas en ellas. Y no tires más piedras ¿me oyes?
Ambos se miraron y sonrieron, el chico dejó caer la piedra a la arena.
-Eres un viejo bacalao.
-¿Cómo dices?
-Ba-ca-la-o. Bacalao, bacalao!!!! –respondió jocoso el chico mientras daba vueltas alrededor de él- Es la manera como Peter Pan llamaba a su enemigo el capitán Garfio.
-¿De qué hablas chaval?
-¿No sabes quien es Peter Pan?-preguntó incrédulo mientras cogía un palo que las olas había arrojado a la playa y lo blandía como una espada- ¿Ni los niños perdidos? ¿Ni siquiera Campanita?
Ahora vas a saber lo que es bueno- sentenció el chico mientras asestaba un golpe en la espalda con la improvisada espada y echaba a correr hacia las rocas.
-¿A qué no me puedes alcanzar, bacalao?
-Ten cuidado chico, las rocas están llenas de algas y puedes resbalar-la advertencia llegó tardía pues el chico se encaramaba en la roca más alta blandiendo la espada.
-Bacalao.
El pescador fastidiado se dirigió hacia las rocas, no podía permitir que el chaval cayese al mar desde una de esas escarpadas piedras. ¿Dónde se había metido? ¡Demonio de chico! Le había perdido de vista. De repente otro golpe, esta vez en las nalgas.
-¿Me buscas, Bacalao? Soy más rápido que tú-dijo echando a correr por la arena.
El pescador le siguió, corría detrás del chaval, herido en su amor propio. Ese niñato se estaba riendo de él.
Unos metros más y el chico tropezó cayendo sobre un charco de agua de mar que la marea había dejado. El pescador se arrodilló a su lado incorporándole.
-¿Te has hecho daño? Le dijo apartándole el cabello mojado de la cara.
El chaval no respondió, le miró avergonzado y sorprendido al ver como le levantaba entre sus brazos. El marinero miró el rostro del chico perlado de gotas de agua, la arena pegada en un lado de la cara, los labios trémulos como si de repente se fuese a echar a llorar.
De nuevo la ****** agolpándose en su bajo vientre, de nuevo el deseo de comerle la boca, de nuevo la culpabilidad de algo que no estaba bien.
El chico cerró los ojos, se entregaba de nuevo a la madurez de ese hombre, a la hombría tosca de su rostro mal afeitado. Los labios entreabiertos buscando la boca de su verdugo.
Sus labios se rozaron, pero esta vez el pescador apartó la cara.
-Se nos hace tarde chaval, tus padres deben estar ya en la barca –le susurró y dando media vuelta se puso en marcha seguido del joven.
El trayecto de vuelta lo hicieron en silencio, mientras la madre del chico alababa la vida sencilla y gratificante de las gentes del mar. ¿Qué sabía ella de los ahogados, de la pobreza de una pesca escasa, del frío y la humedad? No podía culparla, era una señora de ciudad en vacaciones, como su marido, como el chaval.
Al llegar al puerto el padre del chico sacó la cartera y le pagó al pescador lo acordado, el doble que una semana de pesca sonrió el pescador, el doble que una interminable semana de esfuerzos, de sacar redes vacías de llegar a la lonja con cuatro peces ¡Qué injusta era la vida!
Cuando iban de camino a casa, el chico se dio la vuelta.
-Creo que me he dejado el móvil en la barca-dijo alejándose a la carrera hasta la barca.
El marinero se había sentado en un noray y encendía un cigarrillo. La lumbre le iluminó las manos toscas, grandes, los ojos negros tras las espesas cejas. El chaval se plantó jadeando delante de él. El pescador apagó la cerilla y dio una chupada honda al cigarrillo.
Estuvieron unos segundos sin decirse nada, el chico sin saber como decirlo, el hombre maduro sin atreverse a preguntarle.
-¿Puedo volver a…verte?
El hombre apretó las mandíbulas ¿cómo explicar lo qué sentía dentro?
-No –intentaba decir algo más, algo que el chico comprendiera, pero las palabras estaban atenazadas en su garganta. Se levantó y poco a poco se fue alejando hacia su casa.
Jueves Santo. El Lavatorio de los pies, La Última Cena. Eucaristía, Oración de Jesús en el huerto de Getsemaní, Arresto de Jesús.
-Bacalao- se reía entre dientes mientras se enjabonaba la cara para afeitarse- ese chico estaba mal de la cabeza. Primero aquellas fotos robadas que todavía recordaba, luego la escena en la isla.
Ese chico estaba muy mal de la cabeza. Un loco, un loco encantador. La palabra se le clavó en el estómago ¿Qué le estaba pasando? El era un hombre maduro, al que le atraían las mujeres ¿Qué veía en aquel chaval? ¿Le quería como a un hijo?
-Bacalao-se repitió mientras se lavaba la cara ya rasurada. El espejo del lavabo le devolvió la imagen de un hombre envejecido, gallardo y fuerte, pero en plena decadencia. No había cumplido los cincuenta, pero parecía que tuviese bastantes más.
Se miró las manos grandes y callosas de dedos rudos, el torso desnudo lleno de pelo cada vez menos oscuro. Los brazos todavía potentes casi derrotados, los antebrazos cubiertos de vello en los que abultaban las venas. El vientre en el que se le formaba una ligera barriga, lejos ya de la delgadez de esa juventud, en la que corría, por esa misma playa, desde que era un chico de la misma edad que el chaval.
Continuó a su pesar con la inspección. Fijó la mirada en su miembro, aquel pedazo de carne oscuro y grande. La bolsa abultada del calzoncillo que contenía aquellos pesados testículos. Las piernas fuertes, que al menos le parecieron que todavía aguantaban el paso del tiempo.
-Eres un bacalao- le dijo al espejo, dándole un sentido al mote que el niño le había puesto. Ese chico que como un catarro se iba instalando en su cabeza, en su corazón, en su alma. ¿Le quería como a un hijo?... A los hijos no se les besa en la boca, se dijo.
Se sentía inquieto por dedicarle pensamientos a alguien de su mismo sexo. Peor aún, en alguna fantasía oculta se había preguntado con angustia que pensaría Álvaro de él.
Le había llamado por su nombre, ya no era el chico, o el chaval, tenía un nombre. La revelación le trajo de nuevo la culpabilidad.
El chaval no había bajado a almorzar, dijo que tenía dolor de estómago, que algo le habría sentado mal. Cuando sus padres dejaron de insistir, se centró en sus pensamientos. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué jugaba? Había besado a un tío. ¿Era maricón? La palabra se le clavó en el vientre, como horas antes le había pasado al pescador al acordarse del chico. Y para colmo ni siquiera había llegado a ser “eso” con un muchacho de su edad, se había colgado de un viejo. Apenas pudo aguantar un gemido de dolor.
La voz de la madre anunciando que se iban a ver las procesiones le sacó de sus pensamientos. El muchacho les convenció de que se adelantasen, que más tarde se encontrarían.
Dejó pasar un tiempo.
Recogió su mochila.
Se calzó unas zapatillas. Y salió corriendo hacia la playa.
La tarde se había vuelto lluviosa. Manuel salió del bar en el que acababa de echar una partida con otros pescadores del gremio. Le había costado entrar en el juego. No se concentraba, hasta que al fin entre risotadas, tragos de ron y cigarrillos logró sobreponerse.
