DIARIO DE UN SALIDO: Mi tío en el hospital (1)
Bertín es el hermano pequeño de mi madre, mi tío favorito. Es un muchacho de veintitantos años, alto, delgado, arrubiado y, según todos los que le conocen, muy atractivo. Diríase que el miembro más guapo de la rama familiar materna. Esta fisionomía agraciada y su carácter encantador no concuerda con su alocada e irresponsable mentalidad. Su pasión por los riesgos y la velocidad lo han llevado a tener un penoso accidente con su moto último modelo. Fue tras una noche loca de consumo de alcohol y quizás algo más cuando estrelló su potente Suzuki Hayabusa contra un árbol que se le atravesó en la carretera. Pues ahí lo tenemos en el Hospital Central de nuestra ciudad, con los brazos y piernas escayolados y un collarín en el cuello. Del golpe mortal en la cabeza se libró gracias a llevar casco.
Al estar soltero y tener a sus padres (mis abuelos maternos) en el pueblo, somos nosotros los que nos encargamos de atenderlo y visitarlo en el sanatorio. De manera que todas las tardes después del almuerzo, bien papá o mamá, o ambos, acuden sin falta para acompañarlo y estar a su lado. Y casi siempre mi hermanita y yo, que tanto le queremos y nos divierte, lo que hace que Bertín sea para nosotros nuestro tío predilecto.
Ya quedó dicho que tío Bertín yacía tumbado sobre la cama del hospital como una momia etrusca. Esta inmovilidad obligada lo mantenía de mal humor y al cabo de tres semanas el pobre muchacho echaba de menos la compañía femenina (los médicos le habían ********* las visitas, salvo la familia) y ardía de ganas por al menos, poderse masturbar de vez en cuando para aliviarse la calentura que le reconcomía unos huevos a punto de explotar. Y es que le era imposible cascarse una buena paja pues los brazos y las manos los tenía imposibilitados por las lesiones y alzados a la altura de los hombros abrazando a la nada. Fue la tarde que solicitó un favor a mi madre cuando me di cuenta lo mal que lo estaba pasando mi tío de cintura para abajo. O mejor dicho, directamente en la entrepierna.
- Hermanita - le dijo a mamá -. Tengo ganas de mear. Alcánzame el orinal que está en la mesita.
Se trataba de un artilugio de cristal de uso exclusivamente masculino que yo no había visto en mi vida: una especie de botella en forma de pato con un cuello ancho por donde había que introducir la poronga. Mamá vio con asombro aquel peculiar orinal.
- ¿Pero cómo me pides que te meta el pene en esta botella? Yo solo toco el miembro de mi marido. ¡Que lo haga una enfermera!
Bertín solo supo decir:
- Me estoy meando y la enfermera no va a llegar a tiempo.
Mamá dudó un momento pero de repente tropezó con mi mirada.
- Paquito - me dijo -. Ayúdale a hacer pis al tío Bertín.
Y así fue como a regañadientes cogí el orinal y me dispuse a acercárselo a la polla de mi tío. Mientras mamá disimulaba leyendo una revista, yo destapé a mi tío, le bajé el pijama y el calzoncillo y alcancé su verga. ¡Qué chota, por Dios bendito! El falo lucía en todo su esplendor, grande y gordo, con la cabeza a reventar. A duras penas introduje todo aquel miembro en el apretado cuello de la botella, y por pudor volví a cubrirlo con la sábana. Una vez terminada la micción, cuando me dispuse a sacárselo me encontré que la polla estaba atascada por la permanente excitación a que estaba sometida en las últimas semanas, que era imposible retirarla. Bertín se puso colorado y nervioso, observó que mamá estaba a lo suyo, y me susurró al oído.
- Para que se desempalme y se desinfle tengo que correrme aquí y ahora.
Al ver mi cara de extrañeza me dice:
- Te digo que tengo que vaciar toda la leche que tengo en los cojones... ¿Acaso tú no te haces peras?
No contesté. Y él continuó en voz baja con su explicación:
- Empieza a menear el orinal de arriba a abajo, como si de una paja se tratase. El cuello de la botella es como la mano o la concha que aprieta la polla.
