DIARIO DE UN SALIDO: Tío Bertín en casa
Por fin llegó el alta hospitalaria del tío Bertín (no dejes de leer mis dos anteriores relatos MI TÍO EN EL HOSPITAL para enterarte de qué va la cosa). A mi maravilloso y atractivo tío le quitaron las escayolas de las piernas pero no las de los brazos, donde había sufrido un mayor impacto en el accidente de moto, de manera que, al no poderse valer por sí mismo, mis padres decidieron que se viniera a vivir una temporada a nuestra casa y así atenderlo debidamente, además de llevarlo al sanatorio para realizar un seguimiento de sus lesiones.
Llegó pues a nuestro domicilio el querido tío Bertín, que se acomodó en la otra cama que hay en mi dormitorio, si bien ya podía realizar paseos casa adelante para fortalecer las piernas ya liberadas del yeso. No obstante, no tenía la autonomía necesaria para comer, vestirse o ducharse, pongamos por caso, ya que ambos brazos los tenía paralizados por la escayola. Entre toda la familia le ayudábamos en todo lo necesario para que se encontrase cómodo y fuera más llevadera su convalecencia. Así, mamá le acercaba solícita la comida hasta la boca o lo afeitaba, papá lo ponía al corriente de las novedades automovilísticas, mi hermanita realizaba todo tipo de juegos con él para entretenerlo... y yo lo duchaba cuidadosamente cada mañana. No hace falta decir que se levantaba palote de la cama, de manera que al tiempo que le enjabonaba sus partes íntimas, le cascaba una buena paja en aquella polla reventona que clamaba a gritos vaciar sus huevos hinchados como melones. Más de una vez pensé en introducir en la boca aquella verga hermosa y sonrosada para hacerle una felación como Dios manda, pero el pudor me mantenía a raya y no quería que Bertín pensara que tenía un sobrino maricón. Con las gayolas era suficiente. Y no le faltaron cada vez que me las demandaba, en la cama, en el baño o donde fuera, tal era la permanente calentura de Bertín. Yo sospechaba que algo seguiría haciendo con mi madre (su hermana del alma) porque lo que vi en el cuarto de baño del hospital me quedó grabado en la retina para siempre. ¡Cómo gozaba aquella perra cabalgando al veintiañero, cómo se corrió la muy puta cuando sintió toda su lefada abundante y caliente dentro de su concha! Bertín disfrutó como un ani-mal aún impedido de brazos y piernas, pero lo que le produjo más morbo sin duda fue ver que yo estaba contemplando aquella jodienda desde la puerta sin que mi madre se percatase. Recuerdo los gemidos de placer de ambos(¡mmmmmmmmmm!) casi al unísono cuando se vinieron los dos amantes i****tuosos.¡Las pajas que me he regalado rememorando momento tan excitante!
Repito que yo sospechaba que mis masturbaciones diarias no eran suficientes para aplacar la lujuria del tío Bertín, que en realidad estaba más salido que un macaco las veinticuatro horas del día. Ni tampoco los inocentes juegos ****************, sobre todo el "arre, caballito" o cuando la sentaba sobre sus rodillas para ve contarle un cuento y procuraba que su panochita estuviese siempre excitada con lascivos roces y tocamientos. La nena siempre buscaba la compañía de su querido tiíto y, consciente o ***********emente, aquellos encuentros ingenuos siempre remataban con un orgasmo que hacía levitar a la chavita. Que yo intuyese todas aquellas argucias del tío Bertín era lo de menos. Lo más preocupante es que papá empezó a sospechar de que su apacible y simpático cuñado estaba emputeciendo a toda su familia...
