Entrevista de trabajo

Lola era una joven madrileña de 27 años en busca de un trabajo. Una más, entre tantos jóvenes, a los que nunca le había gustado estudiar. Ello la empujó a empezar a trabajar desde una edad temprana para poder vivir. No le había ido mal hasta ahora, solía tener pequeños trabajos ocasionales que le daban lo suficiente para ir tirando. Pero con la recesión económica y la crisis, los trabajos escaseaban y estaba pasando algunos apuros económicos. Unos días antes, había visto un anuncio de trabajo en el que pedían una chica para el servicio doméstico; no era una opción que le gustara, pero no estaban los tiempos para ascos y decidió probar esta oportunidad. Llamó al teléfono del anuncio y le concertaron una cita para una entrevista personal.
El día y hora señalados se dirigió a la casa en cuestión. Iba muy confiada, como de costumbre, y se aseguró de que su aspecto fuera lo más adecuado para la cita. Sabía que una buena imagen, una impresión favorable facilita bastante para conseguir un trabajo.
Tenía el pelo largo y rubio, ojos color turquesa, una nariz pequeña y una sonrisa muy hermosa, con la que encandilar a los hombres. Su cuerpo era atlético, a pesar de que nunca había practicado deporte alguno, con pechos firmes, de un tamaño normal, y largas piernas, que gustaba lucir con faldas cortas, provocando más de un silbido. Lo único que no le gustaba de su cuerpo era su culo, demasiado grande para su gusto. Pero desde que comprobó que los hombres nunca se los quitan de la mente, lo utilizaba como un "argumento" más en sus entrevistas de trabajo.
Aunque no le agradaba mucho tener que trabajar como empleada doméstica, era un trabajo y, al menos podía volver a tener algo de dinero para pagar sus facturas y sus caprichos. El anuncio decía que iba a estar “interna”, con dormitorio propio y toda la manutención cubierta; además, por supuesto, de un sueldo. Esto último era lo que más le interesaba, pero también pensó que ahorrarse el alquiler de una vivienda y no tener que preocuparse por las comidas, era muy bueno. Por fin llego a la dirección indicada en un barrio “bien” de la periferia madrileña: calle Solana, nº 23. Un magnifico chalé se abría a sus ojos. El aspecto de la casa era impresionante. Abrió la verja de entrada y atravesó el jardín de la vivienda. Subió dos o tres escalones y se quedó parada frente a la puerta. Respiró, se arregló un poco la melena y llamó al timbre. Le abrió una joven de una edad parecida a la suya, quizás algo más joven.
- Buenas tardes, ¿están tus padres?
- ¿Mis padres? No, yo vivo sola aquí - rio
- ¡Uy…! perdona. ¿Fue contigo con quién hablé ayer para la entrevista de trabajo…? ¡Qué patinazo...!
- No te preocupes, te estaba esperando. Pasa
- Perdona- repitió de nuevo- no esperaba a alguien tan joven para una entrevista de este tipo.
- Ya, me suele pasar a menudo -volvió a reír-. Mi nombre es Ana y me temo que te haré yo la entrevista, ya que soy quien vive aquí y quizás la que te contrate.
- El mío es Dolores, pero, ya sabes, todos me llaman Lola.
- Encantada Lola -dijo tendiéndole la mano
- ¿Vives aquí tú sola…? – la curiosidad mataba a Lola por dentro – Perdona que te tutee -añadió, sabiendo que la pregunta era un exceso de confianza.
- Sí, ya ves… Tuve la suerte de nacer en una familia con mucho dinero, mi padre es armador de barcos. Hace tres meses cumplí los veintiuno. Mi padre me preguntó qué quería de regalo y yo le dije que quería tener mi propia casa, para poder vivir independiente. Y esta fue su respuesta. ¿Qué te parece?
- ¡Menudo regalazo…! - exclamó Lola, boquiabierta - ¡Qué suerte!
- Hasta ahora -continuó Ana- he tenido a la muchacha que trabaja en la casa de mis padres. Venía de vez en cuando a cuidar de ésta, pero he decidido cambiarla por una asistenta… Puse el anuncio buscando una doncella, pero, lo que busco más bien es una asistente personal. Así que, si estás dispuesta, te iré contando poco a poco todo lo relacionado con el trabajo.
- Perfecto
- Vamos a sentarnos y me cuentas tú primero. Empecemos a hablar de ti.
Ana era una chica pelirroja con un montón de pecas en la cara y con unos llamativos ojos verdes que la hacían tener una faz muy dulce y pícara a la vez. Un poco más baja que Lola, con pechos tan firmes como los de ella, aunque algo más grandes. Lola la observó, su culo era perfecto, con un tamaño adecuado al resto de su cuerpo. Pero lo que más llamó la atención de Lola era su vestimenta. Mientras que ella se había vestido con ropa formal como lo haría para cualquier entrevista de trabajo, Ana solo llevaba un pequeño top ajustado, que permitía ver su ombligo perforado con un pirsin y unos pantalones cortos deportivos más ajustados aún. Se le pegaban literalmente a la piel. Tanto, que se podía apreciar que iba sin ropa interior.
Esa falta de ropa interior de Ana provocó cierta inquietud a Lola. No es que a ella le importara mucho si iba vestida provocadora; a ella no le gustaban las chicas, aunque a veces las miraba con ojos libidinosos, y en alguna ocasión pensara qué cosas sucias podrían hacer juntas dos chicas. Pero eran solo pensamientos, en momentos de calentura. Nunca lo había probado y tampoco lo había necesitado. Su vida sexual era plena; bueno, lo había sido hasta tres meses atrás. Su novio, con el que llevaba ya cuatro años, la había abandonado, yéndose con otra. Peor para él, pensó en su momento, aunque ahora estaba pasando una etapa difícil. A ratos sí se encontraba muy sola, pero no le apetecía meterse de nuevo en una relación que pudiera hacerle daño. A pesar de llevar una temporada sin tener sexo, y con sus necesidades sin cubrir, hacerlo con una chica, ni siquiera se le había pasado por la imaginación. Solo en este momento le vino la idea, al ver de esta guisa tan provocadora a Ana.
