Mi vecina doña Amparo. Parte 1

Después de mi experiencia con doña Rocío, los encuentros con ella se fueron distanciando, y más aún cuando su marido murió y ella dejó de trabajar en mi casa. Así que mi vida se fue normalizando en la de un chico de mi edad, acabando los estudios de la universidad, saliendo con mis amigos, conociendo a chicas, pero sin ninguna relación seria, solamente algún morreo y poco más. Lo sucedido con doña Rocío me había marcado, y buscaba una chica que me llenara como ella. En el fondo buscaba una copia de ella, pero algo así era misión imposible.

Tendría unos 22 años, justo poco después de mi cumpleaños, que es en el mes de junio, los exámenes habían terminado, y llegó el verano. Muchos de mis amigos de la carrera eran de fuera, y se habían ido a sus ciudades de origen, por lo que solo me quedaban los dos de toda la vida, y al tener novia ambos, poco me apetecía ir con ellos haciendo de carabina. Por la mañana iba a la piscina a nadar un poco y leer un libro tomando el sol, y por la tarde a ver el Tour de Francia, leer o salir a tomar una cerveza con ellos, y pronto para casa.

La mujer que había entrado a trabajar en mi casa era bastante antipática, y no nos llevábamos muy bien, con lo cual echaba más de menos a doña Rocío.

Sería uno de esos primeros días del mes de julio, cuando un día, según regresaba de darme un baño en la piscina, me encontré con una vecina, la madre de Jaime, un chico 3 años mayor que yo con el que jugaba de pequeño en la calle. Hacía por lo menos 10 años que Jaime y yo habíamos perdido el contacto, lo normal, el empezó en el instituto, y fue dejando de jugar en la calle con los que éramos más pequeños, y, de hecho, cuando nos veíamos, ya solo cruzábamos un hola o adiós. Jaime, hacía dos años que estaba trabajando en Madrid, y venía solo algún fin de semana a ver a sus padres.

La madre de Jaime, doña Amparo, era mujer de unos 50 años, alta para alguien de su época, en torno al 1,75, de formas muy voluptuosas, caderas anchas, un gran culo, y pechos grandes y algo caídos, pero de un carácter bastante fuerte, y no era conocida en la urbanización por su simpatía. Bastante altiva, muy de presumir de lo que ganaba su marido y su posición económica, y los chismorreos decían que fue conocerle y en pocos meses se había quedado embarazada para cazar a un chico rico que la mantuviera, ya que tenía fama de fiestera y ligerita de cascos. De hecho se rumoreaba que tonteaba mucho con algún que otro vecino, y solo se hacía la simpática con los hombres bien posicionados y elegantes. Pero todo esto vete a saber si era verdad, ya sabemos cómo son algunas mujeres criticonas con otras mujeres, aunque yo sí podía corroborar que muy simpática no era, y, de las madres de mis amigos, era la única que siempre se había mantenido más distante cuando éramos pequeños. Así que no era una vecina con la que tuviera relación, de hecho llevaba años sin hablar con ella.

Su marido, don Julián, era un hombre bajito, calvo y delgado, bastante poco agraciado, tenía una pequeña empresa de componente eléctricos, y viajaba mucho por negocios. Recuerdo que le traía a su hijo muchos regalos, y Jaime siempre nos ponía los dientes largos con los juguetes que le traía su padre, y eso que en la urbanización se podía decir que todos vivíamos bastante holgados económicamente, pero era una época donde no había acceso a tantas cosas como hay hoy en día, y cualquier novedad siempre llamaba mucho más la atención.

Como decía, volvía de la piscina para comer en casa, allá por las 2 de la tarde, cayendo de plano el sol, y me encontré con doña Amparo. Venía con el carro de la compra hasta arriba, se le había roto una rueda, y malamente lo podía arrastrar. Con ese calor, y a esas horas, no había nadie por la calle. Me acerqué rápido para ver si necesitaba ayuda.

- Buenas, tardes, doña Amparo.-

- ¡Ah! Hola, Javi.- Me dijo con un suspiro de desesperación y sudando por el esfuerzo y el calor.