Una tarde antes de irse al trabajo, papá abrió la puerta del cuarto de baño, creyendo que estaba desocupado y se encontró con la increíble escena del tío Bertín con el pijama y calzoncillos por el suelo embistiendo a la lavadora en movimiento. Bertín estaba de espaldas, mostrando sus nalgotas musculosas, de manera que no se percibió de la entrada de papá. Tenía la poronga apoyada en la lavadora en funcionamiento, de manera que las vibraciones le proporcionaban un gusto infinito. Cuando llegó el momento del centrifugado el electrodoméstico empezó a temblar fuertemente. Fue cuando mi tío se corrió entre gritos de placer (¡mmmmmmmmmm!). La leche, abundante y espesa, empezó a deslizarse por la lavadora hasta pringarla por completo. Puede que mi padre pasase por alto este incidente protagonizado por el hermano de su esposa (¡chingar con un aparato de los que vendía en su tienda!), pero lo que en realidad lo alertó es comprobar que durante aquella paja tan singular Bertín sostenía con sus dientes la tanguita roja de su mujer. Aquel hijoputa había buscado en la cesta de la ropa sucia la prenda íntima de su hermana y la estaba lamiendo justo en el lugar manchado por los fluidos vaginales mientras se masturbaba con las vibraciones de la lavadora. ¿Cómo había conseguido coger el tanga si tenía los brazos impedidos? Pues muy sencillo: metió la cabeza en el cestón, hurgó en la ropa para lavar y con los mismos dientes logró coger las bragas de mamá. A partir de aquel episodio, empezaron las indagaciones de papá. Cuando comprobó que los calzoncillos y pijamas de Bertín estaban frecuentemente manchados de semen, dedujo que yo, su amado hijo, me había convertido en su leal pajillerol, pues estaba claro que su cuñado no podía meneársela por sí solo. Cuando vio una y otra vez iluminado por el placer el rostro de su hijita con los movimientos rítmicos de rodilla de Bertín ante el televisor tras la cena familiar, dedujo que aquel malnacido estaba despertando el placer de la cuca en la nena... ¿Se habría atrevido a hacer algo con su santa esposa; es decir, con mi madre?, debió pensar mi pobre padre al imaginar la calentura desaforada de tío Bertín. Por si las moscas, solo quedaba darle un escarmiento a aquel salido.
Papá aguardó una tarde de domingo en que mamá, mi hermana y yo fuimos a visitar a mi abuela. Quedaron solos en casa Bertín y él. Entró en su cuarto cuando este medio sesteaba. Mi padre no se anduvo con rodeos:
- Está linda tu hermana, ¿verdad? - le dijo.
- Sí - respondió mi tío -. Está hermosa. Se nota que la cuidas.
- ¿La has visto alguna vez desnuda? - continuó mi padre.
- ¡Claro! - respondió -. De pequeños nos bañábamos juntos.
- ¿Cómo tenía la panocha de chava? - preguntó papá.
- Pues como una nenita, sin pelitos. ¡Una delicia!
- ¿Te gustan las mujeres depiladas? - siguió mi padre, procurando calentar al muchacho.
- Me gustan de todo tipo; velludas, lampiñas, coño grande, coño prieto... - respondió Bertín.
- ¿Sabes cómo la tiene ahora mi mujer, es decir, tu hermana?
- No -. mintió mi tío.
- Te voy a enseñar una foto de su panocha, de cuando se puso un piercing en el clítoris.
Y papá le mostró la hermosa vulva depilada de labios hinchados de mamá. Notó de inmediato cómo la polla de Bertín se paraba bajo el pijama. No dudó en preguntarle:
- ¿Cuánto darías por una paja contemplando esta concha maravillosa pidiendo a gritos ser taladrada por una buena verga?
No le dio tiempo a responder a Bertín. Papá le bajó el pijama y el slip y sacó para afuera aquella chota a reventar. Empezó con unos meneos suaves hasta que el glande se hinchó a más no poder y lucía sonrosado y reventón. Papá escupió para lubricarle la seta a su cuñado. Imprimió más ritmo a la manuela. Bertín, con los ojos cerrados, convulsionaba y gemía con el placer infinito que le estaba proporcionando mi padre, que sostenía la fotografía pornográfica de mi madre. "¿Rico, verdad, cuñadito? Imáginate follando a tu hermana mientras yo, como un cornudo consentidor, te acaricio los cojones y le magreo las tetas a ella porque tú no lo puedes hacer". Aquel comentario excitó sobremanera a Bertín. Como una corriente eléctrica le recorría de pies a cabeza. Arqueó el cuerpo, sintió que se iba a correr irremediablemente. ¡Mmmmmmmm! Una ráfaga potente y abundante casi alcanza la cara de mi padre, mientras mi tío grita el nombre de mi madre.
- ¿Así que desearías follarte a mi esposa, cuñadín? - preguntó mi padre al tiempo que se limpiaba los restos de lechada de la mano.
Bertín no contestó. Mal sabía mi padre que ya se la había cogido con anterioridad. Papá con mucha tranquilidad añadió:
- Pues vas a seguir follándotela, aunque solo sea con la imaginación.
Agarró de nuevo la polla de Bertín, aún semierecta después de la eyaculación. Y empezó a masturbarlo de nuevo.
- ¡No! - gritó mi tío -. Que ya me he corrido y no me queda leche.
Papá obvió su queja y continuó meneándosela fuertemente. Bertín se retorcía de dolor.