¡Por fin había despertado! Se había sacudido la modorra y los pensamientos que nunca debieron haberse producido.
Hablaron de las tetas de fulanita, del culo de la mujer del tendero, y de lo guapa que se estaba poniendo la hija del farmacéutico.
No se tapó la cabeza con la capucha del impermeable, le gustaba sentir la lluvia sobre su cabeza y por su oficio estaba más que acostumbrado a empaparse por completo. Recorría las calles a grandes zancadas. Con esa lluvia la procesión se habría suspendido-se dijo para sus adentros-¡Que se fastidien esos hipócritas y su séquito de beatas. Un leve remordimiento le asaltó- Perdóname Virgen del Carmen- susurró mientras se persignaba. No era un hombre religioso ni mucho menos, pero la Virgen era otra cosa, la señora del mar, su protectora, la que tantas veces le había salvado de un apuro.
Las luces se hacían cada vez más débiles al adentrase en su barrio. Saludó a algunos vecinos y se desvió por el camino que llevaba a la última casa del pueblo. La suya.
Apenas veinte pasos más, la puerta. A un lado un bulto que no acertaba adivinar entre la lluvia y la oscuridad. Se acercó sigiloso.
La figura acurrucada levantó la cabeza, por el cabello mil riachuelos de agua, la camiseta pegada al cuerpo.
Desvalido, como un perro sin amo que mira suplicante a los transeúntes pidiendo…¿Qué pedía? ¿Amor, protección, ternura, complicidad, placer…?
El pescador aflojó la mano que aferraba una navaja en el bolsillo del impermeable. El corazón se aceleró apenas tres pulsaciones más sin tener claro todavía si se debía al fastidio o a la alegría oculta de ver al muchacho.
-¿Qué haces aquí?- apenas audible en mitad de la lluvia.-Te dije que no volvieras.
El chico se había levantado lentamente, en su mirada pugnaban por asomar el miedo, la duda y algo más, tan poderoso que no tardó en desbancar a los demás. En un imprevisto acto ******il se abrazó al cuerpo del marinero. Enterró la cara en su pecho, escondiendo la vergüenza y el deseo.
-Estás chorreando- dijo Manuel de una forma torpe- tendrías que entrar a secarte o pillarás una pulmonía. Pero tengo miedo de dejarte entrar-acabó por decir en un susurro. Si entras, sabes lo que va a pasar.
-Por favor, abrázame. Ayúdame a dar el paso.
El pescador sacó las manos de los bolsillos y abrazó al chico. Le apretó con fuerza entre sus brazos. Y le besó.
Primero de una forma tímida, rozando apenas los labios del chico, agradeciendo la frescura de las gotas de lluvia en ellos. Después de una forma salvaje empujó con su cuerpo al chico contra la puerta. Le besaba con furia, apretaba su cabeza contra la suya, la mejilla lampiña, dulce contra la aspereza de su barba ya pujante.
De repente pensó en el chaval, estaría asustado ante la torpe *********. No podía pensar en hacer de nuevo daño al chico. Se fue separando con lentitud. Abrió la puerta.
El muchacho entró con timidez temblando de frío.
-Espera te traeré una manta-añadió el pescador mientras se despojaba del impermeable.
-Quítate la ropa, la pondremos a secar-añadió mientras se agachaba para encender el fuego del hogar- Enseguida entrarás en calor.
El muchacho se fue desnudando hasta quedarse en calzoncillos. El fuego prendía en los maderos, un agradable calor comenzó a extenderse por la estancia.
Manuel apareció con una botella de brandy, sirvió una copa y se la ofreció al chico.
-Toma un poco, te hará entrar en calor.
Álvaro bebió un trago y tosió. Un agradable calor se instaló en la boca del estómago. El pescador se acercó por la espalda del chaval que miraba hipnotizado la danza de las llamas. Le abrazó y le besó en el cuello. El muchacho torció la cabeza dejándose hacer, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
-¿Por qué has vuelto?-volvió a susurrarle al oído.
-¿Y qué otra cosa quierías que hiciera? Haga lo que haga pienso en ti, vaya donde vaya siempre acabo en la puerta de tu casa.
Manuel de abrazó conmovido por las palabras del chico, luego posó sus manos en los hombros del muchacho y dejó caer la manta que le cubría. Pasó sus dedos sobre la espalda de Álvaro, acarició su vientre, subiendo hasta el pecho lampiño, perfecto, hasta que sus dedos duros se encontraron los pezoncillos erectos. El chaval suspiró.
Volvió al muchacho hasta quedar rostro con rostro.
-Bésame.
El muchacho elevó sus manos hasta la nuca del hombre y acercó los labios *********tes a su boca. Manuel fue bajando sus manos hasta las nalgas del muchacho, las acarició, forzó el slip abarcando la redondez de sus nalgas. Luego deslizó la prenda hasta sus pies. Las sombras proyectadas en la pared por el fuego del hogar de un hombre maduro vestido y un joven desnudo danzaban, se entrelazaban más ardientes aún que el fuego que recorría a aquellos dos hombres.
Se demoraron en el beso, aprendiendo el sabor de sus bocas, se mordieron los labios, mezclaron sus salivas.
-Desnúdame.
El muchacho desabotonó con urgencia los dos primeros botones de la camisa.
-Sin prisas, hijo. Hazme largo el momento.
El resto de los botones con demora, como en un ritual. Al final, la admiración por aquel torso masculino, de hombre de verdad.
Manuel se sentó en el desvencijado sillón extendiendo las piernas. El muchacho entendió. Arrodillado en el suelo le quitó las botas de agua. Hundió el rostro entre los pies del hombre, besando aquellos calcetines gastados, aspirando su olor. Luego se los quitó con lentitud, como le había pedido que le desnudase.
El pescador observaba con deseo al chico acurrucado entre sus pies, lamiéndolos como un cachorro. La lengua del muchacho trabajándole los dedos, apoderándose del sabor salado de las plantas, mordisqueando los talones.
Subió por sus piernas, besándolas, hasta quedarse ante la abultada entrepierna. Miró a los ojos al pescador, que acarició sus cabellos con la endurecida mano. Sus callosos dedos acariciaron el cuello y la nuca del chico acercándole hasta su verga que se endurecía dentro del pantalón.
Álvaro apoyó sus labios contra el paquete del hombre maduro, recorrió su extensión con la lengua, enterrando su cara, frotando sus mejillas contra la forma endurecida.
Besó el abdomen del hombre que se dejaba hacer. Introdujo la lengua en el ombligo recorriéndolo en círculos. Con las manos se deshizo del cinturón que le recordaba aquella golpiza, lo besó. Lo dobló por la mitad y sosteniéndolo entre las dos manos como una ofrenda agachó la cabeza.
-Castígame.
El marinero cogió con sus manos la correa. Con la otra mano desabrochó el cierre de sus pantalones. Guió al muchacho hasta apoyar su rostro contra el calzoncillo.
El cuero silbó en el aire hasta que encontró las nalgas del chaval, que se quejó. Su dolor quedó amordazado por la bragueta del pescador. Aprisionado por la mano que le impedía separarse de la entrepierna.
Le siguieron unos más, hasta que consideró que el castigo debía finalizar. Tenía el calzón humedecido por la saliva del chaval.
