La rutina (1)

Aquel hombre llevaba una vida ordinaria, totalmente normal, sin ningún rasgo destacable: uno de tantos. Su vida sexual era tan anodina como su propia existencia; a pesar de tener pareja hacía muchos años, el único placer regular que solía experimentar era el que se autoprocuraba. Había llegado a una edad en la que la potencia sexual no era lo que en otros tiempos y, si bien en plena juventud cualquier cosa servía para provocar excitación y una placentera erección, ahora ya no: necesitaba recurrir a apoyos externos para estimular su miembro y poder tener una cierta erección para que la paja fuese medianamente digna.
La principal ayuda se la proporcionaba siempre la pornografía; incluso en su juventud, cuando la potencia sexual estaba en todo su apogeo, se había servido de ella abundantemente. En un arrebato de moralidad, y ayudado por la llegada de internet a su vida, decidió deshacerse de las revistas, que acabaron en el contenedor azul. Le resultó incomprensible que la biblioteca municipal no quisiera aceptar la donación de su colección de revistas, entre las que había números de Panty Play, Edad Legal y Tacones Altos. Ahora a través de internet podía entrar en el paraíso del porno, abundante, variado y más accesible, a un solo click de distancia. Estaba fascinado por las propuestas tan variadas, para todos los gustos. Y sucedió lo de siempre: al principio valía cualquier cosa pero, a medida que el tiempo fue pasando, se fue desgastando el atractivo. Había algo de perverso en todo ello: la vida sexual con su pareja había ido extinguiéndose por la rutina y porque él se refugiaba en la masturbación, para la que se excitaba con el porno, un porno que ya tampoco le motivaba. Se había cansado de todo, los años le habían pasado por encima; la rutina estaba a punto de acabar con él.
Estaba irremediablemente abocado a la autosatisfacción y el método manual tradicional no le motivaba, no se excitaba lo suficiente, su erección no pasaba del estado de morcillona: parecía que iba a despertar, pero apenas llegaba a descapullar por sí misma. Entonces pensó en introducir nuevas fórmulas de estimulación genital. ¿Qué podía hacer el solo? La solución que se le ocurría era comprar un juguete masturbador, uno de esos huevos en los que se introduce la polla y el vaivén del juguete sustituye a la mano. Pero le parecía engorroso tener que limpiar el semen del interior del huevo, cuando era mucho más sencillo tirar a la basura un pañuelo de papel con la corrida. También pensó en un consolador para su virginal ano, jamás penetrado en serio, y la idea le parecía interesante. Algo entrándole por el culo podía ser la nueva sensación que necesitaba. Sin embargo había algo que le echaba para atrás: le daba mucho asco la ******. En el sexo anal que había visto en internet todo es muy limpio, de los culos no sale ******. Su escasa experiencia anal le indicaba todo lo contrario: recordaba con horror el estado del mango del desatacador que una vez se introdujo por el culo mientras se duchaba. Un asco.
Un momento –pensó-. ¿Acaso no hay también un orificio en el centro del pene? Si por el ano se introducen objetos buscando satisfacción sexual, ¿será también placentero introducirse cosas dentro del pene? La sola idea se la ponía morcillona, casi a medio descapullar, lo cual era mucho. ¡Y de la polla no podía salir ******!
Lo tenía que investigar: le cosquilleaba el capullo mientras leía artículos y buscaba videos en internet, cosa que hacía tiempo que no sentía. Y lo interpretó como un buen presagio.
La búsqueda le tuvo ocupado durante un par de días de manera compulsiva. Se hizo un esquema del protocolo higiénico a seguir y de la absoluta necesidad de lubricación (que le faltó en la ducha con el desatascador). Después tomó nota de todas las posibilidades que encontró. Había anillos para colocarse en torno a la base del glande, de varios diámetros; encontró otros dispositivos en forma de anillo con un pequeño brazo articulado del que sale una barra cilíndrica pensada para ser introducida en la uretra, a veces hasta el centro del glande, a veces hasta medio pene, lisas o con muescas, o también con el brazo muy corto y terminadas en una bola; finalmente vio las sondas propiamente dichas, de acero quirúrgico o de silicona, rectas o con formas sinuosas, de distintos calibres. ¡Qué hormigueo tan intenso sentía en su polla madura! Era como reverdecer en primavera.
Desde su total inexperiencia e impulsado por un morbo casi asfixiante, se lanzó a comprar el lubricante y alguno de aquellos juguetes.
¿Cuál sería la mejor opción para el principiante? ¿Sería tan satisfactorio como prometía?
発行者 kieropies
5年前
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