DIARIO DE UN SALIDO: Con mamá en la playa
Hace muchos veranos... Yo era un *********te pajillero, ávido de nuevas sensaciones y de buscar todos aquellos momentos que me proporcionasen emociones y placer. Después de la comida del mediodía solía acompañar a mi madre y mi hermanita a una de las playas más populares de mi ciudad. Mi padre se encargaba de acercarnos allí con su automóvil y también de recogernos cuando el sol empezaba a declinar. Su trabajo en la tienda de electrodomésticos no le permitía pasar la jornada con nosotros, pero no renunciaba a tomarse un chapuzón en el mar al momento de venir a buscarnos.
Durante aquel caluroso y largo verano hizo acto de presencia muy cerca de nosotros un culturista de treintaitantos años, puro músculo, alto, moreno al máximo por el sol y con su piel tersa y brillante siempre impregnada en aceite, lo que hacía que a veces pareciese una estatua de bronce. La verdad es que su aspecto físico llamaba mucho la atención, por no hablar de su minúsculo bañador negro cuyo bulto dejaba intuir debajo una poderosa herramienta. A mamá no le pasó desapercibido este hombre desde el primer momento. Esta, bajo sus gafas de sol, no lo perdía de vista, y, conociéndola como yo la conocía, me supongo que por su mente calenturienta más de una vez fantasearía con este individuo, sobre todo cuando este se ponía a hacer posturitas, flexiones y ejercicios en plan exhibicionista. Esta tarde me fijé en la entrepierna de mamá y juraría que tenía el chocho más abultado de lo normal y que algún jugo empapaba la braga del bikini.
En el arenal, la familia alquilábamos una caseta para cambiarnos de ropa y guardar nuestras pertenencias. Había varias filas de estos pequeños vestuarios de madera, pegados unos junto a otros. Casi todos estos compartimentos tenían agujeros por todas partes, orificios que hacían los bañistas para con toda seguridad espiarse mutuamente. ¡Cuántas pajas me hice yo contemplando por los agujeros a las mujeres desnudas! Siempre rezaba para que a derecha e izquierda hubiese chicas o maduras bien relindas, tetudas y nalgonas para dedicarles mis buenos pajotes. Pero esta tarde he tenido mala suerte: en un lado tengo a una gorda paquidérmica con su anciana madre y al otro, el culturista vanidoso.
Busqué a mis amigos para echarnos unos juegos con el balón. Mi hermanita se reunió también con sus amistades. Sobre una amplia toalla y bajo la sombrilla, quedaba mamá cerca de las casetas. Se entretenía leyendo sus revistas de moda y del corazón. No tardó en acoplarse a ella el culturista, no sé con qué disculpa. Lo único que sé es que cuando volví para coger la merienda ambos estaban en animosa charla. Mamá se dejaba echar en la espalda la crema protectora, que el hombre aplicaba con sensualidad y deleite hasta llegarle a tocar la raja del culo. Mientras, ella sostenía sobre su pecho el sostén del bikini desanudado. Cuando mamá me vio llegar se puso algo nerviosa y el culturista cesó en su masaje.
- Hola, Paquito - me dijo -. ¿Ya has terminado de jugar? Coge tu merienda en la caseta y también la de tu hermana, y llévasela a donde está jugando.
Entré receloso en la caseta sin perder de vista a la pareja. Cuchicheaban algo. Cogí mi merienda y la de mi hermana, y cuando me disponía a marchar, mi madre añadió:
- Paquito, toma de mi bolso algo de dinero y comprad unos helados, que hace mucho calor.
- Pero el heladero está muy alejado, casi en la otra punta de la playa, y a papá no le gusta que nos alejemos tanto.
- Un día es un día, cariño - dijo -. Os autorizo yo a ir hasta allí, que os merecéis el helado pues esta semana os habéis portado muy bien.
Al cabo de media hora, después de merendar y tomar el helado como premio, mi hermana vuelve con su grupo de amigas y yo, ya cansado por la caminata, decido volver al lugar donde ha quedado mamá. Cuando llego allí me encuentro que bajo la sombrilla no hay nadie. Solo las revistas y la crema solar. "Mamá estará dándose un baño. Voy a guardar la vuelta del dinero en su bolso", pensé para mis adentros.
En esas estaba, metiendo el dinero sobrante en el monedero de mamá, cuando escucho unos gemidos apagados procedentes de la caseta contigua. Pongo el ojo en uno de los agujeros. Solo diviso la cara del culturista. Está comiéndole la concha a una mujer espatarrada sobre el banco de madera. Esta goza como una perra. Sujeta con fuerza la cabeza del hombre para sentir los lametones con mayor intensidad.