- En realidad, como ya te he dicho, lo que busco no es una sirviente, sino una asistente, una persona de confianza, con unas funciones muy delimitadas: que me acompañe por el día, que salga conmigo de compras, a cenar o al cine; que se ocupe un poco de mi vestuario y de mi habitación; también que me ayude en mis relaciones… Lo demás, la limpieza, la plancha, la compra, la comida… lo hará la asistenta que viene todas mañanas, de ocho a tres, salvo sábados y domingos. Así que el trabajo no es muy agotador, ¿no crees?
- No, está muy bien….
- ¿Has trabajado en algo así alguna vez?
- Sinceramente, no. He sido secretaría administrativa en una pequeña empresa, mozo de almacén en una de paquetería, he cuidado niños pequeños, he servido copas en un local, he bailado de gogó en una discoteca, en fin, he hecho de todo. He trabajado en todo lo que me iba saliendo; por desgracia, siempre en trabajos eventuales.
- Veo que no le haces ascos a nada.
- La vida es dura y hay que salir adelante
- Eso me gusta, Lola, que no le hagas ascos a nada. Eso te hace idónea para mí.
- ¿Quiere decir ... que me das el trabajo?
- No, espera. Eres joven, con una edad muy cercana a la mía, tanto que podríamos ser incluso amigas, y eso me agrada. También eres muy bonita, eso me agrada aún más; pero todavía hay algo que me gustaría hablar contigo. Es una cuestión muy personal y delicada. De tu respuesta depende que consigas el trabajo o no. Falta que te diga una de tus principales funciones, pero no sé si estarás de acuerdo en hacerla.
- Siempre y cuando no me pidas que trabaje desnuda, no creo que vaya a haber un problema.
- No, no voy a pedirte eso. Pero para hacer lo que quiero pedirte si será necesario que te desnudes...
- ¡Eh…! - pensó Lola para sus adentros.
- Te cuento: yo soy lesbiana -soltó a bocajarro- De ahí que no tenga muchos amigos y, además, no conozco a nadie en este barrio al que me acabo de mudar hace apenas un par de semanas. Así que ... me gustaría que ... si estás de acuerdo ... como parte del trabajo ... tendrías que atender, solo si estás de acuerdo -repitió con cierto énfasis- mis necesidades sexuales ...
- ¡Queeeé…! -exclamó Lola sorprendida ¿Quieres decir... tener sexo contigo?
- Correcto, así es.
- Pero esa no puede ser una condición de trabajo…
- Ya te he dicho que es solo si tú quieres. Piénsatelo, no digas no de antemano…Y además ganarás un sobresueldo por cada sesión.
- Yo, yo… – titubeó ante la idea del sobresueldo - No sé…
Lola no se esperaba en modo alguno este tipo de trabajo, por supuesto que lo anterior no suponía gran esfuerzo, pero esta condición rayaba un poco en la esclavitud, era una petición muy íntima y personal. Intentó buscar una salida.
- Además, yo nunca he tenido relaciones con una chica… No creo que pueda hacerlo.
- ¿Pero no lo has pensado siquiera?
- Admito que lo habré pensado alguna vez, por curiosidad, por saber qué se siente, pero nunca lo he hecho. No sé si es una buena idea…-titubeó- Creo que no sería capaz de satisfacerte.
- Pero has pensado en ello. Lo que significa que no te niegas a probarlo, vamos que no te niegas en redondo a hacerlo. No te voy a pedir que lo hagas si realmente no quieres, pero me gustaría que consideraras el probarlo...
Lola dudo. Se hizo un silencio casi eterno. Intentó sopesar los pros y los contras de este nuevo trabajo. No habían hablado de sueldo aún, aunque sí de las pagas extras. La oferta era tentadora…
- Tal vez podríamos comenzar con un beso ... – rompió el silencio Ana, ante la indecisión de Lola -Luego me dices si te gusta o no ...
- ¡Uf…, no sé!
- Venga, probemos.
- Vale, está bien. Pero si digo basta, te paras…
- De acuerdo. Cierra los ojos y déjate llevar…
Suavemente, Ana tomó la cabeza de Lola en sus manos. Eran una manos suaves y cálidas, muy agradables. Poco a poco, se acercó a su cara y deposito sus labios en los suyos. Fue un beso corto, sutil.
- ¿Qué tal? – dijo retirándose
- Bien… suaves- murmuró Lola.
- ¿Sigo?
- Uuumm …
Con suavidad, empezó a besarlos de nuevo, sin tratar en ningún momento de entrar en su boca. Notó que, con los besos, los labios de Lola se iban relajando y su boca se iba abriendo sin resistencia, como una flor en primavera. Acarició con su lengua este pequeño resquicio, con la punta nada más. Los labios de Lola se abrían más y más, invitándola a entrar en su boca. Su lengua entró sin resistencia alguna y fue entonces cuando Ana comenzó a jugar con la de Lola. Al principio, Lola se quedó quieta, se dejaba hacer. Pero a medida que la intensidad crecía, el beso empezó a gustarle más. Incluso más que cualquiera de los besos que recordaba de su novio. Una nube de sensaciones le invadió haciéndola incapaz de pensar con claridad. Ella empezó a mover su lengua, respondiendo al beso de Ana. Eso hizo que la joven notara que las puertas se le abrían, que no había resistencia por parte de la candidata al puesto, animándola a besarla con pasión, acariciando su espalda, sus piernas, sus pechos.
Siguieron besándose durante al menos diez minutos. Diez minutos largos y agradables hasta que Ana, finalmente, se detuvo. Se quedaron así, en brazos la una de la otra, mirándose a los ojos, sin decir una palabra, simplemente disfrutando el momento. Ana fue la primera en romper el silencio, susurrando a Lola.