- Espere que le ayude. ¿Qué ha sucedido?

- ¡Ay, hijo! Menos mal que apareces, se me ha roto allí atrás la rueda al subir el bordillo, y estoy sudando la gota gorda para conseguir arrastrar el carro. Si no te importa echarme una mano, lo llevamos entre los dos.

- Claro. Pero déjeme a mí.- Le dije haciéndome el valiente.

Hay que ver lo que pesaba el carro, y comencé a mover el carro de la compra. Ufff, pesaba más de lo que creía, pero el orgullo de hombre me hizo sacar fuerzas de flaqueza.

A los diez minutos llegamos a su chalé, y le llevé el carro hasta la cocina.

- Muchas gracias, hijo. Si no es por ti, todavía estoy de camino. Vaya sudada que te has pegado por mi culpa.

- No se preocupe, yo estoy acostumbrado a hacer deporte. Usted sí que se ha pegado un buen sofocón. Ahora llego a casa, me doy una ducha, y como nuevo.

- Pero toma algo de beber antes de irte. Tengo zumos, cerveza o agua. ¿Qué te apetece?

- Un poco de agua, pero no muy fría, si no le importa.

Me sacó una botella de agua fresca y una jarra con agua del tiempo, y dándome un vaso me dijo:

- Sírvete como desees, perdona, pero tengo la sensación de estar oliendo a sudor, y todavía tengo que guardar las latas y tarros en lo alto del armario.

- Tranquila, que le ayudo.

- Muchas gracias, pero espera que me doy un remojón rápido y me cambio de ropa. Estoy sin fuelle. Y de verdad que te lo agradezco, vengo hasta mareada, si no llega a ser por ti. Solo tardo cinco minutos y ya dejo de aprovecharme de ti.- Y salió de la cocina sin poder decir nada más.

Me quedé allí de pie mirando a unos pájaros del jardín.

A los pocos minutos apareció con el pelo empapado, y una camisola de playa blanca puesta.

- Perdona, Javi. Pero ya que estás aquí me ayudas un momento, y me vas dando todos los tarros de conservas del carro, y yo los voy colocando.

- No se preocupe, que lo hago yo, que llego sin subirme.

- Muchas gracias, pero yo sé dónde colocarlos y como organizar el altillo del armario.

Se subió a la silla mientras yo metía la mano en el carro y agarraba los dos primeros tarros de conservas. Al girarme, el cuerpo de doña Amparo estaban a la altura de mi cara, y pude ver como con la humedad de la ducha, sus enormes pechos se pegaban a la tela. Eran dos tetas grandes, pero caídas, nada que ver con las de doña Rocío, y sus dos pezones se marcaban tremendamente a través de la tela, sobre todo porque eran muy oscuros. Intenté quitar los ojos rápidamente y mirar hacia otro lado torpemente. Doña Amparo se debió de dar cuenta que me puse nervioso y vio donde fue en un primer momento mi mirada, pero no dijo nada. Se giró, y empezó a colocar los dos tarros. Al darse la vuelta sus nalgas se marcaban en la tela de la camisola, y se intuía la raja del culo aparentemente sin marcas de ropa interior. Mi imaginación hizo el resto, y el sudor ahora no era por el esfuerzo anterior.

Doña Amparo se giró, y mirando la cara de bobo intentando disimular mirando hacia el armario, me dijo:

- Vamos, Javi, dame alguno más. ¿Te pasa algo?

- ¡Ay! ¡Perdone! Es que estaba pensando en mis cosas.- Y agachándome cogí unas latas del carro.