- ¡Aguarda unos minutos, y luego puedes continuar pajeándome! - imploró el muchacho, incapaz de defenderse con las manos. Empezó a patear pero papá siguió y siguió chaqueteando a aquel infeliz.
- ¡Para, por el amor de Dios! - imploraba Bertín.
Y papá hacía caso omiso. La polla volvía a estar dura como una piedra, pero mi tío no sentía placer alguno. Aquello era una auténtica tortura. Solo el que experimentó una paja post-cum (una masturbación forzada tras una eyaculación) sabe la tremenda sensación que se siente. Pues papá siguió sin piedad con aquel atroz y doloroso movimiento. Por si fuera poca la lubricación de los restos de la propia guasca, le escupió más saliva en el glande y siguió ordeñándole. Papá quería que se corriese otra vez, que dentro de sus bolas no le quedase ni gota, así que procuró excitarlo de nuevo.
- Imagínate que soy Paquito el que te masturba - le susurró al oido -, y tienes aquí el chichi sin pelitos de mi hijita y el coño peludito de mi esposa...
La chispa de la lujuria prendió de nuevo en la mente calenturienta de Bertín. Por un instante se imaginó lamiendo la cuca con olor a orines de la nena y a mi madre cabalgándolo una vez más, apretándole la pirola con su concha jugosa y tragona. Y el pobre Bertín se corrió de nuevo. No fue la venida abundante y espesa de la primera vez; solo un chorrito más bien acuoso y escaso. No tenía nada más en las pelotas. Pero tras esa nueva venia, papá continuó cascándosela sin piedad. A mi pobre tío le dolían los huevos como si se los estuviesen apretando con unas tenazas, la chota estaba a punto de gangrenarse por la acumulación de sangre y le dolía hasta la respiración. Mi padre insistía en busca de una tercera eyaculación... Abandonó por un momento el meneo, se desabotonó el pantalón, se sacó fuera la polla y se le meó encima, desde la boca hasta la picha. Así empapado de orines, empezó de nuevo a masturbarlo.
- ¡Piedad, clemencia!- gritaba el desventurado. Ya no me queda ni una gota de leche.
Y mi padre cesó en su cruel bombeo post-cum al ver aquel cipote enrojecido y más duro que una piedra. El escarmiento era ya suficiente.
Lunes bien temprano. Bertín ha decidido dejar nuestra casa. Un taxi le espera en la calle. Mi padre duerme plácidamente en su cuarto. Mi tío solo se despide de sus queridos sobrinos y de su hermanita del alma, que no hace más que preguntarle el motivo de esa salida tan repentina.
Llegó pues a nuestro domicilio el querido tío Bertín, que se acomodó en la otra cama que hay en mi dormitorio, si bien ya podía realizar paseos casa adelante para fortalecer las piernas ya liberadas del yeso. No obstante, no tenía la autonomía necesaria para comer, vestirse o ducharse, pongamos por caso, ya que ambos brazos los tenía paralizados por la escayola. Entre toda la familia le ayudábamos en todo lo necesario para que se encontrase cómodo y fuera más llevadera su convalecencia. Así, mamá le acercaba solícita la comida hasta la boca o lo afeitaba, papá lo ponía al corriente de las novedades automovilísticas, mi hermanita realizaba todo tipo de juegos con él para entretenerlo... y yo lo duchaba cuidadosamente cada mañana. No hace falta decir que se levantaba palote de la cama, de manera que al tiempo que le enjabonaba sus partes íntimas, le cascaba una buena paja en aquella polla reventona que clamaba a gritos vaciar sus huevos hinchados como melones. Más de una vez pensé en introducir en la boca aquella verga hermosa y sonrosada para hacerle una felación como Dios manda, pero el pudor me mantenía a raya y no quería que Bertín pensara que tenía un sobrino maricón. Con las gayolas era suficiente. Y no le faltaron cada vez que me las demandaba, en la cama, en el baño o donde fuera, tal era la permanente calentura de Bertín. Yo sospechaba que algo seguiría haciendo con mi madre (su hermana del alma) porque lo que vi en el cuarto de baño del hospital me quedó grabado en la retina para siempre. ¡Cómo gozaba aquella perra cabalgando al veintiañero, cómo se corrió la muy puta cuando sintió toda su lefada abundante y caliente dentro de su concha! Bertín disfrutó como un ani-mal aún impedido de brazos y piernas, pero lo que le produjo más morbo sin duda fue ver que yo estaba contemplando aquella jodienda desde la puerta sin que mi madre se percatase. Recuerdo los gemidos de placer de ambos(¡mmmmmmmmmm!) casi al unísono cuando se vinieron los dos amantes i****tuosos.¡Las pajas que me he regalado rememorando momento tan excitante!