- Te gustó… ¿verdad? No lo puedes negar…
Ella asintió con la cabeza.
- ¿Quieres probar ir más allá?
Asintió de nuevo.
- Ven conmigo.
Tomó la mano de Lola y la paseo por la casa rumbo a su habitación. En ese momento, Lola era incapaz de pensar, seguía perdida en el laberinto de placer que había supuesto tan largo beso. Caminó por la casa como flotando en una nube, embriagada. No se dio cuenta de que estaban en el dormitorio hasta que la joven pelirroja volvió a besarla. Esta vez sí, inmediatamente respondió al beso, abriendo su boca y jugando con la lengua de la joven, saboreando de antemano el placer que prometía venir a continuación.
Ana acostó a Lola en una cama de matrimonio, más grande aún, poniéndola boca arriba. Obviamente, iba a tomar la iniciativa. Le desabrochó la camisa, luego empujó de su sujetador hacia abajo, dejando al descubierto sus hermosos y firmes pechos.
- Adivinaba que eran hermosos debajo de la ropa, pero se ven mucho más bonitos al natural. Tal vez te pida que trabajes desnuda, para poder verlos cuando quiera.
Mientras decía eso, Ana comenzó a acariciar, pellizcar y chupar los pezones, poniendo a prueba la dureza de las tetas de Lola con sus manos. A Lola siempre le había encantado que sus novios jugaran con sus pechos, y ahora con una mujer no era diferente. Salvo que, quizás fuera por el morbo, pero era mucho más delicioso, se estaba excitando más rápido de lo habitual.
- Por favor, déjame ver los tuyos – se atrevió a pedir.
Ana se levantó la parte de arriba de su vestimenta, dejando al descubierto sus turgentes y bonitos pechos. No pudo reprimir un ¡oh! de sorpresa cuando vislumbró que sus dos pezones estaban perforados por pírsines. Los tocó con cuidado. ¿Qué sentiría Ana con sus caricias? Lo vio enseguida. Casi de inmediato, sus pezones se pusieron duros. No pudo tocarlos durante mucho má s tiempo. Ana tomó suavemente sus manos y las alejó de sus pechos.
- Esto que llevo los hace muy sensibles, así que debes tener cuidado cuando me acaricies. No me los toques todavía. Hoy no vas a hacer otra cosa que disfrutar de mis caricias. Hoy hay la dedicación es exclusiva a tu persona, permanece más pasiva.
Ana volvió a besarla en la boca. Luego empezó a recorrer lenta y suavemente todo su rostro, lamiendo sus orejas, besando su cuello, mordisqueando sus pechos, poniendo duros sus pezones, hasta que finalmente llegó a su estómago. Lola no dejaba de acariciar al tiempo su cabello y su cara. Quiso poner uno de esos dedos que la acariciaban la cara dentro de su boca para poder chuparlo, pero la pelirroja le retiró las manos y se las colocó encima de su cabeza.
- Te he dicho que no tienes que hacer nada, que no te muevas.
- No puedo evitarlo, eres tan hermosa.
- Si no puedes estarte quieta, voy a tener que esposarte a la cama.
- ¿Lo harás? A lo mejor descubres que me gusta…
- ¡Ya veo, eres una chica traviesa…! Eso quieres, ¿verdad?
Le dio un beso, y a continuación, se inclinó hacia un lado de la cama para llegar a la mesita de noche. Lola aprovechó el momento y la postura de Ana para acercarse a ella y, presionando sus tetas contra su espalda, agarrar desde atrás los pechos de Ana y besarla en el cuello. Luego bajó por su espalda hasta que llegó a sus pantalones cortos, se los bajó hasta los muslos y, al final, pudo poner sus manos en su redondo y apretado culo. Pero no pudo acariciarlo durante mucho tiempo. Ana había abierto un cajón, había sacado unas esposas y recuperó rápidamente el control de la situación. Puso a Lola de nuevo tumbada de espaldas y tomó sus manos para esposarla a los barrotes de la cama. Lola quedó semi inmovilizada.
- ¿Pensaste que te iba a dejar llevar la iniciativa? ¿Ves…? Ahora que no te puedes mover, me voy a tomar todo el tiempo del mundo para que disfrutes, para convencerte que has de ser mi doncella personal… Primero te voy a quitar esa falda apretada que te tapa tu hermoso culo. Quiero ver qué tipo de ropa interior llevas puesta. ¿De la formal o de la de pícara seductora?
Ana no tardó mucho tiempo en deshacerse de la falda de la aspirante. Y a pesar de su último comentario, tampoco se entretuvo con su ropa interior. Se la arrancó casi de cuajo.
