DIARIO DE UN SALIDO: El circo del placer (y 2)

Sin darme tiempo a reaccionar, el domador de leones me condujo a la caravana donde aún estaba recomponiéndose mi madre de la brutal jodienda de los siete enanitos. Más parecía la bruja del cuento que Blancanieves, pues su cara estaba desencajada, sus cabellos despeinados y su cuerpo todo pringoso con los restos seminales de los hombrecillos que se habían aprovechado de su desatada y permanente calentura. El domador y yo presenciábamos esta escena desde uno de los diminutos ventanucos del coche. Mientras mamá se colocaba de nuevo el sostén y las bragas, el domador me susurraba al oído:
- Pena que no hayas presenciado cómo gozaba tu mamacita con esas siete vergas descomunales. Los enanos tienen todo pequeño menos la polla y las ganas de follar.
Yo callaba, sintiendo una enorme vergüenza por los devaneos de mi madre. Pero pronto mi mente se centró en lo que en realidad preocupaba a la familia: encontrar a mi hermanita desaparecida al final de la función de circo, cuando ya nos disponíamos papá, mamá, ella y yo a regresar a nuestra casa. Pero el domador tenía otros intereses.
- Ya debes tener una pijita considerable - me dijo al tiempo que abandonábamos nuestro escondite -. Seguro que la tienes más grande que yo.
Y aquel hombre fornido y ya cerca de la cincuentena desabrochó sus polainas blancas y sacó una polla más bien pequeña y con una gran curvatura. Aún erecta, era una pija extremadamente diminuta.
- Tengo micropene - no tardó en decirme -. Para muchos es motivo de complejo, pero para mí es una suerte. Puedo meter mi polla en cualquier orificio corporal sin hacer daño a la otra persona. En un coñito apretado... o en un culito virgen. Ven y lo comprobarás.
Y me llevó a la caravana del tra-pecista. El muchacho, ya repuesto del ataque de mi madre a su entrepierna, estaba sentado a la mesa cenando. El domador pronunció su nombre y este dejó de comer. Vinieron a continuación una serie de órdenes que el agraciado rubio obedeció automáticamente sin rechistar. Su cuerpo blanquísimo y proporcionado era de una extraordinaria belleza.
- Desnúdate por completo - le mandó -. Y ponte a cuatro patas sobre tu cama.
Percibiendo mi asombro, el domador me confió:
- Le gusta que le trate como a uno de mis leones. A veces me suplica que lo atice con el látigo. Eso le excita y me permite penetrarlo por su orto prieto y jugoso.
Y así fue como empezó a bombearle el ano con aquel pene pequeño y curvo. El tra-pecista empezó a disfrutar con el folleteo y me pidió que me acercase. Lo hice instintivamente, incapaz de controlarme por la calentura que experimentaba. Me bajó el pantalón y dejó al descubierto mi poronga, por supuesto mucho más grande que la del domador. El acróbata del t****cio introdujo mi miembro erecto a más no poder en su boca y comenzó a succionarme con deleite. Sentí la gloria bendita con aquella mamada imprevista. El domador seguía con un mete-saca cada vez más intenso en el culo del joven, mirando complacido la escena que le ofrecíamos con la felación. Fue en el momento que dijo: "Déjame algo para mí, que ese niñato también va a probar las ventajas de un micropene", cuando decidí
entregarme por completo a los lametazos del rubio y me corrí en su boca. ¡Mmmmmmmmmmm, qué gusto! Aún babeando la lechada, me subí los calzoncillos y el pantalón y eché a correr fuera de la caravana.