Doña Amparo iba subiendo las cosas según se las daba, y al darse la vuelta, mis ojos recorrían su cuerpo intuyendo más allá de lo que veía. Justo cuando ya solo quedaba un tarro de mermelada, al girarme semiagachado, giré el cuello con la cabeza a la altura de las rodillas de ella, y al ponerse de puntillas colocando lo que antes le había dado, pude contemplar claramente sus enormes piernas y la parte baja de sus nalgotas desnudas. Tragué saliva. En esto que se giró para le diera lo que yo me había agachado, y al ver que se daba la vuelta pidiendo con la mano, yo intenté disimular mi mirada, dándole torpemente el tarro de cristal. No atine con su mano, y se escurrió entre ambas manos. Intenté salvarlo de la caída, pero solo paré a medio camino un poco la caída, minimizando el impacto contra el suelo. Quedó roto en tres cachos en el suelo, y pero sin extenderse ni los cristales ni la mermelada mucho.

- ¡Ay, perdone, doña Amparo! Se lo he dado sin mirar, ha sido culpa mía.

- No te preocupes, es solo un tarro. Lo importante es que no te hayas cortado. Ayúdame a bajar.- Dijo apoyando su mano izquierda en mi hombro, y dándome la otra mano, mientras uno de sus pechos me rozó al tener que acercarse a mí para no pisar el frasco de cristal roto.

Doña Amparo cogió un periódico, agarró con él los cristales y gran parte de la mermelada. Al agacharse pude ver cómo sus pechos bailaban dentro de la tela, aunque el escote era bastante cerrado y no pude ver nada.

Agarró un trapo de cocina, una vez había recogido con papeles casi todo, y mojándolo se puso en cuclillas. Yo miraba absorto sus movimientos, y ella debió de darse cuenta, ya que con mucho disimulo al estar en cuclillas abrió las piernas, dejándome ver una mata de pelos como nunca había visto. Tragué saliva, y me debí poner muy colorado.

- Javi, ¿estás bien? Te veo muy colorado.- Dijo levantándose para aclarar el trapo bajo el grifo.

- No se preocupe, debe ser entre el calor y los nervios de haber roto el tarro de mermelada, me he puesto así, pero estoy bien.

- Bueno, si tú lo dices.- Dijo con una sonrisa maliciosa que me descolocó aún más.

Acabó de limpiar el suelo, pero esta vez sin ponerse en cuclillas.

- Me acercas la fregona, que está saliendo por la puerta del jardín, y me lo llenas con la manguera que hay al lado.

Yo salí de la cocina, e hice lo que me mandó. Pero la manguera estaba algo rota, y perdía agua por la parte del grifo. Como buenamente pude, llené el cubo hasta la mitad, y se lo llevé dentro junto a la fregona que había dentro.

- Aquí tiene, pero me ha costado llenarlo, porque pierde agua el grifo en la unión con la manguera.

- ¡Ay! Sí, perdona, es que se me ha roto ayer, y a Julián se le debió olvidar arreglarlo.

- Solo lo decía por si no lo sabía. Ya se lo arregla luego su marido.

- Pues es que no está en toda la semana, no vuelve hasta el viernes. Está en una feria en Barcelona, y luego creo que va para la costa levantina a cerrar unos negocios.

- Si quiere yo se lo arreglo, pero necesito una abrazadera nueva, por lo que he visto está algo deteriorada.

- Me hablas en chino. ¿Qué es eso de una abrazadera?

- En casa tenemos algunas en la caja de herramientas, si quiere luego le traigo una y se lo arreglo.

- Muchas gracias, Javi. Me veía regando el jardín malamente. Yo voy a estar en casa toda la tarde. Pero si no puedes, tranquilo, que me apaño.

- No se preocupe, en cuanto acabe el tour de Francia, me paso un momento a arreglárselo. Ahora me voy a comer, que no quiero que me riña mi madre.

Doña Amparo se acercó a mí, y pegándose muy cariñosamente, me dio dos besos.

- Muchas gracias, hijo, me has salvado de una buena.

Nunca había visto a doña Amparo así de simpática conmigo. De hecho la consideraba una mujer dura y uraña, y ni me habían llamado la atención como mujer.

Me despedía de ella nuevamente algo nervioso, y fui camino de casa sin poder olvidar las curvas y la imagen de esa gran mata de pelo.