Apartó al chico y arqueando la espalda le ordenó.
-Bájamelos.
Álvaro obedeció y agarrando la prenda con las manos dejó al descubierto el pene del marinero. Ya no sentía casi el escozor en las nalgas. El olor de la entrepierna del marinero ocupaba toda su atención. Tenía que apoderarse de él como había hecho con las fotos.
El olor era el alma de un hombre.
Con la lengua *********te recorrió sus ingles, los testículos pesados y grandes, enterró la nariz en el vello púbico mientras que con la lengua los lamía, para al final recrearse en el oscuro miembro que se elevaba amenazante. Con una mano agarró la base para recorrer con su lengua de cachorrillo el enorme glande, que por su ojo dejaba escapar una lágrima espesa.
Acercó la punta de la lengua hasta apoderarse de la gota que dibujó un arco desde el glande hasta la lengua del muchacho. Lo lamió de una forma glotona.
-Quiero más –dijo como un cachorro ansioso.
Manuel sonrió casi sorprendido. Le levantó hasta tener su rostro frente a él. Le besó. En su boca, su propio sabor.
-Es toda para ti –respondió
Álvaro volvió a la verga del pescador y se la metió en la boca. No tenía experiencia de cómo hacerlo y se guiaba por su instinto. El miembro había crecido aún unos centímetros más, no le cabía en la boca y lo lamía por partes, como si en ello le fuera la vida, a veces en mamadas rápidas y ansiosas, otras se demoraba llevando al éxtasis al hombre.
Memorizaba las zonas que más placer producía al marinero y se centraba en ensalivarlas, en atenderlas.
-Para, chico…tranquilo, vas a hacer que me corra antes de tiempo. Ven, siéntate aquí conmigo.
El chaval se sentó en el regazo del hombre, apoyando la cabeza sobre su pecho, buscando las tetillas, que besó y mordisqueó con dulzura, mientras que el marinero acariciaba las sedosas nalgas, repasaba los ligeros relieves que el cuero había dejado.
-¿Te duelen?
-Sí, tus dedos queman. Si quieres continuar lo acataré, pero te suplico que no lo hagas.
-Shhh. El castigo ha quedado definitivamente saldado-respondió el pescador llevando un dedo hasta los labios del chaval. Repasó con el dedo aquellos labios húmedos y glotones.
El chico abrió la boca y lamió el dedo que el hombre se empeñaba en adentrar en su boca, al final lo chupó como hiciera antes con su miembro. El pescador retiró el dedo de la boca y lo llevó hasta el rosado ano del muchacho, que gimió al sentir el contacto.
Manuel acariciaba en círculos pequeños el ano del muchacho con lentitud, empujando cada vez unos milímetros. El chico gimiendo le buscó la boca, que el pescador rechazaba en un juego a****l. El muchacho insistía, el hombre a veces rozaba sus labios con los suyos para apartarse casi al momento, mientras continuaba taladrándolo con el dedo.
Ya había metido la primera falange cuando empujó el dedo hasta el final, ahogando el gemido del chaval con su boca. Después comenzó a sacarlo y meterlo comiéndose los quejidos de placer de la boca del muchacho. Sacó el dedo y lo puso frente al chico.
-Lámelo.
El chaval engulló el dedo y lo ensalivó con esmero. El hombre repitió la operación, cada vez más hondo. A veces se paraba, le gustaba sentir los latidos calientes del esfínter, los músculos intentado echar afuera el dedo invasor. Luego continuaba con el juego, mientras el chico se retorcía en su regazo.
-Siéntate a horcajadas sobre mí.
El muchacho pasó una pierna a cada lado de las caderas del marinero, quedando frente a él. Las piernas abiertas ensanchaban su entrada en la que sentía el pene del pescador.
-¿Me vas a hacer daño?
-Me temo que sí.
-Es mi primera vez.
-También es la mía, nunca he estado con un hombre.
Se miraron a los ojos y se abrazaron.
-Lo vas a hacer tu solo. Clávate.
Álvaro llevó la mano hasta la verga del hombre, apenas la podía rodear con la mano. ¿Cómo iba a alojar aquello dentro de sus entrañas?
Se la colocó a la entrada y se dejó caer. Con esfuerzo consiguió introducir la mitad de la cabeza.
-No voy a poder. Duele mucho.
Manuel tenía al muchacho cogido por las caderas le empujó hasta clavarle todo el glande. El chico hizo una mueca de dolor sin soltar ni una queja, cerró los párpados y apretó las mandíbulas.
-Relájate, hijo. Date un tiempo-le susurró al oído mientras acariciaba los pezones erectos del chaval –Me gusta sentir la estrechez de tu culo. Eres tan hermoso – le acariciaba con frases dulces y tranquilizadoras.
Atrajo el cuerpo *********te y recorrió con su lengua áspera las tetillas del chaval, las chupó y mordió con suavidad. Álvaro gemía y suspiraba. Había perdido el control de su ano que se contraía y relajaba con vida propia, obedeciendo a las palabras del hombre maduro, a las caricias de sus bastas manos, a la lengua que le quemaba en los pezones.
Estaba preparado para otro envite. Un empujón largo que llenó al chico con un trozo de carne más.
-Cabálgame.
El muchacho comenzó a moverse, con las manos se acariciaba los pezones sensibilizados por las caricias del pescador, que mantenía las manos sobre sus caderas llevando el ritmo de la cabalgata, De tanto en tanto empujaba al muchacho un poco más, introduciéndose en sus intestinos.
-Muchacho, ha llegado la hora de que la tengas toda dentro-anunció incorporándose con el chico, abriendole las nalgas y clavando su estaca, que con sus brazos se aferraba a su cuello, con sus piernas a las caderas del hombre.
Le colocó sobre el sillón, la espalda sobre el asiento, las piernas levantadas, entre ellas el marinero que se salió para entrar de nuevo con fuerzas renovadas.
Cuando el chico sintió la estocada creyó que iba a morir atravesado por la virilidad del hombre. Le estaba *******. Le envestía con dureza, cegado por el deseo de llegar al orgasmo.
El pescador inundó los intestinos del chaval entre gruñidos, mientras le comía la boca. El muchacho se derramó sin que le tocasen, por la presión ejercida sobre la próstata.
Luego tendidos en el suelo, sobre una alfombra raída, el marinero acariciaba al chico observando las sombras y luces que el fuego dibujaba en el rostro del muchacho.
-¿Te he hecho mucho daño?
El muchacho asintió con la cabeza.
-Déjame ver -dijo dándole la vuelta, poniéndolo boca abajo. Le tocó. El dedo estaba manchado de ****** y semen.
-Te he desvirgado,- añadió tendiéndose junto a él, una pierna sobre las del chaval, con un brazo rodeando su espalda, la mano posada en sus nalgas.
-No es como habías soñado ¿verdad?
El muchacho negó con la cabeza.
-Es mucho mejor –añadió- Es duro, como las cosas reales, duele, como también duele nacer y morir, pero te he tenido dentro. Me has bautizado con tu esperma. Me he entregado, pero tú también lo has hecho.
Se besaron con paz y con calma. Dos dioses griegos encarnados en aquellos dos hombres.
-¿Te marchas ya?-dijo el hombre desnudo mientras el chico se vestía con las ropas secas y calientes del hogar.