Repito que yo sospechaba que mis masturbaciones diarias no eran suficientes para aplacar la lujuria del tío Bertín, que en realidad estaba más salido que un macaco las veinticuatro horas del día. Ni tampoco los inocentes juegos ****************, sobre todo el "arre, caballito" o cuando la sentaba sobre sus rodillas para ve contarle un cuento y procuraba que su panochita estuviese siempre excitada con lascivos roces y tocamientos. La nena siempre buscaba la compañía de su querido tiíto y, consciente o ***********emente, aquellos encuentros ingenuos siempre remataban con un orgasmo que hacía levitar a la chavita. Que yo intuyese todas aquellas argucias del tío Bertín era lo de menos. Lo más preocupante es que papá empezó a sospechar de que su apacible y simpático cuñado estaba emputeciendo a toda su familia...
Una tarde antes de irse al trabajo, papá abrió la puerta del cuarto de baño, creyendo que estaba desocupado y se encontró con la increíble escena del tío Bertín con el pijama y calzoncillos por el suelo embistiendo a la lavadora en movimiento. Bertín estaba de espaldas, mostrando sus nalgotas musculosas, de manera que no se percibió de la entrada de papá. Tenía la poronga apoyada en la lavadora en funcionamiento, de manera que las vibraciones le proporcionaban un gusto infinito. Cuando llegó el momento del centrifugado el electrodoméstico empezó a temblar fuertemente. Fue cuando mi tío se corrió entre gritos de placer (¡mmmmmmmmmm!). La leche, abundante y espesa, empezó a deslizarse por la lavadora hasta pringarla por completo. Puede que mi padre pasase por alto este incidente protagonizado por el hermano de su esposa (¡chingar con un aparato de los que vendía en su tienda!), pero lo que en realidad lo alertó es comprobar que durante aquella paja tan singular Bertín sostenía con sus dientes la tanguita roja de su mujer. Aquel hijoputa había buscado en la cesta de la ropa sucia la prenda íntima de su hermana y la estaba lamiendo justo en el lugar manchado por los fluidos vaginales mientras se masturbaba con las vibraciones de la lavadora. ¿Cómo había conseguido coger el tanga si tenía los brazos impedidos? Pues muy sencillo: metió la cabeza en el cestón, hurgó en la ropa para lavar y con los mismos dientes logró coger las bragas de mamá. A partir de aquel episodio, empezaron las indagaciones de papá. Cuando comprobó que los calzoncillos y pijamas de Bertín estaban frecuentemente manchados de semen, dedujo que yo, su amado hijo, me había convertido en su leal pajillerol, pues estaba claro que su cuñado no podía meneársela por sí solo. Cuando vio una y otra vez iluminado por el placer el rostro de su hijita con los movimientos rítmicos de rodilla de Bertín ante el televisor tras la cena familiar, dedujo que aquel malnacido estaba despertando el placer de la cuca en la nena... ¿Se habría atrevido a hacer algo con su santa esposa; es decir, con mi madre?, debió pensar mi pobre padre al imaginar la calentura desaforada de tío Bertín. Por si las moscas, solo quedaba darle un escarmiento a aquel salido.
Papá aguardó una tarde de domingo en que mamá, mi hermana y yo fuimos a visitar a mi abuela. Quedaron solos en casa Bertín y él. Entró en su cuarto cuando este medio sesteaba. Mi padre no se anduvo con rodeos:
- Está linda tu hermana, ¿verdad? - le dijo.
- Sí - respondió mi tío -. Está hermosa. Se nota que la cuidas.
- ¿La has visto alguna vez desnuda? - continuó mi padre.
- ¡Claro! - respondió -. De pequeños nos bañábamos juntos.
- ¿Cómo tenía la panocha de chava? - preguntó papá.
- Pues como una nenita, sin pelitos. ¡Una delicia!
- ¿Te gustan las mujeres depiladas? - siguió mi padre, procurando calentar al muchacho.
- Me gustan de todo tipo; velludas, lampiñas, coño grande, coño prieto... - respondió Bertín.
- ¿Sabes cómo la tiene ahora mi mujer, es decir, tu hermana?
- No -. mintió mi tío.
- Te voy a enseñar una foto de su panocha, de cuando se puso un piercing en el clítoris.