Una vez acabó la etapa del Tour me fui al garaje, y cogí un par de abrazaderas, y salí hacia la casa de doña Amparo. Al llegar, doña Amparo me abrió la puerta con la misma camisola blanca, pero esta vez, aunque se intuían sus curvas y se marcaban algo sus pezones, al no estar recién duchada, la tela no se pegaba tanto a su piel.

- Buenas tardes, Javi. Pues sí que te has dado prisa.

- Perdone, a lo mejor estaba descansando.

- Ya me eché una siesta en el sofá nada más comer. Ahora estaba arriba, haciendo limpieza en mi armario y subiendo cosas de invierno a la parte alta, y bajando todo lo de verano.

Entré en la casa, nos dirigimos hacia la cocina.

- Mira, aquí te he acercado la caja de herramientas de Julián. Yo de esto no entiendo nada, soy muy torpe.

- Perfecto.- Le dije sonriendo, aunque algo nervioso porque había algo en la mirada y esa repentina simpatía de doña Amparo que me descolocaba.

Salimos al jardín trasero por la puerta de la cocina. Y el sol pegaba de plano.

Le desmonté la manguera, y en unos minutos se la había arreglado, y estábamos de nuevo dentro.

- Vaya calor que hace, hijo. No quiero entretenerte e incordiarte más, que habrás quedado con tus amigos o alguna chica, pero ¿qué te apetece tomar? Tengo cervezas, y coca cola.

- Qué va, casi todos mis amigos se han vuelto a sus ciudades, y las chicas no se fijan mucho en mí, así que no tengo mucho que hacer esta tarde. Si tiene una cerveza fresca, se lo agradecería.

- Pues de verdad que con lo majo y buen mozo que eres, no entiendo como no tienes novia.- Mientras me pasaba una cerveza y el abridor.

Otra vez me puse colorado y nervioso, y doña Amparo lo notó, y aprovechó para hacer un largo silencio, y luego meterse un poco más con mi facilidad de sonrojarme. Yo abría la cerveza, e intentaba disimular dando el primer trago.

- Pero no te pongas colorado, hombre, solo decía la verdad. No quería m*****arte.

- No me m*****a doña Amparo.

- Seré una vieja, pero todavía tengo ojos.

- Muchas, gracias, pero usted no es una vieja. Todavía es muy joven.

- Pero si tengo un hijo mayor que tú. Ojalá tuviera tus años. Lo que me gustaba a mí salir y pasármelo bien. Pero los años pasan muy rápidamente, y aquí metida todo el día sin hacer nada. En fin...

- Pero usted todavía es joven. Ya tuviera yo dentro de unos años una mujer como usted.- Le dije intentando animarla.

Ella me mandó una sonrisa.

- Muchas gracias por tu halago. Se hace duro el verano aquí sola, pero no quiero entretenerte mucho con mis bobadas, tendrás cosas mejor que hacer.

- De verdad, doña Amparo, que tampoco mi verano es mucho mejor. Ando solo casi todos los días ahora que no hay clases y está todo el mundo fuera. Por lo menos este ratito que he salido de casa y estoy entretenido haciendo algo útil.

- Uy, pues si quieres hacer algo útil, todavía tengo mucho que colocar en mi armario.- Me dijo mientras soltaba una gran carcajada.

- Pues sin problema. Yo le echo una mano.- Le dije riéndome también.

- Era broma, Javi. Ya has hecho mucho por mí, y no quiero abusar.

- Tranquila, que no quiero incomodarla. Solo lo decía porque me aburro en casa, y así pasaba un rato charlando con usted.

- Por mi parte encantada, pero estoy colocando cosas, y es un poco aburrido el plan de diversión que te ofrezco, pero ya que eres alto, así no tengo que subirme a bajar y subir cosas.- Me dijo soltando otra carcajada.

Subimos a su habitación, y sobre su cama tenía colocadas dos mantas dobladas, y a los pies de la cama había un gran armario que llegaba hasta el techo y ocupaba toda la pared de lado a lado.

- Pues mira, si me bajas esas cajas de tela con ropa, así podemos colocar las mantas allí arriba.

Poniéndome de puntillas, le bajé dos cajas grandes forradas de tela, y se las coloqué junto a las mantas, mientras hablábamos de cosas triviales.