-Es tarde y mis padres estarán preocupados.
-Espera, me visto y te acompaño hasta el pueblo.
-No. Quédate –respondió el chaval, que quería estar a solas con sus pensamientos.
-¿Volverás?
Ahora era el hombre el que le pedía con esa pregunta que volviera.
El chico se volvió y le miró a los ojos, luego le besó y salió a la calle.
La noche estaba fresca, el rumor de las olas llegaba hasta el muchacho que se internó en la oscuridad de la noche apenas iluminada por la luna que se reflejaba allá a lo lejos en el mar.
Claro que volvería.
<i style="font-weight: bold;">Viernes Santo. Prisión de Jesús. Los interrogatorios de Caifás y Pilato.
[/i]¿Qué has estado haciendo hoy, chico?
El hombre acariciaba con una mano la espalda del muchacho, éste a su vez apoyaba la mejilla sobre el torso velludo del hombre. Ambos desnudos en la cama vieja, laxos, el deseo apartado por unos minutos, La casa en silencio, el rumor de la lluvia a través de los cristales.
Había amanecido despejado, el sol acarició la playa con suavidad, con timidez hasta imponerse en el cielo despejado.
El padre de Álvaro decidió hacer una salida. El chico subió de mala gana al automóvil sin que se le ocurriese alguna excusa veraz.
Con la cámara se entretuvo haciendo fotos. En el aburrido almuerzo en el mejor restaurante del lugar al final se entabló la conversación.
-¿Te aburres con nosotros, verdad, Álvaro? –le preguntó con delicadeza su madre.
El chico no contestó, no quería herir los sentimientos de sus padres ni arruinarles el día, se limitó a separar algunos granos de arroz de su plato.
-Deja al chico en paz, mujer, no ves que está en una edad difícil. –respondió jovial el padre- Lo que necesita es más espacio, está demasiado pegado a tus faldas.
-No es verdad, es muy joven aún. Mira lo que le pasó al chico ese hace unos días en la playa.
Álvaro sintió una punzada en el estómago, se sintió como si estuviesen hablando de él.
-He conocido unos amigos-mintió- Esta noche hacen una fiesta y me han preguntado si quiero ir.
-¿A qué hora volverás? –indagó su madre.
-¡Laura! ¿Ya empezamos?- intervino el padre.
-Toda la noche, mamá.
-Pero…
-Las fiestas de hoy no son como esos guateques-contestó con aspereza-empiezan tarde y acaban por la mañana.
-Bueno, pero…
-Laura, deja al chico por una vez, ¿no te das cuenta que le asfixiamos? Irás a esa fiesta, pero con la condición de que nos llames por teléfono, así tu madre se quedará más tranquila.
El muchacho agradeció con un abrazo a su padre, su madre acabó sonriéndole. Mientras el día se despejaba para el muchacho, la tarde se encapotaba afuera.
Ya de vuelta en el pueblo, el padre le pidió que le acompañara a un recado. Le pasó una mano sobre el hombro y entre circunloquios pasados de moda abordó el tema de la conversación.
-Mira, todo el mundo hemos pasado por estos momentos, es como el sarampión que tarde o temprano tienes que sufrirlo.
-Hay una chica ¿eh?
-¡Papá!
-Hijo, no seas tímido, soy tu padre, puedes confiar en mí, son cosas de hombres.
El muchacho calló, se sentía incómodo por la conversación, por el brazo que amigablemente le estrechaba por los hombros. ¿Cómo podía ser que con su padre tuviese esa desconfianza y se hubiese entregado a un hombre que una semana antes era un completo desconocido?
-Mira hijo, ya sé que estas cosas son difíciles de hablar, sólo te pido responsabilidad…Toma esto-dijo entregándole una caja pequeña de preservativos. Luego sacó la cartera y le entregó unos billetes- Recuerda que has prometido llamar a tu madre, lo la hagas enfadar que luego se cabrea conmigo y me tiene a pan y agua.
El comentario le repugnó, le hizo sentir sucio por sus experiencias con el pescador. Se deshizo del abrazo de su padre y echó a correr.
Volvió una sola vez la cabeza para ver a su padre con una mano levantada en señal de saludo.
Necesitaba aire fresco, corrió cada vez más rápido. Huyendo del mundo, huyendo de él mismo.
Al final, jadeando, se sentó en una roca. Miraba el mar, esperando que de su grandeza, de su inmensidad le llegase una respuesta que no llegaría. Comenzaron a caer las primeras gotas.
Se levantó y buscó un camino inexplorado, una senda que le llevase a algún lugar claro. Necesitaba mezclarse con los grupos de chicos y chicas que reían en grupitos mientras decidían donde pasar la tarde. Quería ser como ellos, alejarse de aquel hombre que le roía por dentro. Caminó sin rumbo, por calles cada vez más despejadas, menos transitadas. De repente, al doblar una esquina; la casa de Manuel.
Se paró de pie, respirando hondo. Da la vuelta, se decía. En el interior de la casa una sombra oscureció la ventana por unos instantes.
Manuel.
Las piernas se le ablandaron, una pequeña corriente recorrió sus pezones. Su miembro se despertó entre los pantalones.
Unos pasos más. Podía escuchar la música que salía de aquella vieja radio. Unos pasos más. Escuchó también, como el pescador con su voz ronca acompañaba algunas frases de la vieja canión que sonaba.
Manuel, Manuel, Manuel.
Unos pasos más. Soltó todo el aire, y con él las dudas, los miedos. Estaba donde debía de estar, se decía, con la persona a la que deseaba. El hombre que le rompía la carne y el espíritu, que se llevaba con su ímpetu su inocencia, quien le había arrancado la virginidad con su hombría.
Abrió la puerta...
-¿En que piensas chico?-dijo el pescador incorporándose y cogiendo un cigarrillo de la mesita.
-Déjame que te lo encienda-respondió Álvaro cogiendo con torpeza el cigarrillo. Dio una calada y tosió.
-Trae acá chico, esto sólo hará que te destroce los pulmones.
El muchacho pensó que su padre también fumaba, pero no como aquel hombre, todo lo que hacía desde el movimiento de una mano a la forma de caminar era pura virilidad, sin artificios. Un hombre básico, casi mítico.
Le había abierto la puerta. Se quedó unos minutos mirando al chico, una sombra de indecisión en su mirada oscura. Al final esa sonrisa inocente que desarmaba al muchacho.
Le abrazó entre sus brazos, el chico le ofreció la boca que besó con delicadeza. Le fue despojando de las ropas una a una, sin prisas, acariciando la carne joven, olfateando su aroma *********te, tocando con sus dedos bastos la fina piel de la espalda, la tersura de melocotón de sus nalgas. Le había desnudado por completo. Le subió en brazos y le llevó hasta la cama. Le dejó con cuidado sobre el lecho que chirrió bajo su peso.
-¡Qué hermoso eres, niño!
El chico se ruborizó más que por las palabras por la intención de su mirada, se dio la vuelta ofreciéndole las nalgas.
El pescador se quitó el jersey oscuro y viejo. Se acostó al lado del muchacho y le besó la nuca.
El chico sintió el calor del cuerpo del hombre, sus pelos del pecho le hacían cosquillas en su espalda, el vello del vientre acariciaba sus riñones.