- Completamente desnuda, por fin -dijo- Y veo que ese coñito tuyo ya está bastante preparado. Eso es señal de que te está gustando lo que te estoy haciendo, mi pequeña zorra…
- Uuumm…
- Te cuento lo que va a pasar: te voy a besar por todo el cuerpo, sin dejar ni un solo rincón. Voy a ir bajando por tu vientre lentamente, hasta llegar a tu monte de Venus y voy a comerme tu precioso clítoris. Lo voy a chupar hasta que no pueda estar más duro, ni más hinchado; luego lameré tu coño como nunca nadie te lo ha hecho y beberé tus jugos como si fuera el agua de una fuente. Pero no voy a dejar que te corras. Cada vez que vea que vas a tener un orgasmo, voy a parar. Esto te hará llorar y suplicar por él. Gritarás y rogarás que acabe el suplicio. Entonces, cuando estés en el punto en el que el deseo llegue a la desesperación y me supliques, lista para hacer cualquier cosa, voy a poner mi lengua dentro de ti, me comeré y me beberé tus orgasmos, hasta que dejes de regarme la boca y agotes tu fuente de placer. Prepárate, porque no voy a parar hasta que esté completamente saciada y satisfecha. Vas a saber cómo nos damos placer las lesbianas…
Lola temblaba de excitación, con la esperanza de que Ana no hiciera lo que acababa de decir: ella era una mujer muy apasionada y no podría aguantar mucho tiempo el deseo de correrse. Esperaba que fuera más fuerte el deseo de comerse sus licores que el de torturarla. Pero pronto supo que no conocía a Ana. Eso no estaba en sus planes. Empezó por morder suavemente el lóbulo de la oreja de Lola; luego, muy lentamente, bajó por su cuello hacia al hueco de sus brazos, lamiendo y besando cada centímetro de su piel. Al fin llegó hasta uno de sus pechos. Comenzó a acariciar uno y otro, a jugar con sus pezones, pellizcándolos, retorciéndolos, tirando de ellos hacia arriba, al tiempo que mantenía su lento camino de besos por todo su cuerpo, escudriñando todos los rincones de su torso y de su vientre. Cuando parecía que iba a continuar bajando, Ana volvía de nuevo a sus pechos, pero no los besaba, para frustración de Lola. Seguía jugando con los senos y los pezones mientras besaba de nuevo su estómago, asegurándose de que sus labios tocaran cada parte de ella. Incluso le lamió el ombligo, haciéndola tener un ligero escalofrío. Una eternidad después llegó a la altura de su sexo, pero decidió ignorarlo. Comenzó a jugar con sus piernas. Levantó una de sus piernas y la besó tan lentamente como lo había hecho con su cuerpo, recorriendo desde la parte interna del muslo hasta el pie. Luego la colocó de nuevo en la cama y comenzó con la otra. Hizo exactamente lo mismo, pero en el sentido contrario, desde el pie hasta llegar a la cara interna de su muslo. Cuando finalmente se detuvo, Lola pudo observar la lasciva sonrisa de su rostro, mientras absorta la entrada de su gruta húmeda e hinchada y el rojo cereza de su interior. Estaba logrando claramente su objetivo: excitarla en un grado que jamás había sentido, un grado superlativo.
Lola respiraba con bastante dificultad, de sus suspiros iniciales había pasado ya a gemidos, y todo su cuerpo era presa de pequeñas convulsiones. Sentía que sólo un toque en su coño sería suficiente para hacerla correrse. Estaba tan mojada que en las sábanas de la cama aparecía ya una ligera mancha. Y tener a Ana mirándola, sin tocarla, la volvía loca…
- ¡Qué coño más encantador tienes! Si no fuera porque estoy controlándome, acabaría enterrando mi cara en él, me lo comería con un apetito voraz hasta dejarlo bien limpio y seco.
- Por favor, Ana ... Hazlo ... Cómemelo… Por favor ...
- Lo haré. Pero quiero disfrutar haciéndolo. Y pronto sabrás que no hay mejor manera de disfrutar de un coño que ir saboreándolo poco a poco.
Dicho esto, puso su cabeza delante del sexo de Lola. Comenzó a soplar sobre él, como queriendo enfriarlo. Se quedó ahí un rato, disfrutando de la fragancia que emanaba de él por la excitación de su dueña. Luego le dio una sola lamida, rápida para tener un primer contacto con esos labios calientes y mojados. Esto hizo que la Lola levantara sus caderas un poco, con la esperanza de contactar con esa lengua esquiva…
- Ten paciencia, Lola. No voy a hacer que te corras todavía, así que no trates de hacer que me apresure. Llegará el momento en el que deje que tengas tus orgasmos, pero por ahora, déjame disfrutar de lo que estoy haciendo.
Tan pronto como ella acabó de hablar, le dio al coño otra rápida lamida, consiguiendo la misma reacción de Lola. Y por tercera vez, lo volvió a hacer; y por tercera vez, Lola volvió a dar un fuerte respingo.
Ana buscaba el momento adecuado en el que lanzarse a él y poder degustarlo. Tal como se degusta una buena comida, saboreando cada bocado. Veía en los ojos de Lola el suplicio y el deseo. Ojos vidriosos de espera, expectante y deseosa… No pudo más, decidió darle a Lola lo que tanto ansiaba: comerle el coño de una vez por todas, de forma brutal y salvaje. Comenzó a hacerlo muy lentamente, saboreando cada parte de sus pliegues, sin tocar en ningún momento su botón mágico, su perla del placer. Forzó con sus dedos la apertura de los labios de Lola y pasando su lengua arriba y abajo, lamió con fruición toda el área, sin llegar a la cima, sin contactar con el guardián del tesoro. Éste se mantenía completamente erguido e hinchado, fuera de su capuchón en busca de algo o de alguien con quién combatir. Lola se retorcía con cada lamida, con cada beso, con cada succión. Ya no gemía, sino que gritaba y se convulsionaba buscando un contacto más y más intenso.
Pero Ana la esquivaba y seguía con su rutina, arriba y abajo, y a un lado y a otro de los labios. Estuvo así durante diez largos minutos. A Lola le pareció una eternidad. Había estado gimiendo durante todo el tiempo, y cada minuto, cada segundo, que pasaba sus gritos aumentaban de intensidad. Al no poder mover sus brazos, agarró las barras de la cama con las manos de forma tan violenta que hacía moverse toda la cama. Pero no podía soltarse, ni pedir a Ana que lo hiciera. Quería seguir así, deseaba seguir así, atada y expuesta. Intentó varias veces que sus ojos se encontraran, pero la joven estaba tan concentrada en lamerle el coño que no se percató; o tal vez lo hizo a propósito. Quería someterla y torturarla hasta el extremo. Lola gritaba pidiendo un orgasmo como jamás lo había hecho. Sabía que le iba a venir, pero Ana estaba haciendo todo lo posible por retrasarlo, parando cuando notaba que Lola llegaba al borde del clímax. Comenzaba de nuevo sólo después de que ver que se calmaba.
- Creo que es hora de darle un poco de atención a tu clítoris, ¿no te parece?
Lola no podía estar más de acuerdo.
- Por favor, sí, Ana, por favor…- le rogó.
- Por favor, ¿qué?