Esta descripción logró ponerme a mil. Empecé con los movimientos acompasados, todo bajo la sábana. Tío Bertín estaba más caliente que un mandril en celo, aquella masturbación le era más necesaria que todas las curas que le habían hecho en el hospital. Él incorporaba la cabeza todo lo que le permitía el collarín del cuello para fijarse en las piernas y escote de mamá que permanecía sentada enfrente aparentemente ajena a toda aquella maniobra. No había duda de que su hermana le calentaba, que daría media vida por follársela en aquel momento. Imprimí más ritmo al pajazo, su respiración se hizo más intensa, casi jadeante. ¡Cómo gozaba el motorista de la Suzuki Hayabusacon la gayola de su sobrinito! De repente, la cara del tío Bertín se descompuso, cerró los ojos, convulsionó, gimoteó procurando no llamar la atención y... mmmmmmmmmm, se corrió como un ani-mal.
Esperé un rato a retirarle el orinal. Aún tardó un tiempo en ponerse la verga fláccida y permitirme sacarla con facilidad. Tío Bertín estaba exhausto, con un rostro de placidez que embellecía aún más sus facciones. Me dirigí raudo al cuarto de baño con aquel cargamento tibio. Al vaciar el líquido en el water observé cómo, mezclada con la orina amarillenta, estaba toda aquella lefada abundante y espesa. Me alegré por haberle resultado tan útil a mi querido tío.
Pasaban los días, la convalecencia iba para largo. Yo siempre que podía acompañaba a mi madre al hospital a la visita a Bertín. Éste parecía que aguardaba por mí para que le ayudase a mear. Y son incontables las pajas y el placer que le proporcioné en su larga convalecencia, creándose entre los dos una complicidad que a mí (y más a él) me agradaba sobremanera. Más de una vez, cuando quedábamos solos en la habitación, se la meneaba sin mediar el orinal, y con la otra mano yo también me pajeaba. Al final, tocaba limpiar con la toalla su corrida sobre su vientre y la mía sobre el suelo. No recordaba yo haber disfrutado tanto a tan temprana edad. No es de extrañar, pues, que siempre le pidiera a mis padres acompañarles al hospital para tan excitante visita.
Pero la estancia del tío Bertín se prolongaba y su mente calenturienta buscaba por todos los medios nuevas experiencias. ¿Con alguna novieta? Pues no; ya quedó dicho que no le estaban permitidas las visitas fuera de la familia. ¿Con las enfermeras? Pues va a ser que tampoco, pues las de aquella planta hospitalaria eran todas más feas que un adefesio, y últimamente la que atendía a mi tío era una vacaburra gorda y con bigote. Pero sin duda, mi querido tío - el hermano del alma de mi madre - urdía algo para hacer más llevadero y gratificante su paso por el sanatorio...
(continuará...)
Al estar soltero y tener a sus padres (mis abuelos maternos) en el pueblo, somos nosotros los que nos encargamos de atenderlo y visitarlo en el sanatorio. De manera que todas las tardes después del almuerzo, bien papá o mamá, o ambos, acuden sin falta para acompañarlo y estar a su lado. Y casi siempre mi hermanita y yo, que tanto le queremos y nos divierte, lo que hace que Bertín sea para nosotros nuestro tío predilecto.
Ya quedó dicho que tío Bertín yacía tumbado sobre la cama del hospital como una momia etrusca. Esta inmovilidad obligada lo mantenía de mal humor y al cabo de tres semanas el pobre muchacho echaba de menos la compañía femenina (los médicos le habían ********* las visitas, salvo la familia) y ardía de ganas por al menos, poderse masturbar de vez en cuando para aliviarse la calentura que le reconcomía unos huevos a punto de explotar. Y es que le era imposible cascarse una buena paja pues los brazos y las manos los tenía imposibilitados por las lesiones y alzados a la altura de los hombros abrazando a la nada. Fue la tarde que solicitó un favor a mi madre cuando me di cuenta lo mal que lo estaba pasando mi tío de cintura para abajo. O mejor dicho, directamente en la entrepierna.
- Hermanita - le dijo a mamá -. Tengo ganas de mear. Alcánzame el orinal que está en la mesita.
Se trataba de un artilugio de cristal de uso exclusivamente masculino que yo no había visto en mi vida: una especie de botella en forma de pato con un cuello ancho por donde había que introducir la poronga. Mamá vio con asombro aquel peculiar orinal.
- ¿Pero cómo me pides que te meta el pene en esta botella? Yo solo toco el miembro de mi marido. ¡Que lo haga una enfermera!