Pasó la mano por las nalgas del chaval, rozó su hendidura deleitándose con el finísimo vello, dejando un dedo rozándole el ano. El muchacho elevó el culo ofreciéndose.
Manuel bajó de la nuca por la espalda, besando con lentitud la piel fresca del chaval. Se colocó entre sus piernas, abriéndoselas. Separó sus nalgas dejando expuesta la fragante flor que se contraía de deseo.
-¿Te duele todavía?
El muchacho contestó con un gemido de deseo. Le dolía, y sabía que le dolería aún más. Un sufrimiento que deseaba, necesitaba sentirse lleno, que la carne de ese hombre ocupase el vacío que sentía cuando no estaba dentro. Que su masculinidad le resolviera las dudas, sin dejarle pensar en lo que era correcto y lo que no.
Manuel separó los cachetes y acercó su cara, quería embriagarse con el olor del muchacho. Besó la entrada rosada, con su lengua fue apoderándose de su estrechez, con su saliva lo lubricaba. Pasó una mano por debajo de su cuerpo y cogió con su mano los suaves testículos de Álvaro. Su lengua seguía horadándole.
Se levantó un momento y cogió un tarro de crema de la mesita. Se embadurnó los dedos, con ellos el suave y angosto agujero. Se demoró en las caricias, el dedo entraba y salía con la facilidad que la crema le proporcionaba, girando la mano, sintiendo la piel aterciopelada abrirse. Entró un segundo dedo. El chico gimió.
Un tercer dedo. El placer unido al dolor hizo que se revolviese en una queja que Manuel atajó con unas caricias en el húmedo miembro del chico.
Se bajó la cremallera del pantalón y se subió a las piernas del joven, con ellas aprisionaba la cara interna de sus rodillas impidiendo cualquier movimiento. Pasó la verga semi erecta por la raja del chico que gimió de placer, se estiró sobre él pasando los brazos bajo su cuerpo hasta encontrar las tetillas, que se atiesaron al contacto con los ásperos dedos. Con las manos abarcó sus pechos masajeándolos con los dedos mientras sentía los pezones erguirse en las palmas de sus manos.
El chico intentaba tocarle, pero boca abajo le resultaba imposible y se agarraba con fuerza a las sábanas, torció el cuello buscando la boca del pescador sin conseguirlo.
-Entra, rómpeme de nuevo –dijo con voz la voz quebrada por el deseo, sintiéndose como una ofrenda en la piedra de los sacrificios.
El pescador le puso la verga en la entrada y empujó.
Álvaro se quedó sin aliento durante los segundos que la carne lubricada del hombre maduro entraba centímetro a centímetro en sus entrañas, despacio pero sin darle una tregua, hasta que estuvo completamente dentro de él.
Esperó unos minutos mientras besaba los hombros delgados del muchacho, tranquilizándole con palabras dulces y roncas. Después empezó a moverse, entrando y saliendo de sus tripas. El chico mordía la almohada acallando el envite *****ante de la proa de aquel hombre que de nuevo le estaba haciendo suyo en una lucha tan placentera como cruel. Un guerrero desposeyendo al vencido de sus atributos viriles. La sodomía que convertía al chico en una hembra, al hombre en simplemente eso; un hombre. Hasta que su semilla fecundó sus intestinos entre gruñidos roncos de placer.
Luego la laxitud, la tranquilidad reposada de una pelea justa en la que el vencido por obra del deseo también se convertía en vencedor.
¿Tienes que marcharte?
-No, quiero quedarme contigo toda la noche.
El hombre no preguntó más, no quería saber, nada le importaba fuera de aquellas cuatro paredes. Nada tenía sentido más allá de aquella cama y el joven que la ocupaba.
-¿Tienes hambre?
Manuel se levantó, se subió la cremallera guardando a medias su verga dentro del pantalón que no se había quitado por la premura del deseo ante el cuerpo joven de Álvaro.
-Hoy vas a ser mi invitado-dijo sonriendo, acariciándole el cabello- vas a cenar como un príncipe.
Salió por la puerta y entró en la cocina. El chaval se demoró un rato más en la cama, disfrutando del contacto de su cuerpo desnudo con las sábanas, sintiendo como el semen de ese hombre le resbalaba por los muslos. Se lavó como pudo y se puso el jersey viejo y agujereado del pescador que canturreaba feliz en la cocina.
Rodeó su cuerpo con sus brazos gozando del contacto de la lana sobre su piel estimulada, impregnándose del olor a hombre de la prenda. Aprovechó el momento para hacer la llamada que debía tranquilizar a sus padres.
Fue hasta la cocina con el regusto amargo de la mentira en su boca y abrazó por la espalda al pescador, que estaba acabando de asar unas sardinas. El hombre vestido sólo con los pantalones y la verga a medio asomar, el chico sólo con el jersey.
-¿Qué haces descalzo, te vas a resfriar?
-Tú también estás descalzo –respondió lacónico.
¿Te ocurre algo, hijo?
-Nada, bacalao, bésame y se me pasará.
El hombre le miró suspicaz y le besó.
-Anda, ve a ponerte mis sandalias y ayúdame a poner la mesa.
Manuel alzó un vaso de vidrio lleno de vino a la salud del chaval. El mantel de cuadros sobre la mesa. Una fuente con el pescado y el pan asado, una botella de vino tinto, espeso y fuerte.
-¡Come, niño, que se van a enfriar!
Al muchacho se le antojó la mejor de las comidas, no podía ser de otro modo, las mejillas se le encendieron cuando se acabó el primer vaso de vino. El mundo era sencillo, humilde, primordial. Aquel salón con su única bombilla, el hogar crepitando, la frugal cena y el hombre más viril que había conocido en su vida.
-¡Cómetelo todo, niño!-le amonestó- el mar nos ha regalado sus frutos para que nosotros nos alimentemos de ellos, sería un desaire imperdonable al respeto por la vida –le aleccionó con severidad.
-¿Puedo beber más vino?
-Pues claro, hijo. El vino es bueno para la ****** y para la mente, aleja los malos pensamientos-dijo con una sonrisa mientras llenaba el vaso y el suyo de paso.
Los ojos del muchacho chispeaban, sus pies se encontraron debajo de la mesa, con sus dedos recorrió las piernas peludas de Manuel, que le miraba serio desde el otro lado de la mesa.
-¿Por qué vienes, hijo?
Álvaro miró el torso desnudo del pescador. Sus fuertes hombros, sus antebrazos poderosos.
-Porque eres el hombre más guapo del mundo.
-No te burles de mí, chico -dijo con un deje de tristeza- a los viejos no nos gusta que nos tomen el pelo.
- Te ví por primera vez en la playa, y enseguida captaste mi atención, te seguí y no pude resistirme a hacer aquellas fotos.
-Pero…
-¡Déjame acabar, por favor! No sabía si aquello estaba bien o no, sólo que tenía que hacerlo. No quería ofenderte, simplemente no podía dejarlo. Era como si algo me arrastrase a unas profundidades en las que estaba seguro que me iba a ahogar, aún así me zambullí en esas aguas oscuras y acaté las consecuencias sin reservas. Entré aquí siendo un muchacho, salí siendo un hombre.
Su niñez se había quedado en la playa jugando con los caracoles, haciendo castillos de arena y ahí seguiría cuando se marchase, pues había mudado la piel del alma, como hacen los lagartos con la suya de escamas cuando llega la hora.