- Espera, que saco lo de las cajas, y me metes dentro de una las dos mantas, y así puedo guardar en la otra esas chaquetas y jerseys.

En muy poco tiempo ya tenía todo subido al altillo, y ella comenzó a ir colocando los montones de ropa dentro del armario prenda a prenda.

De pronto cogió un camisón con transparencias y encajes como nunca había visto. Lo extendió antes de meterlo al armario y mi voz se entrecortó. No esperaba ver una prenda así.

Doña Amparo se dio cuenta que me puse nervioso.

- Perdona, hijo. Es un camisón que me compré hace años. ¿Te has puesto nervioso?

- Bueno, es que nunca había visto algo así. Su marido es muy afortunado de tener una mujer tan coqueta.

- Solo me lo puse una vez, y me siento mal. No creo que fuera una buena idea comprarlo, una no tiene cuerpo para llevar estas cosas.

- ¿Por qué dice eso?

- No sé, me veo mayor. No estoy pasando por un buen momento.

- Pues seguro que a su marido le gusta verla así vestida cuando vayan a dormir.

- Bueno, ya la fuerza de la costumbre hace que ya ni se fije. Y en cuanto llega a la cama, cae dormido. Solo piensa en trabajar.

- Pues es una pena, porque le tiene que quedar espectacular.- Le dije sin darme cuenta que me metía en un callejón sin salida.

- No mientas para que me sienta mejor. No me veo bien. Más bien asusto con los años y el peso.

- Yo no tengo esa opinión, si le vale la mía.

- De verdad crees que me quedaría bien aún.

- Estoy seguro.

- ¿Quieres verlo puesto?

Ahora sí que me puse colorado de verdad, y mis palabras salían malamente.

- Eh... No se lo decía para que me lo enseñara. Solo le daba mi opinión.

- Ya decía yo que era solo un cumplido para hacerme sentir bien.

- No, de verdad que lo digo de corazón. Claro que me gustaría vérselo puesto.

- Pues sal un momento del dormitorio, pero sé sincero, por favor.

Yo solo me había metido en una situación un tanto extraña. Al minuto me llamó, y entré en la habitación. Allí estaba de pie, con la camisola pegaba al pecho se tapaba lo que se había puesto.

- De verdad, Javi, si no quieres verme así, lo entiendo. Estoy gorda y mayor.

- Tranquila, que seguro que está preciosa, y ni está gorda (ahí sí mentí un poquito, pero a mí me gustan las mujeres así), ni es mayor.

Doña Amparo apartó la camisola, y ahí quedó frente a mí con un camisón beis, con una tela superfina, y con sus dos enormes tetas dentro de un la parte superior que se las sostenía con unos encajes calados y que le dejaban ver casi los pezones y areolas con nitidez. Estaba impresionante, y más que un camisón, parecía que iba desnuda, pero con las tetas colocadas un poco más arriba. La mata de pelo se le transparentaba, y no llevaba absolutamente nada debajo. Era supercorto, casi solo tapaba unos dedos por debajo de su sexo. Me quedé sin palabras.

Se giró, mostrándome la parte de atrás, y su culazo con celulitis se transparentaba completamente.

- No dices nada. Ya sabía yo que no me quedaba bien.

- No, perdone. Es que le queda espectacular. Perdone, que estoy sin palabras.

- No seas mentiroso.

- De verdad, que lo digo en serio. Su marido es muy afortunado.

- Mi marido solo está enamorado del trabajo.

- Pues es tonto, perdone que le diga.

- ¿Te gusta lo que ves?

- Claro que sí.

Se acercó lentamente a mí.

- ¿Te puedo pedir un favor?

- Sí, claro. Le dije tragando saliva.

- ¿Puedes acariciar con suavidad mi cuerpo por encima de la tela?

Estaba totalmente descolocado. Por primera vez era una mujer la que llevaba la iniciativa, y claramente estaba seduciéndome desde el primer momento que entré unas horas antes en su casa.

Continuará...
発行者 Sensual1972
6年前
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