Bertín solo supo decir:
- Me estoy meando y la enfermera no va a llegar a tiempo.
Mamá dudó un momento pero de repente tropezó con mi mirada.
- Paquito - me dijo -. Ayúdale a hacer pis al tío Bertín.
Y así fue como a regañadientes cogí el orinal y me dispuse a acercárselo a la polla de mi tío. Mientras mamá disimulaba leyendo una revista, yo destapé a mi tío, le bajé el pijama y el calzoncillo y alcancé su verga. ¡Qué chota, por Dios bendito! El falo lucía en todo su esplendor, grande y gordo, con la cabeza a reventar. A duras penas introduje todo aquel miembro en el apretado cuello de la botella, y por pudor volví a cubrirlo con la sábana. Una vez terminada la micción, cuando me dispuse a sacárselo me encontré que la polla estaba atascada por la permanente excitación a que estaba sometida en las últimas semanas, que era imposible retirarla. Bertín se puso colorado y nervioso, observó que mamá estaba a lo suyo, y me susurró al oído.
- Para que se desempalme y se desinfle tengo que correrme aquí y ahora.
Al ver mi cara de extrañeza me dice:
- Te digo que tengo que vaciar toda la leche que tengo en los cojones... ¿Acaso tú no te haces peras?
No contesté. Y él continuó en voz baja con su explicación:
- Empieza a menear el orinal de arriba a abajo, como si de una paja se tratase. El cuello de la botella es como la mano o la concha que aprieta la polla.
Esta descripción logró ponerme a mil. Empecé con los movimientos acompasados, todo bajo la sábana. Tío Bertín estaba más caliente que un mandril en celo, aquella masturbación le era más necesaria que todas las curas que le habían hecho en el hospital. Él incorporaba la cabeza todo lo que le permitía el collarín del cuello para fijarse en las piernas y escote de mamá que permanecía sentada enfrente aparentemente ajena a toda aquella maniobra. No había duda de que su hermana le calentaba, que daría media vida por follársela en aquel momento. Imprimí más ritmo al pajazo, su respiración se hizo más intensa, casi jadeante. ¡Cómo gozaba el motorista de la Suzuki Hayabusacon la gayola de su sobrinito! De repente, la cara del tío Bertín se descompuso, cerró los ojos, convulsionó, gimoteó procurando no llamar la atención y... mmmmmmmmmm, se corrió como un ani-mal.
Esperé un rato a retirarle el orinal. Aún tardó un tiempo en ponerse la verga fláccida y permitirme sacarla con facilidad. Tío Bertín estaba exhausto, con un rostro de placidez que embellecía aún más sus facciones. Me dirigí raudo al cuarto de baño con aquel cargamento tibio. Al vaciar el líquido en el water observé cómo, mezclada con la orina amarillenta, estaba toda aquella lefada abundante y espesa. Me alegré por haberle resultado tan útil a mi querido tío.
Pasaban los días, la convalecencia iba para largo. Yo siempre que podía acompañaba a mi madre al hospital a la visita a Bertín. Éste parecía que aguardaba por mí para que le ayudase a mear. Y son incontables las pajas y el placer que le proporcioné en su larga convalecencia, creándose entre los dos una complicidad que a mí (y más a él) me agradaba sobremanera. Más de una vez, cuando quedábamos solos en la habitación, se la meneaba sin mediar el orinal, y con la otra mano yo también me pajeaba. Al final, tocaba limpiar con la toalla su corrida sobre su vientre y la mía sobre el suelo. No recordaba yo haber disfrutado tanto a tan temprana edad. No es de extrañar, pues, que siempre le pidiera a mis padres acompañarles al hospital para tan excitante visita.
Pero la estancia del tío Bertín se prolongaba y su mente calenturienta buscaba por todos los medios nuevas experiencias. ¿Con alguna novieta? Pues no; ya quedó dicho que no le estaban permitidas las visitas fuera de la familia. ¿Con las enfermeras? Pues va a ser que tampoco, pues las de aquella planta hospitalaria eran todas más feas que un adefesio, y últimamente la que atendía a mi tío era una vacaburra gorda y con bigote. Pero sin duda, mi querido tío - el hermano del alma de mi madre - urdía algo para hacer más llevadero y gratificante su paso por el sanatorio...
(continuará...)
5年前