Fantasía con Mandukas (tributo escrito)

María no sólo tiene unas tetas magníficas, además sabe usarlas como nadie. Las he visto cientos de veces, miles de veces. Las he visto tanto que casi podría situar a ciegas la infinidad de pequitas que el sol, también él quiere estar ahí, ha dispersado sobre su escote. Las he visto tanto a través de la pantalla que me parece mentira que ahora estén aquí, a apenas un metro, tan cerca que bastaría con estirar el brazo para sentir en mis dedos su tacto de terciopelo, la dureza y el grosor de sus pezones. Pero ese no es el trato, al menos de momento debo contentarme con mirar.
María se arrodilla el torso desnudo. Juan en el sofá sonríe, sabe lo que sigue. Yo, en el sillón, me acomodo, trato de dar holgura a mi pantalón porque sé lo que me espera. En cuanto la mano de María agarra el pene de Juan, mi polla da un respingo. Cuando ella agacha la cabeza y torturadoramente lento recorre con la punta de su lengua la verga de su marido, Juan y yo gemimos al unísono. El primer lametazo hace brillar el glande, en los siguientes, cuando ella mueve la cabeza para mirarme, la humedad de la saliva deja pegados a la polla de Juan algunos pelos. María tiene unos rizos comparables a la mejor montaña rusa, marean y divierten a partes iguales, y son terriblemente adictivos, siempre quieres más. Al menos es lo que me digo cuando imagino mis dedos deslizándose por ellos, acariciándolos cuando, como ahora hace con Juan, su boca comienza a tragar la polla y el instinto le lleva a colocar las manos sobre su cabeza.
La felicidad se refleja en el rostro de Juan cuando María aletea con su lengua en el capullo de su polla. Ella chupa, mordisquea, lame, sin orden ni concierto, sin descanso. Juan deja caer su espalda hasta apoyarse en el respaldo, estira los brazos y con los ojos cerrados mira al techo, casi tanto como mi rabo, al que he tenido que liberar del encierro del pantalón. María traga, hasta el final, hasta hacer desaparecer en su garganta el pene de su marido. Luego, sin liberarlo, se acomoda, se sienta sobre las tibias, hasta apoyar su trasero en los talones. Observo el pie juguetón de Juan, quiere levantar el vuelo de la faldita plisada que luce María. Tras liberarlo de sus fauces, ella le deja hacer. Guía el pie descalzo, separa ligeramente las piernas. No alcanzo a vislumbrarlo con claridad pero intuyo los dedos de Juan jugando en los labios vaginales de María, tal vez acertando a estimular su clítoris.
María se agarra ambos pechos con las manos. Los acaricia, veo que los pezones son muy sensibles, que se erizan al más mínimo roce. Tira de ellos, los retuerce, pasa sus dedos, exactamente igual que me gustaría hacer a mí. Gimo y ella vuelve la cabeza para mirarme con una sonrisa de lo más traviesa. No dicen nada pero los dos saben lo que sigue. Cubana. Juan se aproxima, siempre el pie derecho un poco adelantado y perdido bajo la falda, cuela su pene entre los pechos y María lo castiga con la más dulce condena. Un hilo de saliva cae desde los mordisqueables labios de María para lubricar el trabajo. Juan se mueve, sus riñones impulsan para emerger de los profundos pechos de su esposa; María se mueve, agita sus gloriosas tetas, abriga con ellas el pene desnudo de su marido.
Juan se acelera, María se deja llevar por los impulsos de su cuerpo y se restriega contra el pie de su esposo como una gata en celo. Sus movimientos tienen diversos efectos que se extienden hasta mi posición: comienzo a masturbarme al compás del subir y bajar de los pechos de María sobre la polla de Juan. María guía las tetas con las manos, las aprieta, con la punta de sus dedos roza esos pezones tan sensibles y abultados. Poco a poco la paja con los pechos aumenta de cadencia, del paso al trote y de ahí al galope. Juan se tensa, María olvida por un instante estimular su sexo contra el pie de su marido. Se conocen tan bien que saben que no aguantará más de tres, dos, un segundo… Juan gime, aprieta los dientes, gime y se corre. María no detiene el ir y venir de sus pechos, el semen caliente y espeso vuela descontrolado, sigue saliendo disparado, mancha su cuello, se extiende por el escote en cada uno de los viajes de la polla, desperdigándose, diluyéndose, hasta hacer brillar su piel.
Cuando el pene de Juan deja de temblar, María se aproxima, la mano diestra siempre manejando la teta, recoge con el pezón un postrero resto de semen que pesadamente se desliza por el glande, moja con él la punta de uno de sus dedos, lo lleva a la boca y lento, deliciosamente lento, lo limpia. Luego, girando el tronco y luciendo la más engatusadora de las sonrisas, se vuelve hacia mi posición y me dice: es tu turno cielo, ¿te quieres correr para mí?
発行者 amanuense
6年前
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