Manuel sonrió por las palabras del chico.
-Tu juventud me ha cambiado, me ha transformado en algo que no quería, que nunca busqué. Me he rendido ante tu belleza joven. Y no me arrepiento, ya no.
Me has regalado lo mejor de tu *********cia, tu alegría, tu carne joven, tu alma inmaculada. Yo en cambio te he profanado, te he manchado con mi semen.
-Eres un viejo bobo –rió el chaval, mientras se levantaba y abrazaba su imponente cabeza de profeta antiguo. Manuel le besó las manos.
-Entrégame tu juventud una vez más.
Álvaro se despojó del jersey concediéndole su desnudez. Manuel, pasó su mano por el vientre liso del muchacho, sus dedos se enredaron en el suave vello casi rubio de su pubis. Lo atrajo y lo sentó sobre sus piernas.
Hicieron el amor, aquella frase costumbrista cobró sentido en el goce calmado de sus cuerpos. Se exploraron con calma con las manos y los labios hasta que se quedaron dormidos. El hombre abrazando el cuerpo del muchacho, protegiéndole con su hombría. El muchacho feliz, seguro entre sus brazos.
Sábado de Gloria. Vigilia Pascual.
La luz de la luna bañaba con su débil claridad la habitación. El rumor de las olas se mezclaba con la fuerte respiración del marinero. El muchacho no podía dormir, con los ojos abiertos intentaba captar cualquier detalle que pudiese retener cuando dentro de unas horas se había de marchar.
Se acurrucó contra el cuerpo del hombre que dormía a su lado abrazándole con sus fuertes brazos, quiso darse la vuelta pero al ***** movimiento el pescador gruñía y le estrechaba más fuerte. Ejercía su posesión.
Tenía dudas sobre cómo sería su vida a partir de entonces, sin ese hombre maduro que le protegiera. No podía imaginársela sin el hombre que lo llenaba en todos los sentidos.
De repente la angustia se apoderó de él y unas lágrimas silenciosas brotaron de sus ojos. Con cuidado se deshizo del abrazo y se levantó de la cama. Fue hasta el baño y se lavó la cara con agua fresca, que por unos instantes le serenó.
Tenía frío, cogió una manta y se envolvió en ella, después se fue al comedor y se sentó frente a la chimenea, dónde los últimos rescoldos del fuego emitían un suave calor.
-¿Qué te pasa hijo? –preguntó Manuel de repente de pie en el umbral de la puerta.
Álvaro cayó en cuenta de que se había perdido en sus pensamientos.
-Hace frío, niño. ¿Por qué no vuelves a la cama?-añadió acercándose hasta él.
El muchacho no contestaba, continuaba mirando las brasas. Manuel se agachó y removió las cenizas, añadió unos troncos más que enseguida comenzaron a prender.
-Anda, hazte a un lado-dijo sentándose en el gastado sillón, cubriendo
su desnudez con la manta.
-¿Qué hora es? –preguntó de repente Álvaro
-Deben ser al rededor de las tres de la mad**gada.
-Dentro de dos horas será mi cumpleaños. Dieciocho años. Seré mayor de edad, un hombre.
-¡Vaya! Todo un hombrecito.
-No bromees –dijo muy serio el muchacho- Mis padres quieren hacerme una fiesta en casa, esta misma tarde salimos.
-Ya, entiendo…
-No entiendes nada, Bacalao, no entiendes ni como me siento, ni en lo que me estoy convirtiendo, ni entiendes una ****** de todo esto. Sólo eres un viejo tonto que no sabe que tengo el corazón destrozado, que no se ha enterado de que me ha roto por dentro y por fuera- dijo arrancando a llorar.
Manuel le abrazó contra su pecho, sintiendo las lágrimas sobre su piel.
-Perdóname, tienes razón sólo soy un viejo tonto y egoísta.
-¿Qué va a ser de mí Manuel, cuando no te tenga a mi lado?
El pescador cogió un cigarrillo y lo encendió. Necesitaba tiempo para aclarar sus ideas, para contestarle.
-Yo te diré lo que va a ser de ti. Vas a acabar tus estudios, te convertirás en un hombre de verdad, que se enamorará de una persona muy especial, y que en un par de semanas no se acordará de este viejo bobo. Serás un triunfador, como tu padre, eres listo chico, te espera toda una vida por delante llena de luces y se sombras como la de todo el mundo, pero sé que serás feliz, muy feliz.
-Ya estoy enamorado de la persona más especial del mundo y no quiero vivir si no la tengo a mi lado. No quiero vivir en la ciudad, ni acabar unos estudios que no me llevarán a crecer como hombre. No me interesa el dinero ni mi casa, ni los colegios, ni tener un trabajo aburrido en una oficina. Quiero quedarme aquí, contigo, hacerme pescador, salir juntos a la mar…
-No sabes lo que dices.
-…Que me enseñes a pescar, comer pan duro si es preciso, amarte cada día de mi vida.
Manuel se levantó exhalando un fuerte suspiro, se rascó la cabeza removiendo el fuego. Se volvió lentamente hacia el muchacho.
-Mírame bien ¿Cuánto tiempo crees que tardarás en aburrirte de mi?
¿Cuánto en hartarte de mi mal humor, de mis modales, de mi cuerpo caduco?¿Qué crees que te puedo aportar en la vida?
-Todo.
-Eres un niño malcriado, que va haciendo lo que le viene en gana porque vive en la cima de la sociedad, porque así se lo han enseñado.
-No sigas por ahí…
-Soy tu capricho. Un juguete viejo que de repente le ha atraído la curiosidad al niño mimado.
-¡Eso es mentira!
-Y que cuando se harte lo apartará de una patada.
El muchacho se levantó con las lágrimas brotándole de rabia en los ojos. Le cruzó la cara al hombre de una bofetada.
Manuel aguantó sosteniéndole la mirada.
-Nadie hace lo que yo he hecho por un simple capricho. Tú no me entiendes, eres incapaz de romper la coraza que te envuelve, y de darte cuenta de que yo he hecho añicos la mía. ¿Qué soy yo para ti? Un agujero en el que meter tu verga ¿verdad?
-Mi coraza es muy dura, chaval-respondió con suavidad el pescador- ¿Tú que sabes de mí? De cada una de las batallas perdidas se ha ido alimentando esa coraza haciéndola más gruesa, más cerrada. Y de repente un mocoso irrumpe con la fuerza de su juventud golpeándola, arañándola. Es una coraza vieja y herrumbrosa, no tardará mucho en caer oxidada, pero necesito tiempo, un tiempo que no tenemos.
El muchacho se abrazó al hombre, buscando su boca.
La encontró, rodeó su nuca con sus manos sintiendo la verga del pescador junto a la suya, su vello sobre su vientre, sus manos grandes acariciar sus nalgas.
Manuel mordía los labios del joven, empujó el cuerpo *********te hasta la pared, donde ya no cabía retroceso, sentía su verga dura de nuevo, a su edad le parecía un milagro, que sólo aquel joven dios podía realizar.