Y papá le mostró la hermosa vulva depilada de labios hinchados de mamá. Notó de inmediato cómo la polla de Bertín se paraba bajo el pijama. No dudó en preguntarle:
- ¿Cuánto darías por una paja contemplando esta concha maravillosa pidiendo a gritos ser taladrada por una buena verga?
No le dio tiempo a responder a Bertín. Papá le bajó el pijama y el slip y sacó para afuera aquella chota a reventar. Empezó con unos meneos suaves hasta que el glande se hinchó a más no poder y lucía sonrosado y reventón. Papá escupió para lubricarle la seta a su cuñado. Imprimió más ritmo a la manuela. Bertín, con los ojos cerrados, convulsionaba y gemía con el placer infinito que le estaba proporcionando mi padre, que sostenía la fotografía pornográfica de mi madre. "¿Rico, verdad, cuñadito? Imáginate follando a tu hermana mientras yo, como un cornudo consentidor, te acaricio los cojones y le magreo las tetas a ella porque tú no lo puedes hacer". Aquel comentario excitó sobremanera a Bertín. Como una corriente eléctrica le recorría de pies a cabeza. Arqueó el cuerpo, sintió que se iba a correr irremediablemente. ¡Mmmmmmmm! Una ráfaga potente y abundante casi alcanza la cara de mi padre, mientras mi tío grita el nombre de mi madre.
- ¿Así que desearías follarte a mi esposa, cuñadín? - preguntó mi padre al tiempo que se limpiaba los restos de lechada de la mano.
Bertín no contestó. Mal sabía mi padre que ya se la había cogido con anterioridad. Papá con mucha tranquilidad añadió:
- Pues vas a seguir follándotela, aunque solo sea con la imaginación.
Agarró de nuevo la polla de Bertín, aún semierecta después de la eyaculación. Y empezó a masturbarlo de nuevo.
- ¡No! - gritó mi tío -. Que ya me he corrido y no me queda leche.
Papá obvió su queja y continuó meneándosela fuertemente. Bertín se retorcía de dolor.
- ¡Aguarda unos minutos, y luego puedes continuar pajeándome! - imploró el muchacho, incapaz de defenderse con las manos. Empezó a patear pero papá siguió y siguió chaqueteando a aquel infeliz.
- ¡Para, por el amor de Dios! - imploraba Bertín.
Y papá hacía caso omiso. La polla volvía a estar dura como una piedra, pero mi tío no sentía placer alguno. Aquello era una auténtica tortura. Solo el que experimentó una paja post-cum (una masturbación forzada tras una eyaculación) sabe la tremenda sensación que se siente. Pues papá siguió sin piedad con aquel atroz y doloroso movimiento. Por si fuera poca la lubricación de los restos de la propia guasca, le escupió más saliva en el glande y siguió ordeñándole. Papá quería que se corriese otra vez, que dentro de sus bolas no le quedase ni gota, así que procuró excitarlo de nuevo.
- Imagínate que soy Paquito el que te masturba - le susurró al oido -, y tienes aquí el chichi sin pelitos de mi hijita y el coño peludito de mi esposa...
La chispa de la lujuria prendió de nuevo en la mente calenturienta de Bertín. Por un instante se imaginó lamiendo la cuca con olor a orines de la nena y a mi madre cabalgándolo una vez más, apretándole la pirola con su concha jugosa y tragona. Y el pobre Bertín se corrió de nuevo. No fue la venida abundante y espesa de la primera vez; solo un chorrito más bien acuoso y escaso. No tenía nada más en las pelotas. Pero tras esa nueva venia, papá continuó cascándosela sin piedad. A mi pobre tío le dolían los huevos como si se los estuviesen apretando con unas tenazas, la chota estaba a punto de gangrenarse por la acumulación de sangre y le dolía hasta la respiración. Mi padre insistía en busca de una tercera eyaculación... Abandonó por un momento el meneo, se desabotonó el pantalón, se sacó fuera la polla y se le meó encima, desde la boca hasta la picha. Así empapado de orines, empezó de nuevo a masturbarlo.
- ¡Piedad, clemencia!- gritaba el desventurado. Ya no me queda ni una gota de leche.
Y mi padre cesó en su cruel bombeo post-cum al ver aquel cipote enrojecido y más duro que una piedra. El escarmiento era ya suficiente.
Lunes bien temprano. Bertín ha decidido dejar nuestra casa. Un taxi le espera en la calle. Mi padre duerme plácidamente en su cuarto. Mi tío solo se despide de sus queridos sobrinos y de su hermanita del alma, que no hace más que preguntarle el motivo de esa salida tan repentina.
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