- Por favor, juega con mi clítoris. Lámelo, chúpalo, haz todo lo que quieras con él. ¡Pero, por favor haz que me corra! -grito.
Ana sonrió.
Ahora, el coño de Lola estaba completamente empapado, y la mancha en las sabanas era tan grande que parecía haberse orinado, aunque todavía no se había corrido. Ana había dicho que se iba a tomar su tiempo, y eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Ana dio al coño de Lola una última sesión de lamidas rápidas y finalmente se trasladó al clítoris. Estaba fuera de su capuchón y más crecido de lo que Lola lo había visto nunca. Jamás pensó que le pudiera crecer tanto. Ana comenzó a golpearlo con movimientos rápidos de lengua, pero volvió a detenerse antes de que Lola llegar al orgasmo. Volvió a la carga y se detuvo. Lamía, chupaba y paraba. Lamía y paraba. Chupaba y paraba. Siempre antes de provocarle el clímax. Ana siguió jugando así un rato más, hasta que Lola se acercó al límite. No se quejaba, casi había perdido el sentido por el placer acumulado en cada rincón de su sexo, en cada poro de su piel. Parecía faltarle el aire y su corazón amenazaba explotar dentro de su pecho. Casi se ahogaba esperando que el orgasmo llegara de una vez.
Ana levantó la cabeza y dejó de jugar con el clítoris y el coño de Lola, sólo para poner su cara enfrente de la mujer esposada. Podía leer en sus ojos la necesidad de que acabara el suplicio. Una vez más, sonrió.
- Has sido una buena chica Lola. En realidad, pensé que no podrías soportarlo. Pero dado que lo has hecho, te mereces una recompensa.
Le dio un beso y luego cayó sobre su cuerpo, frotó sus pezones contra los pezones hinchados de Lola. Ambos estaban muy duros y especialmente sensibles. Lola grito de placer, pero Ana siguió reptando, bajó resbalando por su vientre y paró cuando su cara quedó frente al coño de Lola. Y antes de meter su boca dentro de él, sentenció:
- Córrete todo lo que quieras.
Esas eran las palabras que Lola quería oír desde hacía ya muchos minutos. Y cuando las oyó supo que Ana ya no iba a parar. Sabía que Ana no iba a dejar de jugar con ella. Presentía que iba a llegar a disfrutar como nunca; algo que necesitaba desde hacía una hora al menos, pero desde varios meses.
Ana lamió dos de sus dedos y, por primera vez, los puso dentro del coño de Lola. Al mismo tiempo, comenzó a chupar su clítoris tan fuerte como pudo sin soltarlo en ningún momento. No pasaron ni unos segundos cuando Lola tuvo su primer orgasmo. Pero estaba lejos de ser el último.
Una oleada de placer se fue formando en el centro del vientre de Lola, bajando hacia su sexo y extendiéndose lo largo de todo su cuerpo. Fue algo que no había experimentado jamás. Sus caderas se elevaron en el aire y Ana casi tenía que ponerse de rodillas para seguirlas. Gritaba tan fuerte como podía y las únicas palabras que se salían de su boca eran ¡Ana…, sí… fóllame…, Ana…, Aaana…, por dios fóllame…, más…, más…, Ana…! Se quedó así, con sus caderas levantadas en el aire, gritando de placer. Un placer que recorría su cuerpo en todas direcciones, sin parar con espasmos continuados que la dejaban sin aire, un placer intenso y prolongado que parecía no tener fin. Sus músculos estaban tan tensos como la cuerda de un arco, las contracciones involuntarias de todo su cuerpo se prolongaban de forma discontinua, se retorcía y se tensaba sin previo aviso, como si una serie de corrientes eléctricas recorrieran su anatomía en todas direcciones.
Ana no estaba decidida a parar. En realidad, no tenía ninguna intención de hacerlo desde el principio. No se preocupaba por la hipersensibilidad de Lola, ella seguía chupando su clítoris y metiendo y sacando los dedos en su coño con la misma intensidad y el mismo ardor, con rapidez inusitada con el fin de llevarla a otro gran orgasmo, sin dejarla recuperarse del anterior. Y, entre gritos desesperados, tuvo otro. Y, en un par de minutos más, otro. Cada uno de ellos más cercano al anterior, lo que hizo que Lola sintiese un orgasmo continuado e interminable.
Tras varios minutos de descontrol, sus caderas cayeron a plomo sobre el colchón, sin fuerzas, como un pelele. Se fue relajando y sus espasmos se fueron mitigando. A pesar de ello, su cuerpo siguió temblando casi otro par de minutos y sus gritos se convirtieron en sonidos guturales sin sentido.
También Ana fue calmando su furia por hacer que Lola tuviera decenas de orgasmos. Sólo Dios sabe después de cuánto tiempo, Ana dejó de chupar y follar con los dedos a Lola. La dejó descansar. Todo su cuerpo estaba cubierto de sudor y su respiración también era entrecortada, como si hubiera corrido cien metros lisos. Sus pechos subían y bajaban a un ritmo acelerado no exento de cierto erotismo.
Viendo a Lola totalmente extenuada, Ana se acercó a la mesita de noche, sacó unas llaves y la liberó de las esposas. Liberada ya de ataduras, Lola, sin fuerzas para moverse, ni siquiera trató de acariciar el cuerpo de Ana. Estaba demasiado cansada por el placer que acaba de experimentar.
- Has disfrutado, ¿verdad, mi pequeña zorra…? - aseveró Ana- No dirás ahora que el sexo con una chica no puede ser total y satisfactorio…
- Ufff… No puedo ni hablar, me has matado… – susurró con apenas un hilo de voz
- Pero no hemos terminado todavía. Pensé que podría controlarme, pero parece que me equivoqué. La furia de tus orgasmos ha hecho que quiera probarlos, me excitas aún más de lo que pensaba al principio…
- Uuumm, sí… Gracias… -volvió a susurrar
- …Y si no me corro pronto, voy a empezar a volverme loca. Pero no te preocupes, tú no tendrás que hacer nada. Sólo dejarte llevar. Mira para aprender y disfruta del momento. Puedes jugar con mis pechos si quieres.