Álvaro se deshizo del abrazo y escondió la cara en el pecho del marinero, besándolo, mordiendo los pezones que reaccionaron con timidez endureciéndose. Bajó por el vientre hasta arrodillarse ante la verga semi erecta que latía de excitación frente a su cara. Aspiró su aroma masculino, demorándose en el ritual de poner dura aquella carne oscura que le atravesaría, en un ritual en el que él sería el sacrificado.
Besó los grandes huevos que colgaban pesados en la bolsa, los lamió y se los introdujo en la boca, mientras la suave piel del la verga le acariciaba las mejillas.
Atrapó con los labios la piel del prepucio antes de que el glande se impusiese inhiesto, vencedor. Le gustaba lamer aquella rosa en la que se convertía los pliegues de la carne, introduciendo la lengua para acariciar ese capullo que pronto emergería para cobrarse su pecio.
De repente el muchacho cambió de opinión, se puso de pie y se dirigió hacia la puerta ante la sorpresa del pescador.
-¡Anda vamos fuera Bacalao! Quiero hacerlo en la playa.
-Estás loco chaval-dijo Manuel riendo, pero ya era tarde el muchacho había abierto la puerta y salía corriendo desnudo hacia la playa.
El pescador cogió la manta y anduvo detrás de él. Lo alcanzó en la orilla del mar. Álvaro temblaba de frío y se abrazaba a si mismo para evitar la pérdida de calor. El hombre llegó y le envolvió con la manta, quedando los dos protegidos del frío. El chico cerró los ojos ante el contacto cálido de la piel de su amante maduro, reconfortado una vez más por su hombría.
-Pídeme que me quede contigo, que no me vaya.
Manuel sonrió con tristeza y le besó.
-Dime que me quede, que me necesitas, que no puedes vivir sin mí.
El pescador lo tendió sobre la arena, mordió la suavidad de su cuello, el pecho firme, limpio y lampiño, el vientre firme, el vello rizado del pubis. Con una mano rodeo los testículos y se introdujo el miembro del muchacho en la boca.
Álvaro gimió con el contacto, su miembro formaba un arco de virilidad pujante y joven. Miró hacía arriba, millones de estrellas formaban el espectáculo más grandioso que nunca hubiese existido. Las olas del mar rompían a unos apenas diez metros.
-Ya eres un hombre, haz posesión de tus derechos-dijo Manuel- ha llegado el momento de que me despoje de una parte más de la coraza.
El hombre maduro se dio la vuelta ofreciéndose al joven dios. La juventud siempre acababa por imponerse, era imposible luchar contra la marea, lo sabía muy bien. El muchacho le había enseñado una lección que él ahora debía aprender. Era el momento de entregarse.
El joven dudó unos instantes, no era el rol preestablecido. Se asustó ante la idea de romper el mito, que su dios maduro se desmoronase ante sus ojos como un castillo de arena. Manuel se dio cuenta.
-Hijo, ha llegado el momento en que tires el último ladrillo de esa pared, procura que nunca más se te vuelva a crear, está ahí agazapada y cualquier momento lo aprovechará para encerrarte de nuevo dentro de ella. Esa coraza tiene un nombre, el miedo. Yo ya estoy viejo, pero la he arrojado bien lejos. Es hora de que te conviertas en un hombre completo y hasta que no lo consumas no lo serás. Ahora soy yo soy tuyo y quiero tenerte dentro. No creas que me gusta, pero si he de entregarme ante alguien, que sea ante ti. Ponte de pie.
El muchacho obedeció. Se irguió con las piernas separadas, el pecho poderoso, el miembro a medio camino. Mirando al hombre maduro al que admiraba de rodillas frente a él, mirándole a los ojos.
Manuel puso las plantas de las manos sobre la arena y bajo la cabeza hasta besar los pies del hombre que estaba a punto de nacer. Limpió con su saliva el polvo de arena de los tobillos, del empeine.
Besó las piernas, las rodillas y fue subiendo hasta que se encontró con la verga virgen que lo iba a convertir en otro hombre. La besó y se la introdujo en la boca, sintiéndola crecer.
El joven miraba desde arriba a su macho. Ni un solo movimiento femenino en su sumisión, ni erección que delatase un sometimiento placentero. Su actitud era digna incluso arrodillado, la dignidad de un guerrero antiguo que acepta con nobleza la derrota. Ya no sentía frío, una nueva sensación de poder lo invadía, la lengua del hombre despertaba a pesar de su inexperiencia su deseo.
Aquel semidios que había lamido sus pies, acarició los muslos hasta llegar a las nalgas: Todavía macho acarició el ano del joven que le reprobó el gesto apartándole la mano.
-Si quieres que lo haga, compórtate como un hombre, como lo he hecho yo contigo.
El pescador bajó la vista humillado y puso las manos a la espalda.
El muchacho acababa de romper su cascarón, y el veneno del poder se le subió al trono en el que realmente se asienta; los testículos.
-¡Ofrécete!
Manuel se dio la vuelta y apoyó la cabeza sobre la arena. El joven dios le abrió las nalgas y escupió en su entrada, con uno de sus dedos le acarició el agujero caliente, introdujo un dedo. La respuesta fue una contracción. Insistió hasta que el marinero se acostumbró a esa nueva humillación a la que había accedido voluntariamente; la invasión.
Cuando el hombre joven metió su verga el pescador apretó las mandíbulas en un gesto de dolor, pasó sus puños hasta el mentón intentando evitar cualquier gemido de dolor que aumentase su humillación placentera de sentirse entregado.
La penetración se sucedía y el dolor fue reemplazado poco a poco por una extraña sensación de placer. El joven mantenía el bombeo con una erección constante, que lejos de decrecer aumentaba con el contacto cada vez más placentero para ambos.
El hombre maduro se mordía la mano para acallar el nuevo placer que sentía en la entrega a ese muchacho que no tardó mucho en darse cuenta.
-Tira el yelmo bien lejos, arrójalo al mar para que lo convierta en herrumbre- gritó el joven mientras que pasaba una mano por debajo del vientre de su hombre y agarraba el pedazo de carne más hermoso del universo para comenzar a masturbarle.
El pescador entendió las palabras del joven. Si no hacía aquello, todo lo anterior no había servido para nada. Y gritó. Unos gritos roncos de placer, de liberación total.
Su semilla sembró la arena de la que crecerían hermosos lirios de mar, la del joven dios fecundó los intestinos del hombre maduro. Cayó sobre su espalda, su boca junto a su oreja.
Se envolvieron en la manta, tiritando de un frío que retrocedió ante el calor de sus cuerpos.
Se miraron, ninguno de los dos habló. No hacía falta. Manuel abrazó a su chico contra su pecho. El mar respirando fuera.
Manuel recogió al chaval dormido, lo envolvió en la manta y lo llevó en brazos hasta la casa. Lo acostó y encendiendo un cigarrillo se sentó en la oscuridad con un poco de dolor en el culo pero satisfecho de su entrega, velando el sueño del recién nacido hombre.
En apenas unas horas desaparecería de su vida. Aquel torbellino de juventud, gracia y hermosura se marcharía para no volver más. Encontraría su camino en el lugar correcto, con la persona adecuada. ¿Qué le quedaría a él? Nada, el absoluto vacío, la soledad y unos cuantos recuerdos.
Le dolía el alma, pero jamás lo demostraría. Eso si que no, el chico nunca debía saber cuanto le quería, cuanto le amaba. No debía entorpecer su camino.