- Te has vuelto a correr, guarra - dice él tomándose un respiro -. Ahora te toca a ti chupármela.
Y se pone de pie con su verga grande y gorda erecta a más no poder, y ella se arrodilla ante él. Ya puedo confirmar lo que me temía: la mujer es mi madre. Engulle de golpe toda aquella chota de gran calibre y acaricia sus pelotas. La saliva cae a raudales por las comisuras de sus labios, tan excitada está la muy zorra. Yo ya he bajado mi bañador y empiezo a masturbarme, sin preocuparme siquiera de echar el pestillo a la puerta.
En esas estoy, más empalmado y caliente que un mandril, procurando no correrme antes de tiempo para disfrutar al completo de aquel episodio extraordinario, cuando de repente se abre la puerta de la caseta. Es mi padre.
- ¿Qué estás haciendo, chaval? - me dice.
Atónito contempla mi polla bien parada y a punto de explotar.
- ¿Te la estabas meneando, Paquito? - preguntó.
No supé qué responder. Él continuó:
- Terminé antes mi trabajo y pensé en venir a darme un baño en compañía de mi familia. Pero si sé de esto, no vengo. ¿Pero ya estás en edad de masturbarte?
Subí mi bañador y tapé mis vergüenzas. Papá, entre bromas y risas ("ya estás hecho un hombre, tienes una pija bien buena, jajaja") empezó a desnudarse para ponerse su bañador cuando empieza a escuchar los gemidos de al lado.
-¡Ah! ¿Esto es lo que te ha puesto cachondo, Paco? Ahí hay una pareja chingando - me dice al oído -. Y pone su ojo en uno de los orificios.
- Una zorra está a cuatro patas apoyada en el banco y un musculitos la está taladrando - me va susurrando - . No sé si se la está metiendo por el coño o por el culo.
- Vámonos, papi - le digo. No está bien invadir la intimidad de las personas. Tú me lo has dicho muchas veces.
- Esta furcia le está poniendo los cuernos a su marido - continúa diciendo como si no me hubiese escuchado - Si fuesen matrimonio, lo harían en casa. ¡Mira cómo goza la perra!
Ya papá se ha empalmado como un a****l. Nunca le había visto la poronga así, enhiesta y dura, ya babeando con la excitación. El pánico se apodera de mí. ¡Lo que faltaba es que papá descubriese que aquella puta era su esposa! De momento, su ángulo de visión no le permite ver la cara de la mujer. Entonces tomo una determinación.
Dirijo mi manita a la chota de papi y empiezo a masturbarlo. Está tan caliente con lo que ve al otro lado del tabique que se entrega por completo, facilitándome la maniobra. Palpo aquel falo que me engendró y acaricio los huevos que le cuelgan y vuelvo a empalmarme de nuevo. Él busca por todos los medios ver las caras de los amantes enigmáticos (para él). Sigue con su retransmisión:
- La estaba follando por la panocha; ahora ha embadurnado con aceite su polla y va a introducírsela por el orto. ¡Allá va, toda adentro, hasta los mismísimos cojones! ¡Cómo goza la perra!
Imprimo más ritmo a la paja que le estoy haciendo a mi padre. Quiero que se corra cuanto antes para que ceje en su ******aje. De repente, él me lo pone más fácil. Se da la vuelta y me enfoca de frente con su chota.
- Paquito - me dice - los favores se hacen completos. Y me introduce su verga en la boca.
Empiezo a mamársela con delectación. Estoy tan descontrolado como él. Arquea el cuerpo para sentir su miembro más apretado y jugoso en mi boca. No tarda en venirse inundándome la cavidad bucal con su lechada espesa y caliente hasta hacerme toser.Y cae exhausto sentado en el suelo, la espalda contra la medianera. Aún tengo tiempo de ver cómo termina la jodienda de al lado. Ahora es mamá la que bebe toda la guasa del culturista, hasta la última gota. Un minuto más y papá hubiese visto el rostro de mamá desencajado sorbiendo con ansia los mecos abundantes del vigoréxico vergudo. Yo también me vengo: Mmmmmmmmm. Toda mi agüilla seminal (aún no se puede llamar lefada) se dispara pringando el tabique que separa las dos casetas. De repente, papá se incorpora, se ajusta el bañador, y me dice:
- ¡Paquito, vamos a tomarnos un baño, que nos lo merecemos!