Ana tomó una de las piernas de Lola y la levantó hasta colocarla encima de su hombro derecho, besándola al sentirla contra su cuerpo. Luego puso su coño mojado en diagonal al sensible coño de Lola, asegurándose de que ambos clítoris se tocaran. Y una vez ubicados correctamente, comenzó un sutil movimiento de caderas.
Al principio fue lento, suave, frotando ambos coños, uno contra el otro. Su humedad hacía que resbalaran como si estuvieran enjabonados. Ambos se mojaron aún más, mezclando sus jugos. Cuando la mano de Lola agarró uno de los pechos de Ana y comenzó a jugar con su pezón, ella comenzó a moverse más rápido, pero no lo suficiente para que alguna de las dos pudiera correrse. Ana quería correrse ya, pero también quería martirizar de nuevo a Lola, a pesar de que ello significara sufrir el tormento en sus propias carnes. Estaba llegando a su límite cuando Lola susurró las palabras que estaba esperando.
- Por favor ... Vamos a corrernos juntas
Fue como si algo se rompiera la cabeza de Ana. No se trataba ya de martirizar a Lola, de hacerla correrse una vez más, sino que se trataba de correrse junto a esa deliciosa mujer, con sus dos coños unidos en uno solo, besándose. Se trataba de sentir puro placer y nada más.
Las caderas de Ana se movían a un ritmo frenético, por lo que las chicas se sentían como si estuvieran unidas la una a la otra por su centro de placer. Lola fue la primera en acabar, todavía bajo la influencia de sus orgasmos anteriores. Otra ola de placer atravesó su cuerpo, haciéndola apretar sus caderas contra las de Ana. Lola sintió una primera contracción dentro en su coño, saliendo, fuerte como un tsunami, hacia el coño de Ana. Ésta, notando la fuerte contracción de Lola, comenzó a sentir como un intenso un orgasmo la invadía, fuerte y delicioso. Pero eso no impidió que siguiera moviendo sus caderas, dando una nueva ola de placer al coño de Lola. Luego ambas comenzaron a intercambiar el placer, como si se lanzaran una pelota de tenis la una a la otra, hasta que finalmente, acercándose a la red del campo de juego, llegaron a sentirlo al unísono. El juego, y el fuego, estaba ahora entre sus dos sexos. Movían sus caderas de forma sutil, casi imperceptible, para lograr el mayor contacto entre sus coños, juntos como dos ventosas, e intercambiando los placeres de una con la otra, tratando de mantener el orgasmo compartido. Fueron unos instantes de gloria, de paroxismo frenético, de gritos y gemidos descontrolados, de deliciosos minutos de placer. Lentamente sus cuerpos fueron apaciguándose, los espasmos dejaron de producirse de forma tan violenta, tan solo algún que otro respingo descontrolado venía a sacudir sus cuerpos; lentamente las chicas se quedaron quietas.
Ana soltó la pierna de Lola y cayó como un fardo en la cama; luego ella se dejó caer a su lado extenuada y satisfecha. A ambas les costaba respirar ahora. Lola volvió la cara hacia Ana para mirarla a los ojos. Se besaron con pasión, abrazadas entre sí. Así se mantuvieron durante unos minutos, sosegando sus pulsaciones y volviendo a recuperar la consciencia.
Lola pensó que ahora sí, que todo había terminado. Ignoraba que Ana tenía otra idea. Todavía deseaba hacer algo más con ella.
- No te muevas- le dijo mientras se levantaba de la cama – toma aliento que lo vas a necesitar de nuevo.
- ¿Qué estás diciendo…?
- Vuelvo enseguida, no te preocupes. Tengo una última cosa para ti. Quédate en la cama y descansa. Es algo que escondí, porque no quería que alguien pudiera encontrarlo. Y no te preocupes, te va a encantar.
Salió de la habitación, dejando que su agotado gladiolo bermellón se tomara un descanso. Lola se preguntaba qué iba a hacer ahora con ella. Pero a pesar de que lo ignoraba, la expectación la estaba poniendo caliente de nuevo. No quería esperar más, necesitaba saber qué tenía ideado Ana. Tantos meses de abstinencia no podían calmarse tan pronto.
Ésta volvió al cabo de cinco minutos, vestida con unas correas alrededor de sus caderas y algo que sobresalía de ellas, a la altura de su monte de Venus. Lola no había visto nada parecido nunca.
- Es un strap-on, ¿te gusta? Lo escondí porque no quería que la criada de casa de mis padres pudiera encontrarlo. Te voy a follar tan bien con él que vas a salir encantada.
Tenía el tamaño de un pene normal, no más grande que el de su exnovio, pero Lola no podía apartar los ojos de él. Siempre le había gustado ser penetrada, incluso más que el sexo oral. Pero después del gozo tan intenso que había sentido con la boca de Ana, pensó que no podría soportar más placer y que eso sería demasiado para ella.
- No sé si podré soportarlo Ana ... Ha sido tan delicioso lo que me has hecho, que creo que esto va a ser demasiado.
- Pero todavía no te he follado. Éstos sólo eran unos juegos previos. Muy agradables, sí, pero nada más. La verdadera follada empieza ahora. Abre las piernas flor de lirio, que te voy a enviar al cielo.
Lola ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Ana ya se había colocado entre sus piernas y las había abierto al máximo.
- Todavía veo que lo tienes completamente empapado. Eso es bueno, va a entrar a la primera.
Puso la punta del consolador en la entrada de la vagina de Lola, y lentamente, sin ninguna oposición, se deslizó dentro. Al sentir que estaba siendo penetrada, Lola se agarró la tetas con fuerza, anticipando la llegada de una nueva ola de placer. Sus ojos observaban el juguete que había desaparecido en su interior, llenando completamente su vagina. Una vez que Ana comprobó que estaba totalmente alojado en el coño de Lola, sin previo aviso, empezó a moverse.