Se despertó después de un breve sueño. El sol comenzaba a despuntar, sería un día radiante. Se levantó y fue hasta la cocina para preparar el café.
El silbido de la cafetera despertó a Álvaro. Se lavó y vistió. En la cocina se unió a Manuel que preparaba unas rebanadas de pan con aceite.
Desayunaron en silencio, mirándose a hurtadillas. A veces se tocaban las manos.
-Es hora de marcharte.
-¿No me vas a pedir que me quede?
Manuel eludió la pregunta.
-No tengo nada que regalarte para tu cumpleaños.
-Ya me has hecho el mejor de los regalos.
-¡Espera! Dijo el pescador levantándose con esfuerzo.
-Todavía duele, canalla- añadió con una sonrisa irónica y se encaminó hacia su cuarto.
Álvaro estaba demasiado triste para apreciar el tono de humor.
-¡Feliz cumpleaños!-dijo el pescador ofreciéndole su gorra de patrón y marinero.
El joven se quedó boquiabierto, nunca nadie le había hecho un regalo como aquel, y menos una persona tan especial.
-¿Es para mí? No, no puedo aceptarlo.
-¡Vaya si lo aceptarás! O te pondré sobre mis rodillas para darte unos azotes- dijo mientras le colocaba en la cabeza la gorra.
El joven se puso de pie y se abrazó al viejo.
-Gracias, gracias por todo.
-Gracias a tí, hijo.
Se besaron con furia.
-…Por este precioso regalo, por haberte conocido…
-…gracias a ti, mi niño, por haberme reinventado.
-…Por haberme amado, por haberme convertido en un hombre…
-Por haberme roto la coraza, por haberme enseñado a amar.
Se quedaron en silencio. Al joven se le llenaron los ojos de lágrimas.
-No llores, los hombres no lloran. Toman sus decisiones y las llevan a cabo aunque les rompa el corazón.
-Volveré, te lo juro. Volveremos a vernos.
Manuel no respondió, hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa y se abrazaron lo más fuerte que pudieron, sintiéndose uno al otro, sintiendo ganas de no separarse jamás.
-¡Venga, márchate! O te tendré que echar a patadas ¿o crees que este viejo bacalao no puede con un chico...digo…con un hombre como tú?
El muchacho se secó los ojos y salió corriendo, no se detuvo, ni miró hacia atrás.
Manuel se quedó en el quicio de la puerta hasta que el muchacho se perdió de vista. Cerró la puerta y se sentó en la mesa. Sobre el tosco mantel a cuadros la taza de café de su chico, la rebanada de pan a medio comer. Apoyó los codos y se tragó las lágrimas que le atenazaban la garganta.
Sabía que el chico nunca volvería.
Domingo de Ramos. Entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén.
Luego de aquella despedida Manuel pudo mitigar con trabajo, ron y tabaco la tristeza que le produjo la partida de Álvaro, muchas noches en la soledad de su cuarto, en su cama, tomaba su verga y se masturbaba pensando en aquél muchacho que de alguna manera le había cambiado la vida. Lo añoraba y su deseo por verle era más grande que cualquier cosa pero ¿dónde buscarlo? no le había dejado siquiera una dirección para escribirle o un número al cuál llamarle. Aún recordaba su mirada, su sedosa piel y entre lágrimas eyaculaba sintiendo el triste placer de una pérdida que aún no había superado, que se negaba a superar y que no quería buscar en los labios y en las caricias de otro hombre que no fuera él.
Habían pasado casi 4 años y los anuncios de las festividades por la semana santa en quél alejado pueblo se hacían presentes una vez más, y con ellas, la tristeza de Manuel se acentuaba al recordar todo lo vivido, que a pesar de haberse despojado de su coraza ante la única persona que le había amado sin importar lo que era sacaba fuerzas para volver a su rutinario andar.
El pueblillo se llenó de turistas y la algarabía de las fiestas se hacía presente en ese domingo de ramos, mujeres y hombres que iban y venían contagiando a los lugareños con su desparpajada alegría pero eso a Manuel no le llamaba la atención, se hizo a la mar a pescar a hundirse en sus pensamientos.
Más tarde regresó al pueblo y dejando su vieja barca se enfiló al bar de Lucio como hacía cada día.
-Pero hombre que cara traes ¿no ha habido suerte hoy?
-No mucha, pesqué algo que me sacará del apuro en esta semana.
-Oye Manuel que ha venido un hombre preguntando por ti.
-No estoy de humor para paseitos a la isla respondió Manuel en un gesto desinteresado.
-Pero hay plata de por medio,eso podría ayudarte en algo ¿no crees? además desde hace un tiempo has estado muy distante y serio ¿qué te ha pasado?
Manuel eludiendo la pregunta y el comentario del hablador de Lucio le respondió.
-Me lo pensaré y si vuelve a venir y preguntarte dile que le espero aquí mañana para hablarlo.
Manuel ya no pudo quedarse más tiempo ahí, pagó el vaso de ron y salió a la calle antes de que sus ojos se llenasen de agua, tan salada como la de la mar.
Caminó hacia su casita y al entrar cerró la puerta de un golpe y se echó a la cama, ya no pudo contener las lágrimas, había sido un día como ese cuando vio por vez primera a aquél chaval ¿qué estará haciendo? ¿será feliz? ¿tendrá a un hombre a su lado? ¿se acordará de mi? cada pregunta le quemaba, en el fondo deseaba que fuera de esa manera.
Inmerso en sus pensamientos y en su quebradizo llanto escuchó que llamaban a la puerta, no hizo caso, no quería salir ni hablar con nadie, los llamados en la puerta se hicieron más insistentes y limpiándose los ojos se incorporó ¿quién estaría llamando a su puerta con tanta insistencia?
-YA VOY YA VOY!!! gritó de mala gana mientras se calzaba de nuevo las botas.
Abrió la puerta de golpe y ahí en el umbral estaba un hombre rubio, alto, al que por un instante creyó reconocer, fue la frase dicha por su visitante la que le devolvió la vida.
-Hola bacalao, te prometí que volvería.
Sin poder creerlo apenas ahí estaba el chaval hecho todo un hombre, había cambiado, se le notaba más alto, más acuerpado, vistiendo de manera sencilla pero elegante con una mochila al hombro, su cara se desfiguró en una sonrisa, quedó paralizado sin saber que hacer, pensando que era un sueño provocado por su más profundo deseo. Necesitaba saberlo y sin más le abrazó tan fuerte como aquella vez que se despidieron, y a ese abrazo vinieron besos apasionados, Manuel creyó morir de la felicidad al tener de nuevo al chaval entre sus brazos. Se había equivocado, "un hombre siempre cumple su palabra" se equivocó al pensar que nunca volvería.
Álvaro por su parte se sintió amado otra vez por aquél viejo pescador, sabía por su abrazo y sus besos que lo había añorado tanto como él. No quería perder un solo momento de estar con el hombre que amaba, con el hombre que transformó su vida para bien, ahora ya había terminado los estudios y había cumplido como hijo ante sus padres, había ahorrado para ese viaje que sabía que no tendría retorno, ya habría tiempo para las preguntas y las respuestas, para los planes a futuro, ya nada más le importaba que hacerse a la mar con Manuel, y ahora estaban juntos, estaba en casa...
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6年前