De vuelta para casa en el coche, sentados atrás mi hermanita y yo, trato de poner en orden mi cabeza por todo lo acontecido aquella particular tarde de playa: mamá follando con un desconocido, papá voyeur, yo felando a mi padre... ¡qué familia! Estaba en mis cavilaciones, de nuevo presionando mi pija parada bajo el short, cuando escucho decirle papá a mamá:
- Cuando estemos solos, querida, te voy a contar algo increíble que vi en los vestuarios. ¡Mira que los hay cornudos!
Y empezó a carcajearse como nunca lo había visto.
Durante aquel caluroso y largo verano hizo acto de presencia muy cerca de nosotros un culturista de treintaitantos años, puro músculo, alto, moreno al máximo por el sol y con su piel tersa y brillante siempre impregnada en aceite, lo que hacía que a veces pareciese una estatua de bronce. La verdad es que su aspecto físico llamaba mucho la atención, por no hablar de su minúsculo bañador negro cuyo bulto dejaba intuir debajo una poderosa herramienta. A mamá no le pasó desapercibido este hombre desde el primer momento. Esta, bajo sus gafas de sol, no lo perdía de vista, y, conociéndola como yo la conocía, me supongo que por su mente calenturienta más de una vez fantasearía con este individuo, sobre todo cuando este se ponía a hacer posturitas, flexiones y ejercicios en plan exhibicionista. Esta tarde me fijé en la entrepierna de mamá y juraría que tenía el chocho más abultado de lo normal y que algún jugo empapaba la braga del bikini.
En el arenal, la familia alquilábamos una caseta para cambiarnos de ropa y guardar nuestras pertenencias. Había varias filas de estos pequeños vestuarios de madera, pegados unos junto a otros. Casi todos estos compartimentos tenían agujeros por todas partes, orificios que hacían los bañistas para con toda seguridad espiarse mutuamente. ¡Cuántas pajas me hice yo contemplando por los agujeros a las mujeres desnudas! Siempre rezaba para que a derecha e izquierda hubiese chicas o maduras bien relindas, tetudas y nalgonas para dedicarles mis buenos pajotes. Pero esta tarde he tenido mala suerte: en un lado tengo a una gorda paquidérmica con su anciana madre y al otro, el culturista vanidoso.
Busqué a mis amigos para echarnos unos juegos con el balón. Mi hermanita se reunió también con sus amistades. Sobre una amplia toalla y bajo la sombrilla, quedaba mamá cerca de las casetas. Se entretenía leyendo sus revistas de moda y del corazón. No tardó en acoplarse a ella el culturista, no sé con qué disculpa. Lo único que sé es que cuando volví para coger la merienda ambos estaban en animosa charla. Mamá se dejaba echar en la espalda la crema protectora, que el hombre aplicaba con sensualidad y deleite hasta llegarle a tocar la raja del culo. Mientras, ella sostenía sobre su pecho el sostén del bikini desanudado. Cuando mamá me vio llegar se puso algo nerviosa y el culturista cesó en su masaje.
- Hola, Paquito - me dijo -. ¿Ya has terminado de jugar? Coge tu merienda en la caseta y también la de tu hermana, y llévasela a donde está jugando.
Entré receloso en la caseta sin perder de vista a la pareja. Cuchicheaban algo. Cogí mi merienda y la de mi hermana, y cuando me disponía a marchar, mi madre añadió:
- Paquito, toma de mi bolso algo de dinero y comprad unos helados, que hace mucho calor.
- Pero el heladero está muy alejado, casi en la otra punta de la playa, y a papá no le gusta que nos alejemos tanto.
- Un día es un día, cariño - dijo -. Os autorizo yo a ir hasta allí, que os merecéis el helado pues esta semana os habéis portado muy bien.
Al cabo de media hora, después de merendar y tomar el helado como premio, mi hermana vuelve con su grupo de amigas y yo, ya cansado por la caminata, decido volver al lugar donde ha quedado mamá. Cuando llego allí me encuentro que bajo la sombrilla no hay nadie. Solo las revistas y la crema solar. "Mamá estará dándose un baño. Voy a guardar la vuelta del dinero en su bolso", pensé para mis adentros.
En esas estaba, metiendo el dinero sobrante en el monedero de mamá, cuando escucho unos gemidos apagados procedentes de la caseta contigua. Pongo el ojo en uno de los agujeros. Solo diviso la cara del culturista. Está comiéndole la concha a una mujer espatarrada sobre el banco de madera. Esta goza como una perra. Sujeta con fuerza la cabeza del hombre para sentir los lametones con mayor intensidad.
- Te has vuelto a correr, guarra - dice él tomándose un respiro -. Ahora te toca a ti chupármela.