Al principio fue un movimiento lento, entraba y salía con suma delicadeza, moviendo las caderas como una bailarina. Lola gritaba obscenidades de nuevo, intentando que Ana incrementara el ritmo, que éste fuera in crescendo. No aguantaba ya esta lentitud.
- Quieres correrte de nuevo, ¿no es así? - dijo Ana, manteniendo ese ritmo maldito – ¡Pues hazlo! ¡Córrete otra vez! ¡Siéntelo en todo el cuerpo!
Agarró las caderas de Lola y comenzó a bombear su coño de forma frenética, un mete-saca brutal, fuerte y rápido, golpeando la entrada del coño de Lola con su vientre, metiendo el consolador en lo más profundo de su ser, hasta que ésta tuvo su ansiado orgasmo; tan bueno que dejó de hablar y suplicar durante unos interminables segundos, levantando sus caderas en busca del mayor placer que podía conseguir. Ana mantuvo dentro de ella su consolador, mientras el baile de sus caderas continuaba de forma arrítmica. Finalmente, estas cayeron de nuevo a la cama, la una encima de la otra.
Se produjo un silencio.
Lola pensó que ahora sí, que todo había acabado ya. Pero no. Ana había disminuido la velocidad, pero no se detenía del todo. Un movimiento continuo, un vaivén imperceptible, seguía produciéndose. Ana se elevó de nuevo sobre sus rodillas, quitó una de sus manos de las caderas de Lola y la puso sobre su pubis, y con su dedo pulgar comenzó a frotar su clítoris empapado y gordinflón. Pero no pudo disfrutar de él por mucho tiempo, Lola contraatacó, puso sus manos sobre el culo de Ana y empujó tratando de hacer que los movimientos de caderas de ésta volvieran a incrementar su ritmo.
- No me jodas, dame más fuerte ...- sonaba como si estuviera deseando no escapar del placer - Por favor, Ana ... fóllame fuerte y rápido, quiero sentirte muy dentro, hasta mis entrañas...
- Está bien, pero juega con tu clítoris para que yo lo vea...
Lola hizo lo que le pidió, llevó una mano a su clítoris y mantuvo la otra en el culo de Ana. La pelirroja volvió a agarrar sus caderas, una vez más, y la folló tan fuerte como antes. No pasó mucho tiempo para que llegara otro orgasmo, pero, a pesar de ello, no se detuvo en absoluto. El flujo continuo de placer que recibía Lola, la hizo mover los brazos como una marioneta rota, agarrando las sábanas, luego el culo de Ana, luego sus tetas, que apretaba con fuerza. Cuando por fin recuperó algo el control, llevó sus brazos sobre los hombros de Ana, tiró de ella y la recibió encima de su cuerpo para darle un beso de gratitud, haciendo que ella detuviese el movimiento.
Dejaron de besarse y se quedaron así, quietas, frente a frente, mirándose la una a la otra con ojos lujuriosos. Lola aun temblaba y tenía espasmos de vez en cuando. Su cuerpo había adquirido tal sensibilidad que cualquier roce de Ana en su piel la hacía temblar de nuevo. Era una destilación lenta de placer, un goteo constante de pequeños orgasmos….
- Quiero follarte por detrás – Susurró Ana, antes de darle otro beso.
Lola estaba en otro mundo ahora. Un mundo de felicidad. Los únicos sonidos que salían de su boca eran sus gemidos y su cabeza estaba completamente vacía, excepto por una idea: Ana. En todo su cuerpo la sentía a ella, y el ***** contacto de ella era suficiente para volver a darle placer. Estaba en un completo abandono y Ana podía hacer con ella cuanto quisiera, podía llevarla donde quisiera y pedirle lo que quisiera; en ese momento estaba dispuesta a darle todo sin ninguna queja, sin ninguna oposición.
Se puso a cuatro patas, pero esta no era exactamente la postura que Ana quería. Así que, una vez que volvió a clavarle el consolador en su coño, Ana agarró sus pechos con las manos y la levantó para ponerla de rodillas. Lola notaba ahora las tetas y los pezones de Ana contra su espalda. Ésta comenzó a moverse de nuevo, otra vez lenta y suavemente. Mientras se movía, jugaba con los pechos de Lola y sus pezones, lamiendo y besando al mismo tiempo su cuello. Lola comenzó a acariciar su clítoris con cierto frenesí, esperando correrse de nuevo con urgencia.
- No seas tan ansiosa, Lola – le susurró Ana al oído - sé amable con él como yo lo soy contigo. Quiero que disfrutes de otra corrida monumental, pero ha de llegar de forma lenta, como un torrente, desbordando los cauces del río…
Lola ralentizó su mano. Hizo que las caricias sobre su clítoris fueran más delicadas y lentas, más dulces…
- ¿No crees que es mejor así?
Lola asintió con la cabeza como respuesta.
- Sabía que lo harías. Te podría follar fuerte y duro desde el principio, pero es mejor ser muy suave y dejar que poco a poco el ritmo se acreciente con el deseo.
Ana le mordió el lóbulo de la oreja, lo que hizo que Lola gritara.
- ¿Te he hecho daño? ¿Es eso lo que quieres, que te folle duro, como un salvaje?
La respiración de Lola volvía a agitarse y su cuerpo comenzó a temblar.
- ¿Quieres que aumente el ritmo otra vez?
Lola asintió con la cabeza de nuevo.
- Pero me encanta torturarte, eres tan dócil – volvió a besar su cuello y otra vez Lola gritó.
- Se puede acabar así, de esta forma tan suave como te yo lo estoy haciendo, pero voy a ser tan salvaje como deseas. Te dejaré acabar, pero espero que seas rápida o podría cambiar de opinión.