¿Y qué era mientras tanto de papá en su búsqueda nerviosa de su hijita del alma? Pues mi padre fue a parar a la caravana de las siamesas, las famosas Hermanas Kemper. Ya conté en el capítulo anterior que estas gemelas estaban unidas por la espalda y eran una de las atracciones más exitosas del circo por sus artes adivinatorias, un fenómeno telepático que les permitía compartir todos los pensamientos y secretos la una de la otra. Habían estado en la pista circense demostrando ante el público sus dotes extraordinarias adivinando aspectos del pobre papá, que se moría de vergüenza al verse de repente como un actor más ante centenares de personas. Las Hermanas Kemper acertaron al describir físicamente a mi padre, su forma de vestir, el dinero que llevaba en la cartera... Y también acertaron (pero no manifestaron, obviamente) al comprobar que a papá se le iban los ojos detrás de aquellas imponentes tetas (un par para cada una, en total cuatro) y los rostros agraciados y sensuales de las gemelas.
- Te hemos puesto cachondo esta tarde en la pista - le espetó una de ellas -. Noté una erección bajo tu pantalón y leí tu pensamiento: tenías curiosidad por saber cómo somos desnudas.
Papá estaba azorado. Había entrado en aquel coche-caravana solo para preguntar si habían visto a una nenita perdida, y ahora se encontraba con aquellas siamesas pidiendo guerra.
- Nosotras nos desnudamos completamente si tú haces lo mismo - dijo la otra gemela.
Y así fue como al poco estaban los tres en pelota picada. El coño de una estaba completamente rasurado, el de la otra lucía una buena pelambrera rizada. Mi padre estaba más empalmado que el burro del aguador. Este se puso en medio de ellas y estas comenzaron a alternarse en los lametones a su poronga y huevos, cada cual mejor. A veces, las dos al tiempo, para lo que tenían que hacer un gran esfuerzo en juntarse entre ellas lo más posible. Bien lubricada la polla de papá y ya en fase pre-cum, tal era su excitación, le propusieron que las follase. Ante él había dos conchas bien distintas pero bien calientes. Una completamente rasurada y la otra con un matojo de pelo ensortijado. Papá eligió la velluda.
- Tú folla la chucha que más te guste, cariño - dijo una de ellas -. Ambas vamos a disfrutar de igual manera; el orgasmo de una será el orgasmo de la otra, así de compenetradas estamos.
Y papá empezó el acoplamiento. Una gritaba de placer, pero la otra más si cabe. Fueron varios los orgasmos que tuvieron las siamesas. Papá notaba las contracciones vaginales de la que estaba penetrando pero no perdía de vista la panocha lampiña de la otra. Su asombro era enorme viendo como esta se corría derramando una especie de semen incoloro cada vez que ambas se corrían. "La eyaculación femenina existe", pensaba mientras descontrolado disfrutaba de aquella situación anómala y excitante.
- Ahora nos vas a follar por el culo - dijeron las mujeres después de un buen rato gozando (una en diferido).
Y fue cuando papá reparó que ambas tenían un solo ano, circunstancia que se da en las siamesas pigópagas (dos vulvas, un orto). Lo que vino después con esta sodomización lo podemos imaginar. Aquellos fenómenos de feria gozaron como perras, como nunca antes habían gozado. Papá fue imbuido por aquel placer sin límites y sintió intensamente, gritando como un a****l, aquel orgasmo por partida doble. Después de correrse, mi padre cayó exhausto sobre aquellas hembras insaciables, que le restregaron sus tetazas imponentes en su cara para que mantuviese más tiempo la erección dentro del recto compartido y así gozar ellas por más tiempo.


Mamá, aún con la concha encarnecida por el enano-jefe, se dispone a seguir buscando a mi hermana. Tras recorrer aquellos estrechos pasillos de camiones, coches y jaulas, escucha unos ladridos y una voz alegre dentro de la caravana de los payasos. Se asoma y ¡qué gran alegría!, allí sentada a la mesa, saboreando una piruleta y riendo las gracias de los clowns, está la niña. Se abraza loca de contento a su hijita del alma y la colma de besos.
- Pero, ¿qué haces aquí?, ¿dónde te habías metido? - pregunta mi madre.
- Ya sabes lo que me gustan los perros, mami - responde -. Vine en busca de uno de los perritos sabios que tan bien habían actuado para jugar un ato con él.
Mamá la regaña pero, en el fondo, agradece la travesura de su hija, pues le ha permitido tener una aventura que nunca había imaginado. Los payasos sonríen y ofrecen a mi madre un café caliente. Pero, ¿dónde está el perrito?

Mamá le agradece a los payasos su atención hacia la nena y al poco están hablando de todo tipo de cosas, sobre todo de cómo es la vida en el circo. Mamá sorbe su café y enfrente la chica chupa su piruleta. Así están cuando mamá observa un cambio de semblante en su hija. La nena está absorta, con los ojos perdidos, como experimentando una extraña sensación. Algo parecido a un orgasmo. El asunto viene de debajo de la mesa. Mamá se agacha simulando que le ha caído la cucharita y observa que el perrito sabio que tanto entusiasmó a mi hermana le está lamiendo la cuquita. Por encima de las braguitas de la nena está dándole unos lametazos que la llevan a la gloria. Mamá se incorpora, ve cómo su hija se estremece, convulsiona de puro gustito... y se corre.


Nunca sabremos qué se proponían hacer los dos payasos (además de hacer gracias y obsequiar con piruletas) que tan amablemente acogieron a mi hermana en su caravana. Lo que sí sé es que la familia, más feliz que nunca, abandonamos el recinto ferial para retornar a casa, siendo despedidos gentilmente por el director del circo. No quiero ser mal pensado, pero juraría que al momento de irnos mi madre le preguntó por lo bajo al director de qué tipo de raza eran los perritos sabios...
発行者 PacoPeko
5年前
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