Y se pone de pie con su verga grande y gorda erecta a más no poder, y ella se arrodilla ante él. Ya puedo confirmar lo que me temía: la mujer es mi madre. Engulle de golpe toda aquella chota de gran calibre y acaricia sus pelotas. La saliva cae a raudales por las comisuras de sus labios, tan excitada está la muy zorra. Yo ya he bajado mi bañador y empiezo a masturbarme, sin preocuparme siquiera de echar el pestillo a la puerta.
En esas estoy, más empalmado y caliente que un mandril, procurando no correrme antes de tiempo para disfrutar al completo de aquel episodio extraordinario, cuando de repente se abre la puerta de la caseta. Es mi padre.
- ¿Qué estás haciendo, chaval? - me dice.
Atónito contempla mi polla bien parada y a punto de explotar.
- ¿Te la estabas meneando, Paquito? - preguntó.
No supé qué responder. Él continuó:
- Terminé antes mi trabajo y pensé en venir a darme un baño en compañía de mi familia. Pero si sé de esto, no vengo. ¿Pero ya estás en edad de masturbarte?
Subí mi bañador y tapé mis vergüenzas. Papá, entre bromas y risas ("ya estás hecho un hombre, tienes una pija bien buena, jajaja") empezó a desnudarse para ponerse su bañador cuando empieza a escuchar los gemidos de al lado.
-¡Ah! ¿Esto es lo que te ha puesto cachondo, Paco? Ahí hay una pareja chingando - me dice al oído -. Y pone su ojo en uno de los orificios.
- Una zorra está a cuatro patas apoyada en el banco y un musculitos la está taladrando - me va susurrando - . No sé si se la está metiendo por el coño o por el culo.
- Vámonos, papi - le digo. No está bien invadir la intimidad de las personas. Tú me lo has dicho muchas veces.
- Esta furcia le está poniendo los cuernos a su marido - continúa diciendo como si no me hubiese escuchado - Si fuesen matrimonio, lo harían en casa. ¡Mira cómo goza la perra!
Ya papá se ha empalmado como un a****l. Nunca le había visto la poronga así, enhiesta y dura, ya babeando con la excitación. El pánico se apodera de mí. ¡Lo que faltaba es que papá descubriese que aquella puta era su esposa! De momento, su ángulo de visión no le permite ver la cara de la mujer. Entonces tomo una determinación.
Dirijo mi manita a la chota de papi y empiezo a masturbarlo. Está tan caliente con lo que ve al otro lado del tabique que se entrega por completo, facilitándome la maniobra. Palpo aquel falo que me engendró y acaricio los huevos que le cuelgan y vuelvo a empalmarme de nuevo. Él busca por todos los medios ver las caras de los amantes enigmáticos (para él). Sigue con su retransmisión:
- La estaba follando por la panocha; ahora ha embadurnado con aceite su polla y va a introducírsela por el orto. ¡Allá va, toda adentro, hasta los mismísimos cojones! ¡Cómo goza la perra!
Imprimo más ritmo a la paja que le estoy haciendo a mi padre. Quiero que se corra cuanto antes para que ceje en su ******aje. De repente, él me lo pone más fácil. Se da la vuelta y me enfoca de frente con su chota.
- Paquito - me dice - los favores se hacen completos. Y me introduce su verga en la boca.
Empiezo a mamársela con delectación. Estoy tan descontrolado como él. Arquea el cuerpo para sentir su miembro más apretado y jugoso en mi boca. No tarda en venirse inundándome la cavidad bucal con su lechada espesa y caliente hasta hacerme toser.Y cae exhausto sentado en el suelo, la espalda contra la medianera. Aún tengo tiempo de ver cómo termina la jodienda de al lado. Ahora es mamá la que bebe toda la guasa del culturista, hasta la última gota. Un minuto más y papá hubiese visto el rostro de mamá desencajado sorbiendo con ansia los mecos abundantes del vigoréxico vergudo. Yo también me vengo: Mmmmmmmmm. Toda mi agüilla seminal (aún no se puede llamar lefada) se dispara pringando el tabique que separa las dos casetas. De repente, papá se incorpora, se ajusta el bañador, y me dice:
- ¡Paquito, vamos a tomarnos un baño, que nos lo merecemos!
De vuelta para casa en el coche, sentados atrás mi hermanita y yo, trato de poner en orden mi cabeza por todo lo acontecido aquella particular tarde de playa: mamá follando con un desconocido, papá voyeur, yo felando a mi padre... ¡qué familia! Estaba en mis cavilaciones, de nuevo presionando mi pija parada bajo el short, cuando escucho decirle papá a mamá:
- Cuando estemos solos, querida, te voy a contar algo increíble que vi en los vestuarios. ¡Mira que los hay cornudos!
Y empezó a carcajearse como nunca lo había visto.
5年前