Lola deseaba que incrementara con dureza y velocidad sus embestidas. Quería que su nuevo orgasmo no fuera el más difícil de los que hasta ahora había tenido, pero Ana la controlaba y no le permitía tenerlo de esa manera. Ella sabía que el orgasmo se acercaba, lo sentía llegar. Pero debido a la tortura de Ana y sus movimientos lentos, se ralentizaba sin acabar de llegar. Era como ese tren que avanza lento y parece que nunca va a en la estación. Lola podía sentir como, desde lo más profundo de su ser, las nuevas oleadas de placer iban aflorando…
- Córrete… - le susurró Ana al oído – córrete… – le volvió a susurrar más cerca - córrete…- susurró de nuevo, apretando su pecho contra su espalda…- córrete….
Lola comenzó a gemir más fuerte.
- Córrete…
El corazón de Lola estaba desbocado, latía tan rápido que Ana lo podía sentir contra su pecho
- Córrete…
Los gemidos de Lola se fueron convirtiendo en pequeños gritos.
- Córrete…
Los gritos se hicieron más fuertes.
- Córrete…córrete…córrete
El orgasmo estalló en ese momento. Un reguero de flujo escapó de entre los labios de su coño; con cada contracción, una nueva salida de más y más líquido. Nunca hasta ahora Lola se había corrido de esa manera. Su mano frotaba con fuerza su clítoris y con la otra empujaba la nalga de Ana para que entrara dentro de ella con profundidad, que no dejaba de susurrar a su oído: “córrete…”
El orgasmo duró mucho tiempo, recorriendo su cuerpo desde las puntas de los dedos de sus pies hasta el último pelo de su cabeza. Intenso, prolongado, agotador… y totalmente satisfactorio.
Lola estaba jadeando. Ese último orgasmo había sido el mejor de toda la tarde, de toda su vida. Incluso después de que Ana dejó de follarla y sacó el consolador de su vagina, seguía sintiendo espasmos en cada célula de su cuerpo. Ella sabía que no podía correrse más, pero intuía que Ana iba a encontrar una nueva manera de hacer que si lo hiciera de todos modos. Y el simple pensamiento que estaba teniendo la emocionaba.
- Me encantan esas últimas corridas que has tenido. Han sido increíbles… dijo Ana- Pero ahora, como te prometí, voy a dejar de hacer yo todo el trabajo…
Mientras decía eso, Ana se acostó boca arriba junto a Lola
- Súbete encima y cabalga tú ahora
Lola era incapaz de pensar. Su cuerpo se movía por sí solo, en busca de sexo y lujuria. Así que se colocó encima de Ana, a horcajadas, poniendo el consolador dentro de su coño, agarró de las manos a Ana y empezó a follarse.
No trató de moverse lentamente. Desde el principio, movió sus caderas hacia arriba y hacia abajo lo más fuerte y rápido que pudo. No fue una cabalgada lenta pasando por las diferentes etapas de la hípica. Del paso, al trote y de éste, al galope. No. Se lanzó a una galopada intensa y con cada salto que ella daba gritaba de placer. El falo de silicona entraba y salía de ella como un pistón en su cilindro, haciendo que su vagina ardiera por dentro. Rápidamente llegó a otro orgasmo. No se detuvo. Siguió moviéndose, cabalgando sobre el vientre y las caderas de Ana con el falo incrustado hasta su útero. El placer recorría su cuerpo, saboreaba la sensación de tener un orgasmo continuo, sin fin; la sensación de estar cabalgando en la cresta de una ola que no termina de llegar a la orilla. Se encontraba perdida como una loca en una espiral de lujuria, sin poder parar… Hasta que Ana la detuvo.
- Deja de saltar y muévete de adelante a atrás – le pidió Ana que jadeaba tanto como ella - Quiero que te muevas hacia atrás y hacia adelante tan rápido y fuerte como puedas.
Solo entonces, Lola notó que Ana tenía también parte del consolador metido en su coño, bajo esa especie de arnés de cuero. Moverse así, parecía ser aún mejor para ambas. Lola sentía el consolador golpeando en su punto G a cada embestida. Ana sentía lo mismo, pero, además, cuando Lola se movía así, era capaz de sentir las vibraciones que tenía alrededor de su clítoris. Follar a Lola la había excitado enormemente y necesitaba correrse también.
No pasó mucho tiempo para que Lola llegara de nuevo a correrse, al igual que Ana. Y una vez más, Lola no paró, queriendo prolongar el momento tanto como fuera posible. El clítoris de Ana estaba más sensible que nunca, y le pedía a Lola que parara. Pero fue inútil. Muy pronto, volvió a sentir otro orgasmo atravesando su cuerpo, que hizo que su clítoris aumentara aún más su sensibilidad. Lola no paraba de correrse salpicando de líquidos el coño de Ana. Sus caderas estaban descontroladas, enfrascadas en una danza lujuriosa imparable, haciendo sentir a Ana un placer que nunca sintió antes. En algún momento, las dos chicas se fundieron juntas en un orgasmo interminable, como si de un solo cuerpo se tratase.
Por fin, las caderas de Lola dejaron de moverse y ella cayó sobre Ana, haciendo que el consolador saliera de su vagina por sí solo. Estaban demasiado cansadas para besarse; aun así, se quedaron ahí, quietas, mientras yacían juntas, abrazadas como una pequeña y linda pareja.
Pasaron unos minutos. Ana acariciaba el pelo de Lola cuando recordó por qué Lola estaba allí
- Lola…- susurró, y la chica rubia abrió los ojos para mirarla – ¿Sabes?, creo que el trabajo es tuyo… Puedes empezar mañana…
- Creo que he empezado hoy…y la jornada ha sido agotadora.
- ¿Tú crees?
- Síiii…- susurró – Vas a ser una jefa muy tirana
La sonrió y luego la besó por última vez antes de que ambas cayeron sumidas en un sueño profundo. Al día siguiente, Lola comenzaría a trabajar como “doncella” para Ana.
Lola iba a tener por fin un trabajo que la iba a durar mucho tiempo.
発行者 SirLawrence23
5年前
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